jueves, 23 de junio de 2016

Para quemar





Me sobra la niebla de las miradas oscuras,
los gestos grandilocuentes
y las malas intenciones.
Me sobra la luz mortecina de la decepción,
la estulticia del arrogante,
la estupidez generalizada,
la ausencia de rigor,
la desidia cotidiana.
Me sobra aquel que confunde
churras con merinas y se cree un genio,
el que la hace y no la paga,
el que se imagina único habitante de su mundo
y escribe con faltas de ortografía,
el que malgasta su tiempo
y hace malgastar el de los demás.
Me sobra la mentira tanto como la desconsideración,
la cobardía en los sentimientos
y la falta de entusiasmo.

Fuego,
siembra pavesas purificadoras
con estas semillas del mal,
para recoger el fruto de los sueños
y la mezcla ardiente de todos los deseos.


©Anabel

lunes, 6 de junio de 2016

Nunca y Ahora




Sé lo que significa nunca,
desde siempre lo sabía,
aunque la farsante esperanza nublase,
en noches de luna llena,
mi sentido común
para convertirlo en pasto de ilusiones
y en suspiros lanzados al vacío,
el hogar de la esperanza.

Ahora
- este ahora que ya siempre será nunca-,
cuando las hormonas consiguieron ordenarse,
cuando la piel no se recupera,
cuando los ojos escasamente se humedecen,
ahora,
las insignificantes hormigas de la expectación
no pueden ni siquiera arañar
mis enormes patas de elefante desmemoriado.


©Anabel

viernes, 1 de abril de 2016

21 gramos





Me pesa el cabello detrás de la oreja,
la aureola de mi pezón,
los 21 gramos que me sobran y
la confesión que no hice
del pecado que no cometí.
Me pesa la lacra del pasado,
el futuro ciego y
este presente sin resolver.
Me pesa tu mirada
en lo más hondo de mi estómago,
me pesan estas teclas mortecinas
que ya nunca suenan como me imagino.
Me pesa esta existencia vana y arrogante,
tan insulsa como un telón sin escenario,
tan aburrida como la línea recta.
Mis brazos de romana se inclinan exageradamente
hacia el lado equivocado
y a mi rectilínea existencia le persigue
el contrapeso que nunca calculé.


© Anabel

lunes, 21 de marzo de 2016

Gilda



Quisiera ser la Gilda que,
al quitarse un guante infinito,
convincente se desnuda;
aquella que varía el clima
con un solo parpadeo o con un golpe de melena.
Imposibilita mi deseo carecer de guantes
y tener las pestañas escasas.
Sin embargo, me reconozco
en la Rita de ausente mirada,
en la alcohólica que no recuerda porque no quiere,
en la mujer madura que mira hacia atrás y no ve nada,
en la actriz que ama porque se lo ordena un letrero.
Aquella a la que le cortaron el cabello y la tiñeron de rubia
y que jamás volvió a sentirse,
con certeza, hermosa.


© Anabel

lunes, 14 de marzo de 2016

Insignificancias




I
Es mi vida tan miserable
como la de una mosca,
la duración es lo único
que las diferencia.

Y, al menos,
ella vuela.


II
No se puede perder aquello por lo que no se ha luchado,
tal vez por eso no retuve el espíritu de los ochenta.
Es el siglo XXI quien me despierta cruel
de mi letargia inútil,
quien me pincha con sus agudos vértices,
quien me echa en cara las equis de las etiquetas,
quien me recuerda lo que insisto en olvidar.
Busco la ceguera mirando al Sol,
magnánimo me regala la nimiedad de mi ser,
lo inservible de mis devaneos existenciales.
Las gafas de sol cubren mi húmeda sonrisa:
me alivia el saber que no importa mi dolor,
la insignificancia me protege
y la culpa desaparece. 

