viernes, 2 de diciembre de 2016

Purgatorios particulares


Relato escrito a cuatro manos, las de mi compañero Artur Mercé y las mías.

Me hubiera gustado tener un vis a vis con Paco. A través de los cristales de los locutorios no se logra ejercitar los cinco sentidos, aunque pude apreciar que su pasado yonqui había sido bastante indulgente con él: conservaba casi todos los dientes, su cuerpo era robusto, cuidaba su pelo castaño y su voz cálida envolvía el minúsculo y descuidado habitáculo. Me faltó conocer su sabor, su olor y la textura de su piel morena. Ahora sé con certeza que sus intenciones eran buenas para conmigo, que su deseo era sano, que con él hubiera podido disfrutar de una relación sincera, una relación como nunca tuve. Pero mi experiencia me transmitía mucho miedo y el miedo hace dudar, desconfiar. Aún hoy, sólo con recordar los portazos al llegar mi marido a casa, se me eriza el vello. Su mal beber lo pagaba con mi cuerpo, sobre él volcaba su impotencia, su rabia, su odio. Perdí la cuenta de las veces que tuve que ir a urgencias, las veces que tuve que llevar gafas de sol, las veces que lloré aterrorizada en silencio y sola. Y todo hubiera seguido igual si ese hijoputa no se hubiera fijado en la niña, mi niñita. No fue premeditado, lo juro, pero ver las cosas desde otra perspectiva te hace cambiar tu manera de pensar, de actuar. Yo permanecía tirada en el suelo después de una de las palizas más grandes que puedo recordar y, entre las gotas de sangre que goteaban de mis cejas, pude ver salir de la habitación de mi hija aquellos zapatones sucios que me propinaron una patada en el estómago para apartarme de su camino. Ni siquiera me moví, ni emití ningún quejido, la certeza de lo que acababa de decidir me había convertido en una roca. Me levanté como pude y, siguiendo la estela que sus ronquidos dejaban por el pasillo, cogí una botella de aguarrás y las cerillas. Sólo recuerdo el tufo a pocilga quemada y el calor de mi hija en los brazos. El juez fue benévolo y sólo me cayeron diez años.  Entrar en prisión no me supuso ningún trauma: nada podía ser peor que lo que ya había soportado. Pero esta vida te examina continuamente. Por la insistencia de Nieves, mi compañera de celda, empecé a cartearme con el Matamoros, esbirro de un narco de poca monta de la ciudad. Nieves me aseguraba que así él me podría pasar algo de dinero y que las internas no se meterían conmigo porque iba a estar mejor considerada, que parecía una estirada sabionda cosiendo todo el día en el taller y sin querer relacionarme con nadie. He de confesar que, al principio cuando nos carteábamos, me sentía halagada y disfrutaba como una quinceañera, incluso el primer vis a vis fue sorprendentemente bien. La ilusión con la que acudí al segundo se esfumó en cuanto el Matamoros me habló de cómo podía ayudarle a entrar droga en la prisión. Me negué en redondo y, entonces, me dio tal bofetón que caí al suelo provocando el suficiente estruendo para que los funcionarios, que ya estaban preparados para una reacción violenta del Matamoros, acudieran raudos a la habitación. Allí se acabó mi relación con él, o eso supuse. Fue en ese intervalo en el que ya no quería nada de ningún hombre, cuando volvió la vida a ponerme a prueba con Paco. Y pensé que iba a ser la tercera vez que suspendía y creí que no existía ningún hombre bueno y recelé y dudé y temí por mí y por él, porque el Matamoros no olvida. Por eso le dije a Paco que era mejor no hacer el vis a vis. De esa mentira es de lo único que me arrepiento. Esa mentira me pesa aun cuando ya no tendría que haber nada que me pesara, porque mi hija está a salvo, porque mi marido recibió su merecido, porque yo estoy pagando mi pena con creces. Pero me sigue pesando. Ese regalo me lo perdí. En mi particular purgatorio, me pesa, me pesa tanto que tardaré mucho en poder redimirme. Y no es justo.


