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martes, 12 de diciembre de 2017

Un hombre bueno




Gregorio era un hombre bueno, así podían atestiguarlo todos aquellos que tenían la suerte de conocerlo. Incluso su físico traslucía cierta gracilidad, casi elegancia, y una dulce decisión en sus zancadas, a pesar de ir sobrado de peso y de tener el centro de gravedad bastante bajo. El poco pelo que le quedaba era blanco, que junto a su tez clara, resaltaban el azul intenso de unos ojos diminutos como cabeza de alfiler. Parco en palabras, pero siempre amable y educado; generoso con sus familiares y amigos.

Gregorio se había enamorado dos veces y nunca se había casado. La primera vez que su corazón latió apresurado al ver a una mujer fue en su juventud, recién licenciado del servicio militar. Regresó a Tardienta dispuesto a terminar lo que quedaba de cosecha, no contaba con que ese verano el trigo no sería la mayor de sus preocupaciones. María Luisa tenía la mayoría de edad y dos meses, y en esos sesenta días había descubierto la parte oscura de la luna, esa que su madre tanto se había empeñado en esconderle. Había pasado el verano yendo de fiesta en fiesta, de plaza mayor en plaza mayor de todos los pueblos de la comarca. El transporte lo tenía gratis y la bebida, también, sólo tenía que bailar tan desinhibida como la dosis de alcohol le permitiera. Su madre la recibía, zapatilla en ristre, cada madrugada y María Luisa siempre le respondía lo mismo:
−Que te quedaras viuda no significa que yo también lo sea. Esto no es la casa de Bernarda Alba.
La madre rompía a llorar y la hija se iba a su cuarto a recuperarse para la próxima festividad que el calendario le brindara.
Gregorio recordaba a María Luisa como una moza guapa, pero al encontrársela aquella mañana calurosa y polvorienta, como son las mañanas estivales en Los Monegros, pensó que algo había cambiado. Sin duda, seguía tan guapa o más que antes, pero su forma de contonearse, su forma de sonreír, de mirar, la convertían en un animal del desierto.
− ¡Bienvenido, Goyito! ¿Qué tal la mili?
Aquel guiño le hizo ver el mundo a través de un chupito de licor de avellana, el color de esos pícaros ojos: quedó embriagado. Por mucho que la mili hubiera curtido a Gregorio, esa mirada le daba más miedo que la del cabo Santisteban, así que, además de humedecer los sueños con su recuerdo y saludarla diligentemente cada vez que se cruzaban, los intentos por conquistar a María Luisa fueron cobardemente nulos.
Justo antes de la Navidad de aquel 1970, María Luisa perdió el brillo de la mirada. Gregorio fue testigo de los comentarios que la gente profería en el bar y a la salida de misa: Luisita estaba preñada de uno de Senés que vendía reproducciones a escala de carros en las ferias. Parece ser que aquel mozo era demasiado independiente como para hacerse cargo de “un bombo que, además, pudiera no ser de él”. A Gregorio estas palabras le dolían más que una puñalada en el corazón. Sin embargo, lejos de pensar que la situación fuera una desgracia, pensó que podría ser una oportunidad.
─ ¿Estás seguro de lo que haces, Gregorio? ─le insistió el cura, don Damián, tras la reja del confesionario.
─No he estado más seguro en mi vida, padre.
─Anda, vamos a tomarnos un sol y sombra y me lo cuentas todo. Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine patris et filii et spiritus sancti. Amén.
Al día siguiente amaneció una mañana fría y luminosa, como son los inviernos en Los Monegros, y Gregorio esperaba a su amada en el portal de su casa.
─Buenos días, María Luisa. No quiero ser impertinente, pero me gustaría hablar contigo.
─ ¿Qué quieres, Gregorio? ¿Regodearte de mi mala suerte?− le espetó la chica harta de los dimes y diretes, del pueblo, del polvo y de la helada.
─Nada más lejos de mi intención, quiero casarme contigo.
Prepararon la ceremonia para el día de Reyes. Esperaban que el frío estuviera a la altura de la celebración y Gregorio le compró a su prometida una torerita de visón para que se la pusiera sobre el sencillo vestido blanco que la madre de la novia, entre lágrimas y mocos, había cosido con esmero. Él le dijo que no quería tener relaciones carnales hasta el día de la boda, a lo que María Luisa, tras una sonora carcajada que no pudo reprimir, le pidió perdón.
−No me mal interpretes, te deseo con locura, pero no quiero que pienses que todos los hombre somos iguales.
−Eres un hombre demasiado bueno, Gregorio.
Así que entre arrumacos y largos besos, pasaron Noche Buena, Navidad, Noche Vieja y Año Nuevo. El dos de enero un viento helado arrasó con nieve todo el pueblo y Gregorio se alegró de haberle regalado a María Luisa la chaquetilla de visón. No había acabado de regocijarse en ese pensamiento cuando oyó gritos que provenían de la calle: María Luisa, se había caído y no paraba de sangrar. La llevaron a Huesca todo lo deprisa que pudieron, pero no lograron cortarle la hemorragia. María Luisa murió en la mesa de operaciones con el niño que llevaba dentro.

La segunda vez que Gregorio se enamoró fue dos años después de jubilarse. Vivía tranquilo de su pensión y del arriendo de las tierras en la casa donde nacieron él, su padre y su abuelo. Pero cuando se enteró de que su amigo, el cura don Damián, se vendía el piso de Huesca, Gregorio pensó que se lo compraría. Le haría un favor y, al mismo tiempo, se trasladaría a Huesca a vivir. Su mente hacía días que rondaba más por la capital que por el pueblo: una mulata dominicana de sonrisa blanca le tenía sorbido el seso. A sus sesenta y siete años y sus travesías por el desierto, no se iba a dejar engañar por una mujer, pero con Martina su corazón le decía que hiciera una excepción. Así que la sacó del bar de mala muerte con olor a gasolina donde servía copas a los camioneros, como primera actividad, y la instaló en su pisito. Le dijo que no hacía falta que trabajase más, que él la necesitaba para que llevara la casa, que él la cuidaría y la querría y que ni siquiera esperaba que su cariño fuera recíproco. Martina pensó que era un buen trato, que si se portaba bien con Gregorio, hasta podría llegar a convertirse en su mujer y olvidarse para siempre de las pieles con regusto a carburante.
Pasaron los meses como si no hubiera un futuro por el que preocuparse. Gregorio se había ganado el respeto de sus nuevos vecinos y Martina, con su contento habitual, expandía sin reparo su risa por la escalera. En un edificio de más de cincuenta años, donde la mayoría de los vecinos son ancianos, el optimismo se convierte en un contagio deseable. Tal vez por los aromas caribeños que exhalaba la cocina de Martina o por sus carcajadas o por sus contoneos confiados, fuera por lo que fuera, los vecinos adoraban a la singular pareja y ni siquiera se quejaban cuando los escandalosos amigos de la dominicana montaban alguna cena hasta bien entrada la madrugada. Daba gusto verla salir del ascensor, como una vedette en su hora de descanso, libre, pisando las baldosas de terrazo como si fueran de mármol travertino. Resultaba maravilloso y extrañamente inexplicable cómo una mujer joven y exuberante podía aportar vida a una casa donde el tiempo parecía haberse cebado en sus habitantes.
Cuando llegaba la primavera, Martina se iba unas semanas a su país. Ella nunca había pedido ningún regalo, se administraba de maravilla con lo que Gregorio le daba para la casa, incluso le alcanzaba para algún capricho, lo único que quería era viajar a su tierra una vez al año. Gregorio había accedido a su deseo pues pensaba que esas semanas serían como unas vacaciones para los dos, de los dos. Del último viaje, Martina volvió embarazada. Podía habérselo ocultado, hacerle creer que el hijo era de él, pero decidió decirle la verdad, era un hombre muy bueno y no se merecía que lo engañara. Gregorio no era tonto, sabía perfectamente cómo disfrutaba la dominicana en sus vacaciones, pero lo del embarazo le cogió con la guardia baja. Estuvo unos días mohíno, hasta que resolvió cómo iba a proceder.
─ Puedes quedarte en mi casa y seguir como hasta ahora, pero con la condición de que no vuelvas nunca más a tu país.
Gregorio quedó con su amigo el cura don Damián y le contó lo ocurrido. El párroco le recordó que había corrido el riesgo conscientemente y que ese hecho era sólo una de las posibles opciones que podían haber sucedido. Cuando expresó que tenía intención de adoptar al niño, al propio Gregorio le sonó extraño oír su decisión de viva voz.
─ ¿Estás seguro de lo que haces, Gregorio?
Pero en esta ocasión, Gregorio no pudo contestar ni con la misma certeza ni la misma rapidez que la primera vez que su amigo le planteó la cuestión. Una duda pesada, como si fuera metálica, le aprisionaba el corazón. Un recuerdo, casi como una nube dispersa, le emborronaba los ojos. El giro de la rueda se repetía de nuevo marcando las agujas de su reloj.  Pensó que, cuando naciera el niño, la duda y la nube se disiparían y podría dar por sentado que no volvería a toparse con la misma rueda.
─ Sí, Damián, creo que ya va siendo hora de tener un hijo.
Así que mientras el tiempo gestaba un bebé en el vientre de Martina, en Gregorio crecía la ilusión de que, por fin, iba a ser padre, de que un ciclo de su vida se cerraba de la mejor manera.

