lunes, 16 de enero de 2017

Madurez

El Roto, 2 de enero de 2017




Instalarse en la madurez significa
no estrenar ningún amanecer,
ni inaugurar veranos;
no sorprenderse por la primera hoja del otoño,
ni por la nieve sobre el mar.

Celebrar el mismo año nuevo cada uno de enero
es una rutina,
como la de romper envoltorios
y soplar las mismas velas
a pesar de que se empeñen en sumar,
y sumar,
y sumar...

Besos que recuerdan otras bocas,
días que repiten nubes y luces
delatando a un Universo hermoso,
pero finito.

Versiones originales eternamente repetidas
que logran engañar los sentimientos
como si no hubiera existido un ayer.

Porque ser puros, vírgenes, inmaculados,
porque asombrarnos ante la vieja vida
es señal de primorosa,
lejana e irrecuperable juventud.

Instalarse en la madurez significa,
no volver a hacer nada por primera vez,
ni siquiera volver a morir,
aunque ya no resucites más.


© Anabel

domingo, 8 de enero de 2017

Qué sabrá la policía de poesía


Relato que aparece en el último número de la revista PLEC.
Ilustración de Josep Maria Maya.


Lébana era puntual y cumplidora. Resultaba impensable que no hubiera avisado en el trabajo de su ausencia. Tampoco respondía al móvil, ni al fijo; el Whatssap señalaba que en veinticuatro horas no se había conectado y su cuenta de Facebook estaba inactiva desde hacía más.  La preocupación se desbordó cuando ni siquiera sus hijas eran capaces de localizarla. Alejandra, la hija mayor, fue al piso y lo encontró ordenado y limpio, como si acabaran de darle un baldeo. Esa primera impresión la tranquilizó bastante pues, en su fuero interno bullía la espantosa idea, hay que dejar de ver tantos capítulos de Ley y Orden, de la posibilidad de hallar en el comedor restos de un par de copas de gin-tonics y, tras unos rastros de ropa desperdigada por el pasillo, toparse con su madre estrangulada sobre la cama. Respiró hondo y se dirigió a la cocina. Estaba recogida y en la nevera encontró alimentos suficientes para unos días y un buen aprovisionamiento de cerveza. Buscó las maletas y las encontró, así que la probabilidad de que se hubiera ido a visitar a los abuelos a Huesca no parecía factible, aun así les llamó. Realizó la misma maniobra con Josan, el compañero escritor de Zaragoza. Y no pudo resistirse a contactar con Álvaro, un trompetista malagueño que traía a Lébana a mal vivir, pero todas estas llamadas sólo confirmaron negativas y dejaron a los interlocutores muy inquietos, sobre todo, al trompetista, cuando se lo diga a mamá le va a encantar.  El ordenador estaba encendido con el Word abierto donde se leía un poema a medio hacer.  A Alejandra los últimos poemas existenciales y pesimistas no le habían inquietado porque, como su misma madre decía, estaba pasando por una etapa, un ciclo y los poetas, al fin y al cabo, no hacen más que reflejar su estado de ánimo. Pero ahora, en este mediodía de un caluroso agosto, con lo mal que mamá lleva sus calores, ese poema inacabado le produjo cierto desasosiego. Y lo que ya le dejó con el alma en vilo fue encontrar su móvil sobre la mesilla del dormitorio, al lado de la cama deshecha, gritando desde la intermitencia de su lucecita que alguien lo cogiera.  La ventana abierta ofrecía el paisaje, casi silencioso, de una ciudad en vacaciones. Entonces se dio cuenta de que el ventilador del techo estaba encendido. Se acercó al interruptor y lo paró. Llamó a su hermana Isabela, que estaba en Segovia con su actual novio, para comunicarle que la inspección en casa de mamá había sido infructuosa. Sólo quedaba comunicar su desaparición a la policía.

El vecino del segundo llamó a la policía al día siguiente. Tanto él como su mujer llevaban toda la noche percibiendo una pestilencia que les trasformó los sueños en pesadillas. Al levantarse por la mañana, se asomaron a la ventana del dormitorio pensando encontrar el cuerpo de algún gato o, dios no lo quiera, de una rata muerta en la terraza del primero, piso que llevaba meses deshabitado. Se quedaron despavoridos al ver que el cuerpo hediondo era el de la vecina del cuarto, que les daba una espalda completamente quemada, sobre lo que se asemejaba a una alfombra roja de apariencia pegajosa y con una braga como única indumentaria.

