domingo, 21 de diciembre de 2008

White Christmas

Los músculos del cuerpo se habían compinchado para aterirle las extremidades y estirarle las neuronas desde el cerebro hasta los pies. El volumen de la televisión le resonaba en los oídos como si les estallase una traca en la cabeza; el correr de las sillas y mesas; los gritos y risas; los insultos e idiomas ininteligibles; el soniquete incesante de los dados bailando en los cubiletes; la megafonía que no paraba de gritar nombres destinatarios de cartas… Se levantó como pudo y arrastró las zapatillas prestadas por la Administración hacia el patio. Hacía un frío intenso acompañado de una punzante niebla. Cada paso era un esfuerzo monumental pero no soportaba permanecer por más tiempo en el comedor. Observó que un “jai” se encendía un cigarrillo y se acercó a él lo más rápido que las piernas le llevaron.
-¿Me das un cigarro? –la voz le temblaba tanto como las manos.
El árabe no le hizo ni caso.
-Por favor, tío, necesito uno –estaba dispuesto a rogar hasta el infinito, a matar si fuera necesario por un puto cigarrillo-. No tengo pasta, tío, hoy por mí, mañana por ti…
-Mañana, mañana, cuando tú cobrar, devolver –le espetó el árabe con un cerrado acento que le impidió a Manuel comprenderlo.
-Lo que tú quieras, tío, lo que tú quieras. Gracias, colegón, gracias.
Absorbió con tanta ansia que pareció que el pitillo fuera a desaparecer entre sus labios. Tragó todo el humo que sus maltrechos pulmones le permitieron y expulsó una débil nubecilla que se confundió con la espesa niebla.
-¡Dios! –exclamó aliviado.

Dos años antes, Manuel se comía el mundo de party en party, de juerga en juerga, de colocón en colocón. Primero los fines de semana que empezaban el viernes, luego, se fueron alargando empezando el jueves hasta la mañana del lunes. Después, comenzó el bajón de los lunes, el de los martes y el de los miércoles y decidió que no había por qué pasarlo mal. La fiesta, por entonces, ya se extendía a lo largo y ancho de la semana. Para poder costear semejante ritmo de vida, se inició en el tráfico de pequeñas cantidades, pero ni aún así lograba el dinero que necesitaba para mantener su adicción a la cocaína. Se olvidó de que estaba matriculado en segundo de Derecho y se consagró en cuerpo y alma a la única amante que, según sus propias palabras, le satisfacía. El consumo había aumentado considerablemente los últimos ocho meses y no tuvo más remedio que adoptar soluciones más drásticas. Junto con sus amigos y colegas de correrías decidieron atracar un súper. Se dejaron en casa los jerséis Lacoste, las zapatillas Guru y sus parkas Diesel para no mancharse en un trabajo que, semanas antes, hubieran considerado asunto de pringados. Utilizaron, como firma, pañuelos de cuello y gorras Levi’s. Tras el tercer trabajo, ya los conocían como los chicos Levi’s. El modus operandi era siempre el mismo: Germán se acercaba a la cajera por detrás y le pinchaban el cuello con una navaja, Manuel abría la caja y se llevaba la recaudación; Pedro les esperaba fuera en el Golf. El negocio funcionaba, hasta que Pedro pensó que debían aumentar el número de intervenciones; estaba seguro de que nadie les podía reconocer y que no les iban a coger pues eran rápidos y limpios. Así que en dos meses se acabaron los súper de la ciudad y tuvieron que ir a por los de los pueblos cercanos.
-¡No grites ni te muevas! Abre la caja y no te pasará nada, guapa –le grita al oído Germán a la cajera.
Ésta se niega, dice que no va a darles la recaudación del día a unos ladrones de mierda. Germán aprieta más su navaja hasta que una gota de sangre comienza a resbalar por el cuello y la cajera, asustada, se arranca a gritar como una posesa. Pedro preocupado, oyendo el jaleo, entra al súper y le chilla a Germán:
-¡Que se calle, joder, que se calle! ¡Clávasela si hace falta, hostia!
Las clientas que llegan a la caja empiezan a chillar también. Manuel se ha quedado inmóvil sin saber qué hacer ante tanto griterío. Pedro se acerca a la caja para forzarla y, en ese momento, ella le quita el pañuelo que le cubre la cara, Pedro se encabrita y le propina un bofetón imprimiéndole tanta fuerza que obliga a la cabeza de la cajera a realizar el movimiento suficiente para que su cuello se autorebane en la hoja afilada de la temblorosa navaja de Germán. Las sirenas de la policía, avisadas por una clienta con móvil, cercan la salida del Golf y entran armadas al local. Ninguno opone resistencia, nunca habían visto tanta sangre. Mientras lo esposan, Pedro exclama:
-Pensaba que sólo los cerdos sangraban así.
Germán ya no dejó de temblar mirando sus manos ensangrentadas y Manuel vomitó dos veces en el coche policial. Primero pensaron que era la impresión ante tanto rojo, pero pronto descubrieron que el síndrome de abstinencia era mucho más duro que un simple mareo.

La primera semana estaba resultando horrible: les habían separado a los tres en módulos diferentes; el “mono” hacía estragos en el pulso y en las entrañas; tras ingerir la medicación lograba dormir un par de horas para despertarse inundado en sudor con pesadillas espantosas que le perseguían hasta que se encendía la luz minutos antes del recuento; pasaba el día en un angustioso comedor lleno de gentuza indeseable y en un patio sucio y frío; la familia no le había ingresado peculio todavía y no podía comprar tabaco ni conseguir una tarjeta de teléfono para llamarles. No le quedaba más remedio que tragar la bazofia que les daban para comer y mendigar cigarrillos y café. Dos moros enormes y malolientes le habían sugerido diez euros a cambio de un ratito en las duchas; el “kie” del módulo le había avisado que allí nadie movía un gramo de droga sin que él se enterara o recibiera una parte a cambio, también le había propuesto que, en su primer vis-a-vis, entrara un paquetito de droga “empetado”… Prefería mil veces las pesadillas nocturnas a la realidad diurna que le hacía desear haber sido él quien se hubiera desangrado como un cerdo en el maldito atraco.
-Manuel Tejada Garrido, pase por la oficina.
Una carta de sus padres le alegró la mañana. La abrió ansioso esperando unas palabras afectuosas y, sobre todo, la noticia de que le irían a visitar el próximo fin de semana para dejarle dinero. Pero una rabia punzante le hizo arrugar el papel con un odio atroz. Las letras manuscritas de su padre no destilaban ningún signo de cariño ni de compresión, unas líneas escuetas y frías en las que le deseaba que tuviera suerte en el camino que él había decidido emprender y que tan malos resultados le había dado; le decía que no esperara ya la ayuda que se le había brindado tiempo atrás y que tan soberbiamente él mismo había rechazado; que cuando el juicio se hubiera celebrado y según cómo fuera evolucionando en la prisión, tendría más noticias de ellos; que le habían dejado sesenta euros en peculio y eso era todo.
-Hijo de puta, hijo de puta.
En el comedor, la televisión sonaba a villancico: Bing Crosby cantaba “White Christmas” al piano junto a un exuberante árbol de Navidad y una chimenea encendida. No pudo reprimir sentir el calor del fuego en sus heladas manos, ni ver a su padre con esas orejas de soplillo fumando en su apestosa pipa, su madre también cantaba villancicos y el árbol lo decoraban los tres hermanos; a Carla, la pequeña, la levantaban entre él y su hermano Javier y colocaba la estrella en lo alto del árbol. Apretó los puños hasta hacerse heridas en las palmas de las manos intentando contener las calientes lágrimas. Salió al patio y se fue directo a los váteres, sabía que dentro el “Cuchara” y el “Lolo” se estaban pinchando.
-Necesito un pico.
-¿Qué dices, tío? ¿Con qué lo vas a pagar?- le inquirió el “Cuchara”.
-Acabo de recibir carta, este fin de semana vendrá mi familia y me dejará dinero.
-Pero tú no te pinchabas en la calle ¿no? Pasa, Cuchara, pasa, no le des que éste no está acostumbrao, éste le daba a la nieve –dijo el “Lolo”.
-¿Qué pasa, que no te vale mi dinero?-exclamó Manuel con todo el arrojo del que pudo hacer acopio.
-Oye tío, que aquí todos somos mayorcitos, ¿me entiendes? Si el chaval quiere un pico, el tío Cuchara se lo proporciona. Toma, éste es canelita en rama que era pa mí, pero no te olvides de pagar, ¿eh?, que si no, el próximo pico te lo pongo yo en persona. ¿T’has enterao, colega? Y me das el “peluco” como fianza.
Hicieron el trueque del reloj y la jeringuilla y Manuel se metió en el retrete contiguo. Manuel nunca se había pinchado, pero lo había visto hacer. Se ató bien fuerte el cinturón en su escuálido antebrazo, abrió y cerró el puño varias veces hasta que vio levantar una vena de entre su pálida piel. Tenía miedo, pavor, pero el asco de seguir allí le daba ánimos para acertar en el punto exacto donde debía introducir la aguja. Le entraron remilgos de última hora pensando en qué otras venas habría estado esa aguja, pero notas del villancico aún resonaban en su cabeza. Fue fácil, ni siquiera le dolió. Cerró los ojos, una paz, un descanso descomunal le invadió desde la punta de la aguja al resto de su cuerpo, a cada una de sus moléculas, todas y cada una de las cuales sentía. Escuchó cómo el corazón se ralentizaba y pudo contar el latido postrimero. Un árbol maravilloso le extendía un regalo envuelto en un papel de celofán rojo, oía la risa de su hermana Carla que correteaba mientras la perseguía su hermano Javier para quitarle la estrella, papá le llamaba y le decía lo orgulloso que estaba de él mientras mamá le besaba la frente y cantaban juntos:
-I’m dreaming of a White Christmas…
© Anabel


sábado, 13 de diciembre de 2008

Los Monegros

Foto de Fernando González Seral que me la ha prestado generosamente.
Su blog: Los Monegros


A lengüetazos de vaca sagrada
te dibujó Dios la faz.
Como la lija de un carpintero,
granulosa y seca,
dejó tu vasta tierra
pues ávido lamió
todo el agua y todo el sabor
que contenía.