Caer en la cuenta de que después de largos años en prisión te queda por pagar más de lo que has cumplido, albergar la convicción de que no hay un futuro digno para ti; te hace flaquear. En ese punto noté que mi juventud y vitalidad se habían desvanecido, que había dinamitado todos los puentes y nada ni nadie en el exterior eran un aliciente para mí, ni siquiera la altisonante libertad. Sólo la literatura aliviaba la sórdida realidad de cuentos y recuentos en la que estaba inmerso. En la biblioteca del Centro devoré relatos clásicos y contemporáneos sobre las más dispares experiencias y reviví sentimientos elevados y mundanos, incluso los que jamás había tenido; me adentré en la historia, el pensamiento, el poder, el arte, el infinito; era mi verdadera válvula de escape, hasta que un capricho del destino lo cambió todo. Contacté con Bea, una dulce criatura del Departamento de mujeres que había cortado con su pareja poco atrás, Matamoros, un mal bicho del Módulo de destinos, y como no mantenía trato con nadie empezamos a escribirnos. Desde el principio la relación fue sincera, nos necesitábamos, nuestras cartas diarias forjaron una amistad consistente y confidencial. Acordamos que sería mejor vernos primero en los locutorios y enseguida caí rendido a sus encantos, era menuda, bien proporcionada y sabía sacarse partido. Era pecosa, de tez clara señalada con algunas muescas del pasado y fascinantes ojos pardos, llevaba un pelo cobrizo, corto, minuciosamente alborotado, tenía un aire jovial, una sonrisa franca y un misterioso tic asustadizo en la mirada. En nuestros encuentros, siempre lucía radiante unos preciosos vestidos entallados que ella misma se hacía en el Taller. Llegué a desearla con todas mis fuerzas, la quería. Ella estaba obcecada con el trance que le llevó a la cárcel y traté en vano de ayudarla, no pude, su dolor era demasiado profundo y amargo. Desgraciadamente, las cosas se torcieron cuando Matamoros reapareció de golpe y porrazo y me desafió, yo no estaba dispuesto a dejar que se interpusiera entre nosotros y mordí el anzuelo que me había lanzado. Fui un julay y aún ahora me arrepiento. Tuvimos una encarnizada pelea en el Polideportivo y todos salimos perdiendo, él, malherido en el hospital, yo, encerrado veintidós horas al día en el pozo, y ella, con un disgusto colosal, en una última carta me dejó bien claro que lo nuestro se había terminado. Seguí escribiéndole inútilmente, no recibí respuesta alguna y quedé tocado y hundido. Entretanto, la Dirección le comunicó que en pocas semanas saldría de permiso y eso resultó definitivo, focalizó su atención hacia afuera y se olvidó de mí para siempre. Matamoros se las ingenió para estar en la brigada de obras que debía hacer una reparación importante en Mujeres y en vísperas del permiso de Bea, buscó su oportunidad para cazarla, como buen depredador se abalanzó sobre ella a traición, la tiró al suelo y le propinó un golpe brutal en el rostro, de un movimiento certero le seccionó la yugular con un cúter, permaneció encima suyo estrangulándola hasta verla morir, no podían arrancarlo de allí, ambos quedaron empapados en sangre; cuando por fin se lo llevaban aún escupió con desprecio sobre su cuerpo inerte. Y es que Bea, con los hombres, era como un gato escaldado sin olfato, precavida hasta el extremo, sí, pero siempre optaba por tomar el camino equivocado. Más adelante supe que Julio, el colega que me hizo conocerla, sabía que Matamoros la había amenazado de muerte y que ella tenía tanto miedo que no se atrevía a contárselo a nadie, por eso nos puso en contacto, pensaba que yo habría sabido protegerla, que habría sido capaz de evitar que le hiciera daño, pero desgraciadamente no estuve a la altura, el día del poli tenía que haber matado a ese maldito psicópata. Con toda esta historia rondándome una y otra vez llegué al colapso, aunque era incapaz de razonar y discernir, me dispuse a ejecutar un desesperado plan de fuga perfecto. Con dos cinturones hice un lazo corredizo que sujeté por un lado a los barrotes del tragaluz y me coloqué el otro extremo alrededor del cuello, me tiré con toda la rabia deseando que fuera el último acto mi vida, sentí un crujido paralizante y en mi balanceo agónico esbocé una leve sonrisa; hacía mucho tiempo que nada me salía bien a la primera.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Revista Imán





El último número de la revista Imán, revista de la Asociación Aragonesa de Escritores, recoge artículos tan interesantes como el de Alfredo Moreno, sobre la relación Cine-Televisión, o relatos como los de María Dubón y José Antonio Prades, mi socio, o poesía del nivel de la de Ángel Guinda. Y ya, si os apetece, también podéis leer algún poemilla mío. Fácilmente entenderéis que sea un honor para mí aparecer al lado de estos virtuosos.
Y dar las gracias a Fernando Aínsa por la labor realizada al frente de la revista durante tantos años, así como a todo su equipo.

domingo, 14 de agosto de 2016

Big Bang






Camino temblorosa por una Tierra que no es la mía
-no he puesto nombre a sus pueblos ni a sus arroyos,
sus aromas me salpican de gotas desconocidas
y en este viento no encuentro mi brisa-.
Sin embargo, si no respiro, tiene apariencia familiar,
como si todos los trayectos
me llevaran a lugares que ya visité.
El Hacedor no se ha dado cuenta aún:
mi Planeta explotó y ni el embaucador decorado
va a poder devolverme al que alguna vez fuera
mi Universo Imaginario.


©Anabel

lunes, 25 de julio de 2016

Mi ovario superfluo







Lo duplicado posee la gracia
de ser  innecesario.
El repuesto asegura
la funcionalidad de lo primordial.
Y, entonces, me pregunto
¿en qué pensaba el arquitecto divino
al otorgarnos tan solo un corazón?