El niño era hermoso, redondo, cálido como el clima donde fue concebido. Su perfecta cabecita estaba alborotada por unos rizos negros y sus ojos, desmedidamente grandes, eran oscuros, tan oscuros como su piel. Al coger al bebé en brazos por primera vez, Gregorio no pudo evitar comparar el blanco apagado de su antebrazo con la tez morena y arrogante de ese bebé tan diferente, tan diametralmente opuesto a él.

─ Padre, he pecado.
─ Dime, hijo, dime, dime… ─dijo don Damián esperando algún pecadillo de andar por casa.
─He echado a Martina y a su hijo de mi casa.
─Pero, Gregorio, ¿por qué has hecho eso? ─exclamó el cura conmocionado.
─Porque me he dado cuenta, padre, de que no soy un hombre bueno.

© Anabel

miércoles, 19 de abril de 2017

Regalo de Ensueño

Sol ardiente de junio de Lord Frederic Leighton, 1895


Si supieras que esta noche he soñado contigo; que hemos hecho el amor entre las iniciales bordadas de tu mujer; que me has exigido otra cita antes de abandonar tu casa; que no me has dejado ir sin robarme otro beso en el pasillo. Si supieras de qué manera he soñado contigo. Si te lo dijera…

Si tuviera el valor de contártelo, imagino que te sorprenderías y, una vez asimiladas mis palabras, una mueca indecisa invadiría tu rostro al tiempo que tus pies se echarían hacia atrás, apartándose de un camino que jamás recorrerían. Me quedaría plantada cual caña a merced de la intemperie, mirando cómo tu reticencia se aleja de mí con prisa acuciante. Es probable que así fuera en el mejor de los casos, aunque estoy segura de que, en momentos de soledad o de aburrimiento, un céfiro traicionero susurraría a tu oído imágenes de mi soñado relato: cuando los reproches  cotidianos invadieran tu espacio vital; o mientras leyeras las mismas noticias deprimentes de siempre; o cuando tus hijos te respondieran a portazos; o en las noches que ya sólo te ofrecen recuerdos lejanos, en esos instantes, te vendría a la cabeza mi escote abierto en canal, desprendiendo la fragancia ácida y penetrante que sólo el deseo posee; sentirías la electricidad que asalta en el roce de pieles; escucharías mis jadeos  salpicándote; paladearías mi saliva en tus labios y mi mirada en tus ojos pidiéndote un poco más porque todavía no llego y tu pene te descubriría que realmente te resulto peligrosamente excitante. Llegados a este punto, me atrevo a apostar que la noche te brindaría un sueño húmedo en mi cama, sobre mi respiración, dentro de mi vida onírica. Al día siguiente, cuando coincidiéramos en el trabajo, tal vez te sintieras turbado por haber estado desnudo ante mí, por haber averiguado mis secretos más íntimos, como si hubieras leído mi diario, pero, a continuación, tu pudor se convertiría en poder al acordarte de cómo habías satisfecho cada poro de mi piel, resguardados los dos bajo esa noche impune que sólo nosotros habitamos. Y entonces nuestros ojos comulgarían, nos sonreiríamos con la confianza que proporciona la certidumbre de haber satisfecho el apetito del otro. Ese sueño de deseo complacido significaría nuestra unión más allá de la realidad, nuestra realidad más allá de lo tangible.

Si te dijera que esta noche he soñado contigo, estaría regalándonos una noche de auténtico e inalterable amor.

− ¿Sabes, Jaime? Hoy he soñado contigo…

© Anabel

domingo, 16 de abril de 2017

De alma perenne

Pantano de Mediano, Huesca.


“Querido chopo, tus hojas nos han siseado mientras descansábamos bajo tu sombra buscando el resguardo de un duro día y tu tronco fue el apoyo de mi marido en sus cavilaciones. Mis nietos han jugado a tu alrededor y entre tus raíces enterramos al viejo Luqui. Has sido testigo del paso de las estaciones, del crecer de las hortalizas, de los frutales… Eras la esfinge que señalaba en la lejanía dónde quedaba nuestro huerto y que vigilaba su débil entrada. Invariablemente, al llegar a la huerta,  tocábamos tu corteza, era como un gesto supersticioso, como una contraseña, un saludo entre amigos. Todo lo que quiero va a ser anegado y en los recuerdos que me lleve constantemente estarás tú protegiéndonos de las inclemencias. Lástima que no puedas defendernos de ésta. Pero sé que tú te salvarás, como la torre de la iglesia que no dará su campanario a torcer, que quedará como la prueba impertérrita del transcurrir de unas gentes que amaron su tierra y fueron obligadas a abandonarla. Lo sé porque veo la torre permanecer gallarda entre añiles y a ti te veo poblado de nidos. Querido chopo, tendrás una segunda vida de la que no podrán arrancarte.”

En ese momento no entendí lo que la abuela me estaba diciendo. Mis rizomas llevaban años diseminándose por esa vega fértil, disfrutando de la familia de Alegría en el devenir del tiempo. No sabía de qué aguas malditas me hablaba, pues la lluvia siempre era bienvenida; no comprendía sus palabras de despedida, sus lágrimas ni, mucho menos, su vaticinio. Hubiera querido que me aclarase unas cuantas dudas, pero sabía que sólo debía esperar, esperar desde la quietud para desentrañar semejante misterio. Al cabo de un tiempo, el pueblo se inundó; excepto la torre de la iglesia, el valle quedó bajo aquel mar sobrevenido como un vómito de muerte azul. Dejé de ver el cielo, de sentir la brisa; me deslicé de mi hueco vital y sentí como el barro se apoderaba de mi savia. Aves sin alas revoloteaban entre mi maltrecha madera dejando un rastro de burbujas. Eché de menos el agua a gotas y las caricias de Alegría. Entonces fue cuando debí morir.

No sé exactamente si estoy en un sueño o en la vida después de la muerte, no soy capaz de dilucidarlo, simplemente me siento vivo, aunque no produzca clorofila alguna, ni me rieguen, ni me nazcan hojas. Es un estado extraño, en el que ni soy ni siento como antes, pero en el que me encuentro bien. Un verano, que evaporó casi por completo el caudal del pantano, quedé al descubierto y fue entonces cuando me cercenaron a trozos y me llevaron hasta la ciudad. Me metieron en unos bajos en los que estaban haciendo obras y me sometieron a un tratamiento para dejar mi madera seca e incorruptible. Luego me recompusieron grapándome las ramas y plantándome en un macetero lleno de piedras. Con unos alambres me aseguraron al techo y quedé erguido de nuevo. Me reflejo en las paredes acuosas que son lo más parecido al líquido elemento. No soy un árbol bonito, pero tal y como me han colocado parezco un fósil esbelto y casi señorial. Se podría decir que he sido el primer cliente de la peluquería. Al principio de abrir el negocio todo el mundo se fijaba en mí y preguntaba por mi procedencia. Ahora ya se han acostumbrado, aunque de vez en cuando todavía haya quien se queda maravillado ante mi exigua figura. El único céfiro que percibo son los aires salvajes y calientes de los secadores, por los ventanales entra luz a raudales y las chicas con uniforme me pasan un plumero a menudo. No son las caricias de Alegría, pero me hacen cosquillas. Me han colgado una casita para pájaros y unos nidos abandonados se mantienen a duras penas entre mis ramas huesudas. Soy un fantasma que cobija pajaritos invisibles y proporciona sombra a cabezas envueltas en toallas. Vuelvo a sentirme parte de un trozo de tierra, he vuelto a echar raíces.

Hace unos días me llevé una gran sorpresa: Alegría entró por la puerta del local. Me puse tan contento que creí que me iba a brotar una hoja. Me dijo que llevaba mucho tiempo siguiéndome el rastro y que, por fin, venía a quedarse conmigo. Ahora ella se sienta en la butaca que hay justo debajo de mí, donde suelen maquillar a las señoras, y comentamos las conversaciones plagadas de secretos que las parroquianas le cuentan al estilista; de vez en cuando, desperdigamos alpiste para nuestro amigos volátiles y, por la noche, cuando el salón queda desierto, recordamos los buenos tiempos en los que nos daba el sol y la brisa nos despeinaba.

― Alegría, ¿no oyes unos ladridos?

© Anabel

domingo, 8 de enero de 2017

Qué sabrá la policía de poesía


Relato que aparece en el último número de la revista PLEC.
Ilustración de Josep Maria Maya.


Lébana era puntual y cumplidora. Resultaba impensable que no hubiera avisado en el trabajo de su ausencia. Tampoco respondía al móvil, ni al fijo; el Whatssap señalaba que en veinticuatro horas no se había conectado y su cuenta de Facebook estaba inactiva desde hacía más.  La preocupación se desbordó cuando ni siquiera sus hijas eran capaces de localizarla. Alejandra, la hija mayor, fue al piso y lo encontró ordenado y limpio, como si acabaran de darle un baldeo. Esa primera impresión la tranquilizó bastante pues, en su fuero interno bullía la espantosa idea, hay que dejar de ver tantos capítulos de Ley y Orden, de la posibilidad de hallar en el comedor restos de un par de copas de gin-tonics y, tras unos rastros de ropa desperdigada por el pasillo, toparse con su madre estrangulada sobre la cama. Respiró hondo y se dirigió a la cocina. Estaba recogida y en la nevera encontró alimentos suficientes para unos días y un buen aprovisionamiento de cerveza. Buscó las maletas y las encontró, así que la probabilidad de que se hubiera ido a visitar a los abuelos a Huesca no parecía factible, aun así les llamó. Realizó la misma maniobra con Josan, el compañero escritor de Zaragoza. Y no pudo resistirse a contactar con Álvaro, un trompetista malagueño que traía a Lébana a mal vivir, pero todas estas llamadas sólo confirmaron negativas y dejaron a los interlocutores muy inquietos, sobre todo, al trompetista, cuando se lo diga a mamá le va a encantar.  El ordenador estaba encendido con el Word abierto donde se leía un poema a medio hacer.  A Alejandra los últimos poemas existenciales y pesimistas no le habían inquietado porque, como su misma madre decía, estaba pasando por una etapa, un ciclo y los poetas, al fin y al cabo, no hacen más que reflejar su estado de ánimo. Pero ahora, en este mediodía de un caluroso agosto, con lo mal que mamá lleva sus calores, ese poema inacabado le produjo cierto desasosiego. Y lo que ya le dejó con el alma en vilo fue encontrar su móvil sobre la mesilla del dormitorio, al lado de la cama deshecha, gritando desde la intermitencia de su lucecita que alguien lo cogiera.  La ventana abierta ofrecía el paisaje, casi silencioso, de una ciudad en vacaciones. Entonces se dio cuenta de que el ventilador del techo estaba encendido. Se acercó al interruptor y lo paró. Llamó a su hermana Isabela, que estaba en Segovia con su actual novio, para comunicarle que la inspección en casa de mamá había sido infructuosa. Sólo quedaba comunicar su desaparición a la policía.