A cambio, un bello paisaje
con el que se regalan los ojos del viajero
sibarita de gustos divinos.


© Anabel

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Sólo una vez


Te lo dejé bien claro: una vez, sólo una vez y nunca más. Dijiste que sí, me lo juraste por tus hijas, que no se repetiría jamás. Había muchos inconvenientes, los dos lo sabíamos; no era necesario insistir en que estábamos casados, que teníamos hijos, que trabajábamos juntos, que conocíamos a nuestros respectivos cónyuges… Demasiados, demasiados para jugar, demasiados para caer en la tentación.

Dijiste que pensabas en mí continuamente, que había ocupado tu consciencia y tus sueños, que no sabías cómo quitarme de tu cabeza, que mis ojos te perseguían y sólo anhelabas comerme la boca. Lo dijiste con una cerveza de más, en la cena de Navidad de la empresa, esperando un bofetón de mi mano, la que sostenías con la esperanza de que, como mínimo, también estuviera ebria y cediera ante tus ruegos. Pero yo no lo estaba, en absoluto. Había evitado beber durante la cena porque sabía lo que iba a pasar, sabía de tus miradas furtivas y tus encuentros fortuitos en la cafetería. Lo sabía e iba prevenida para no ceder. Por mucho que se preparen, por mucho que se prevean los hechos, suceden sin más, sin avisar, completamente diferentes a como se han planeado. Supuse que todo quedaría en unas frases y una negativa, en tu cara avergonzada al día siguiente en la oficina y en los desayunos otra vez sin ti. No pensé que tu beso me dejara fuera de combate, no imaginé que mis labios pudieran extenderse al resto de mi piel para sentir tu lengua en todo mi cuerpo. Si hubiera bebido, le hubiera echado la culpa al alcohol, pero me había quedado sin excusa a la que agarrarme para escapar de ese deseo. Me quedé inmóvil, hipnotizada, hechizada por un beso como una vulgar Blancanieves. Allí fue donde me pediste una noche, un pequeño tiempo donde realizar tus fantasías conmigo, unas horas de amor o de pasión o de sexo, como yo quisiera llamarlo. Porque te ibas a volver loco si pasabas una noche más sin haber probado mi olor ni mi sabor. Qué pésima adivina hubiera sido, ni siquiera estaba en mis planes más atrevidos, pero te besé, te besé buscando repetir la misma sensación que me había hecho hervir la sangre.

El año ha comenzado con fuego en el cuerpo, con las ganas contenidas de un barril de pólvora, un barril que no va a poder explotar por húmedo. Fui yo la que te hizo jurar que una sola vez y nunca más, fui yo, lo sé, lo sé. Pero es que no me bastan tus miradas que me recuerdan el cielo de aquella cama, no me sirven tus susurros intencionados que me erizan cada vello, no me calman tus frases pausadas, alargadas hasta el infinito para seguir juntos un poco más, no me ayuda que me digas que cada día estoy más guapa, no me vale que me acaricies la mano cuando nadie nos ve… No me es suficiente verte de lejos, oírte de lejos, sentirte de lejos.

-Lo juré por mis hijas, Analía, lo juré por mis hijas.
© Anabel

domingo, 23 de noviembre de 2008

Las Cuentas del Rosario


Como las cuentas del rosario que le sobresalían a su madre del bolsillo de la bata negra, sabía que tenía los días contados. Con él colgando de su ajada y menuda mano, esta vez, le abrió el enorme portón de deslustrada madera y oxidados tachones; un moño blanco, pulidamente recogido y unos gritos de niña pequeña acompañaron a la madre a recibir a su hijo.
-¡Andrés, Andrés! ¡Ay, ay, Andrés! ¡Qué alegría! ¿Cómo no me has avisado? Hijo, por Dios, mira que te lo tengo dicho: avísame y así puedo hacerte torrijas… Ven, ven, inclínate para que tu vieja madre pueda darte besos en esa cara tan bonita. ¡Cuánto tiempo, hijo, cuánto tiempo!
Andrés se dejó besuquear y abrazar. Recibió con agrado el desfogue de cariño que su madre había acumulado desde hacía ya siete meses, desde Semana Santa, exactamente. No es que el pueblo estuviera lejos de la ciudad, no es que no echara de menos los guisos de la anciana mujer, ni el olor a hogar, ni el tacto de unas manos tan suaves que parecía mentira que pudieran estar tan arrugadas, no. Esta vez los imponderables, el cabrón destino habían hecho buenas las excusas tantas veces esgrimidas.
-¿No te da vergüenza, Andrés? Tanto tiempo sin ver a tu madre. Anda, ven -tirándole del brazo entraron en el patio de desigual suelo en el que era muy fácil tropezar con las botas de puntera que llevaba-, ven que hace frío y tengo encendido el hogar.
Instintivamente, mientras era arrastrado por su madre, Andrés volvió la cabeza hacía la escalera que destartalada reposaba sobre el muro, tal que un esqueleto erguido, cubierta de polvo y telas de araña. Como una película en blanco y negro, con una claridad pasmosa, vio las numerosas veces que, de noche, la había escalado, a pesar de la prohibición de su madre conocedora de su poca fiabilidad, para, una vez sobre el muro, ir descendiendo por la otra cara del mismo apoyando los pies en los adobes que sobresalían. Tras el eco del salto de sus zapatos en la estrecha calle, salía corriendo hacia la parte trasera de la iglesia para reunirse con Manuel, el monaguillo, y sentir que la Luna podía encontrarse en más lugares que en el cielo.
Fingiendo ser maltratado por el impulso que su madre le había propinado para que se sentara en la bancada de la cocina, se dispuso a recrearse al verla ir de un lado para otro por aquella enorme estancia. El calor del fuego era agradable y el chisporroteo de los troncos, la música ambiental más adecuada que podría haber encontrado.
-Tengo cocido que he hecho hoy y algo me queda de pollo a lo chilindrón, porque te vas a quedar a cenar con tu madre, que parece que te hayas olvidado de ella. –De pronto paró en seco con algunos platos en las manos y dijo seriamente: -Porque podría ser la última vez que vieras a tu madre, ¿no has pensado eso?, –continúo su labor tan bruscamente como la había detenido- porque yo no soy eterna, ni lo quiero ser, pero no quiero que mis hijos se olviden de mí y, mucho menos, cuando todavía estoy viva.
-Igual me muero yo antes, mamá –Andrés pensó que su voz no había surgido con el suficiente tono irónico e intentó arreglarlo: -porque con lo ágil y fuerte que estás nos vas a enterrar a todos, ya lo verás, ya lo verás –y se levantó para abrazar por detrás a aquella entrañable personita que tanto amaba.
La anciana propinó unos golpecitos en las manos de Andrés y le indicó que se volviera a sentar.
-No digas eso ni en broma, yo ya he sufrido mucho en esta vida y Dios no puede castigarme con un dolor así, no, ya he pasado suficiente, no lo podría soportar. ¿Quieres los garbanzos en la sopa o aparte?
-Aparte –pronunció en un susurro que intentaba contener unas lágrimas inoportunas-.
El crujir de la leña le hirió en el corazón. Lo que hubiera querido evitar a toda costa era el daño que iba a infligir a su madre, nunca se lo podría perdonar, sólo por no herirla, sólo por eso, ansiaba que se muriera antes que él, antes que la decrepitud de su cuerpo hiciera evidente la cercanía del fin, sólo unos días antes, los suficientes para que ella no se enterara, los necesarios para que no sufriera. Por eso rezaba todas las noches con el fervor que nunca antes había sentido, con las ganas de que se cumpliera su plegaría para sentir él, sólo él, todo el dolor, todo el castigo.
-Mi niño tonto, mira que con lo grande que eres… ¡Que no me voy a morir aún, córcholis! -Se acercó a él con los brazos abiertos; todavía le pareció más pequeña al verla entre las aguas de las lágrimas.- Siempre has sido el más sensible de tus hermanos, incluso más que Teresa, que esa me salió un poco marimacho. Eso sí: todos sois buenas personas, lo que me hace sentir muy orgullosa de los cinco. –Se abrazó a ella controlando el impulso que, desde las entrañas, le empujaba a desear que se muriera en ese mismo momento entre sus brazos-. Va, va, déjate de tonterías, vamos, vamos que he cortado jamón.
En un santiamén había puesto sobre la amplia mesa un festín: embutidos, quesos, carne de cocido con su verdura, sus garbanzos y su humeante sopa, una tartera de barro con el pollo, el porrón, la jarra de agua y las hogazas de pan que soltaban la mullida miga al ser cortadas por un descomunal cuchillo. El inconfundible ruido de la cuchara sobre el plato de loza, el del cazo sirviendo la sopa, el del agua llenando el vaso de vidrio, el de su madre sorbiendo… Faltaban los gritos de Fernando exigiendo que se le escuchara cuando contaba su enésimo chiste, los empujones de Ricardo buscando gresca, las tortas de Teresa que defendía a Luís que siempre terminaba llorando y su risa, su propia risa acompañada de la de sus hermanos tras la colleja que su madre propinaba a Fernando para que dejara de contar esas guarradas en la mesa. El sabor de la comida seguía invariable, tan estupenda y sabrosa como entonces, si no más; como los mismos ojos azules de su madre, tal vez un poquito más pequeños, pero igual de inteligentes e incisivos.
Comió más de lo que había comido en los últimos meses, más de lo aconsejable, pero esperó poder retenerlo, por lo menos, hasta que estuviera fuera de la vista de su madre. La verdad era que había disfrutado de la comida, del calor de la lumbre, del sabor del vino de la bodega, de las estupendas tortas de anís y de la compañía de su madre. Pensó en la soledad, en lo duro que ha de ser terminar los días sólo, en una casa tan grande y con tantos recuerdos. Demasiadas habitaciones vacías, demasiados huecos que rellenar. Mal premio para una vida tan fatigosa. Sobre la chimenea reluciente como la concha de un mejillón, ocupando el lugar de honor, una pipa se exponía para que cualquiera que entrara en esa cocina pudiera preguntar ¿de quién es esa pipa tan hermosa? Esa pipa y alguna que otra foto, eran todo lo que Andrés poseía de su padre. Sus hermanos mayores le habían contado algunas historias y anécdotas, pero él, el más pequeño, de nada podía acordarse. En las escasas ocasiones en las que alguien fumaba en pipa cerca de él, no podía evitar pronunciar con un hilillo de voz la palabra papá, pero eso era todo lo que su padre le inspiraba. Su madre repetía que Fernando era igual que él, que tenía su misma gracia con la que la enamoró y logro llevarla al huerto, donde engendraron a Luís que fue quien les obligó a casarse de prisa y corriendo, con un traje prestado y un par de bofetadas de la abuela Benita. Pero a la madre esas prisas le hicieron feliz, le salvaron del despotismo de su madre y la tía y pudo unirse a su hombre, al único hombre que había amado en toda la vida. Cinco hijos y una hacienda próspera, pero con mucho trabajo, fue todo lo que pudo dejarle cuando murió de un ataque al corazón el primer invierno después del nacimiento de Andrés.
Si un genio de lámpara maravillosa se presentara en ese instante, sólo le pediría un deseo: que los dos se murieran tomando el café de puchero, sosegadamente, felices de estar el uno junto al otro, recordando los buenos momentos, compartiendo amor. Seguro que Antonio lo comprendería. Antonio espera, en el restaurante de la carretera, una perdida al móvil para irlo a buscar a la entrada del pueblo. Antonio su amante amado que no le ha abandonado en el momento más cruel de la vida, Antonio el único que estará a su lado en su lecho de muerte. Nadie más sabe de su enfermedad, de lo cerca que tiene la muerte que le pisa cada respiración, cada aliento.
-¡Ay, mi niño! ¿Qué te has hecho en el cuello? ¿Qué son esas manchas?
Andrés cubrió las manchas con el pañuelo palestino.
-Nada, mamá, no te preocupes, es un virus que me estoy tratando. Es un poco costoso, pero tiene cura. Sólo he de seguir lo que me diga el médico y ya está, como tu colesterol que, por cierto, ¿cómo lo llevas?
-No me cambies de tema, mi colesterol y yo nos llevamos muy bien. Esas manchas son muy raras, hijo, ¿de verdad te las estás tratando? Que te conozco y tú no vas al médico ni con las tripas fuera. Además, estás tan delgado…-Se incorporó rápidamente y cogió unas fiambreras de la alacena- Te llevarás comida, que aquí hay mucha y yo no me la voy a comer. Ya verás, ya, con este caldito te recuperarás rápidamente.
Cómo le conocía. Tardó demasiado en hacerse las pruebas, en aceptar que él también podía estar infectado, porque se encontraba bien, porque no podía dejar de trabajar en la empresa ni una hora para un chequeo, porque tenía miedo… Excusas, excusas que el destino se entretiene en volverlas contra nosotros.
-Vale, vale, me comeré todo lo que me pongas, sí, te lo prometo –y pensaba en Antonio que tanto le gustaba la comida casera.
El incansable carrillón del comedor se encargó de anunciar que eran las diez de la noche. Andrés pensó en Antonio, cansado de esperar y le mandó la perdida.
-Mamá, tengo que irme, si no se va a hacer muy tarde para entrar en la ciudad, hoy es domingo y no veas cómo se ponen los accesos –Andrés cogió las dos bolsas con fiambreras que le daba su madre-.
Antes de salir de la cocina hacia el patio, la madre besó en las mejillas a su hijo y ya, delante del portón, volvió a repetir los besos, pero en el último par, cogió la cara de su hijo entre las manos y le besó en los labios.
-Te quiero mucho, Andrés. Eres mi hijo especial, eres diferente a los otros, sé que eres un artista y el de mejor corazón. Sé que sufres más que los demás. Soy una mujer fuerte, no lo olvides, no te preocupes por mí.
Tras el portazo, aún sentía los enclenques brazos de su madre aprisionándole contra su pecho impidiendo que abandonara el patio de su infancia. El viento helado le devolvía a la cruda realidad; por un momento dudó ser capaz de llegar al coche. Dejó las bolsas en el maletero y se acercó a unos matorrales al lado de la carretera. Vomitó y lloró, sintió asco de sí mismo por hacer sufrir a su madre, por desear su muerte. Antonio le alcanzó un pañuelo para que se limpiara. La última arcada le dejó exhausto.
-Lo sabe, Antonio, lo sabe todo.
© Anabel

