viernes, 21 de agosto de 2009

Insoportable


Me levanto por las mañanas con dolor de cabeza y un hilillo húmedo resbalándose entre mis pechos. El alivio de la ducha sólo dura leves instantes, iniciar cualquier movimiento, incluido el acto de ponerse el albornoz, obliga a la piel a brotar gotitas que ya no pertenecen a las tuberías. Dan ganas de quedarse bajo el chorro fresco y monótono, inacabable, todo el santo día; olvidarse de vestirse para ir a comprar el necesario alimento, renegar del sueldo y abandonar el trabajo tumbada en el sofá bajo el caprichoso abanico del ventilador que nunca va lo suficientemente deprisa. Y dejar que pase este verano pegajoso y egoísta, que transcurran las semanas sin más compañía que la de un té helado y la brisa suave atrapada bajo el engaño de un trabajado juego de ventanas abiertas. La desidia pesa como una losa de mármol caliente, mis dedos agotados como si hubiesen mecanografiado cien veces la Biblia me responden lentos, equivocando las teclas, olvidando la ortografía, impidiendo que mis ideas surjan limpias y claras. Porque mi cabeza hierve y las neuronas se consumen en un vapor fatuo que vuelve a transformarse en sudor pringoso que empapa mis muslos y los adhiere a la butaca que ha olvidado sus deberes de cómoda anfitriona.

Sólo la noche, la que vas más allá de la una de la madrugada, me devuelve cierto sosiego, cierta reconciliación con el cuerpo que ha colgado por unas horas la pátina brillante y encuentra calma sobre la sábana abandonándose por completo al roce del algodón y a la caricia de la atmósfera nocturna. Entonces, un punto de calor empieza a pellizcar mi vientre, a cabalgar hasta mi pubis, agitando mi latido. No sé si primero es el aroma de un recuerdo evocado por el placer de verme liberada de la opresión estival o el resurgir de la brasa íntima, mal sofocada, me ha devuelto tu imagen. No lo sé, no lo sé, pero el fuego se expande y devora todo atisbo de sensación a hierba recién cortada.

Este verano está siendo insoportable.
© Anabel

viernes, 14 de agosto de 2009

Todo es mentira


El reflejo de los cristales del monstruo que han construido delante me devuelve la imagen de una casa de la que, alguna vez, conocí su interior. Parecen las mismas paredes, los mismos muebles y el mismo polvo. Intento recobrar un pasado mejor olfateando algún rastro que pudiste olvidar en el rincón más insospechado. No sé si soy perra vieja o es que nunca estuviste aquí. Ya no puedo ni creerme la foto de la mesilla donde abrazados disfrutábamos de aquella magnífica vista.

No hay paisaje. No hay olor. No estás tú. Todo es mentira.



© Anabel

miércoles, 29 de julio de 2009

Demasiado


Beautiful Rafaela, Tamara Lempicka (1927)
Me hubiera gustado ser colibrí
que revolotea grácil
y se posa en tu rama
haciéndola florecer.

O leve pluma bailarina
maestra en brisas de menta
que te hicieran olvidar la Madonna
de aquella Navidad solitaria.

O cuerpo menudo,
contorsionista circense
con la que cualquier postura
es posible sobre la hoja de un libro.

En cambio, soy guerrera azabache
dispuesta a luchar en un campo de batalla
sembrado de agujeros sin eco,
sin humo y con sangre.

Femineidad contundente,
voluptuosas esferas
que se mueven en desorden
exigiendo su espacio
reivindicando su gravedad.

Demasiado peso
para la travesía de este desierto.

Lo sé.
© Anabel

viernes, 19 de junio de 2009

El roce de tu piel

No tienes ni puta idea de lo que hubiera pasado si tus pies hubieran decidido dar un paso más, sólo unos centímetros. No lo sabes, nos paró la cobardía: a ti, por no avanzar, a mí, por permanecer quieta. Me llegaron las caricias de tu parpadeo y el aleteo ansioso de tu respiración. Sólo un paso más y hubiera caído, hubiera quemado mis naves por arder en tus brazos, por perder mi escaso sentido común, por extraviar los papeles que nunca compulsé, por sentir tu aliento en el cielo del paladar. No tienes piedad, ni capacidad de prever la taquicardia que ciertas palabras tuyas producen en mi, no, no tienes piedad. He llegado a pensar que disfrutas haciéndome sufrir, que te deleitas en cada suspiro que me arrancas, que te relames en cada grado que me haces sudar, que te has apostado con el diablo del deseo a ver quién aguanta más, a ver quién sucumbe primero ante las imágenes sicalípticas de íncubos y súcubos, a ver.