El vecino del segundo llamó a la policía al día siguiente. Tanto él como su mujer llevaban toda la noche percibiendo una pestilencia que les trasformó los sueños en pesadillas. Al levantarse por la mañana, se asomaron a la ventana del dormitorio pensando encontrar el cuerpo de algún gato o, dios no lo quiera, de una rata muerta en la terraza del primero, piso que llevaba meses deshabitado. Se quedaron despavoridos al ver que el cuerpo hediondo era el de la vecina del cuarto, que les daba una espalda completamente quemada, sobre lo que se asemejaba a una alfombra roja de apariencia pegajosa y con una braga como única indumentaria.

Nadie de su entorno pudo asegurar que Lébana sufriera algún tipo de depresión, excepto las típicas preocupaciones por las hijas o los padres ancianos, nada hacía temer ni por su salud mental, ni por la  física, a pesar de los cambios propios de su edad que parecía llevarlos con estoicidad y con su sarcástico humor; tampoco se le conocían episodios de sonambulismo; estaba bien considerada en el trabajo y siempre rodeada de amigos con los que salía a divertirse a menudo y tenía una economía estable.  A pesar de todo esto, la policía dictaminó que la muerte de Lébana había sido un suicidio: la dificultad de caerse desde esa ventana debido a su arquitectura poco accesible, hacía necesaria la intención de saltar;  la ausencia de pruebas que indicaran violencia; la ausencia de huellas dactilares en la casa, y, como detalle sentenciador, el poema, al que se tomó por una nota de despedida, los poetas siempre tan existenciales:
“… El Hacedor no se ha dado cuenta aún:
mi Planeta explotó y ni el embaucador decorado
va a poder devolverme al que alguna vez fuera
mi Universo Imaginario.”
Alejandra e Isabela, qué sabrá la policía de poesía, se opusieron con todas sus fuerzas a esa resolución absolutamente equivocada bajo su punto de vista: el estado del piso, comida y cerveza en la nevera y el ventilador funcionando echaban por tierra la hipótesis del suicidio. Ellas estaban convencidas de que había sido un asesinato, una cita que había resultado ser un final. La policía argüía que tirar a alguien desde esa ventana suponía demasiado esfuerzo pues había que salvar una jardinera y eso hubiera provocado señales de violencia y forcejeo en el cadáver y en el dormitorio, de lo cual no había evidencia alguna.

Lébana odiaba el verano. En cuanto llegaba San Juan, se preparaba mentalmente para soportar los tres meses que tenía por delante: en el ritual de limpieza siempre pedía para que el verano le fuera benévolo, aunque era perfectamente consciente de lo baldío de su ruego. El estío significaba un parón en su vida, un atraso en proyectos o en viajes y, si algo se engendraba en la primavera, sabía que hasta finales de septiembre el tema no se movería. Pero lo que más temía Lébana del verano no era el parón, era la convicción, pruebas tenía de años anteriores, de que surgirían complicaciones, importantes problemas que no se resolverían hasta pasada la canícula como mínimo. A todo esto,  había que añadir el calor: la hundía en una desidia descorazonadora de la que no se libraba con cápsulas ni de guaraná ni de isoflavonas de soja. Tan solo se aliviaba si alguna brisa perdida y magnánima se colaba por su ventana, siempre abierta en las noches de verano, y la acariciaba con su soplo fresco. La manera con la que hacía frente al verano consistía en parapetarse en su piso con las persianas bajadas, el aire acondicionado, por el día, el ventilador de techo, por la noche, salir a la calle lo estrictamente necesario y, si era posible, sólo cuando empezaba a ponerse el sol.  Y a esperar el otoño con una cerveza bien fría. El hastío, estación detestada. Así que esa noche pegajosa de agosto Lébana pretendía conciliar el sueño tras haber intentado escribir un poema, otro poema existencial pesimista que no daba por terminado. Los mundos destruidos, los viejos fantasmas, las convicciones futuras, el alma en coma y la maldita mosca que no dejaba de zumbar en la oreja no eran temas que se pudieran maridar fácilmente. Decidió dejarlo para el día siguiente, dormir los poemas siempre le daba buenos resultados. Esperando la brisa amiga estaba, cuando otro ser vivo intentaba robarle su tranquilidad nocturna: un grillo. No paraba de chirriar demostrándole a la solitaria Lébana la manera más adecuada de encontrar una pareja. No quería lecciones de apareamiento, sólo quería conciliar el sueño para poder terminar el poema a la mañana siguiente y no tener que dejarlo inacabado hasta septiembre, como se temía. Después de más de media hora de canciones de amor, se levantó de la cama y se asomó a la jardinera. Le alumbraba la luna llena, musa inservible en verano, que le señaló el lugar exacto donde paraba el bicho. Dando unas grandes zancadas, se metió en la jardinera con la intención de ahuyentar al culpable de su insomnio, estos eran los peligros de vivir sola y no tener a mano un amante que le evitara semejante caza.  No quería matarlo, tan sólo sacarlo de la jardinera y empezó a propinarle manotazos. Se le escapó una carcajada al darse cuenta de la situación tan ridícula en la que se encontraba: a las tantas de la noche, dentro de una jardinera, persiguiendo a un grillo y con tan solo una braguita puesta. Como la vieran los vecinos iban a flipar. Y entre risas, las putas piedrecitas, el grillo, que no veas cómo salta, el calor y la noche, trastabillar y caer fue lo más lógico que pudo pasar.


© Anabel

viernes, 2 de diciembre de 2016

Purgatorios particulares


Relato escrito a cuatro manos, las de mi compañero Artur Mercé y las mías.

Me hubiera gustado tener un vis a vis con Paco. A través de los cristales de los locutorios no se logra ejercitar los cinco sentidos, aunque pude apreciar que su pasado yonqui había sido bastante indulgente con él: conservaba casi todos los dientes, su cuerpo era robusto, cuidaba su pelo castaño y su voz cálida envolvía el minúsculo y descuidado habitáculo. Me faltó conocer su sabor, su olor y la textura de su piel morena. Ahora sé con certeza que sus intenciones eran buenas para conmigo, que su deseo era sano, que con él hubiera podido disfrutar de una relación sincera, una relación como nunca tuve. Pero mi experiencia me transmitía mucho miedo y el miedo hace dudar, desconfiar. Aún hoy, sólo con recordar los portazos al llegar mi marido a casa, se me eriza el vello. Su mal beber lo pagaba con mi cuerpo, sobre él volcaba su impotencia, su rabia, su odio. Perdí la cuenta de las veces que tuve que ir a urgencias, las veces que tuve que llevar gafas de sol, las veces que lloré aterrorizada en silencio y sola. Y todo hubiera seguido igual si ese hijoputa no se hubiera fijado en la niña, mi niñita. No fue premeditado, lo juro, pero ver las cosas desde otra perspectiva te hace cambiar tu manera de pensar, de actuar. Yo permanecía tirada en el suelo después de una de las palizas más grandes que puedo recordar y, entre las gotas de sangre que goteaban de mis cejas, pude ver salir de la habitación de mi hija aquellos zapatones sucios que me propinaron una patada en el estómago para apartarme de su camino. Ni siquiera me moví, ni emití ningún quejido, la certeza de lo que acababa de decidir me había convertido en una roca. Me levanté como pude y, siguiendo la estela que sus ronquidos dejaban por el pasillo, cogí una botella de aguarrás y las cerillas. Sólo recuerdo el tufo a pocilga quemada y el calor de mi hija en los brazos. El juez fue benévolo y sólo me cayeron diez años.  Entrar en prisión no me supuso ningún trauma: nada podía ser peor que lo que ya había soportado. Pero esta vida te examina continuamente. Por la insistencia de Nieves, mi compañera de celda, empecé a cartearme con el Matamoros, esbirro de un narco de poca monta de la ciudad. Nieves me aseguraba que así él me podría pasar algo de dinero y que las internas no se meterían conmigo porque iba a estar mejor considerada, que parecía una estirada sabionda cosiendo todo el día en el taller y sin querer relacionarme con nadie. He de confesar que, al principio cuando nos carteábamos, me sentía halagada y disfrutaba como una quinceañera, incluso el primer vis a vis fue sorprendentemente bien. La ilusión con la que acudí al segundo se esfumó en cuanto el Matamoros me habló de cómo podía ayudarle a entrar droga en la prisión. Me negué en redondo y, entonces, me dio tal bofetón que caí al suelo provocando el suficiente estruendo para que los funcionarios, que ya estaban preparados para una reacción violenta del Matamoros, acudieran raudos a la habitación. Allí se acabó mi relación con él, o eso supuse. Fue en ese intervalo en el que ya no quería nada de ningún hombre, cuando volvió la vida a ponerme a prueba con Paco. Y pensé que iba a ser la tercera vez que suspendía y creí que no existía ningún hombre bueno y recelé y dudé y temí por mí y por él, porque el Matamoros no olvida. Por eso le dije a Paco que era mejor no hacer el vis a vis. De esa mentira es de lo único que me arrepiento. Esa mentira me pesa aun cuando ya no tendría que haber nada que me pesara, porque mi hija está a salvo, porque mi marido recibió su merecido, porque yo estoy pagando mi pena con creces. Pero me sigue pesando. Ese regalo me lo perdí. En mi particular purgatorio, me pesa, me pesa tanto que tardaré mucho en poder redimirme. Y no es justo.