domingo, 16 de noviembre de 2008

Infusión de Flores de Loto



Extraviar el recuerdo
como quien pierde las llaves
de una puerta que ya no traspasa.
Confinar en lo imposible
los amores que tuve y los que odié,
los que nunca me quisieron y los que lloré.

Beber hasta ignorar los porqués,
los hasta cuándo,
los cómo,
los dónde.

Curada por padecer amnesia,
salvada por la ignorancia.

Memoria vacía
que colmar con infusión de olvido,
blancos pétalos
que me cubran de cándido ensueño,
optimista,
entregada,
dispuesta
a empezar de cero.

Flores de loto
hasta reventar inocente.


© Anabel

domingo, 9 de noviembre de 2008

¿Quién me ha robado el mes de abril?




Joaquín Sabina

“Pasar una noche abrazado a ti, sólo durmiendo, es todo lo que quiero”. Esta maravillosa mentira me la dijiste en el “Eliván”, pero hubiera sido más justo si la hubieras pronunciado en el bar de al lado. El “Chusco” era un barucho que merecía su nombre, un garito tan pequeño como nuestras pagas, pegajoso como los retretes de la parte de atrás, local del que si, alguna vez, las baldosas hubieran estado limpias, se hubieran parecido a las de una pescadería. El camarero era como el hermano mayor de Sabina: hombre menudo envejecido, con la cara acribillada por las noches sin dormir y el humo denso de los porros, escaso cabello de tanto pensar ¿qué coño hago yo aquí sirviendo a estos adolescentes imberbes? y la voz desgastada de callar lo que realmente le apetecía escupir. Los imberbes le respetábamos porque, a pesar de su edad, se enrollaba estupendamente con nosotros y tenía la mejor colección de vinilos de toda la zona del Tubo. Desde los Rolling, The Queen, Dire Straits, AC/DC, Pink Floid, Springsteen, Clapton, pasando por el producto nacional bruto: Sabina, sobre todo, Krahe, Ramoncín, Miguel Ríos, Leño… Evidentemente, por allí no se perdía ni un solo pijo que se preciara, pero macarras, rockeros, borrachos, putillas, heavies, paletos de pueblo y nosotros siempre empezábamos la marcha en el “Chusco”. El ritual consistía en gastarnos más de la mitad del presupuesto en ponernos en su garito; para cuando salíamos, ya daba igual donde ir, poco quedaba en el bolsillo. Una cerveza para compartir, era señal inequívoca de que íbamos cortos de pasta y, el camarero, a veces, nos ponía otra caña al lado a cambio de una sonrisa de la rubia con minifalda. Era de ley dejarnos en el “Chusco” nuestras exiguas pesetas.
Veintitantos años después han cambiado pocas cosas. Tú y yo seguimos juntos, aunque ya no me digas verdades maravillosas, el camarero del “Chusco” sigue siendo camarero ahora en “El Edén”, sigue hablando con nosotros de la buena música de antaño para intentar no oír la mierda del reguetón y se sigue preguntando ¿qué coño hago yo sirviendo a estos cuarentones borrachos?, pero en su pelo abundan las canas, un imberbe DJ no le deja pinchar a Dire Straits ni, mucho menos, a Sabina, ni hace falta ya que nos invite a la segunda cerveza, la rubia igual le regala una sonrisa.

© Anabel

domingo, 21 de septiembre de 2008

El Prícipe Azul

Veinte años, dice el tango que nada son. No piensa lo mismo el espejo matutino que tiene a gala ser franco aun a riesgo de costarme siete años de mala suerte. Tal vez por eso le quiero: porque no esconde la realidad. Del mismo modo que me atraen las personas sinceras, aunque duelan muy a menudo. Este amigo mío, el que me refleja, también posee otras funciones como la de recordarme, cada vez que me depilo las cejas, tu rostro, tus manos, tu voz, tus ojos y la lluvia. Cada vez. Durante veinte años.
Embriagada por la enorme satisfacción de haber hecho lo que tanto miedo me daba, de haber pronunciado las palabras que tantas veces había ensayado y que no me atrevía a decir, conducía por la carretera sin rumbo fijo, sin destino acordado, a la caprichosa deriva. Le había demostrado, me había demostrado, tener coraje, agallas para afrontar la vida sin un lastre tan enorme como su compañía. Pensar en la soledad me había producido la pegajosa necesidad de adherirme a sus piernas, a su sexo, a su respiración como única tabla de salvación en un océano en el que no sabía nadar. Soledad que adormece los instintos, los deseos, que los recluye a los dominios de la desidia y la impotencia. Había salido victoriosa de una batalla a la que había tardado mucho en enfrentarme, era una sensación deliciosa y nueva: la de sentirme ganadora y libre. La soledad pasaría a ser mi aliada. Tarareaba la canción que sonaba en la radio y que me parecía una estupenda banda sonora, muy adecuada para el momento, hasta los limpiaparabrisas retiraban la lluvia al ritmo del estribillo. Rememoraba una y otra vez mi momento: la sentencia precisa, el gesto rápido y audaz, mis manos ágiles al coger las llaves y el bolso, y el sonoro portazo que puso fin a sus gritos y a muchos años reprimidos.
-Ni tú ni nadie, nadie…(1)