Y creo que voy a perder, a perderlo todo, porque ya no me importa, porque ya me da igual, porque sólo tengo pesadillas por saber qué se siente al roce de tu piel.
© Anabel

martes, 2 de junio de 2009

Pepe y Charo - III y final


Pepe
-¿Para cuándo esa tortilla?-grita Pepe desde la barra.
-Para cuando esté hecha, ni antes ni después –le contesta una voz fuerte y segura desde la cocina.
-Va, Charo, que se está acabando y hay dos entrando por la puerta con cara de pedir pincho de tortilla de patatas –le ruega Pepe asomando su calva por entre los flecos de cuentas de la cortina.
Charo le saca la lengua y continúa dando vueltas a las patatas que se cuecen en el aceite.
-Le quedan cinco minutos, pesao –y coge un gran batidor y comienza a golpearlo contra un bol lleno de huevos con un ritmo y un arte únicos.
El sonido del batidor en manos de Charo cautiva a Pepe, es el soniquete que le traslada a Francia cada vez que la ve moviéndose de esa manera, cadencia que le recuerda todo lo que esa mujer significa para él.
La tortilla de patatas es el plato rey del bar “La Percha”. Pepe heredó el bar de su padre, Jaime, “el Percha”. Le apodaban así porque antes de abrir el bar, Jaime regentó una sastrería que se llamaba “La Buena Percha”. Cuando el negocio se fue a pique, el padre de Pepe abrió un bar en el mismo local y aprovechó algunas luces del letrero luminoso para mantener el nombre lo máximo posible. Hubo que rellenar el hueco que dejaba la palabra “Buena”, lo que se solucionó con el diseño de Pepe de una burbujeante jarra de cerveza. Pepe había querido ser pintor, de hecho el bar está decorado con acuarelas de paisajes de las costas de Bretaña y Normandía. En el verano del 87, Pepe se fue un par de semanas de camping a Francia. Sus sueños de ser paisajista aún seguían intactos; no salía de viaje sin sus herramientas de pintor. Al segundo día de estar en Francia, visitó Le Mont-Saint-Michel. Nada más entrar al recinto, del primer restaurante que hay al pasar la muralla a la izquierda, un ritmo, que Pepe no lograba identificar qué lo producía, inundaba el ambiente. Así que se asomó a una especie de escaparate sin cristal desde donde se mostraba al público cómo se batían los huevos para cocinar la famosa tortilla típica de la abadía. Y allí estaba Charo: cuerpo de atleta búlgara, fuerte y guapa, largo y frondoso cabello recogido en una trenza que se movía al son con el que su dueña meneaba el redondo trasero; el brazo izquierdo agarraba un enorme bol de cobre y el musculado brazo derecho agitaba con ritmo y salero un batidor acorde con el tamaño del recipiente. Se le antojó una hermosa valkiria. Pepe supo que esa mujer tenía que ser suya. Propinó todos los empujones necesarios a los espectadores y se plantó en la fila número uno. Primero le habló en su pésimo francés y ella le ignoró, luego le dijo algunas palabras en ruso, lo que provocó la risa de Charo.
-No te esfuerces, españolito –dijo sin mirarle.
-Supongo que estarás hasta las narices de esta tortilla, -le dijo Pepe aliviado de no tener que intentar comunicarse en ningún otro idioma-, si quieres te invito a cenar tortilla de patatas española que seguro que echas de menos.
En ese momento, llegó una señora que por su indumentaria parecía la jefa de cocina y, tras una pequeña ceremonia, un escuálido pinche relevó a la ya sudorosa Charo de su menester. Entonces, le hizo un gesto a Pepe y él la siguió como un corderito.
-Estoy en el camping de Pontorson, al lado de la cuadra de caballos. Si quieres venir, estoy allí con un amigo.
-Salgo a las ocho –Charo se dio media vuelta y apartó su trenza hacia un lado para que Pepe se embelesara con el movimiento de sus caderas.
-¡Me llamo Pepe y ¿tú?!
La valkiria, enfundada en una bata blanca muy justa, se volvió un instante para sacarle la lengua y decirle su nombre.
Charo se fue a España con Pepe y sus acuarelas y pasó de hacer la tortilla bretona a la tortilla de patatas que tanto éxito tenía gracias a su ritmo, como le gustaba repetir a Pepe.

-Va, Charo, va, más rápido con esos huevos –le espetó mientras se acercaba sigilosamente por detrás.
-Pepe, no me atosigues que me voy y te dejo sólo en la cocina, ¿eh?
-Bueno, estar solo sin que nadie te mande ni te grite tampoco debe ser tan malo…-exclamó Pepe cada vez más cerca-.
-Te he oído y espero que eso no lo hayas dicho por mí. Dime, dime tú qué harías en este bar sin una cocinera como yo. A estas alturas ya se lo habrías traspasado a algún chino, seguro.
-Hay muchas cocineras en el mundo…
-Sí, pero que te aguanten y que tengan un culo como el mío, pocas –con una sonrisa picarona le dio vuelta a una tortilla de patatas con una habilidad sorprendente-.
-Eso es verdad –y Pepe propinó un pequeño pero sonoro azote en las nalgas de Charo-.