Caer en la cuenta de que después de largos años en prisión te queda por pagar más de lo que has cumplido, albergar la convicción de que no hay un futuro digno para ti; te hace flaquear. En ese punto noté que mi juventud y vitalidad se habían desvanecido, que había dinamitado todos los puentes y nada ni nadie en el exterior eran un aliciente para mí, ni siquiera la altisonante libertad. Sólo la literatura aliviaba la sórdida realidad de cuentos y recuentos en la que estaba inmerso. En la biblioteca del Centro devoré relatos clásicos y contemporáneos sobre las más dispares experiencias y reviví sentimientos elevados y mundanos, incluso los que jamás había tenido; me adentré en la historia, el pensamiento, el poder, el arte, el infinito; era mi verdadera válvula de escape, hasta que un capricho del destino lo cambió todo. Contacté con Bea, una dulce criatura del Departamento de mujeres que había cortado con su pareja poco atrás, Matamoros, un mal bicho del Módulo de destinos, y como no mantenía trato con nadie empezamos a escribirnos. Desde el principio la relación fue sincera, nos necesitábamos, nuestras cartas diarias forjaron una amistad consistente y confidencial. Acordamos que sería mejor vernos primero en los locutorios y enseguida caí rendido a sus encantos, era menuda, bien proporcionada y sabía sacarse partido. Era pecosa, de tez clara señalada con algunas muescas del pasado y fascinantes ojos pardos, llevaba un pelo cobrizo, corto, minuciosamente alborotado, tenía un aire jovial, una sonrisa franca y un misterioso tic asustadizo en la mirada. En nuestros encuentros, siempre lucía radiante unos preciosos vestidos entallados que ella misma se hacía en el Taller. Llegué a desearla con todas mis fuerzas, la quería. Ella estaba obcecada con el trance que le llevó a la cárcel y traté en vano de ayudarla, no pude, su dolor era demasiado profundo y amargo. Desgraciadamente, las cosas se torcieron cuando Matamoros reapareció de golpe y porrazo y me desafió, yo no estaba dispuesto a dejar que se interpusiera entre nosotros y mordí el anzuelo que me había lanzado. Fui un julay y aún ahora me arrepiento. Tuvimos una encarnizada pelea en el Polideportivo y todos salimos perdiendo, él, malherido en el hospital, yo, encerrado veintidós horas al día en el pozo, y ella, con un disgusto colosal, en una última carta me dejó bien claro que lo nuestro se había terminado. Seguí escribiéndole inútilmente, no recibí respuesta alguna y quedé tocado y hundido. Entretanto, la Dirección le comunicó que en pocas semanas saldría de permiso y eso resultó definitivo, focalizó su atención hacia afuera y se olvidó de mí para siempre. Matamoros se las ingenió para estar en la brigada de obras que debía hacer una reparación importante en Mujeres y en vísperas del permiso de Bea, buscó su oportunidad para cazarla, como buen depredador se abalanzó sobre ella a traición, la tiró al suelo y le propinó un golpe brutal en el rostro, de un movimiento certero le seccionó la yugular con un cúter, permaneció encima suyo estrangulándola hasta verla morir, no podían arrancarlo de allí, ambos quedaron empapados en sangre; cuando por fin se lo llevaban aún escupió con desprecio sobre su cuerpo inerte. Y es que Bea, con los hombres, era como un gato escaldado sin olfato, precavida hasta el extremo, sí, pero siempre optaba por tomar el camino equivocado. Más adelante supe que Julio, el colega que me hizo conocerla, sabía que Matamoros la había amenazado de muerte y que ella tenía tanto miedo que no se atrevía a contárselo a nadie, por eso nos puso en contacto, pensaba que yo habría sabido protegerla, que habría sido capaz de evitar que le hiciera daño, pero desgraciadamente no estuve a la altura, el día del poli tenía que haber matado a ese maldito psicópata. Con toda esta historia rondándome una y otra vez llegué al colapso, aunque era incapaz de razonar y discernir, me dispuse a ejecutar un desesperado plan de fuga perfecto. Con dos cinturones hice un lazo corredizo que sujeté por un lado a los barrotes del tragaluz y me coloqué el otro extremo alrededor del cuello, me tiré con toda la rabia deseando que fuera el último acto mi vida, sentí un crujido paralizante y en mi balanceo agónico esbocé una leve sonrisa; hacía mucho tiempo que nada me salía bien a la primera.

martes, 20 de octubre de 2015

Rotundidad



Ella estaba sentada delante de sus ojos. Era el centro de atención de la mesa y de gravedad del comedor; era el sol alrededor del cual giraba la escena. El pequeño universo respiraba al ritmo de sus pulmones y el parpadeo de sus ojos discernía los segundos de luz de los de oscuridad. Rotunda. Si no estuviera fuera de lugar, Miguel se habría arrodillado ante semejante diosa. Su diosa soñada.

Hacía veinte años que Araceli se había mudado al mismo bloque que Miguel. Llegó tan jovencita que todavía no desprendía una luz potente, aunque sus ojos alegres y su manera de caminar presagiaban que se estaba gestando un ser arrollador. Miguel, por entonces, tenía que atender a dos adolescentes, Adrián y Andrea, más a una esposa que le amargaba los días y le hacía insoportables las noches.  Tardó en divorciarse bastante tiempo impedido por la hipoteca, por un mal sentido del deber y, sobre todo, anestesiado por una rutina impávida pero inapelable.  A Miguel le resultaba muy agradable subir en el ascensor con aquella vecina del quinto que olía tan bien, que miraba con ojos atentos y contestaba siempre con una sonrisa tan ideal que jamás pudo detectar ni un rasgo de hipocresía en ella. No se percató enseguida de su magnetismo, tal vez Miguel no fuera un hombre demasiado avispado, pero poco a poco fue disfrutando cada vez más de los encuentros fortuitos con Araceli.

Araceli y José Antonio eran el paradigma de la pareja perfecta. Dos años de casados, un niño de meses, presente feliz y grandes expectativas para un futuro mucho más amplio que su propio pasado. En el bloque, la estima de los vecinos y el cuchicheo malvado de alguna celestina insatisfecha constituían las dos caras de una moneda: la de la admiración. Pero la felicidad es impermeable, aunque no irrompible. Tras enterrar a su marido y ver la irrisoria pensión de viudedad que iba a percibir, Araceli hizo balance: dos hijos y multitud de momentos memorables fue lo que dieron de sí quince años de matrimonio.

A Miguel esos años le rentaron menos: ni un hijo más, dando gracias a Dios, y un disputado divorcio que le mermó la independencia económica, pero le multiplicó la libertad y la calma. Pudiera ser que esa libertad y esa calma le incentivaran la sensibilidad porque comenzó a albergar fogosos sentimientos hacia Araceli. Ella no podría notar la magnífica transformación que su cuerpo, que, incluso, su aura habían experimentado, pero no pasó en absoluto desapercibida para su vecino del sexto. El simple olor o la simple posibilidad de tropezarse con ella en el portal, lo transformaban en un joven poderoso, decidido, capaz de cualquier locura por amor. Maquinaba cómo dirigirse a ella, cómo captar su atención, primero, para convencerla de su amor y, luego, enamorarla con su fuerza, con su experiencia, con su capacidad de protección y pasión.

Entre ensoñaciones y deseos, las estaciones se fueron sucediendo mucho más rápido de lo que Miguel logró hacer acopio de valor para declararse a su ansiada musa. Araceli se había convertido en una mujer completa, de formas generosas, contundentes, firmes, fragantes; con un cabello rubio y rizado que arañaba con delicadeza los bordes de su escote; con carcajadas tan categóricas como el verde de sus ojos, defendidos por unas pequeñas arrugas que, al contrario de lo que se pudiera pensar, sólo hacían que rejuvenecerla. A sus sesenta y cinco años, Miguel experimentaba unos amaneceres pletóricos; henchidos el alma y el miembro, se pasaba los primeros momentos de la mañana entre orgasmos y gozosas imágenes de su querida Araceli. Tal vez no fuera un hombre resuelto, pero Miguel no contempló la posibilidad de que otros hombres la pretendieran. No podía ni siquiera imaginar a nadie, absolutamente a nadie, que la amara, venerara y deseara tan ardientemente como él.