Luces de freno inundando mi campo de visión, rojo reflejado en las gotas de lluvia del parabrisas; instintivamente toco el freno pero la distancia es demasiado corta, no hay tiempo de girar el volante y una fuerza imparable me lanza sobre él en un brusco movimiento hacia delante. Último sonido que oigo, el crujir de mis cervicales. Sirenas me despiertan. Noto mi cara húmeda, un líquido espeso y caliente me impide abrir los ojos, los limpio con las manos y observo que es sangre que brota de algún lugar de mi rostro. Miro a mi alrededor iluminado por luces de colores intermitentes, sonidos lejanos, como de otro planeta, despiertan mis oídos. Siento pánico y mi primer acto reflejo es gritar el nombre que acababa de repudiar para que me sacara de ahí, para que viniera en mi ayuda, malas costumbres adquiridas. Paralizada, ni siquiera intentaba moverme por temor a no poder hacerlo.
Tras varios intentos, un hombre vestido de azul logra abrir la puerta, me ofrece su mano y su voz tranquiliza mis músculos ateridos:
-Dame la mano, voy a ayudarte a salir de ahí.
Se la di sin poder moverme más, pues el cinturón me lo impedía. Me libró de la atadura y, nunca una frase hecha fue más cierta, me puse en sus manos. Me arropó entre sus brazos y me llevó hacia la ambulancia donde me atendieron. Necesitaba unos puntos en la ceja y me aconsejaron una noche en observación en un hospital. Él se ofreció para llevarme al hospital más cercano y me subió en su furgoneta.
-¿Quieres llamar a alguien? ¿A tu marido?
Aún no había pronunciado ni una sola palabra y lo único que me producía cierta desazón era no conocer su nombre, el cuerpo lo tenía adormecido por el golpe.
-¿Cómo te llamas? –me salió una voz temblorosa, como si hubiera tenido que recorrer un largo camino hasta llegar a mis labios.
- Andrés –lo dijo sonriendo- y ¿tú?
- Olga –sus ojos eran más azules que su mono y su sonrisa era un contagio de paz. Me hubiera acurrucado entre tanto azul y manchas de grasa, me habría dormido tranquila y segura.
En la puerta de urgencias del hospital se despidió de mí, pero no le dejé ir.
-¿Tienes algo que hacer esta noche? –le pregunté un tanto aturdida agarrándole del brazo-.
Tardó en contestarme unos segundos durante los cuales me observó con atención.
-No –contestó al fin.
-Quédate –y mis deseos fueron cumplidos.
Sujetó mis trémulas manos mientras me cosían y se ofreció a cuidarme durante la noche cuando me negué a quedarme en el hospital.
El camino hacia su casa transcurrió en silencio, yo cubierta con la manta que me habían dado en el hospital y que me resultaba completamente insuficiente para guarecerme del frío que había invadido mis huesos.
-Ahora te prepararé un té caliente, Olga, ya llegamos.
El té logró restablecerme y empecé a articular palabra. Me contó que hubo una colisión dos coches delante del mío, que no me dio tiempo a frenar y me di contra el de delante. Él, que iba detrás, sí que logró esquivar mi coche y evitó darme. Me dio toallas para que me duchara y me ofreció un chándal para que me quitara mi ropa ensangrentada. Debí pasar bastante tiempo debajo de la ducha reparadora pues llamó a mi puerta preocupado por mi estado.
-Bien, estoy bien, ya salgo.
Mientras me secaba observé los objetos de higiene que tenía en el aparador al lado del espejo: la crema de afeitar, la brocha, la maquinilla… Cogí su after-save y lo olí, era una fragancia fresca con aromas a madera, a pino, a bosque, reconfortante. Al salir del baño hice el ademán de que me mirara para reírse de las pintas que hacía metida dentro de un chándal rojo mucho más grande que yo.
-Estás muy guapa –sonó tan sincero que me lo creí-. He preparado un poco de cena, por si te apetece, yo tengo hambre.
Había olvidado sus necesidades, había olvidado que él también las tenía. Le pedí perdón y me senté a la mesa. Todo lo que ocupaba ese piso era sencillo, estaba limpio y era práctico, nada que no tuviera una función clara y precisa merecía estar allí. Probé un poco de queso y bebí dos vasos de agua seguidos, no me había dado cuenta de la sed que tenía. Le pedí más té. Atento me sirvió. Me dijo que me pusiera la televisión mientras él se duchaba, que luego me prepararía la cama. Obedecí, me sentía absolutamente dócil y delicada, merecedora de sus cuidados, poseedora del derecho de poder quedarme allí junto con el resto de sus cosas. El olor de su after-save me avisó que había salido del baño. Le dije que le quedaba muy bien el azul, tanto el del mono, como el del chándal que acababa de ponerse. Sonrió con esos dientes que sólo debía mostrar en celebraciones especiales.
-Voy a cambiar las sábanas de mi cama y te quedas allí esta noche; yo dormiré en el sofá –mientras hablaba le seguí hasta el dormitorio-; no he de decirte que puedes usar el teléfono si quieres llamar a alguien.
Le quité la colcha azul de las manos y le abracé. El olor a limpio y a seguridad era el mejor bálsamo que podía haber encontrado en semejante situación.
-Quiero dormir contigo –él me besó la melena aún húmeda y afirmó.
Nunca había sentido una calma tal, un manto de abrigo azul que me cubría el alma cansada, había encontrado un remanso de paz en los brazos de un desconocido con olor a bosque. Me abandoné en su pecho, respiré profundo y dormí el sueño de los inocentes, me dejé ir como nunca lo había hecho en mi vida, como nunca más lo he hecho, como nunca más lo haré.
Me desperté que aún no había amanecido, acunada por su respiración en mi cabeza. Le miré ayudada por las luces de la calle y vi un hombre por el que hubiera dado todo en aquel momento. Le besé los labios, me gustó su sabor. Me levanté, cogí mi ropa sucia y mi bolso, sorprendida de que se encontrara allí. Antes de irme vi su mono sucio, manchado de grasa y sangre, tirado en el suelo.
Al día siguiente le mandé el mono azul limpio y planchado con una pajarita en el cuello junto con una nota:

A mi príncipe azul,
Gracias mil, sin ti no hubiera tenido fuerzas para seguir adelante.
Olga

(1) http://www.cuandocalientaelsol.net/index.php?p=%20521

© Anabel

miércoles, 17 de septiembre de 2008

EXPO Zaragoza septiembre 08'

Sólo soy...


Sólo soy hermosa cuando sueño con ojos abiertos
y distingo los monstruos con telas de araña
de la luz de los semáforos relucientes

Sólo soy cuerda cuando tenso mis neuronas
en el intento de razonar lo razonable
y olvidar entelequias de arcilla azul

Sólo soy prudente cuando escondo los cenicientos recuerdos
en el armario de nunca jamás otra vez
y limpio los cercos sanguinos de las baldosas

Pero sólo soy mujer viva cuando relamo las comisuras
de tus palabras escritas al viento
y deja de existir la vigilia de las tangibles horas

© Anabel

miércoles, 10 de septiembre de 2008

17

me asusta tu mirada severa a través de la ventana
sé que tus afiladas palabras van a herirme de muerte

todo el ayer ha resbalado por el cedazo del tiempo
ha caído en un cenagal que prefiero no remover

tan solo quedan los rastros de la lluvia sobre el cristal
ni el vaho de tus jadeos ha logrado permanecer

beberé el agua clara de los manantiales forasteros
generosos en su fuente de vida sin esperar nada

bañarme en lagos vírgenes llenos de calma y esperanza
para mudar mi alma con cada átomo de futuro amor

quedarme quieta sin esperar acontecimiento alguno
absorbiendo el máximo oxígeno que en mis pulmones quepa

mi cerebro se asombra de ver tanta luz tras la tormenta
porque pensar por mí misma es un lujo que desconocía

los anales de historia siempre recordaran esta fecha
porque mi vida se ha liberado de semejante yugo

porque vivir después de ti es una descomunal victoria
© Anabel

San Lorenzo 08'

sábado, 23 de agosto de 2008

A la vuelta de la esquina


La certidumbre de que se acabó aguarda tranquila, sin prisas, sabe que he de pasar a su lado tarde o temprano, que la causalidad no perdona, que los hechos concatenados están unidos por un hilo de seda irrompible con el que se pescan los peces de colores o las botas roídas. Por más que me ponga a plegar ropa o a ordenar la librería o a escribir un fatuo poema, por más que intente sacarle brillo a la bota, por más de mil excusas que busque, la certeza sigue plantada bajo el quicio de la puerta que habré de atravesar sin remedio, como un condenado a muerte sube al patíbulo. La seguridad de que se terminó me espera sentada en la silla de enea de tu indiferencia con la que has estado alimentando mi sufrimiento en cada mirada. Sé que en cuanto la lucidez me sea devuelta, sentiré alivio, retomaré la libertad de oler otros aromas distintos al tuyo.

Aún así me resisto a doblar la esquina, me resisto a respirar sin botella de oxígeno, porque el dolor ahuyenta la soledad con su caricia fría sobre mi espalda, porque el vicio de desearte crea adicción, porque el hábito de quererte ha modificado mi ser.
© Anabel


viernes, 22 de agosto de 2008

El aire que huele a ti



Me ahoga el aire que huele a ti

Me hunde en tu recuerdo
y detiene el tiempo de la lucidez

Marcapasos averiado
que fustiga mi pulso
perdedor
ante el poderío infinito
de tus ojos

© Anabel

domingo, 3 de agosto de 2008

Patio




Sudorosa, cansada y con dolor de cabeza. Se había pasado todo el fin de semana delante del ordenador, soportando el calor que emitía el aparato inmundo y traduciendo a un soporífero poeta que se regodeaba en el dolor de un amor imposible. Había sido un encargo de última hora y por compromiso, que son los peor pagados, pero no podía negarle nada a Germán, gracias a él tenía contactos en muchas editoriales y, en los momentos malos, siempre le mandaba algún trabajillo que le ayudaba a llegar a fin de mes. Éste le había obligado a quedarse en casa con el aire acondicionado estropeado desde el jueves y el electricista sin intención de venir hasta la semana siguiente.


