jueves, 11 de febrero de 2016

Mi ovario derecho



El dolor metálico de mi ovario derecho
es un aviso insistente,
tanto como la presbicia de mi ojo izquierdo.
Simetría repartida a pérdidas iguales
que muestra un camino discontinuo.
Señales infalibles y crueles
me recuerdan cada mañana
que he vivido la mitad de las mañanas.
No es la incógnita de la cantidad lo que me asusta,
es la duda de la calidad de lo que me resta
lo que me impide dormir como la joven
que alguna vez habitó en mí.
Quizás la abandonara demasiado pronto,
pues ya hace lustros que me siento vieja,
y ahora, en esta caída a cámara lenta,
acuso más que nunca lo que no fui,
lo que no aprecié y, sobre todo, lo que no osé.
Sé que hay mucho por delante y por aprender,
sé de la esperanza como la última en abandonar,
pero también sé que la felicidad,
la felicidad más calmada y duradera,
sólo la he encontrado en mi muñeca sin reloj
y en el no esperar más que la siguiente inspiración.


© Anabel

martes, 20 de octubre de 2015

Rotundidad



Ella estaba sentada delante de sus ojos. Era el centro de atención de la mesa y de gravedad del comedor; era el sol alrededor del cual giraba la escena. El pequeño universo respiraba al ritmo de sus pulmones y el parpadeo de sus ojos discernía los segundos de luz de los de oscuridad. Rotunda. Si no estuviera fuera de lugar, Miguel se habría arrodillado ante semejante diosa. Su diosa soñada.

Hacía veinte años que Araceli se había mudado al mismo bloque que Miguel. Llegó tan jovencita que todavía no desprendía una luz potente, aunque sus ojos alegres y su manera de caminar presagiaban que se estaba gestando un ser arrollador. Miguel, por entonces, tenía que atender a dos adolescentes, Adrián y Andrea, más a una esposa que le amargaba los días y le hacía insoportables las noches.  Tardó en divorciarse bastante tiempo impedido por la hipoteca, por un mal sentido del deber y, sobre todo, anestesiado por una rutina impávida pero inapelable.  A Miguel le resultaba muy agradable subir en el ascensor con aquella vecina del quinto que olía tan bien, que miraba con ojos atentos y contestaba siempre con una sonrisa tan ideal que jamás pudo detectar ni un rasgo de hipocresía en ella. No se percató enseguida de su magnetismo, tal vez Miguel no fuera un hombre demasiado avispado, pero poco a poco fue disfrutando cada vez más de los encuentros fortuitos con Araceli.

Araceli y José Antonio eran el paradigma de la pareja perfecta. Dos años de casados, un niño de meses, presente feliz y grandes expectativas para un futuro mucho más amplio que su propio pasado. En el bloque, la estima de los vecinos y el cuchicheo malvado de alguna celestina insatisfecha constituían las dos caras de una moneda: la de la admiración. Pero la felicidad es impermeable, aunque no irrompible. Tras enterrar a su marido y ver la irrisoria pensión de viudedad que iba a percibir, Araceli hizo balance: dos hijos y multitud de momentos memorables fue lo que dieron de sí quince años de matrimonio.

A Miguel esos años le rentaron menos: ni un hijo más, dando gracias a Dios, y un disputado divorcio que le mermó la independencia económica, pero le multiplicó la libertad y la calma. Pudiera ser que esa libertad y esa calma le incentivaran la sensibilidad porque comenzó a albergar fogosos sentimientos hacia Araceli. Ella no podría notar la magnífica transformación que su cuerpo, que, incluso, su aura habían experimentado, pero no pasó en absoluto desapercibida para su vecino del sexto. El simple olor o la simple posibilidad de tropezarse con ella en el portal, lo transformaban en un joven poderoso, decidido, capaz de cualquier locura por amor. Maquinaba cómo dirigirse a ella, cómo captar su atención, primero, para convencerla de su amor y, luego, enamorarla con su fuerza, con su experiencia, con su capacidad de protección y pasión.