Veinte años y Miguel la tenía por fin sentada a su mesa, compartiendo con ella comida, mantel, atmósfera, miradas. Veinte años y los dioses le habían otorgado su deseo o, al menos, parte de él: podría verla todos los días, desayunar cada mañana con su cálida voz, darle las buenas noches y besarle en la mejilla con amor, con casto amor. Tal vez careciera de dotes para dirigirse a la divinidad, para expresar sus anhelos de forma exacta y contundente, porque los hados concedieron el compartir la pasión, el deseo, la cama y la saliva al ser más cercano y parecido que encontraron a Miguel.

Delante de él, para que pudiera admirarla cada día de su vida, cada instante de su jubilación, de su vejez. Tan cerca y tan lejos, tan vívida y tan inaccesible. La rotundidad del destino tenía el color de los ojos de Araceli y el gesto lascivo, por debajo de la mesa del comedor, de la mano de Adrián entre las piernas de su esposa.

©Anabel

sábado, 30 de noviembre de 2013

Oxímoron



No sólo no me gustan los toreros es que odio, lo que ellos denominan, su arte. Me resulta insoportable ver sufrir a un animal tan bello como el toro sólo por la gloria, vanagloria, de un ser con dos patas menos. Al hombre le falta mucha Naturaleza, mucha verdad, muchos cuernos y envergadura para ser superior, para producir una sombra similar sobre la arena mostaza, sobre la hierba de la dehesa: la sombra del toro es más alargada que la del ciprés. Los carteles de Osborne deberían ser obligatorios en todas las carreteras de este país no con el propósito de honrar a la tauromaquia sino a la nobleza de semejante animal, para honrar su existencia entre nosotros y no para que unos cuantos luzcan mantillas y puros en unas plazas redondas. El toro es un espectáculo sin necesidad de matarlo. Evolucionemos, demostremos que aquello de “pan y circo” queda muy lejos de nuestro raciocinio, que somos capaces de disfrutar de la belleza salvaje, de la belleza animal sin necesidad de dominarla, de domesticarla, de matarla. Cuánto nos cuesta complacernos en la contemplación, en la gracia máxima de compartir existencia con seres de diferentes especies a un mismo nivel. ¿No serían hechos tales muestras evidentes de nuestra evolución superior?

Hay ocasiones en las que no me siento, no quiero ser evolucionada. Incluso me siento avergonzada. Una vergüenza extraña, casi sin sentido ya que la vergüenza viene dada si es observada por los demás y ésta es absolutamente íntima. Jamás podría reconocerla, decirla, pronunciarla en viva voz. Es como un pecado capital que no tiene redención pues no hay arrepentimiento, es tan secreta como cualquiera de mis fantasías cuando me masturbo. Por eso mismo no debería provocarme ninguna dicotomía existencial, pero su mera presencia señala directamente al centro de flotación de mi moral, horada el puntal sobre el que se sustentan todas las teorías éticas de mi filosofía vital.

El traje, ridículo por antonomasia, excesivo por luminoso, poco masculino por adornado, antagónico de lo viril por colores y ajustamientos es el sumun de lo varonil. El ritual de vestir al torero es un comienzo magistral de cómo un hombre se prepara para enfrentarse a la muerte. Mientras otros se desnudan en una habitación de hotel para comenzar el acto sexual, el torero se viste en presencia y con ayuda de un puñado de elegidos. Todo movimiento tiene un ritmo, un orden inamovible, sagrado y obligado pues su incumplimiento gafará la faena de la tarde. La oración a la Virgen requiere unos instantes de recogimiento adecuando la respiración a la estrechez de la faja, al acomodo de las gónadas y al besuqueo de las estampas y medallas. El recorrido en coche de lujo desde el hotel hasta la plaza es una transformación de hombre mundano a ser ungido por un aura especial, investidura de poder que otorgan las luces y sombras de un traje de súper héroe. No nos olvidemos de sus armas: capote, muleta, banderillas y espada, sin menospreciar a la montera, tocado del torero, su suerte según caiga sobre la arena. El paseíllo es toda una declaración de intenciones. Y esa rectitud, la verticalidad que acerca al cielo, el paso firme que certifica lo que va a suceder; la música pertrechada por una banda municipal que derrocha más pasión que maestría tras la cual quedan las huellas violadoras de la virginidad de la arena. Hasta que un acorde de viento rompe el silencio y alerta de que algo va a entrar en juego. Es el astado, la fortaleza a cuatro patas, la blancura punzante, el temor negro del torero que sale bravío al ruedo dispuesto a luchar, simplemente, por su vida, a ganarse lo que se supone se le otorgó al nacer. Arremete, iluso y primitivo, contra todo lo que se mueve, contra todo color chillón, contra todo lo que rompe su cotidianidad, su campo, su manada, sus alcornoques… No sabe cómo ni por qué, pero intuye que su vida está en peligro y no pregunta, sólo embiste. Y es cuando el torero, desprovisto de su tocado, incita a la bestia, le indica hacia donde ha de apuntar para así demostrar al respetable su aplomo, su arrojo, lo hombre que es. Es la lucha del hombre contra la Naturaleza llevada a un campo artificial, reducida a una probeta color mostaza donde el resultado suele estar regulado por banderillas y muletazos mareantes a favor del bípedo. Pero no puedo evitarlo, no puedo ralentizar las pulsaciones cuando veo al del vestido de luces erguido delante del animal, su frente cubierta de rizos negros, moverse con elegancia ante la coreografía ruda del herbívoro, demostrando que es digno de calzar manoletinas y exponiendo despreocupadamente el paquete al aliento del cuadrúpedo. Siento en mi piel cada roce rojo con el bovino, cada salpicadura sanguina, cada bramido. Me aprietan sus mallas en mi sexo y soy muleta en sus manos. Bailo al son de los olés y me mojo en los sudores de su frente, me cubro de arenas movedizas y me pierdo en su gesto de concentración al empuñar la espada dispuesto a entrar a matar. Observo cómo la excitación del matador crece bajo las mallas enrojecidas como mis mejillas, como mis ganas. Es el momento culmen, cuando la suerte está echada, cuando ya no existe ni sol ni sombra, cuando no late ni un corazón y el silencio es el rey, cuando sólo se espera el bravo final. Y siento en mí los pañuelos blancos, la embriagadora vuelta al ruedo, la lluvia de claveles y sus manos manchadas de sangre sobre mi piel. Pero, sobre todo, siento la espada traspasando mi costado y mis latidos, trasponiéndome como Santa Teresa ante la imagen de su Jesús, perdiendo a borbotones mi sentido común, mi lucha anti taurina y mi placer pecaminoso, rindiéndome ante el torero con coleta y cintura de bailarina para relamerme en el rastro que deja la derrota sobre un campo de batalla amarillo.


© Anabel

sábado, 15 de junio de 2013

Penélope (Génesis, 3 y último)


Mapa que se hizo Nabokov para leer el Ulises de Joyce


Tenía que haber salido hace un cuarto de hora. Si no me doy prisa, no llegaré puntual y si corro, llegaré sudada. Joder. Siempre me pasa lo mismo. No voy a coger un taxi para irme a depilar, menudo negocio, y justo esta semana han cambiado el recorrido de los autobuses. Adivina cuál tengo que coger. Y en cuanto salga de depilarme aún he de hacer unos cuantos recados más. La mañana va a ser larga. No he de olvidarme de comprar los regalos, no puedo plantarme en Granada con las manos vacías. Tal vez un pañuelo, o una colonia… No sé, a ver qué se me ocurre. Suelo salir airosa cuando improviso, igual que en las presentaciones. Se me ha atascado el cuento de Azucena y el cactus. Tengo el personaje, su presente y su profesión, pero no sé cómo unirlo con la ermita de San Benito y el cactus. Es que me meto en cada berenjenal. Y, ése ¿qué mira? Los hay que no se cortan. Jolín, ni que fuera desnuda. Primitivos. El que quiero que me mire, ni se entera de que existo. Así va esto, como los relatos, unos salen rápido, nada más abrir el Word ya tienes medio cuento en la cabeza, y otros… Me he empeñado en poner el cactus y, aunque aparece en la foto de la ermita, no hay manera de ligarlo con la protagonista. No he de obcecarme, al final salen, pocos se resisten, sólo he de olvidarme conscientemente del tema. Ahora hablaba de relatos, no de hombres. Mira, un escaparate lleno de cámaras de fotos, de objetivos, de álbumes… Sí, que ella será fotógrafa lo tengo claro. ¿Qué hace un fotógrafo? Fotos, obvio. Así que Azucena se encuentra en la ermita de San Benito en Monegrillo para tomar fotos. ¿De qué? ¿De la vegetación? Allí entraría el cactus… No, irá a hacer un reportaje sobre la romería. Vale, y entonces sacará fotos de la gente. Bien, ¿qué más? Gente que sale en las fotos… Poco original. A ver si cojo el semáforo en verde.

—He estado a punto de anularte la cita.
El padre de Ana se está muriendo y ella se pasa la sesión pendiente del teléfono. 87 años, un cáncer y un ictus superados, más los achaques que la vida va regalando.  Parece que ya se ha cansado de seguir luchando. Pobre. O afortunado. Hace una semana murió el tío Paco. Los mismos años, con cáncer de piel. El hermano mayor de mi padre. ¿Cuántos años tiene mi padre? 81. Él no ha sufrido ninguna enfermedad importante, bueno, excepto la operación de la prótesis de rodilla. No lo quiero ni pensar. Qué triste estaba en el entierro de su hermano. Es el primero, empieza la rueda, exclamó en el tanatorio. ¡Ay! Eso ha dolido.
—Lo siento. ¡Sí que te he hecho daño!
—No pasa nada. ¿Tienes un pañuelo?
Siempre se me olvida coger un pañuelo antes de subirme a la camilla. Es primavera, la alergia me juega malas pasadas. Aunque ahora no ha sido la alergia. No lo quiero ni pensar. Mejor vuelvo al cuento. Ahora ya no me concentro, jolín, puñetera muerte. A ver, fotos, gente, romerías, funerales… Bueno, un muerto, tampoco es original. Vale, fotografía a un muerto. Algo habrá que añadirle para que la cosa no resulte tan manida. ¡Ay!