A las nueve y media del domingo se tomó la primera cerveza del week end, no bebía mientras trabajaba, le salían unas traducciones demasiado libres. Se asomó a la ventana de la cocina que daba al patio pues corría un airecillo de lo más refrescante. Desabrochó su tenue camisa para que una temperatura mucho más baja que la suya corporal le acariciara directamente la piel. Recogió su melena rubia en un improvisado moño y pasó la lata de cerveza por la nuca a modo de masaje que le aliviara la jaqueca. Cerró los ojos y suspiro en el disfrute del momento. Prosiguió, inconscientemente, abriéndose la camisa, apartando la húmeda tela de su cuerpo ávido de frescor. Tuvo que reprimir el impulso de quitarse el sujetador al darse cuenta de su situación. Cerró azarosamente la blusa, mirando si algún vecino estaba, como ella, apoyado en la barandilla en busca de aires menos calientes. Sólo vio un visillo que se movía asustado. Era el vecino de enfrente, el estudiante de medicina, lo adivinó ya que la silueta era alta como él. Su primera reacción fue meterse en la cocina, pero lo pensó mejor: continúo pasando la lata, cada vez menos fría, por la nuca, por el cuello. Observó que el visillo volvía a moverse, a apartarse tímidamente para dejar un ínfimo hueco por donde una mirada se escapaba. Gabriela sonrió con toda su boca y toda su cara de niña traviesa. La lata servía de apisonadora que apartaba cualquier obstáculo para pasar sobre la tersa piel blanca: por los hombros, los brazos, el pecho. Máquina infernal que dejaba caer al vacío la ropa de Gabriela. Cuando el cilindro, ya caliente, pisaba los pezones, el estudiante vecino apareció al descubierto delante del inservible visillo deleitándose con el espectáculo. Gabriela se soltó el pelo, se mordió el labio inferior y le guiñó un ojo al futuro médico. El chico salió disparado de la ventana.


Gabriela se dirigió a abrir la puerta con dos cervezas frías, había que prepararse para el sofocante calor que se avecinaba.


© Anabel

domingo, 20 de julio de 2008

A Sandra

Madre e hijo, Gustav Klimt

Una mano delante, la otra detrás y tú en medio. No viniste con un pan bajo el brazo, ni acompañada del regocijo habitual que suele rodear la cuna de los recién nacidos. La preocupación fue la nana invisible que todos tarareábamos, el runrún de la incertidumbre. La decisión, el esfuerzo y el tiempo nos fueron haciendo independientes, nos otorgaron la confianza perdida, pero lo que nos convenció de que todo había valido la pena, de que solo existió un camino hacia la felicidad fuiste tú: tu vida nos llenó de vida. Eras la máxima recompensa y la máxima meta, el único sentido a todas nuestras cuitas y la única solución. Siempre ha parecido que supieras que sobre ti recaían nuestras ilusiones y esperanzas, siempre responsable y madura, ecuánime y severa con las injusticias que llenan tus ojos de lágrimas, reivindicativa y firme con tus convicciones, preocupada y disponible por cualquiera y para cualquiera. No conoces el verbo defraudar.
La última vez que lloré como una niña fue la tarde que nos despedimos en Copenhague. Sabía que era una ocasión fantástica para ti, irrepetible, positiva en todos los sentidos; sabía que iba a volver a verte pronto, que sólo iba a ser un año, que te quedabas en un buen lugar; lo sabía, pero nada pudo evitar que me sintiera más sola de lo que nunca había estado. Y es que también sabía que sin ti no iba a estar completa, que sin ti me iba a faltar algo, aunque pudiera verte todos los días por la pantalla del bendito ordenador.

Sensiblerías de madre que sabrás perdonar.

Gracias por lo que nos has dado, gracias por lo que aún nos vas a dar.

© Anabel

Junto con Queen, fue la música que primero tarareaste ¿te acuerdas?

Dire Straits, para ti: Local Hero



viernes, 4 de julio de 2008

La Guerra Santa



Carezco de estrategias, no planifico mi avance sobre el papel en blanco, de hecho hubiera resultado un mal militar, pues sin previsión ni víveres me lanzo sobre los sentimientos o, la mayoría de las veces, me invaden ellos a mí. No domino ese momento, ni siquiera sé cuándo y cómo me van a saquear. Sólo sé que, en esos instantes, procuro que me encuentren lápiz en ristre, decidida a dejarme vencer con la única condición de que me regalen un poema. A veces gano y surgen poemas que voy colgando como pendones para las próximas cruzadas, otras pierdo y rompo mis rendiciones en mil pedazos. Disposición a luchar, a observar, a permanecer al frente, a mandar sobre el espíritu voluble. Estas son las condiciones para continuar sin desfallecer en el campo de batalla. Al final, exhausta dirijo mis tropas supervivientes a los barracones para descansar y avituallarse, para sacar las fuerzas de la maldita realidad antes de volver a la guerra. A la guerra santa.


Para Marcela que ha premiado mi particular Guerra Santa con el hallazgo del Santo Grial: su muestra de afecto

http://mujeresde40.blogspot.com/2008/06/los-cuentos-de-anabel.html


© Anabel

sábado, 21 de junio de 2008

Deseo

Sopesó tomar una pastilla de las de su mujer, pero era reacio a dejarse llevar por la química, a dejarse ganar por la desidia. Le esperaba una jornada dura, tenía que presentar el plan trimestral ante los nuevos jefes, dos alemanes con pintas de no dejarse persuadir. El proyecto era bueno, sólo había un punto que no le terminaba de convencer y no paraba de darle vueltas. Eligió la opción de ver la televisión. Una chica mona insistía en que los telespectadores llamaran a un número que repetía constantemente. Nada espectacular, pero su desparpajo y gracia le dotaban de la presencia necesaria para llenar la pantalla. Un resorte saltó e, inmediatamente, cambió de canal. Blanco y negro; chica rubia platino y chico malo con sombrero de gánster forcejean, al final, la rubia cede y cae en los brazos del traje a rayas. Oprimió otra tecla del mando. Daba igual, estaba en todos los canales: o en el color del pelo, o en las sonrisas, o en los ojos, o en los besos… ¿A quién quería engañar? No era el informe lo que le quitaba el sueño, no era el informe lo que le impedía comer, no era el informe. Apagó el aparato. Puso la cabeza entre las manos, agitó su cabello negro intentando poner en orden los deseos que galopaban desbocados por su cuerpo que volvía a enervarse pensando en ella. No lo podía creer, si hace unas semanas se lo hubieran dicho, se hubiera reído a carcajadas, se hubiera burlado del ignorante mensajero que asegurase que él, Juan José Mir Ayuso, se iba a volver loco por una limpiadora. Allí estaba, en el sofá de su comedor, a las cuatro y media de la mañana, despierto, excitado y desolado. Nunca hubiera imaginado que un sentimiento de deseo tan profundo infundiera tanta soledad, una soledad masticable e inacabable, ni siquiera se paliaba en compañía de sus hijos o de su amada mujer. Era cierto, la amaba, la había elegido como compañera de vida, como la madre de sus hijos. La culpa, la culpa atenazaba sus puños, hubiera roto los cristales de la ventana, pero se tuvo que conformar con pegar a los cojines. Si fumase, hubiera sido un buen momento para encender un cigarrillo y echar con el humo su deseo contenido. Se asomó a la ventana a comprobar que la ciudad seguía allí, a pesar de su sufrimiento: los semáforos funcionaban para los fantasmas y alguna que otra alma salía al balcón a pasear su vigilia como él. Y el calor, ese maldito calor.
Regresó a la cama, sintió el cuerpo caliente de Candela. La abrazó con delicadeza para que no se despertara.
-¿Qué te pasa Juanjo?
-Nada, que te quiero mucho –y la besó de forma instintiva, como quien dice buenos días por la mañana.
Candela encontró placentera la mezcla de somnolencia y besos con la que su marido la estaba regalando y se dejó llevar. Bajo los tenues rayos de sombra que la persiana lanzaba sobre las sábanas, Juan José mitigó su sed en un cuerpo que no deseaba.

La reunión había colmado todas las expectativas, los jefes estaban muy satisfechos con el trabajo realizado y el plan para el próximo trimestre les agradó mucho. Así que hoy, Juan José sólo tenía que terminar de dar un par de ajustes al tema y habría acabado, podría estar en casa antes de las once. Pero no iba a estar. A las once y cinco apareció por la puerta.
-Buenas noches, don Juanjo. ¿También hoy tiene que trabajar? Sí que hace horas.
-Buenas noches, Leticia. Sí, sí hoy también, ya ves –la oficina se había esfumado de la vista de don Juanjo; todo había adquirido el tono verde de su bata, de las letras bordadas a máquina con el nombre de la empresa de limpieza sobre su pequeño pecho.
-Al menos se las pagaran mejor que a mí, eso seguro ¿no, don Juanjo? –se inclinó sobre su carrito para sacar la aspiradora.
-Bueno, según se mire… -ya sólo veía esa bata moverse por los escasos metros cuadrados del despacho, los contoneos, los suspiros que elevaban sus delicados pechos, la mínima largura que dejaba entrever lo justo para desear ver más allá de donde acababan las piernas desnudas.
-Siga, siga, por mí no deje de trabajar. Si quiere me voy y vuelvo más tarde –mascaba chicle con la boca abierta dejando ver cómo la lengua lo mareaba por la cavidad.
-No, no, así descanso un poco, sigue, sigue… –un globo estalló sobre los labios de Leticia y ella, con una risita apagada, se fue despegando el chicle que había quedado en la naricilla, en las comisuras.
Cogió el mango del aspirador con gran dedicación, volcándose sobre él como si la potencia del motor aumentara cuanto más arriba quedara su trasero respingón. Juan José empezó a tener mucho calor, mucho calor. Leticia pasó el ruidoso aparato únicamente por delante de la mesa, el resto no se pisa, ¿no cree, don Juanjo? Juan José asentía.
-¿Le repaso el polvo a la mesa, don Juanjo? –y una bayeta amarilla era el preludio a unas vistas insinuantes de un escote joven y turgente.
Juan José deseó tirar todos los papeles al suelo de un manotazo, cogerla por los brazos y tumbarla sobre la mesa, forzarla, si hiciera falta, y arrancarle la maldita bata verde para ver los pechos de su insomnio, para tocar las nalgas de su pecado, porque sabía que, al final, caería rendida como la rubia platino de la peli del gánster. El bolígrafo se le resbaló de entre los dedos y Leticia no pudo reprimir una risotada presuntuosa, holgada y redonda. La miró a sus ojos punzantes como cabeza de alfiler y ella se dio la vuelta para seguir quitando el polvo a la librería de en frente.
-Bueno, ya he acabado. Hasta mañana, don Juanjo –y la bata abandonó el despacho.
Juan José cogió el teléfono.
-¿Alberto? Sí, sí, la reunión ha ido estupendamente… No, no te llamaba por eso. Escucha, sabes quién es Leticia, ¿no?… Sí, la hija de Luisa, la limpiadora que se jubiló hace un par de meses, sí, esa… Verás, hay que despedirla, sí, sí, como lo oyes… No limpia nada, desde que ella se encarga de la oficina está todo mucho más sucio… Sí, sí, por eso, si aún está en prácticas, menos problema… Vale, mañana hablamos, adiós.
Colgó el teléfono con una sonrisa resentida. Se ajustó la corbata, ya no hacía tanto calor.
© Anabel