©Anabel

jueves, 23 de junio de 2016

Para quemar





Me sobra la niebla de las miradas oscuras,
los gestos grandilocuentes
y las malas intenciones.
Me sobra la luz mortecina de la decepción,
la estulticia del arrogante,
la estupidez generalizada,
la ausencia de rigor,
la desidia cotidiana.
Me sobra aquel que confunde
churras con merinas y se cree un genio,
el que la hace y no la paga,
el que se imagina único habitante de su mundo
y escribe con faltas de ortografía,
el que malgasta su tiempo
y hace malgastar el de los demás.
Me sobra la mentira tanto como la desconsideración,
la cobardía en los sentimientos
y la falta de entusiasmo.

Fuego,
siembra pavesas purificadoras
con estas semillas del mal,
para recoger el fruto de los sueños
y la mezcla ardiente de todos los deseos.


©Anabel

lunes, 6 de junio de 2016

Nunca y Ahora




Sé lo que significa nunca,
desde siempre lo sabía,
aunque la farsante esperanza nublase,
en noches de luna llena,
mi sentido común
para convertirlo en pasto de ilusiones
y en suspiros lanzados al vacío,
el hogar de la esperanza.

Ahora
- este ahora que ya siempre será nunca-,
cuando las hormonas consiguieron ordenarse,
cuando la piel no se recupera,
cuando los ojos escasamente se humedecen,
ahora,
las insignificantes hormigas de la expectación
no pueden ni siquiera arañar
mis enormes patas de elefante desmemoriado.


©Anabel

viernes, 1 de abril de 2016

21 gramos





Me pesa el cabello detrás de la oreja,
la aureola de mi pezón,
los 21 gramos que me sobran y
la confesión que no hice
del pecado que no cometí.
Me pesa la lacra del pasado,
el futuro ciego y
este presente sin resolver.
Me pesa tu mirada
en lo más hondo de mi estómago,
me pesan estas teclas mortecinas
que ya nunca suenan como me imagino.
Me pesa esta existencia vana y arrogante,
tan insulsa como un telón sin escenario,
tan aburrida como la línea recta.
Mis brazos de romana se inclinan exageradamente
hacia el lado equivocado
y a mi rectilínea existencia le persigue
el contrapeso que nunca calculé.


© Anabel

lunes, 21 de marzo de 2016

Gilda



Quisiera ser la Gilda que,
al quitarse un guante infinito,
convincente se desnuda;
aquella que varía el clima
con un solo parpadeo o con un golpe de melena.
Imposibilita mi deseo carecer de guantes
y tener las pestañas escasas.
Sin embargo, me reconozco
en la Rita de ausente mirada,
en la alcohólica que no recuerda porque no quiere,
en la mujer madura que mira hacia atrás y no ve nada,
en la actriz que ama porque se lo ordena un letrero.
Aquella a la que le cortaron el cabello y la tiñeron de rubia
y que jamás volvió a sentirse,
con certeza, hermosa.


© Anabel

lunes, 14 de marzo de 2016

Insignificancias




I
Es mi vida tan miserable
como la de una mosca,
la duración es lo único
que las diferencia.

Y, al menos,
ella vuela.


II
No se puede perder aquello por lo que no se ha luchado,
tal vez por eso no retuve el espíritu de los ochenta.
Es el siglo XXI quien me despierta cruel
de mi letargia inútil,
quien me pincha con sus agudos vértices,
quien me echa en cara las equis de las etiquetas,
quien me recuerda lo que insisto en olvidar.
Busco la ceguera mirando al Sol,
magnánimo me regala la nimiedad de mi ser,
lo inservible de mis devaneos existenciales.
Las gafas de sol cubren mi húmeda sonrisa:
me alivia el saber que no importa mi dolor,
la insignificancia me protege
y la culpa desaparece. 

© Anabel

viernes, 4 de marzo de 2016

Días que no volverán






Usurpadora adolescente que quiso apoderarse
de un futuro en fucsia y de alegrías ininterrumpidas
que nunca le pertenecieron.
Los sueños sin porros dejan despertares letales,
porque las expectativas colocan
y, casi nunca, en la posición adecuada.
Correr demasiado para llegar al mismo destino
no vale la pena si es el viaje lo que se pierde:
el periplo y sus recovecos
será lo único que recordemos.
Tarde se aprecia, demasiado tarde para llegar a Ítaca tan pronto.
El aprendizaje apresurado, la esclavitud hormonal,
la dicotomía casa-calle, que siempre vencía el asfalto,
el alcohol y la música, benditos bares,
el olor a tabaco y hierba en las bragas.
¿Qué me queda de los ochenta?
La nostalgia y unas cuantas arrugas.
Y algo que no puedo reprimir:
que el corazón me lata desaforado al escuchar
aquellas melodías que me hacían creer
que todo era posible,
que el tiempo era infinito y
que, sin dudarlo, podía ser del lugar la reina.


© Anabel