Menos mal que me he puesto calzado cómodo, hoy daré la vuelta a Lleida. Ahora a la editorial, a recoger el borrador. Tuve mucha suerte con mi primer libro, el segundo va a ser más complicado. He de pensar si realmente quiero sacarlo, no estoy convencida. No tengo ganas de presentaciones, de obligar a los amigos y conocidos que acudan y compren un librito que no les va a aportar nada. Nada en absoluto. Hay mucho de arrogancia, de egocentrismo en el querer que te lean. ¿Para qué? ¿Acaso llega al lector algo de lo que escribo? ¿Es importante lo que cuento, transcendental? Al menos, ¿pasan un buen rato? Estoy cansada. He de reconocer que últimamente me canso pronto de todo, que miro mucho dónde y cómo gasto mis energías. Y ¿Beatriz? ¿Qué haré con ella? ¿La publicarán o es un libro tan raro que no verá la luz nunca? Casi mejor. Tal vez, si se publicara, tendría que dar demasiadas explicaciones. Qué tontería. No tengo que dar ninguna explicación. Habría quien lo entendiera y quien no. Y ni siquiera sería significativo que alguien lo entendiera. Entonces ¿para qué escribo? Han dejado bonita esta zona, soterrar la vía del tren fue una buena idea. Han dado nueva vida al barrio, lo han unido con el resto de la ciudad.  Anda que no ha cambiado Lleida en 20 años. Es completamente diferente de cuando llegué. Me alegra comprobar que soy capaz de conjugar en primera persona del singular, por fin. Cuántas cosas han cambiado.

El olor a libro, a tinta siempre me ha gustado. Es el olor a letra. Esta mujer es muy amable, tanto por teléfono como en persona. Atiende muy bien. Tiene pinta de llevar muchos años en la editorial. ¿Cuánto cobrará? Seguro que no mucho y encima tiene horario partido.
— ¿Quieres que llame a Ramón?—me dice solícita Isabel, creo que así se llama.
—No, no hace falta. Gracias. Adiós.
Ramón ya me ha dicho todo lo que tenía que decirme. Tal vez fui yo la que no le dije todo lo que debía, pero no vale la pena. No iba a conseguir cambiar el resultado. Pensé que iba a encajar peor el no, a veces me asombro de mis propias reacciones: esta negativa me ha hecho sentir aliviada. Sí, casi no me importa. Creo que me va a beneficiar. Otras puertas se abrirán y probablemente mejores. Entonces ¿quieres publicar o no? Tampoco he de decidirlo ahora. Me olvidaré del tema por unos días. Irme a Granada me irá de maravilla. Me despejará. Me hará sentir lejos de mi cotidianidad. Es un encuentro que ha sido postergado mucho tiempo. Demasiado. Pero la vida no deja cabos sueltos, no, no los deja. En este caso, dichosamente. A ver si en aquella tienda de complementos hay algo que me guste. Luego, espero llegar a la de inciensos antes de que cierre. Eso también puede servir como regalo y un poco más original. El cuento no me va a salir muy original, algo he de añadir que le dé un toque diferente. Creo que el título lo he de cambiar, Azucena y el cactus ya no pega, aunque los dos salgan en el mismo. Va, relájate. Ahora ya tienes una trama, sólo has de tirar del hilo, seguro que en cuanto me meta en la historia la acabo en una sentada.

Me encanta este establecimiento y el olor. El ambientador ¿también está dictado por la franquicia? He de observar si el Zara de Zaragoza huele de la misma manera que el de Lleida. Hace días que no visito la capital maña. Echo de menos los paseos por Alfonso y la plaza del Pilar, los amigos. El talante maño. He de acabar el cuento antes de irme, que si no Pilar me cuelga bocabajo. Ella ya ha acabado el suyo.  Lo de ir escribiendo cada mes un cuento es una manera de mantenerse ágil mentalmente, de prevenir el alzhéimer y además no perdemos la costumbre de enfrentarnos al folio, bueno, a la pantalla en blanco. Qué pulseras más bonitas. No salen caras. ¿Dónde están hechas? Espero que no ponga Made in India. ¿Las habrán hecho niños en condiciones míseras? ¿Hago bien en no comprarla? ¿Es tan sencillo? Tenemos más información que nunca y aun así carecemos de la seguridad de si la información es veraz. Al final va a ser lo mismo tener un exceso de información que no tener ninguna. Todo son dudas. Este pañuelo verde me gusta mucho. ¿Miro dónde está hecho o no? Jolín, qué difícil. Made in Spain. Bueno, he de suponer que aquí no hay esclavitud, al menos, todavía. Lo compro. Ya tengo un regalo para la madre de Javier. Espero que le guste. Qué ganas de ir a Granada. Hace 30 años que estuve en el viaje de estudios de 8º de EGB y mis recuerdos son borrosos. Cogimos tal cogorza la noche anterior de visitar la Alhambra que las compañeras que dormimos en la misma habitación no despertamos y nos perdimos la visita. Yo decidí ir a verla por la tarde, aunque me saltara el resto de la planificación del día. Pero no recuerdo nada, creo que había obras y no pude ver el Patio de los Leones y el barrio del Albaicín no me pareció nada especial. La tarde estaba tan nublada como mi recuerdo. Estaba escrito que yo debía descubrir la Alhambra en otro viaje. Éste será el viaje y sus recuerdos, dentro de 30 años, serán mucho más nítidos y hermosos.

Al final me he gastado una pasta, pero necesitaba comprarme algo de ropa. Que también me lo merezco. Tanto controlar el dinero me tiene frita. Llegar a final de mes es una odisea. Me dan ganas de buscar otro trabajo, pero ¿de qué? Desde luego, de escritora va a ser que no. También me entran ganas de irme de este contaminado país, pero mi conocimiento de lenguas es patético: castellano, catalán, un poquito de inglés y un poquito de francés. ¿A dónde voy con eso? Supongo que un par de meses en el extranjero son suficientes para, por lo menos, entender y defenderse en un idioma foráneo. No sé si sería capaz de conseguirlo, lo de hablar otro idioma y lo de buscarme la vida fuera de España, me refiero. A la fuerza ahorcan. Hora. Me he entretenido mucho en Natura, ahora he de apresurarme si quiero llegar a la tienda de inciensos. Calle la Palma, arriba y en cinco minutos estoy.

Araceli. Altar del cielo. Le va el nombre, sin duda, ella está vinculada con el cielo. Se crean o no en estas cosas, hay que reconocer que existe gente con un sexto sentido, con una conexión especial que sólo algunas personas poseen. Me explica qué inciensos les pueden ir mejor a Javier y a su madre. Luego, me aconseja unos para mí. Que estoy cerrada, que me abra al amor porque no me lo creo, porque no tengo confianza en mí misma, que lo tengo cerca, muy cerca, que estoy en el final del proceso, pero que aún me falta.  Suspiro de incredulidad y Araceli lo capta al vuelo. Intentaré no ser tan negativa. Me visualizo dentro de una pirámide verde, verde para la protección. A mis hijas, las meto dentro también. El incienso no hace daño y huele de maravilla. Hala, otros tantos euros. Y aún no he terminado: ahora toca ir al Carrefour a llenar la nevera y la despensa para que mis hijas tengan qué comer los días que voy a estar fuera.  Puto dinero. Me duelen los pies.

Siempre termino llenando el carro. No sé cómo voy a poder subir todo esto yo sola. Que me la suban. Menos mal que no he olvidado coger las bolsas. Hay que reciclar. En casa las tres hemos adquirido esa costumbre, aunque reconozco que supone un cambio de mentalización y un esfuerzo, sobre todo con un piso pequeño. Espero que lo haga mucha más gente, si no, no servirá de nada. Chicles, no, que aún me quedan. Al final, hasta he cogido unas golosinas para la perrita de Javier. Sería genial que no me diera la alergia. Ya veremos. Creo que he comprado suficiente. Son sólo cinco días y ellas ya son mayores, pero quiero dejarlas surtidas, que no tengan que ir a comprar. Les dejaré dinero en el joyero, por si acaso. Por si acaso, por si acaso… Como si se pudieran controlar los imprevistos. Por algo son imprevistos: porque no se pueden prever. Tremendo el espacio vital que ocupa el tío. Madre mía. Un brazo suyo son tres míos. Lleno de tatuajes. ¿Qué les verán a los tatuajes? Debo ser muy antigua o será por deformación profesional, pero qué poco me gustan. Lleva tatuada hasta la cabeza, se le ven los símbolos étnicos debajo del pelo tan corto. Piercings, anillos, pulseras de cuero, gafas oscuras, camiseta negra con dibujo de algún grupo musical que desconozco. Full equip. ¿Heavy? En mis tiempos sería heavy, ahora ya no lo sé. Sólo me falta subir las cervezas a la cinta de la caja, a ver si puedo y no me rompo ninguna uña en el intento. Joder, ahora se me rompe el plástico.