sábado, 14 de junio de 2008

Un beso en la mejilla




- No, no llevo bragas… -se sonrojó- es que con estos pantalones sólo se pueden llevar tangas y son tan molestos…-la lengua la acalló sin piedad, hasta el fondo-.
Hablaba sin parar, dando más explicaciones de las necesarias, dejando los nervios en los sonidos sin sentido que se le escapaban por la boca. Laura sintió alivio al besar su lengua, le tranquilizó como el Valium de las noches eternas que le echaba una cortina sobre la cama, esterilizándola de los malos pensamientos y peores recuerdos. Así, con ese alivio renovador continuó besándole por entero, sin dejar un resquicio de su cuerpo. Descubrió su vello axilar y un par de pecas en los omoplatos, encontró dulces cosquillas en sus pestañas y olor a madera tropical en su pubis; disfrutó con sus pezones y con su pene que la convirtió en la mujer única del momento. Le hubiera gustado preguntarle si él había disfrutado, haberle dicho que ella sí, que hacía mucho tiempo que no tenía sexo tan estupendo, que le gustaba su olor, su tacto… Sabía por experiencia que eso no debía decirlo, sabía que se arrepentiría al día siguiente en su enfrentamiento versus el espejo, cuando el maldito pulido le devolviera la imagen demacrada de la resaca y le preguntara cómo podía haber sido tan imbécil de dejar traslucir sus sentimientos por alguien que jamás la volvería a llamar. Así que cogió su bolso y tan sólo se atrevió a dejarle un tímido beso en la mejilla como resumen de lo ocurrido.

Un beso en la mejilla. Le resultaba tan extraño, y se volvía a tocar la mejilla besada. La mayoría de las veces, ellas se quedaban dormidas y era él el que se iba primero; odiaba el momento de la despedida en el que has de decir que ha sido maravilloso, aunque haya sido mentira, en el que te ves obligado a besarlas, a fingir que eres un caballero aunque sean las siete de la mañana y de lo único que tengas ganas es de ducharte y dormir un rato más en tu propia cama sin otro cuerpo al lado. Esta vez no había sucedido de este modo, ella se había ido antes, sin hacer ruido, dejándolo dormir, no lo había despertado para importunarlo con preguntas del tipo ¿te ha gustado?, ¿me volverás a llamar?, ¿te di mi número? Y le había dejado un beso en la mejilla. Porque lo sintió, lo sintió con una fuerza inusitada contraria a la delicadeza del roce de sus labios. No podía olvidarse de ese beso, de la paz que le dejó después para continuar con un sueño dulce. Se llamaba Laura, era raro que se acordara.

Al sábado siguiente la buscó en el pub donde la había encontrado la semana anterior. La vio al final de la barra con el mismo grupo de amigas, con la estupenda pelirroja que le dio calabazas y que le dejó, como última opción, lanzarse a por la morenita. Laura. La observaba mientras bebía el gin tonic, sin que ella se percatara. No llevaba los pantalones negros que le marcaban su culito, hoy se había puesto minifalda, con medias de rejilla y una camiseta con lentejuelas que parecía de marca. Le excitaron los botines altos que acababan sus piernas, cada día estaba más fetichista. Tenía un rostro bonito, muy agradable, aunque desde donde estaba no podía apreciar el color de sus ojos, pero sí su amplia sonrisa. Se tocó la mejilla. Cogió su bebida y se acercó a ella.
-Hola, Laura.
-Hola, Javier – automáticamente, las amigas se desperdigaron por el local-.
Se quedaron un momento en silencio mirándose, como si los dos quisieran confirmar que el rostro de cada uno era de esa forma y no de otra. Ella corroboró que él era endiabladamente guapo, morenazo de pelo ondulado y ojos azules. Él se sorprendió de unos ojos miel inmensos y unos labios mucho más apetitosos de lo que recordaba, mucho más.
- ¿Cómo estás?
Laura le contestó con su fantástica sonrisa.
- ¿Puedo hablar contigo un segundo?
- Claro, dime –la seguridad de que ya no quería nada con ella, le proporcionaba a Laura la tranquilidad que demostraba-.
- Me tienes intrigado, verás, me sorprendió que al irte del hotel me dieras un beso en la mejilla.
Laura empezó a enrojecer, no había contado con que él se diera cuenta.
-¿Qué tiene de malo? –acertó a decir.
-Nada, absolutamente nada, es que llevo toda la semana preguntándome por qué me besaste así, por qué te fuiste sin despertarme.
-Esa era mi intención, pero veo que no lo conseguí, no quería despertarte, de veras…-empezaba a soltase la traidora lengua.
-No, no; no me molestó, sólo que me gustaría saber por qué lo hiciste –y se quedó mirándola fijamente, esperando una respuesta, amenazando con esos ojos que no se iría si no le contestaba.
¿Cómo se le ocurría hacerle esa pregunta? No lo podía creer; no acertaba a pensar con claridad y se conocía: sabía que se iba a lanzar a hablar sin sentido, sin parar, sin freno. Había que decidir rápidamente qué le iba a contar, antes de que la verborrea se hiciera dueña de la situación. La verdad se presentó como la solución más a mano.
-Porque me gustó, porque me gustaste, porque fue una noche maravillosa, porque no quería despertarte ni agobiarte con preguntas absurdas, porque no quería que me vieras como una pesada desesperada, porque sí. ¿Satisfecho?
Javier había escuchado su voz y leído sus labios, había sentido los nervios en sus ojos, la verdad en su tez y la había visto hermosa. Dejó el vaso en la barra. Abarcó su cara redonda entre las manos y la acercó hasta él para besarla.




© Anabel

domingo, 25 de mayo de 2008

Susurro

Pienso en tu voz susurrándome al oído,
aunque sea la lista de la compra,
y cierro los ojos
y trago saliva
para no ahogarme
de placer,
del gusto indescriptible
de sentir tu aliento,
tu humedad
que me salpica
la gota necesaria
que eclosiona
mi íntima semilla.
© Anabel



jueves, 15 de mayo de 2008

Pepe y Marta



Una mezcla de inconstancia y poca atención es lo que le da la apariencia de despistado; un despistado agradable, con el cabello bastante largo y despeinado, rizado y algo canoso, con cierto aire hippy, con cierto atractivo. Tal vez americanas de pana o chaquetas de lana sobre camisetas roídas, pantalones vaqueros que parecen seguir la nueva moda de enseñar los calzoncillos pero que en él es simple vagancia: no se pone el cinturón aunque se lo regale Marta. Zapatos, sí, las deportivas para cuando sale a correr con el perro.
Desordenado, su escritorio está lleno de papeles y bolígrafos: si no ve 3 ó 4 bolis por la mesa, no se sienta a escribir tranquilo. Manía que le quedó de cuando escribía a mano, sin ordenador, y temía quedarse sin tinta. Le costó habituarse al teclado, porque, como un niño que pasa directamente a caminar sin dar el paso de gatear, Pepe pasó al ordenador sin tocar una máquina de escribir después de haber logrado en el dedo corazón de la mano derecha el cayo más espectacular que nadie haya visto y después del enésimo ruego de su editor por que le presentara los borradores en un estado medianamente legible.
En sus cosas no habrá orden, pero su mente clasifica perfectamente todos los documentos, argumentos, frases que necesita para escribir sus obras. Tiene una memoria infatigable, casi más amplia que la de su ordenador, para datos biográficos o citas de sus escritores preferidos. Puede pasarse horas hablando sobre creación literaria y quedarse mudo cuando el fútbol aparece en las conversaciones con sus amigos o cuando Marta le recrimina que no hace nada por la limpieza doméstica. Puede olvidarse de regalar el día del aniversario, pero, de vez en cuando, al pasar por delante de una floristería recuerda que está enamorado y compra una maceta de pensamientos violetas que Marta pone en la ventana del dormitorio junto a la de margaritas que le regaló el mes pasado.
Aunque tenga apariencia tranquila e inofensiva, tiene un punto temible. Cuando éste le da, no hay quien lo pare: hace lo que se le antoja pase lo que pase; en ese momento, nada le importa. En el anterior cumpleaños de su cuñado Javi, decidió no ir en el último instante. Todos le esperaban, además él era el encargado de llevar los regalos. La fiesta empezó: "Vale más que nos pongamos a cenar. A Pepe le ha dado el punto", ante tal aseveración de Marta, se sentaron a la mesa y comenzaron la reunión sin él y sin extrañamiento.
Cuando se estaba acabando, amaneció en el rellano, sin los regalos, y con alguna copita de más. Marta lo cogió por el brazo y le dijo: "Vamos, Pepe, vamos al coche. Te llevaré a casa." Y le dio un beso húmedo en la mejilla con el que Pepe abandonaba el trance y se daba cuenta de que la quería con todo su corazón.
© Anabel

martes, 29 de abril de 2008

Pilar, Pilara, Pilarica




Tengo un tesoro. Se llama Pilar. Es una gran amiga que ha tomado la alternativa en los ruedos de la literatura publicando su primer libro: “Relatos breves”. Breves serán, pero hacen gala de la máxima que nuestro paisano Baltasar Gracián nos dejo: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Y ella es muy buena. Además, pinta unos ojos profundos de brillos infinitos.
Le escribí un poema y me ha regalado un sitio de honor en
Viajera aérea,

alas azules y corazón blanco,

caudalosa como el Ebro

tenaz y capaz,

mujer escritora de retazos de vida ,

pasión sobre tres estrellas de ocho puntas,

se regala a los amigos

entre salto de nube a nube

y tiro porque ya me tocaba...