Nadie de su entorno pudo asegurar que Lébana sufriera algún tipo de depresión, excepto las típicas preocupaciones por las hijas o los padres ancianos, nada hacía temer ni por su salud mental, ni por la  física, a pesar de los cambios propios de su edad que parecía llevarlos con estoicidad y con su sarcástico humor; tampoco se le conocían episodios de sonambulismo; estaba bien considerada en el trabajo y siempre rodeada de amigos con los que salía a divertirse a menudo y tenía una economía estable.  A pesar de todo esto, la policía dictaminó que la muerte de Lébana había sido un suicidio: la dificultad de caerse desde esa ventana debido a su arquitectura poco accesible, hacía necesaria la intención de saltar;  la ausencia de pruebas que indicaran violencia; la ausencia de huellas dactilares en la casa, y, como detalle sentenciador, el poema, al que se tomó por una nota de despedida, los poetas siempre tan existenciales:
“… El Hacedor no se ha dado cuenta aún:
mi Planeta explotó y ni el embaucador decorado
va a poder devolverme al que alguna vez fuera
mi Universo Imaginario.”
Alejandra e Isabela, qué sabrá la policía de poesía, se opusieron con todas sus fuerzas a esa resolución absolutamente equivocada bajo su punto de vista: el estado del piso, comida y cerveza en la nevera y el ventilador funcionando echaban por tierra la hipótesis del suicidio. Ellas estaban convencidas de que había sido un asesinato, una cita que había resultado ser un final. La policía argüía que tirar a alguien desde esa ventana suponía demasiado esfuerzo pues había que salvar una jardinera y eso hubiera provocado señales de violencia y forcejeo en el cadáver y en el dormitorio, de lo cual no había evidencia alguna.

Lébana odiaba el verano. En cuanto llegaba San Juan, se preparaba mentalmente para soportar los tres meses que tenía por delante: en el ritual de limpieza siempre pedía para que el verano le fuera benévolo, aunque era perfectamente consciente de lo baldío de su ruego. El estío significaba un parón en su vida, un atraso en proyectos o en viajes y, si algo se engendraba en la primavera, sabía que hasta finales de septiembre el tema no se movería. Pero lo que más temía Lébana del verano no era el parón, era la convicción, pruebas tenía de años anteriores, de que surgirían complicaciones, importantes problemas que no se resolverían hasta pasada la canícula como mínimo. A todo esto,  había que añadir el calor: la hundía en una desidia descorazonadora de la que no se libraba con cápsulas ni de guaraná ni de isoflavonas de soja. Tan solo se aliviaba si alguna brisa perdida y magnánima se colaba por su ventana, siempre abierta en las noches de verano, y la acariciaba con su soplo fresco. La manera con la que hacía frente al verano consistía en parapetarse en su piso con las persianas bajadas, el aire acondicionado, por el día, el ventilador de techo, por la noche, salir a la calle lo estrictamente necesario y, si era posible, sólo cuando empezaba a ponerse el sol.  Y a esperar el otoño con una cerveza bien fría. El hastío, estación detestada. Así que esa noche pegajosa de agosto Lébana pretendía conciliar el sueño tras haber intentado escribir un poema, otro poema existencial pesimista que no daba por terminado. Los mundos destruidos, los viejos fantasmas, las convicciones futuras, el alma en coma y la maldita mosca que no dejaba de zumbar en la oreja no eran temas que se pudieran maridar fácilmente. Decidió dejarlo para el día siguiente, dormir los poemas siempre le daba buenos resultados. Esperando la brisa amiga estaba, cuando otro ser vivo intentaba robarle su tranquilidad nocturna: un grillo. No paraba de chirriar demostrándole a la solitaria Lébana la manera más adecuada de encontrar una pareja. No quería lecciones de apareamiento, sólo quería conciliar el sueño para poder terminar el poema a la mañana siguiente y no tener que dejarlo inacabado hasta septiembre, como se temía. Después de más de media hora de canciones de amor, se levantó de la cama y se asomó a la jardinera. Le alumbraba la luna llena, musa inservible en verano, que le señaló el lugar exacto donde paraba el bicho. Dando unas grandes zancadas, se metió en la jardinera con la intención de ahuyentar al culpable de su insomnio, estos eran los peligros de vivir sola y no tener a mano un amante que le evitara semejante caza.  No quería matarlo, tan sólo sacarlo de la jardinera y empezó a propinarle manotazos. Se le escapó una carcajada al darse cuenta de la situación tan ridícula en la que se encontraba: a las tantas de la noche, dentro de una jardinera, persiguiendo a un grillo y con tan solo una braguita puesta. Como la vieran los vecinos iban a flipar. Y entre risas, las putas piedrecitas, el grillo, que no veas cómo salta, el calor y la noche, trastabillar y caer fue lo más lógico que pudo pasar.