Entre ensoñaciones y deseos, las estaciones se fueron sucediendo mucho más rápido de lo que Miguel logró hacer acopio de valor para declararse a su ansiada musa. Araceli se había convertido en una mujer completa, de formas generosas, contundentes, firmes, fragantes; con un cabello rubio y rizado que arañaba con delicadeza los bordes de su escote; con carcajadas tan categóricas como el verde de sus ojos, defendidos por unas pequeñas arrugas que, al contrario de lo que se pudiera pensar, sólo hacían que rejuvenecerla. A sus sesenta y cinco años, Miguel experimentaba unos amaneceres pletóricos; henchidos el alma y el miembro, se pasaba los primeros momentos de la mañana entre orgasmos y gozosas imágenes de su querida Araceli. Tal vez no fuera un hombre resuelto, pero Miguel no contempló la posibilidad de que otros hombres la pretendieran. No podía ni siquiera imaginar a nadie, absolutamente a nadie, que la amara, venerara y deseara tan ardientemente como él.

Veinte años y Miguel la tenía por fin sentada a su mesa, compartiendo con ella comida, mantel, atmósfera, miradas. Veinte años y los dioses le habían otorgado su deseo o, al menos, parte de él: podría verla todos los días, desayunar cada mañana con su cálida voz, darle las buenas noches y besarle en la mejilla con amor, con casto amor. Tal vez careciera de dotes para dirigirse a la divinidad, para expresar sus anhelos de forma exacta y contundente, porque los hados concedieron el compartir la pasión, el deseo, la cama y la saliva al ser más cercano y parecido que encontraron a Miguel.

Delante de él, para que pudiera admirarla cada día de su vida, cada instante de su jubilación, de su vejez. Tan cerca y tan lejos, tan vívida y tan inaccesible. La rotundidad del destino tenía el color de los ojos de Araceli y el gesto lascivo, por debajo de la mesa del comedor, de la mano de Adrián entre las piernas de su esposa.

©Anabel

martes, 22 de septiembre de 2015

Carcoma





Saber que has perdido relaja,
ya nada te obliga.
Sin embargo, el descanso no aparece,
asoma la duda como la carcoma en la madera
y se ensaña con los huesos,
delicadas virutas blancas.
La derrota no proporciona tregua,
a pesar de lo que ha costado:
la carne recoge y graba
lo que el alma desea olvidar.



©Anabel

lunes, 29 de junio de 2015

Tras la batalla




Las derrotas
subsanan infartos a base de cicatrices,
convierten pieles en lonas impermeables
y confieren al vencido una apariencia fura,
resistente y resbaladiza.
Y es sólo en el reflejo de la soledad del guerrero
donde se puede observar una belleza tan etérea
como la amargura de lo que pudo ser y no fue.


©Anabel

lunes, 29 de septiembre de 2014

No quiero promesas




Nunca me gustó el verano,
el calor siempre derrite
las promesas melifluas
que se escapan por bocas sin afeitar,
propagadoras de sueños melindrosos
que únicamente cultivan resacas alérgicas al café.
No, no me excitan,
son como putas drogadictas
en busca de su dosis
en las noches plagadas de revueltas intestinas
y las sábanas resultan escasas,
repetitivas, arrugadas, malolientes
y se mojan de humedades solitarias,
demasiado azucaradas para una diabética.
Una hoja emborronada
no hace novela,
ni una promesa entre jadeos
inicia una relación convincente.
¿Ha llegado el momento de pasar a limpio,
de suprimir las mañanas de Couldina y vitamina B,
de arrancar a la soledad sincera
la única verdad de la que soy capaz?
No me engañes, Noto, con tus tormentas purificadoras,
pues el otoño reinicia el ADN
con el mismo disfraz de cada año.
Las promesas no se cumplen
con enunciados del pasado.
Me compraré botas nuevas
para pisar la sempiterna alfombra de las hojas secas.


© Anabel

viernes, 22 de agosto de 2014

Viaje a la nada




Le queda poco.
Es evidente en su mirada perdida,
tan extraviada como su memoria,
tan errática como su cronología.
Deja huellas de su despedida silenciosa:
migas de pan negro esparcidas
por el pasillo tortuoso de su presente,
únicas neuronas que revelan
su viaje hacia la otra dimensión.
No va sola en su nueva travesía,
le acompañan la cinta de Moebius
y los nombres que había borrado.
Allá donde vaya lo entenderá todo,
no habrá fechas ni caras que recordar,
las leyes físicas serán su capricho
y el miedo, por fin, desaparecerá.
Tránsito vertiginoso
que ralentiza los días,
dicotomía de lo indeseable
aunque sea paliativo.
Ya llega el aroma del opio
que sólo a ella le tiende la mano.