No pares de escribir, no pares de volar

que yo vuelo contigo.


© Anabel

lunes, 7 de abril de 2008

Triunfar como una sirena en tierra firme

Ilustración regalo de Mar Cantón


Gracias a ti me siento triunfadora, gracias a ti y a tus pinceles.


Pau Casals. Prelude from Bach's Cello Suite No. 1





Le he ganado a la inmortalidad porque he sido eterna en un corazón durante un instante,
porque sigo oyendo los aplausos cada vez que repaso los colores del alma de mi Sirena,
porque poseo el acto creativo en estado puro,
porque me he sentido realmente buena aunque nunca lo vuelva a ser,
porque he bebido el elixir de los dioses y cesó mi sed,
porque conozco la amistad sin rostro pero con lazos de seda y agua de mar,
porque la vida ya no me debe nada.
© Anabel

domingo, 30 de marzo de 2008

Sirena



Viento que sopla con guarnición de migraña
Cantos orquestados por la rutina, banda sonora habitual
Invadida por el deseo, pero atada de aletas y manos
En ayunas de amor, hambrienta de algas dulces
Náufraga en un bosque sin mar
Sirena a la que trasplantaron pulmones
Abordada por piratas en números rojos
por arrugas, persistentes recordatorios
Se asfixia en el aire de Realidad

Romper el timón del barco
amarrarlo sin derecho a devolución
sin factura que pagar
Ciega de pasado
médium del eterno presente
Sueña que respira con agallas
libre de escamas
que se alimenta de corazones hallados en redomas flotantes
rodeada de estrellas


© Anabel

miércoles, 13 de febrero de 2008

Alzheimer




Tenemos el salón decorado
con bodegones de pan y cebolla
y juramentos hasta la muerte
que no recuerdo cuándo los compré
ni cómo los firmé.
Mi bolso está vacío
de migas de bizcocho,
de equis en negrita,
de hilo de Ariadna,
de brújulas con imán.
El ordenador enumera archivos
con cientos de poemas
que no leí
porque no sé escribir.
Oigo los gritos
de las sábanas de raso
y los camisones de seda
que emparedé en los años.
No encuentro la llave
del cofre del tesoro,
de la puerta de la dicha.
El rosal marchito del balcón
me recrimina la sequía que padece.

Esta mañana,
he olvidado
darte un beso al despertar.




© Anabel


martes, 29 de enero de 2008

El desalmado

A mis poetas favoritos:
al uno por creer demasiado en mí y
al otro por darme la inspiración.
Nunca estaré a vuestra altura.
Tras la reciente limpia en el muelle 34, Joe Pirelli, el Colmillo, se había convertido en el dueño, en el puto amo del cotarro italiano en Chicago. Había acabado con su acérrimo competidor, el único que se atrevía a tocarle los huevos, el único que le hacía sombra en algún negocio. Porque si hubiera sido un mierdecilla, un pelota tembloroso cuando él, el gran Pirelli, entraba en sus clubs, no le hubiera tocado un pelo, pero sólo había una cosa que Joe Pirelli no soportaba de nadie: la arrogancia, la falta de miedo ante su presencia, eso era pecado mortal. Además, Frank Moretto era bueno, demasiado para el ego de Joe. En sus clubs se podían encontrar las mejores chicas de toda la ciudad, las más exuberantes, las mejores bailarinas, las mejores furcias, el mejor güisqui de contrabando, el mejor salón de juegos ilegal y una recóndita sala donde ponerse hasta el culo de drogas, malditas drogas. El Colmillo odiaba las drogas. Respetaba que un hombre fuera putero, que jugara, había que divertirse, incluso que se emborrachara de vez en cuando, ¿qué sería la vida sin las juergas con los colegas?, pero las drogas volvían estúpidos a sus hombres, dejaban de obedecerle para obedecer ciegamente al maldito opio. Así que Frank Moretto había reunido una serie de condiciones por las que pasar a ser el número uno de los enemigos de Joe y a gran distancia del patético número dos, Mark Stora, un desgraciado que regentaba varios locales de juego en donde el Colmillo podía jugar sin perder nunca. Regodeándose en el último gesto de dolor de la ensangrentada cara de Moretto, Joe Pirelli se durmió con la sonrisa de un niño al que los Reyes le han concedido todos los regalos.
No podía evitar que esos pezones sonrosados, pequeñitos pero punzantes, se clavaran en sus diminutos ojos marrones. Tenía las mejores tetas de todo el local, cabían en el hueco de sus manos, lo justo para poder apretarlas, oprimirlas mientras olía la nívea piel del cuello y su miembro abría el camino hacía la meta del placer. No era una puta exagerada, de las que gritan como si las estuvieran matando, que sudan como si corrieran una maratón; cara de esfuerzo, de dolor en cada vaivén desmedido, sin arte. No, ella jadeaba, se le escapaba algún gritito, su tez brillaba tenuemente, destellando los colores intermitentes del anuncio luminoso de tabaco que se colaba por entre la persiana de láminas, con movimientos lentos, acompasados, delicados, casi sin despeinarse, como una dama, pero con un fulgor en los ojos que volvía loco a Joe. El carmín extendido por sus caras, al acabar el servicio, las delataba como simples sirvientas del sexo, en el rostro de Virginia incluso la dotaba de una excéntrica distinción. Ella había sido el verdadero y secreto motivo por el que tuvo que deshacerse de Moretto. El error de Frank fue no cederle a Virginia. Intentó convencerlo con dinero, le ofreció grandes cantidades; hasta le propuso hacerse cargo de los antros de juego de la zona norte, la joya del territorio Pirelli. Cuando iba al club y veía que el viejo de Al Giacomo la babeaba y sobaba, o que el propio Moretto le tocaba el culo siempre que le apetecía, o cuando imágenes sicalípticas entre Virginia y cualquier otro cliente le atormentaban las noches, se le revolvía el estómago y, más de una vez, vomitaba la bilis en el retrete.

Allí la tenía, vestida como lo que era una noble entre tanta plebe, enfundada en un carísimo vestido rojo como la pasión que encendía en Joe, sobre unos soberbios zapatos negros como los celos de Joe, adornada con zafiros tan azules como el amor inconfesable que Joe sentía por esa mujer. Y sólo con mirarla hubiera tenido bastante, sólo con poder oler su fragancia natural, sólo con oír su voz cortante y profunda diciéndole “¿qué quieres, Joe?”, sólo con eso a Joe le latía más rápido el corazón, el cual bombeaba la sangre a todas las células del obeso cuerpo, a todos los alvéolos de los atrofiados pulmones, a todas las neuronas del ambicioso cerebro.
- Quiero lo mejor para ti, princesa.
- Me llamo Virginia. ¿Para qué me has traído a tu casa, Joe?
No le temblaba la voz, estaba serena, le miraba sin pestañear mientras lanzaba despreocupadamente el humo del cigarrillo que había tenido la suerte de permanecer unos instantes en su boca. Esa actitud que aborrecía en los hombres, transformaba en reinas a las mujeres. Y Virginia era una diosa.
- Quiero que te quedes a vivir en mi casa –como Virginia no mostró ninguna emoción, Joe continuó-. He pensado que te gustaría salir del club, vivir aquí, conmigo. No te faltaría de nada, tendrías todo lo que nunca te han dado, irías vestida siempre como vas ahora, todo lo que te mereces; no tendrías que volver a trabajar jamás.
Virginia fumaba, parecía pensar seriamente en la proposición de Joe. Se acabó el cigarrillo y se aseguró que lo dejaba bien apagado al aplastarlo en el cenicero de plata.
- Te agradezco la proposición, Joe, pero yo no te quiero, no creo que llegue a quererte jamás, que me vayas a mantener no es suficiente razón para mentirte.
Una fibra diminuta de la aorta se rompió y Joe sintió un gran dolor, pero lo disimuló con una enorme sonrisa que dejaba ver su colmillo de oro.
- ¿Acaso te he pedido amor, Virginia? Quiero tu compañía, a cambio, te regalo una vida cómoda y llena de placeres.
- Entonces, de acuerdo.
Aquella noche Joe durmió sólo en su cama de dos por dos, no quería que Virginia creyera que le urgía poseerla, le daría unos días para que viera que no era un animal. Su cara no reflejó satisfacción cuando por fin pudo dormirse, unas palabras resonaban en su cabeza: “…no creo que llegue a quererte jamás, no creo que llegue a quererte jamás…”