© Anabel

viernes, 30 de diciembre de 2016

Invierno





La niebla escurridiza como piel de pez,
el albor del reflejo resbalando sobre el hielo,
el tímido sol que casi no alumbra ni molesta,
la madrugadora escarcha tiñendo la hierba,
la liviana nieve que encorva el árbol,
la espera apaciguada de la utopía,
el calor desinteresado de una manta,
el barroco güisqui en mi boca ávida.

En el abrazo gélido del invierno
no elucubro pasados mejores,
ni futuros imposibles,
me quedo, con mis canas, en la certeza
de que la existencia abarca este presente,
de que el segundo actual es el único tiempo,
pues lo anterior
siempre es modificado
y lo posterior
no es.


© Anabel

jueves, 8 de diciembre de 2016

Carne canina (Con canas y a lo loco)






Sugieres que son las canas la solución
a la estrechez que me somete
esta armadura cárnica,
carne que tanto me sobra y tanto me aprieta.

Si con ese cano estoicismo,
el déspota deseo hiciera mutis por el foro,
abandonara mis escenarios horizontales,
cesara de otear por encima de las sombrillas,
me dejara ciega ante la chispa hormonal,
indiferente ante un suspiro azul,
sorda ante el roce de una piel;

si el parapeto de la nieve madura
me aislara en una burbuja opaca,
me desterrara de las butacas de un cine,
me alejara de letras coleantes,
me otorgara el olvido de aires húmedos,
me impermeabilizara de tan pocos besos,
me concediera el don de la verdad despellejada;

ay, querida, si eso fuera así
resaltaría los mechones blancos y furiosos
que agazapados sacuden mis sueños
y los relegaría de su orfandad
regando mi testa con un alud sereno
que me abriese la última y sosegada puerta
la cual, a pesar de todos los pesares
y de mi corazón abatido,
no quiero traspasar aún.


Not yet, not yet.

© Anabel

viernes, 2 de diciembre de 2016

Purgatorios particulares


Relato escrito a cuatro manos, las de mi compañero Artur Mercé y las mías.

Me hubiera gustado tener un vis a vis con Paco. A través de los cristales de los locutorios no se logra ejercitar los cinco sentidos, aunque pude apreciar que su pasado yonqui había sido bastante indulgente con él: conservaba casi todos los dientes, su cuerpo era robusto, cuidaba su pelo castaño y su voz cálida envolvía el minúsculo y descuidado habitáculo. Me faltó conocer su sabor, su olor y la textura de su piel morena. Ahora sé con certeza que sus intenciones eran buenas para conmigo, que su deseo era sano, que con él hubiera podido disfrutar de una relación sincera, una relación como nunca tuve. Pero mi experiencia me transmitía mucho miedo y el miedo hace dudar, desconfiar. Aún hoy, sólo con recordar los portazos al llegar mi marido a casa, se me eriza el vello. Su mal beber lo pagaba con mi cuerpo, sobre él volcaba su impotencia, su rabia, su odio. Perdí la cuenta de las veces que tuve que ir a urgencias, las veces que tuve que llevar gafas de sol, las veces que lloré aterrorizada en silencio y sola. Y todo hubiera seguido igual si ese hijoputa no se hubiera fijado en la niña, mi niñita. No fue premeditado, lo juro, pero ver las cosas desde otra perspectiva te hace cambiar tu manera de pensar, de actuar. Yo permanecía tirada en el suelo después de una de las palizas más grandes que puedo recordar y, entre las gotas de sangre que goteaban de mis cejas, pude ver salir de la habitación de mi hija aquellos zapatones sucios que me propinaron una patada en el estómago para apartarme de su camino. Ni siquiera me moví, ni emití ningún quejido, la certeza de lo que acababa de decidir me había convertido en una roca. Me levanté como pude y, siguiendo la estela que sus ronquidos dejaban por el pasillo, cogí una botella de aguarrás y las cerillas. Sólo recuerdo el tufo a pocilga quemada y el calor de mi hija en los brazos. El juez fue benévolo y sólo me cayeron diez años.  Entrar en prisión no me supuso ningún trauma: nada podía ser peor que lo que ya había soportado. Pero esta vida te examina continuamente. Por la insistencia de Nieves, mi compañera de celda, empecé a cartearme con el Matamoros, esbirro de un narco de poca monta de la ciudad. Nieves me aseguraba que así él me podría pasar algo de dinero y que las internas no se meterían conmigo porque iba a estar mejor considerada, que parecía una estirada sabionda cosiendo todo el día en el taller y sin querer relacionarme con nadie. He de confesar que, al principio cuando nos carteábamos, me sentía halagada y disfrutaba como una quinceañera, incluso el primer vis a vis fue sorprendentemente bien. La ilusión con la que acudí al segundo se esfumó en cuanto el Matamoros me habló de cómo podía ayudarle a entrar droga en la prisión. Me negué en redondo y, entonces, me dio tal bofetón que caí al suelo provocando el suficiente estruendo para que los funcionarios, que ya estaban preparados para una reacción violenta del Matamoros, acudieran raudos a la habitación. Allí se acabó mi relación con él, o eso supuse. Fue en ese intervalo en el que ya no quería nada de ningún hombre, cuando volvió la vida a ponerme a prueba con Paco. Y pensé que iba a ser la tercera vez que suspendía y creí que no existía ningún hombre bueno y recelé y dudé y temí por mí y por él, porque el Matamoros no olvida. Por eso le dije a Paco que era mejor no hacer el vis a vis. De esa mentira es de lo único que me arrepiento. Esa mentira me pesa aun cuando ya no tendría que haber nada que me pesara, porque mi hija está a salvo, porque mi marido recibió su merecido, porque yo estoy pagando mi pena con creces. Pero me sigue pesando. Ese regalo me lo perdí. En mi particular purgatorio, me pesa, me pesa tanto que tardaré mucho en poder redimirme. Y no es justo.