— ¿Te ayudo?
Pues para la pinta que tiene, su voz es agradable. ¡Coño! Ha cogido el pack de veintiocho cervezas con una sola mano, la otra la tiene ocupada con su compra, y las ha puesto sobre la cinta como si levantara un quilo de arroz. Hay que joderse, que me ha excitado el hombretón. Casi no he sido capaz de darle las gracias. Menos mal que las gracias no salen de las bragas. Qué tontería llevo encima. Voy a dejar de mirarlo y a concentrarme en pagar a la cajera. Ahora hasta me parece menos feo. Mira, de esto puedo sacar un cuento. Un pelín subido de tono. Concéntrate, que te está hablando la cajera. Sí, sí, tengo ascensor y la dirección es correcta. A ver si el tiarrón se queda con la dirección y me hace una visita con la excusa de subirme la compra… Para el cuento que va. La cajera debe flipar: me estoy riendo sola.  En fin, dejemos de elucubrar situaciones hipotéticas. Pero ¿cuántas bolsas llevo? ¡Por dios!  En cuanto llegue a casa, lo primero que haré será abrirme una cerveza bien fría para calmar el calor y la sed. Es el mejor de los placeres, lo mejor de la mañana.


© Anabel

sábado, 1 de junio de 2013

28 latas de cerveza (Génesis, 2)



Allí mismo, delante del mostrador y de la cajera insidiosa, Mariona empezó a pensar que se había puesto demasiada ropa. La temperatura en la sucursal bancaria era muy alta y la falta de transpiración estaba haciendo de las suyas debajo de la chaqueta de imitación a cuero. Cuando ella y sus recibos lograron alcanzar juntos la calle, la brisa, aún matutina, la refrescó. La siguiente parada era Hacienda, donde tenía cita para que le hicieran la declaración si sobrevivía a una cola de gente que parecía arrastrar toda la grisura del momento presente. Se quitó la asfixiante cazadora y dejó que ese indiferente calor humano impregnara la blusa y se mezclara con su propio sudor. Es evidente que los funcionarios no aprueban la oposición según su simpatía, pero los hay que parecen haberla aprobado por el nivel de indiferencia que dispensan a los usuarios. Se le ocurre a Mariona que la funcionaria en cuestión aún pone demasiada buena cara para los diversos y variados olores que ha de soportar. Así que decide, antes de que le toque el turno, ir al baño a pasarse una toallita de colonia por las axilas y el escote. Que no sea ella la que contribuya a un malestar que no le va a beneficiar en absoluto. Tras un intercambio de información seco y eficiente, Mariona sale a la calle con la declaración de la renta ya hecha. Medianamente satisfecha por la faena realizada, pensó que podía regalarse un momento dulce dando una vuelta por el Abacus. Fue directa a la sección de poesía y miró golosa diferentes volúmenes, ojeó a Vicente Gallego, a García Montero, y caviló qué extrañas fuerzas de la naturaleza pueden unir en pareja a dos figuras de la literatura española actual. Acarició las guías de viajes, especialmente una sembrada de estupendas fotografías de los fiordos noruegos, con la esperanza de que le invadiera un poco del frío y de la calma que aquellas instantáneas inspiraban. El fin de mes no daba para más lujos. Y, como colofón a semejante mañana, al supermercado, que algo tendría que poner sobre la mesa si no quería una rebelión a bordo.

En el supermercado Mariona pensó en quitarse la cazadora, pero pensó que sería para un momento y llevarla en la mano le estorbaría más que si la mantenía puesta. Sabía que, aunque llenara el carro en pocos minutos, tardaría mucho más esperando en la cola para pagar. La una y media de la tarde debía ser la hora punta de las cajeras porque el número de las que estaban abiertas era inversamente proporcional a la longitud de las filas. El calor volvía a hacerse sentir pegajosa, pero aguantaría hasta llegar a casa sin despojarse de la chaqueta. Notó una muralla de aire caliente detrás de ella. Era un hombre de unos treinta años al que le sobraban al menos veinte kilos, ataviado con unos pantalones anchos tobilleros y una camiseta negra con una estampación que parecía el logotipo de algún grupo de heavy metal. Los antebrazos, tatuados, incluso su cabeza, rasurada al uno, lucía dibujos de símbolos étnicos tan de moda, sin olvidar los peircings que dotaban a sus orejas de un aspecto muy pesado. Llevaba la compra, de varios bultos, sostenida con el antebrazo y apoyada en su incipiente barriga. Le pareció un hombre que ocupaba demasiado espacio vital y al que no le hubiera gustado encontrarse en plena noche en un callejón sin salida. En un intento vano de avanzar, subió, en cuanto le dejó el cliente de delante, la compra a la cinta transportadora de la caja. El pack de veintiocho cervezas, cogiendo veinticuatro regalaban cuatro, se le resistía y le estaba haciendo transpirar de nuevo: casi se rompe una uña y el plástico se estaba rajando.

− ¿Quieres que te ayude?

A Mariona le pareció imposible que esa voz profunda, con ciertos ecos de madera de cerezo, proviniera del espécimen que tenía justo detrás de ella. No le dio tiempo a contestar la pregunta retórica cuando el hombretón cogió el pack de veintiocho cervezas con su mano izquierda y, como si de un paquete de un kilo de arroz se tratara, lo colocó lentamente sobre la cinta. En milésimas de segundo, el hombrón se había transformado en un macho imponente: su ademán grosero era ahora una fuerza poderosa de la naturaleza; su gordura, sinónimo de grandeza; su fealdad se había convertido en singularidad; los ojos parecían haberle crecido, así como su brillo; las manos prometían viajes por aguas turbulentas; sus piercings y tatuajes simbolizaban el poder de la tribu a la que pertenecía y la pantorrilla peluda era una muestra de la hombría que esa indumentaria escondía. Mariona notó que su sudor ya no solo emanaba de las axilas, lo notó discurriendo entre los pechos y empapando las bragas. Su mente, irremediablemente, la transportó.

El gran hombre le subiría la compra a casa.

− ¿Dónde quiere que se la ponga?

Y Mariona le indicaría la cocina, donde él diligentemente la dejaría y, acto seguido, le entregaría el ticket. Ella se acercaría a coger el pedazo de papel pero, sin poderse reprimir, le asiría la mano y la pondría sobre su pecho izquierdo, el cual quedaría absolutamente cubierto. Podría sentir sus latidos rebotando en la palma de su mano. Con un gesto increíblemente elegante, él la acercaría hacia sí y la besaría en la boca profundamente, en una conjunción perfecta entre el gusto metálico del piercing y la saliva. Huérfano el pecho, agarraría con ímpetu las nalgas de una Mariona ya absolutamente entregada y, en un arrebato tan refinado como los movimientos que habría hecho hasta el momento, la sentaría en la mesa de la cocina, apartando de un manotazo lo que estuviera sobre la misma. Metería las manos entre las piernas de Mariona, le arrancaría las bragas mojadas e investigaría los recovecos de su cueva expectante. Mariona le quitaría, torpemente, la camiseta y deleitaría la vista en unos simétricos pectorales cubiertos de un negro vello salpicado de brillos rojos que surgirían de los tatuajes. Olería a barro de bosque. Le desabrocharía los pantalones y su miembro se abriría camino distinguidamente para mostrarse orgulloso y magnífico entre las piernas de Mariona. Desearía lamerlo, desearía conocer el sabor de las raíces de los árboles más robustos, de la gelatina que surge de los reyes de las tribus, de la dureza elástica del tótem del altar.

− ¡Señora, señora! ¿Oiga, señora, es una compra a domicilio?

Mariona aterrizó de sopetón en el supermercado, el sudor había impregnado totalmente la ropa. Se había ruborizado porque en su embeleso no había sido capaz ni de darle las gracias al gigante, ni de reaccionar a la pregunta de la cajera. Se quitó la cazadora, no podía soportarla por más tiempo.  La blusa blanca se le había adherido completamente a la piel y exponía a la luz, como un entrometido paparazzi, las formas turgentes y excitadas de los pezones. Una gota de sudor se quedó atascada en el escote y refulgió en los ojos del rey de los bosques, quien poblaría los sueños húmedos de Mariona durante bastantes meses.

© Anabel

domingo, 14 de abril de 2013

¡Mira al pajarico! (Génesis, 1)


Ermita de San Benito en Monegrillos. Foto de Fernando Glez. Seral



Los que creen en los chakras aseguran que tenemos un tercer ojo en el entrecejo. Es la puerta al alma y, a la vez, a los mundos sutiles. Con la meditación, cualquiera puede ejercitarlo y llegar a otros niveles de conocimiento, de intuición e incluso de clarividencia. Para Azucena el tercer ojo es su cámara. A través de ella ve el mundo más bello, más artístico. Esa pequeña ventana digital le muestra un universo mucho mejor que el que ella vislumbra con sus órganos visuales. Puede aumentarlo o disminuirlo, cambiarle la resolución, el punto de mira, el color y el brillo… Su tercer ojo le proporciona la posibilidad de recrear el mundo, de erigir uno a su manera. Cuando a Azucena le persigue un problema coge su inseparable cámara y mira a través de ella. Tarde o temprano la respuesta aparece  atrapada entre las lentes como la luz.
Azucena tiene un estudio fotográfico en Huesca y colabora en el periódico local. Su excelente calidad como retratista fue lo que le ayudó a conseguir ese puesto.  Ella es el Goya de la fotografía en lo referente a los retratos. Más de un político se ha sentido ofendido al verse a través de los objetivos de la cámara de Azucena, pero ella no tiene la culpa de ser capaz de atrapar el alma de aquellos que se ponen delante de su tercer ojo. Está de acuerdo con la teoría los indios, por eso evita ser fotografiada y, por ello mismo, le fascina retratar a los demás. Tiene una extensa colección de rostros que atesora en sus archivos con vistas a una futura exposición.
El periódico le encargó que hiciera un reportaje de la romería de San Benito en Monegrillo para una sección que habían inaugurado ese mismo año que trataba sobre las romerías de la provincia. A Azucena le gusta especialmente retratar al natural, fuera del estudio, donde se puede captar a la gente en su entorno, libres de poses convencionalistas y sonrisas ensayadas delante del espejo, seguros dentro de su cotidianidad, ajenos a que alguien pueda perder su tiempo en cazarlos dentro de un recuadro brillante. Así que, después de realizar las fotos para el periódico, se dedicó a buscar retratos para su colección.