Ya no estaba prohibido brindar con alcohol, la Ley Seca se había abolido hacia tres meses [1] y el champaña no paraba de correr libre por las copas del local de Pirelli. Todos lo seguían celebrando, menos él y sus hombres. Encerrados en el despacho, tras una densa cortina de humo y preocupación, discutían sobre el enfoque de los negocios en el futuro. La Ley Seca les había hecho ricos, la legalización del alcohol les obligaba a investigar nuevas vías de financiación pues los beneficios empezaban a disminuir. Joe no tenía tiempo para ocuparse ahora en renovar todo la intrincada trama de locales, contactos, proveedores, sobornos… Tampoco podía dejarlo todo en manos de Giancarlo, el Manco, su hombre de confianza, a pesar de su lealtad, todos sabían lo mucho que le gustaba meter mano en los bolsillos ajenos.
- Colmillo, debemos organizarnos con Nueva York, allí están ganando mucha pasta con la heroína. Luciano necesita una sucursal aquí, en Chicago, para poder expandirse…-el Manco se explicaba dibujando en la cargada atmósfera de la habitación círculos concéntricos con el humo del Habano que sacudía su única mano, la derecha.
- ¿Cuántas veces te he dicho que no me gustan las drogas? Joder, reblandecen el cerebro, vuelven a los hombres inútiles. No, hay que buscar otro modo. Los locales de alterne y juego siempre nos han dado ganancias, hay que seguir con ellos.
¿Qué más daba heroína, que alcohol, que juego, que putas? El negocio era el negocio, los hombres de Pirelli no entendían nada. Estaban convencidos que la Aristócrata le tenía sorbido el seso como si de una droga dura se tratara.
Miró por tercera vez el reloj. Corrió la cortina de la ventana que daba al local y observó la barra. Hermosa, distinguida, erguida y orgullosa, cual estatua marmórea, Virginia le esperaba sentada en un taburete de piel sobre una contorsión de piernas inexplicable que hacía imposible el equilibrio que ella mantenía.
- Bueno, no nos pongamos nerviosos. Bajemos con todos; que no nos vean preocupados, que parezca que esto es tan estupendo para ellos como para nosotros. Mañana quiero ideas sobre la mesa, por hoy se acabó. Manco, encárgate del local, voy a salir.
El Manco, sacó el brazo izquierdo del bolsillo de la americana y se rascó el muñón. Siempre que estaba preocupado un ardiente picor le corroía la mano amputada.
Viernes, mesa reservada en Le Grand Hotel, cita ineludible. A Virginia le gustaba el foie-gras, Pirelli lo hacía traer ex profeso de Francia, pagaba cada rodaja del maldito hígado a precio de oro, pero valía la pena ver cómo la lengua de su princesa se paseaba tímidamente por esos labios manchados de grasa de oca francesa. La mente y el tiempo de Joe estaban dedicados en satisfacer hasta el más ínfimo detalle la existencia de Virginia. Había notado un cambio que le hacía albergar esperanzas sobre la posibilidad de que el impenetrable corazón de su princesa comenzara a abrirse como una ostra. Sólo pensaba en apropiarse de la fantástica perla que se refugiaba en ese interior tan frío. A la salida del restaurante, Virginia se colgó del brazo de su amante y salieron a dar un paseo. A ella le gustaba caminar, sobre todo después de una copiosa cena, decía que le ayudaba a hacer la digestión. A Joe también le gustaba: la agradable temperatura casi primaveral de principios de marzo permitía lucir con mayor amplitud de escote la hermosura de su chica. Obligaba a su chófer a que los siguiera a cierta distancia, a la velocidad que llevaran sus pies, para, cuando ella se cansara, volver a casa cómodamente. Esta noche, Virginia cogía con más fuerza su brazo; él disfrutaba con la presión. Ahora era él quien se relamía.
Un andrajoso personaje apareció de repente de una de las callejuelas que daban a la calle principal, cubierto de mugre y de barba de varios días, agarró por el cuello a Virginia. Un arma negra apuntaba directamente a la sien de la princesa. Por primera vez en su vida, Joe se quedó paralizado.
- ¡Quieto! Como se te ocurra moverte o avisar o cualquier otra cosa la mato. ¿Me oyes? ¡La mato!
- No haré nada, ¿qué quieres? Dímelo y te lo conseguiré, pero déjala, suéltala. Te daré lo que me pidas.
- Dile al chófer que baje del coche, con cuidadito, que si le veo un arma se me resbalará el dedo en el gatillo. Que tire la pistola por la ventanilla, despacio, muy despacio. ¿Lo has entendido?
- Marco, baja del coche despacio y obedécele.
El chófer siguió las instrucciones al pie de la letra y se puso al lado de su jefe. El hombre arrastró a Virginia por el cuello, la introdujo a empujones en el coche y arrancó el vehículo. Joe se echó mano al bolsillo interior de la americana, pero se dio cuenta de que cuando salía con Virginia no llevaba armas porque a ella no le agradaban. Antes de poder reaccionar, el ladrón arrojó su arma por una ventanilla y una arrogante mano de mujer lanzó un objeto brillante por la otra.
El chófer recogió una pistola de madera pintada con betún [2] y Joe el anillo de diamantes que le había regalado a Virginia por Navidad.



[1] La Ley Seca se abolió el 5 de diciembre de 1933
[2] John Dillinger se fuga de la prisión de Crown Point, Indiana el 3 de marzo de 1934. Según la leyenda, Dillinger se fugó con un arma de madera o jabón, hay diferentes versiones, pintada de betún.
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

© Anabel

lunes, 28 de enero de 2008

Redención

Reservo mi garganta,
ni un grito,
ni siquiera un gesto de dolor,
sin anestesia habré de soportar que mis entrañas se corroan.
No tengo derecho a quejarme de tan espantoso tormento.
Yo elegí mi destino, yo elegí mi dicha,
yo busqué tus brazos sabiendo que en ellos me ahogaría.
Consciente me entregué al martirio que significa amarte.

No me arrepiento.

He encontrado deleite en los recovecos del suplicio,
complacencia en mi sufrimiento
porque sé que todo lo puedo aguantar
cuando irrumpes con
tu susurro húmedo,
tu mirada lasciva,
tus besos enardecidos,
tu cuerpo generoso,
tu carne erecta.

En ellos encuentro la redención de mis pecados
y es mi deseo sufrir más,
para exonerarme en cada orgasmo,
en cada grito de placer
que ya no aplaco,
que ya no acallo,
que ya me invade.
© Anabel

martes, 8 de enero de 2008

Cuesta tanto llegar


Cuesta tanto llegar
que se me olvidó la meta,
debe estar delante, tan cerca, tan a mano,
pero no la veo
no la reconozco.
No era esto lo planeado.

Cuesta tanto llegar
que se nos cayeron las ilusiones por los desfiladeros,
perdimos la brújula que nos hacía seguir
que nos impulsaba por los senderos empinados
por los ríos de agua helada.

Cuesta tanto llegar
que temo que se acabe el camino,
que no haya más etapas
porque no sabré para qué continuar,
no sabré a dónde dirigirme.

Cuesta tanto llegar,
cuesta tanto…

Recuérdame qué me hacía llorar,
qué me hacía estremecer,
qué elevaba mi alma.
Hoy no distingo tu risa de entre un millón,
tu olor no me embarga
y siento tus brazos fláccidos y fríos.

Enséñame las fotos felices,
enséñame a caminar descalza,
a mandarte besos por el aire
a reír sin motivo.
Enséñame, por favor.

Necesito carecer de tiempo,
carecer de lo imprescindible
para volver a apreciar tu compañía,
valorar lo que no tengo,
desear lo que poseo
y reflejarme en tu mirada
preñada de vida
otra vez.
© Anabel

El huracán


Todas las Navidades a mi padre se le llenaba la boca con la palabra tradición. Ese término incluía todas las cosas que merecían tenerse en cuenta en la vida y las únicas por las que valía la pena luchar. Solía pronunciarla con cierto tonillo irónico, pues quería restituir el término al lugar que le pertenecía y rescatarlo del bando de la sociedad conservadora, sector que se había apropiado también de la bandera y de los símbolos nacionales. La familia, el trabajo, los amigos y los altos ideales como la ecuanimidad o la coherencia eran valores que le hacían seguir levantándose cada día por la mañana y le provocaban paz, la paz necesaria para poder ser un hombre digno. Su vida estaba establecida en un equilibrio perfecto en el que podía desarrollarse como persona y madurar como un ser humano completo. Eso decía él que nunca fue un hombre ordenado, pero que realmente necesitaba una rutina diaria para mantener una armonía aunque sólo fuera alrededor de su despacho. Le gustaba desayunar tostadas y miel mientras leía el periódico, necesitaba comer a las horas en punto para regular su intestino y tomar un té después, y nunca se perdía sus paseos, decía que le ayudaban a aclarar la mente antes de ponerse a preparar las clases o a corregir los exámenes. Durante los inviernos no salía de la ciudad, pero en verano aprovechaba las vacaciones que le brindaba su puesto en la universidad y se iba a la playa con mamá al apartamento de Tarragona. Allí disfrutaba del olor a sal y se inspiraba para escribir sus libros de ensayo y filosofía.
Le quedaban algunos años para jubilarse, pero, desde hacía unos cuantos, ya peinaba canas. Siempre fue un hombre atractivo poseedor de una voz aterciopelada, que se tornaba en la de un ogro cuando nos gritaba a mi hermana y a mí, con la que podía resultar muy interesante en las distancias cortas. Una densa y cuidada barba gris resaltaba sus ojos azules los cuales habían atraído a alguna que otra estudiante. Estoy segura de que mamá no desconocía sus aventurillas con más de una, pero nunca les dio importancia, es más, creo que le enorgullecía pensar que su marido seguía siendo un hombre sugerente para las jovencitas. Prodigaba un aspecto de intelectual de los sesenta con su manía trasnochada de seguir vistiendo roídas americanas de pana con coderas. Cuántas veces mamá le había sugerido, no se atrevía a más, que las tirara y se comprara unas nuevas. Cada vez que se lo oía decir teníamos una charla sobre la importancia de mantener las convicciones personales y ser acorde a ellas: su vestimenta le presentaba como hombre de izquierdas, hecho a sí mismo, idealista, asequible, dispuesto a discutir con cualquiera que no creyera en la libertad y la democracia, ésa que nos había costado tanto conseguir. Nadie pudo hacerle entender que sus coderas deshiladas sólo lo presentaban como un catedrático de filosofía anclado en los sesenta y terco como una mula.
Y ahora me resulta tan extraño estar en la misma mesa que papá celebrando el día de Navidad sin nieve, sin frío, sin besugo ni turrón, y sin mamá. Ni siquiera sus americanas desgastadas le cubren los fláccidos brazos: una camisa hawaiana de espantosos colores hace las veces de árbol navideño. Comemos ensalada de Noche Buena, plato mejicano, pescado con Roquefort, receta de una amiga venezolana de la familia de Basilia, y arroz con dulces, herencia culinaria de la mamá de Basilia que es portorriqueña, boricua, como ella prefiere que le digamos. Echo de menos al idealista fondón que nos hablaba todas las Pascuas de lo importante que eran la familia y las convicciones. Ahora habla horas sobre el estupendo clima que hace en Acapulco, sobre lo mucho que se ha vendido su última novela “La España trasnochada” y sobre la belleza de su amante a la que no se cansa de mirar mientras ella contonea sus generosas caderas debajo de un liviano vestido.
© Anabel