Caer en la cuenta de que después de largos años en prisión te queda por pagar más de lo que has cumplido, albergar la convicción de que no hay un futuro digno para ti; te hace flaquear. En ese punto noté que mi juventud y vitalidad se habían desvanecido, que había dinamitado todos los puentes y nada ni nadie en el exterior eran un aliciente para mí, ni siquiera la altisonante libertad. Sólo la literatura aliviaba la sórdida realidad de cuentos y recuentos en la que estaba inmerso. En la biblioteca del Centro devoré relatos clásicos y contemporáneos sobre las más dispares experiencias y reviví sentimientos elevados y mundanos, incluso los que jamás había tenido; me adentré en la historia, el pensamiento, el poder, el arte, el infinito; era mi verdadera válvula de escape, hasta que un capricho del destino lo cambió todo. Contacté con Bea, una dulce criatura del Departamento de mujeres que había cortado con su pareja poco atrás, Matamoros, un mal bicho del Módulo de destinos, y como no mantenía trato con nadie empezamos a escribirnos. Desde el principio la relación fue sincera, nos necesitábamos, nuestras cartas diarias forjaron una amistad consistente y confidencial. Acordamos que sería mejor vernos primero en los locutorios y enseguida caí rendido a sus encantos, era menuda, bien proporcionada y sabía sacarse partido. Era pecosa, de tez clara señalada con algunas muescas del pasado y fascinantes ojos pardos, llevaba un pelo cobrizo, corto, minuciosamente alborotado, tenía un aire jovial, una sonrisa franca y un misterioso tic asustadizo en la mirada. En nuestros encuentros, siempre lucía radiante unos preciosos vestidos entallados que ella misma se hacía en el Taller. Llegué a desearla con todas mis fuerzas, la quería. Ella estaba obcecada con el trance que le llevó a la cárcel y traté en vano de ayudarla, no pude, su dolor era demasiado profundo y amargo. Desgraciadamente, las cosas se torcieron cuando Matamoros reapareció de golpe y porrazo y me desafió, yo no estaba dispuesto a dejar que se interpusiera entre nosotros y mordí el anzuelo que me había lanzado. Fui un julay y aún ahora me arrepiento. Tuvimos una encarnizada pelea en el Polideportivo y todos salimos perdiendo, él, malherido en el hospital, yo, encerrado veintidós horas al día en el pozo, y ella, con un disgusto colosal, en una última carta me dejó bien claro que lo nuestro se había terminado. Seguí escribiéndole inútilmente, no recibí respuesta alguna y quedé tocado y hundido. Entretanto, la Dirección le comunicó que en pocas semanas saldría de permiso y eso resultó definitivo, focalizó su atención hacia afuera y se olvidó de mí para siempre. Matamoros se las ingenió para estar en la brigada de obras que debía hacer una reparación importante en Mujeres y en vísperas del permiso de Bea, buscó su oportunidad para cazarla, como buen depredador se abalanzó sobre ella a traición, la tiró al suelo y le propinó un golpe brutal en el rostro, de un movimiento certero le seccionó la yugular con un cúter, permaneció encima suyo estrangulándola hasta verla morir, no podían arrancarlo de allí, ambos quedaron empapados en sangre; cuando por fin se lo llevaban aún escupió con desprecio sobre su cuerpo inerte. Y es que Bea, con los hombres, era como un gato escaldado sin olfato, precavida hasta el extremo, sí, pero siempre optaba por tomar el camino equivocado. Más adelante supe que Julio, el colega que me hizo conocerla, sabía que Matamoros la había amenazado de muerte y que ella tenía tanto miedo que no se atrevía a contárselo a nadie, por eso nos puso en contacto, pensaba que yo habría sabido protegerla, que habría sido capaz de evitar que le hiciera daño, pero desgraciadamente no estuve a la altura, el día del poli tenía que haber matado a ese maldito psicópata. Con toda esta historia rondándome una y otra vez llegué al colapso, aunque era incapaz de razonar y discernir, me dispuse a ejecutar un desesperado plan de fuga perfecto. Con dos cinturones hice un lazo corredizo que sujeté por un lado a los barrotes del tragaluz y me coloqué el otro extremo alrededor del cuello, me tiré con toda la rabia deseando que fuera el último acto mi vida, sentí un crujido paralizante y en mi balanceo agónico esbocé una leve sonrisa; hacía mucho tiempo que nada me salía bien a la primera.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Revista Imán