© Anabel

viernes, 4 de marzo de 2016

Días que no volverán






Usurpadora adolescente que quiso apoderarse
de un futuro en fucsia y de alegrías ininterrumpidas
que nunca le pertenecieron.
Los sueños sin porros dejan despertares letales,
porque las expectativas colocan
y, casi nunca, en la posición adecuada.
Correr demasiado para llegar al mismo destino
no vale la pena si es el viaje lo que se pierde:
el periplo y sus recovecos
será lo único que recordemos.
Tarde se aprecia, demasiado tarde para llegar a Ítaca tan pronto.
El aprendizaje apresurado, la esclavitud hormonal,
la dicotomía casa-calle, que siempre vencía el asfalto,
el alcohol y la música, benditos bares,
el olor a tabaco y hierba en las bragas.
¿Qué me queda de los ochenta?
La nostalgia y unas cuantas arrugas.
Y algo que no puedo reprimir:
que el corazón me lata desaforado al escuchar
aquellas melodías que me hacían creer
que todo era posible,
que el tiempo era infinito y
que, sin dudarlo, podía ser del lugar la reina.


© Anabel

jueves, 11 de febrero de 2016

Mi ovario derecho



El dolor metálico de mi ovario derecho
es un aviso insistente,
tanto como la presbicia de mi ojo izquierdo.
Simetría repartida a pérdidas iguales
que muestra un camino discontinuo.
Señales infalibles y crueles
me recuerdan cada mañana
que he vivido la mitad de las mañanas.
No es la incógnita de la cantidad lo que me asusta,
es la duda de la calidad de lo que me resta
lo que me impide dormir como la joven
que alguna vez habitó en mí.
Quizás la abandonara demasiado pronto,
pues ya hace lustros que me siento vieja,
y ahora, en esta caída a cámara lenta,
acuso más que nunca lo que no fui,
lo que no aprecié y, sobre todo, lo que no osé.
Sé que hay mucho por delante y por aprender,
sé de la esperanza como la última en abandonar,
pero también sé que la felicidad,
la felicidad más calmada y duradera,
sólo la he encontrado en mi muñeca sin reloj
y en el no esperar más que la siguiente inspiración.


© Anabel

martes, 20 de octubre de 2015

Rotundidad



Ella estaba sentada delante de sus ojos. Era el centro de atención de la mesa y de gravedad del comedor; era el sol alrededor del cual giraba la escena. El pequeño universo respiraba al ritmo de sus pulmones y el parpadeo de sus ojos discernía los segundos de luz de los de oscuridad. Rotunda. Si no estuviera fuera de lugar, Miguel se habría arrodillado ante semejante diosa. Su diosa soñada.

Hacía veinte años que Araceli se había mudado al mismo bloque que Miguel. Llegó tan jovencita que todavía no desprendía una luz potente, aunque sus ojos alegres y su manera de caminar presagiaban que se estaba gestando un ser arrollador. Miguel, por entonces, tenía que atender a dos adolescentes, Adrián y Andrea, más a una esposa que le amargaba los días y le hacía insoportables las noches.  Tardó en divorciarse bastante tiempo impedido por la hipoteca, por un mal sentido del deber y, sobre todo, anestesiado por una rutina impávida pero inapelable.  A Miguel le resultaba muy agradable subir en el ascensor con aquella vecina del quinto que olía tan bien, que miraba con ojos atentos y contestaba siempre con una sonrisa tan ideal que jamás pudo detectar ni un rasgo de hipocresía en ella. No se percató enseguida de su magnetismo, tal vez Miguel no fuera un hombre demasiado avispado, pero poco a poco fue disfrutando cada vez más de los encuentros fortuitos con Araceli.

Araceli y José Antonio eran el paradigma de la pareja perfecta. Dos años de casados, un niño de meses, presente feliz y grandes expectativas para un futuro mucho más amplio que su propio pasado. En el bloque, la estima de los vecinos y el cuchicheo malvado de alguna celestina insatisfecha constituían las dos caras de una moneda: la de la admiración. Pero la felicidad es impermeable, aunque no irrompible. Tras enterrar a su marido y ver la irrisoria pensión de viudedad que iba a percibir, Araceli hizo balance: dos hijos y multitud de momentos memorables fue lo que dieron de sí quince años de matrimonio.