© Anabel

domingo, 20 de abril de 2014

Sin vuelta



Presiento que se ha ido,
y, en esta ocasión, no volverá.
Otras veces, realizó viaje de ida y vuelta,
pero este billete es sencillo
y los pájaros tienen alas de sexto sentido.
Es el inicio de la última etapa
donde la relatividad es absoluta,
y la certeza más precaria
que una palabra muda.
He oscurecido los espejos,
he hecho limpia de sueños
y he decidido caber únicamente en mi propio colchón.
Me compraré un rosario de cuentas amarillas,
como los adoquines del camino de Oz,
para rezarle al dios más sordo que exista
(es mejor que no escuchen los deseos).
Se me va la vida en el último repecho,
las ilusiones entorpecen la ascensión
y las jóvenes galas ya no ayudan,
hasta los tacones sobran ahora que he allanado el camino.
Sin lápiz de labios, sin ganas de besar,
abandonada por los pájaros
llegaré ligera y libre,
al principio del que no vislumbro el fin.


© Anabel

viernes, 14 de marzo de 2014

No estoy preparada para la primavera




Otra vez las flores del cerezo
me cogerán desprevenida, ocupada
con el estrés del mundo y los versos sin hacer.
Otra vez no estaré como quisiera estar,
ligera y grácil como las gacelas en la sabana,
me seguiré sintiendo elefante inoportuno
temeroso de pisar la incipiente hierba,
inútil como un paraguas averiado
justo antes de la anunciada tormenta.
No habré cambiado el colchón de lado,
ni desinfectado los armarios con naftalina,
habré olvidado depilarme las axilas
y la prisa me hará trastabillar
con los restos del último naufragio.

Mirar al frente he de hacer,
al frente y con la mirada alta,
preparada y valiente para llevar sombrero
para afrontar sin gafas protectoras
los nuevos rayos de un sol viejo,
para tejer con más destreza que una Penélope nocturna
el traje de un nuevo espíritu
con el que he de estrenar cada día
de esta nueva primavera.


© Anabel

sábado, 15 de febrero de 2014

El resto de la historia



“El amor es una catástrofe espléndida: saber que te vas a estrellar contra una pared, y acelerar a pesar de todo,  correr en pos de tu propio desastre con una sonrisa en los labios, esperar con curiosidad el momento en que todo se va a ir al carajo. El amor es la única decepción programada, la única desgracia previsible que deseamos repetir.”
Frédéric Beigbeder


El resto de la historia

Me estoy enamorando,
 y lo disfruto.
Quiero regocijarme en cada segundo de esta subida,
en cada suspiro y mirada,
en cada roce y saludo.
No hay prisa.
Estás en mis dedos cuando mi cama está vacía,
es el dulce mientras tanto.
Para cuando llegues,
mis sábanas estarán rojas y absorbentes,
como todos mis labios, como mi corazón.
Hasta que alcancemos la cima,
me deleitaré en la eternidad del camino,
en la insistencia de los sueños,
en el deseo de terciopelo.
Mis años me indican la velocidad,
la soledad, el ansia
y la experiencia, el peligro de la cúspide.
Desde allí, lo mejor será lanzarse al vacío
y perder, con dignidad, el resto de la historia.


© Anabel

lunes, 10 de febrero de 2014

Juventud no vivida


Lost Time by Vanleith on deviantART
Me hubiera gustado que me enseñaras,
haber aprendido contigo el efecto de lo bello,
para convencerme de que fuiste una experiencia provechosa,
para poder dar sentido al tiempo invertido.
De aquellos lodos, tan solo quedan
cien fotos desechables,
un millón de lágrimas secas,
la amargura de lo mediocre,
el sentimiento de lo perdido
y toda la culpa de la cobardía.
Me rescata pensar
que tengo el corazón intacto,
mucho mundo por descubrir,
las manos enteramente blancas
y el ímpetu inmarchitable de la juventud no vivida.

© Anabel