El último número de la revista Imán, revista de la Asociación Aragonesa de Escritores, recoge artículos tan interesantes como el de Alfredo Moreno, sobre la relación Cine-Televisión, o relatos como los de María Dubón y José Antonio Prades, mi socio, o poesía del nivel de la de Ángel Guinda. Y ya, si os apetece, también podéis leer algún poemilla mío. Fácilmente entenderéis que sea un honor para mí aparecer al lado de estos virtuosos.
Y dar las gracias a Fernando Aínsa por la labor realizada al frente de la revista durante tantos años, así como a todo su equipo.

domingo, 14 de agosto de 2016

Big Bang






Camino temblorosa por una Tierra que no es la mía
-no he puesto nombre a sus pueblos ni a sus arroyos,
sus aromas me salpican de gotas desconocidas
y en este viento no encuentro mi brisa-.
Sin embargo, si no respiro, tiene apariencia familiar,
como si todos los trayectos
me llevaran a lugares que ya visité.
El Hacedor no se ha dado cuenta aún:
mi Planeta explotó y ni el embaucador decorado
va a poder devolverme al que alguna vez fuera
mi Universo Imaginario.


©Anabel

lunes, 25 de julio de 2016

Mi ovario superfluo







Lo duplicado posee la gracia
de ser  innecesario.
El repuesto asegura
la funcionalidad de lo primordial.
Y, entonces, me pregunto
¿en qué pensaba el arquitecto divino
al otorgarnos tan solo un corazón?


©Anabel

jueves, 23 de junio de 2016

Para quemar





Me sobra la niebla de las miradas oscuras,
los gestos grandilocuentes
y las malas intenciones.
Me sobra la luz mortecina de la decepción,
la estulticia del arrogante,
la estupidez generalizada,
la ausencia de rigor,
la desidia cotidiana.
Me sobra aquel que confunde
churras con merinas y se cree un genio,
el que la hace y no la paga,
el que se imagina único habitante de su mundo
y escribe con faltas de ortografía,
el que malgasta su tiempo
y hace malgastar el de los demás.
Me sobra la mentira tanto como la desconsideración,
la cobardía en los sentimientos
y la falta de entusiasmo.

Fuego,
siembra pavesas purificadoras
con estas semillas del mal,
para recoger el fruto de los sueños
y la mezcla ardiente de todos los deseos.


©Anabel

lunes, 6 de junio de 2016

Nunca y Ahora




Sé lo que significa nunca,
desde siempre lo sabía,
aunque la farsante esperanza nublase,
en noches de luna llena,
mi sentido común
para convertirlo en pasto de ilusiones
y en suspiros lanzados al vacío,
el hogar de la esperanza.

Ahora
- este ahora que ya siempre será nunca-,
cuando las hormonas consiguieron ordenarse,
cuando la piel no se recupera,
cuando los ojos escasamente se humedecen,
ahora,
las insignificantes hormigas de la expectación
no pueden ni siquiera arañar
mis enormes patas de elefante desmemoriado.


©Anabel