A Miguel esos años le rentaron menos: ni un hijo más, dando gracias a Dios, y un disputado divorcio que le mermó la independencia económica, pero le multiplicó la libertad y la calma. Pudiera ser que esa libertad y esa calma le incentivaran la sensibilidad porque comenzó a albergar fogosos sentimientos hacia Araceli. Ella no podría notar la magnífica transformación que su cuerpo, que, incluso, su aura habían experimentado, pero no pasó en absoluto desapercibida para su vecino del sexto. El simple olor o la simple posibilidad de tropezarse con ella en el portal, lo transformaban en un joven poderoso, decidido, capaz de cualquier locura por amor. Maquinaba cómo dirigirse a ella, cómo captar su atención, primero, para convencerla de su amor y, luego, enamorarla con su fuerza, con su experiencia, con su capacidad de protección y pasión.

Entre ensoñaciones y deseos, las estaciones se fueron sucediendo mucho más rápido de lo que Miguel logró hacer acopio de valor para declararse a su ansiada musa. Araceli se había convertido en una mujer completa, de formas generosas, contundentes, firmes, fragantes; con un cabello rubio y rizado que arañaba con delicadeza los bordes de su escote; con carcajadas tan categóricas como el verde de sus ojos, defendidos por unas pequeñas arrugas que, al contrario de lo que se pudiera pensar, sólo hacían que rejuvenecerla. A sus sesenta y cinco años, Miguel experimentaba unos amaneceres pletóricos; henchidos el alma y el miembro, se pasaba los primeros momentos de la mañana entre orgasmos y gozosas imágenes de su querida Araceli. Tal vez no fuera un hombre resuelto, pero Miguel no contempló la posibilidad de que otros hombres la pretendieran. No podía ni siquiera imaginar a nadie, absolutamente a nadie, que la amara, venerara y deseara tan ardientemente como él.

Veinte años y Miguel la tenía por fin sentada a su mesa, compartiendo con ella comida, mantel, atmósfera, miradas. Veinte años y los dioses le habían otorgado su deseo o, al menos, parte de él: podría verla todos los días, desayunar cada mañana con su cálida voz, darle las buenas noches y besarle en la mejilla con amor, con casto amor. Tal vez careciera de dotes para dirigirse a la divinidad, para expresar sus anhelos de forma exacta y contundente, porque los hados concedieron el compartir la pasión, el deseo, la cama y la saliva al ser más cercano y parecido que encontraron a Miguel.

Delante de él, para que pudiera admirarla cada día de su vida, cada instante de su jubilación, de su vejez. Tan cerca y tan lejos, tan vívida y tan inaccesible. La rotundidad del destino tenía el color de los ojos de Araceli y el gesto lascivo, por debajo de la mesa del comedor, de la mano de Adrián entre las piernas de su esposa.

©Anabel

martes, 22 de septiembre de 2015

Carcoma





Saber que has perdido relaja,
ya nada te obliga.
Sin embargo, el descanso no aparece,
asoma la duda como la carcoma en la madera
y se ensaña con los huesos,
delicadas virutas blancas.
La derrota no proporciona tregua,
a pesar de lo que ha costado:
la carne recoge y graba
lo que el alma desea olvidar.



©Anabel

lunes, 29 de junio de 2015

Tras la batalla




Las derrotas
subsanan infartos a base de cicatrices,
convierten pieles en lonas impermeables
y confieren al vencido una apariencia fura,
resistente y resbaladiza.
Y es sólo en el reflejo de la soledad del guerrero
donde se puede observar una belleza tan etérea
como la amargura de lo que pudo ser y no fue.


©Anabel