En los eventos religiosos, Azucena obtenía estupendas instantáneas. La mezcla de fe, proselitismo y grupo aderezada con la posterior lifara, no desprovista de alcohol, regalaba a sus lentes un escenario orgiástico. Entusiasmada en su tarea, perdió la noción del tiempo y sólo cuando sintió una punzada en los riñones, se dio cuenta de que debía tomarse un descanso. Se acercó al grupo de la cofradía donde la invitaron a que se refrescara y comiera con ellos. Una vez repuesta, revisó las fotos que había tomado. Algunas las borró inmediatamente y, aunque aún quedaba una buena tría por hacer, se sentía bastante satisfecha con el material que había conseguido. Se detuvo en una donde, para variar, salía un paisaje: era una imagen del cactus enorme que había a la derecha del camino antes de la ermita. Prefería fotografiar rostros, pero de vez en cuando, sacaba algún panorama, algún marco espacial que le llamara la atención y aquel enorme y deslucido cactus, indicando la llegada a la ermita, avisando de que la única agua que se iba a encontrar cerca era agua bendita le había llamado poderosamente la atención. Quizá su piel ajada, agrietada por el despiadado clima de Los Monegros; quizá su aspecto frágil a pesar de sus espinas, de valiente venido a menos, de agricultor tostado bajo los rayos del sol, le hiciera ver en él algo más que un vegetal. Pensó en los rostros de los habitantes del pequeño pueblo: si sus retratos habrían sido capaces de plasmar tanta profundidad, tanta vida y si algunos objetos podían trasmitir mucho más con su simbolismo que la misma carne.
Al día siguiente, Azucena se dispuso a elegir las fotos del reportaje y los retratos para su colección. 158 instantáneas le parecieron pocas, solía darle al dedo con mucha rapidez, pero el 25 de abril había hecho demasiado calor para una estación que se consideraba de entretiempo y el cansancio había hecho mella más de lo que imaginó. Decididas las del periódico, se dispuso a escoger las de la gente. Le parecieron unas imágenes estupendas, llenas de luz y contrastes, de miradas perdidas, de emociones recogidas tras un pañuelo, de fervor sincero, de alegría sin freno,  de connotaciones en una gama de colores reducida sólo alterada, de tanto en tanto, por la decoración floral de la peana de San Benito, la casulla del cura o la escasa vegetación silvestre. Una en concreto le abstrajo durante unos instantes. Era la de un hombre de unos 55 ó 60 años, con traje y corbata negros sobre una camisa blanca, tan blanca que resaltaba sobremanera a pesar de no verse completa. El hombre estaba solo y apoyado en la puerta de la ermita, como esperando que acabara la misa; del oscuro hueco de la puerta sólo se distinguían puntos de luz de las velas que brillaban tanto como la camisa del hombre. En una pose un tanto forzada, el señor se había girado sobre su derecha como si supiera que Azucena le fuera a retratar. Y le sonreía a ella, no a la cámara, parecía que la conociese. Aumentó la foto en su ordenador lo que le permitió observar que el traje era de corte anticuado, pero estaba nuevo. La sonrisa era espontánea, carecía de la espera forzada hasta que se oye el clic de la cámara; era la respuesta a una llamada de alguien que sabe quién lo reclama. Tenía pocas arrugas, muy marcadas, señales de una vida dura, pero no exenta de alegría; parecía un hombre corpulento, fuerte, de pelo oscuro, casi sin canas, engominado y peinado hacia atrás. Su expresión era de tranquilidad, de saber dónde se está y por qué, seguro sobre sus zapatos polvorientos y lleno de alegría al ver a Azucena. Porque sabía que era Azucena. Se percató de que su mano derecha estaba un poco borrosa al haberse movido justo en el momento de la toma, aun así, logró ver que el dedo índice señalaba hacia un punto alejado de él, más cerca de Azucena, en su lado derecho. ¿Hacia el cactus?

Pasó la semana sin que Azucena pudiera quitarse de la cabeza la imagen de aquel hombre. Soñaba con él, con su sonrisa y su dedo índice señalando al cactus el cual se hacía grande, tan grande que asustaba. Decidió que iría a Monegrillo a averiguar quién era ese hombre. Habló con el cofrade mayor, con el dueño del bar y los clientes, con el alcalde y con cuantos vecinos se topó por las calles y caminos de alrededor. Nadie lo conocía. Hasta que se acercó a la plaza mayor, a un corro de cuatro abuelas sentadas que tomaban el sol mientras hacían calceta o zurcían. Una de ellas, tras ponerse las gafas, espetó:
—Es Julián García Jimeno.
— ¡Quita! ¿Cómo va a ser “el Pajarico”, Gregoria?
—Mira, Juana, que tengo muchos años y muchos achaques, pero la cabeza la tengo perfecta. Este es “el Pajarico”.
Las abuelas se pasaron la foto y las gafas para llegar, al final, a la misma conclusión: era “el Pajarico”. Julián García Jimeno era el Pajarico desde que llegara un día al pueblo con una cámara de fotos que había comprado en la farmacia Compairé en Huesca y se dedicara a hacer retratos a los vecinos en los festejos y eventos de la comarca de Los Monegros. Siempre les pedía que miraran al pajarico, yo eso nunca lo entendí, apuntó Gregoria, y de ahí el mote. Lo escalofriante del caso era que a Julián García lo mataron hacía ya 60 años.
—Eso no puede ser —exclamó Azucena—. A este hombre lo fotografié en la ermita de San Benito el pasado 25 de abril.
—Recuerdo que me hizo una foto justo en la romería de San Benito, pero de eso hace “muchismos” años, ya te lo puedes imaginar. Sí, hija, sí, a mi Roberto, que en paz descanse, y a mí. Empezábamos a festejar.
Las mujeres comenzaron a sacar historias de entre sus memorias, con serenidad, sin extrañarles la circunstancia que se estaba dando.
—Señoras, que no puede ser un muerto, que lo fotografié hace unos días…
Una de ellas se puso la mano en la barbilla y dijo muy despacio, rescatando los recuerdos:
— ¿Os acordáis cómo murió?— y las otras callaron de golpe.
—Lo mató su primo Blas. Decía que Julián tenía la linde un metro y medio en sus tierras y que o la corría o le descerrajaba un tiro en toda la tripa. Y así lo hizo.
—Es verdad —apostilló, Juana—. Y en una romería, cuando Julián volvía al pueblo con su cámara de fotos colgada del cuello, Blas le metió un tiro, cerca de la ermita, donde el cactus ese tan grande.
—Justo —concluyó Gregoria.
Y le devolvieron la foto a Azucena para proseguir con sus labores y pláticas.

Azucena se pasó unos minutos mirando alternativamente a la foto y a las mujerucas, pero no le iban a dar ninguna respuesta más. Casi sin pensar, inconscientemente, tomó el camino hacia la ermita de San Benito. Hacía mucho calor y el polvo le estaba ensuciando las sandalias. Llegó donde el cactus y se quedó parada, esperando que le hablara, que le aclarara el entuerto, que le diera alguna explicación. Pero nada sucedía. Cogió su cámara y empezó a fotografiarlo desde todos los ángulos, desde cualquier lado, colocó la cámara entre sus hojas carnosas y viejas, debajo, en su centro… Se acercó a la ermita y sacó algunas tomas de la construcción. Acarició el marco de piedra donde Julián se apoyaba y recordó la mirada cómplice. Azucena regresó al pueblo, donde había dejado su coche, con la cámara colgada al cuello.
Evitó mirar las fotos hasta no llegar al estudio y pasarlas al ordenador. Pausadamente, y no sin algo de aprensión, comenzó a visionarlas. El cactus era un modelo disciplinado, en ninguna toma había salido movido. En ellas se podía apreciar perfectamente la textura de sus hojas, las diferentes tonalidades de verde, las heridas abiertas supurando un líquido blanquecino, las espinas largas, gruesas… Y en una de ellas, la nítida sombra de un pajarito proyectada sobre una de las carnosas hojas. Repasó varias veces todas las fotos del cactus, pero en ninguna encontró el pájaro, ni recordaba que hubiera ninguno sobre él mientras lo fotografió. Volvió sobre la foto de la sombra y pudo comprobar que no era su imaginación: aquella era realmente la sombra de un pajarito. Pensó un tanto ansiosa que, en las otras imágenes de la ermita, a lo mejor, Julián podía aparecer con la cámara en sus manos, haciéndole un guiño de colega a colega. Pero sólo salieron las piedras, la puerta, la ermita. Azucena, sonrió a pesar de sentir cierta desilusión.

Años después, Azucena inauguró la exposición titulada “¡Mira al pajarico!” y las dos fotos que la abrieron fueron la de Julián García Jimeno y la de la sombra del pajarito sobre el viejo cactus de la ermita de San Benito.

© Anabel