Charo
Cuántas veces se había preguntado si amaba a Pepe. A todas ellas había evitado responder. Sentía por él un cariño infinito, era la mejor persona que había conocido nunca y sabía, sabía a ciencia cierta, que si lo abandonase se moriría como un perro fiel que se ha quedado sin amo. Verlo desenvolverse por la barra, atendiendo a los clientes era un espectáculo que, a pesar de presenciarlo a diario, no resultaba monótono, siempre amable y contento, siempre llevando en la boca el nombre de su mujer y siempre haciendo propaganda de la magnífica tortilla. Incansable. En la cama era igual, a su lado había pasado noches maravillosas y absolutamente placenteras, sus manos se convertían en delicadas sedas al contacto con la blanca piel de Charo que ya no dejaba de vibrar hasta que Pepe, cual toro de dehesa, decidía que era la hora de entrar a matar. Tenía la completa certeza de que no hallaría otro hombre como Pepe con quien compartir el resto de sus días. Y, sin embargo, seguía evitando responder.
Francia suponía la tierra prometida, el lugar donde los sueños de Charo se podían realizar. Huir de su casa había sido el principal objetivo desde que tenía memoria; no había día que no soñara con despertar en un lugar muy lejano donde los gritos de su madre no la obligaran a desear haber nacido sorda. Cumplidos los dieciocho pensó que no tenía que rendir más cuentas a nadie, recogió lo poco que tenía en una vieja maleta que había pertenecido a su abuela, la dirección de una prima que vivía en Pontorson, el escaso dinero que había conseguido pastoreando las vacas del vecino durante el verano, y se fue de casa tras dar un furibundo portazo.
Al cruzar la frontera, entendió, en cierta manera, qué sintieron los españoles que huyeron al país vecino perseguidos por la guerra civil: la morriña de la tierra santiaguesa le empañaba la vista de los bellos paisajes franceses, pero su corazón se expandía alegre al divisar un horizonte plagado de posibilidades y libertad. Pero, nada más entrar en el pueblecito francés, se dio cuenta de que poco echaría de menos las tierras gallegas pues pareciese que el clima, el verde y las vacas se los hubiera traído en la roída maleta de su abuela para esparcirlos como una alfombra por aquella población que tan feo nombre tenía. Los primeros meses trabajó limpiando casas y bares en los lugares que su prima le buscaba. Cuando aprendió a defenderse en francés, encontró un empleo en un restaurante de la abadía de Le Mont-Saint-Michel. Al observar la jefa de cocina los fuertes brazos de Charo, le ofreció ser pinche de cocina. Ser pinche significaba prepararse para largas horas batiendo huevos destinados a la famosa tortilla típica de la abadía y plato estrella del establecimiento. Batir los huevos era el paso necesario para que la tortilla, llena de aire, multiplicara su tamaño al ser cocinada y quedara como una apetitosa esponja. Como el esfuerzo era considerable, los pinches se iban turnando cada diez minutos. Aquellos que además eran capaces de llevar un ritmo agitando el batidor en aquel gigante bol de cobre, pasaban a realizar el trabajo de cara al público.
Otro de los pinches que actuaba en público se llamaba Pierre. Pierre era un alto y espigado muchacho que tras tener muchos trabajos y ningún oficio, se había colocado en el restaurante porque, según él, era el único lugar donde le dejaban mezclar la cocina con la música, sus dos aficiones favoritas. En sus ratos libres, tocaba la batería en un grupo de heavy que amenizaba las fiestas de los pueblos de la región. Era conocido por sus borracheras y el tatuaje de la calavera con dos baquetas cruzadas a modo de tibias de su trasero, el cual enseñaba siempre al acabar los conciertos. A pesar de que su prima le había avisado mil veces de que no se dejara enredar por Pierre, Charo cayó perdidamente enamorada de esos ojos verdes y de ese acento embriagador que la volvía loca. Pierre sólo tenía que susurrarle al oído « comme tu es belle, ma petite espagnole » para que aceptara, sin oponer resistencia alguna, ir a la parte de atrás del restaurante. En una de estas escapadas durante el trabajo, fueron pillados por la jefa de cocina y avisados de que, si se volvía a repetir, estarían los dos despedidos. Charo intentaba rehuir las proposiciones, pero le resultaba imposible no ceder a los deseos de Pierre. El camino que había elegido se estaba esfumando ante la bruma espesa, con aroma a almizcle, que desprendían los besos de un desconsiderado francés. La realidad se le escapaba a Charo de las manos, se perdía en los vaivenes sobre los sacos de harina y de pasta, en los besos a traición en las esquinas y las miradas furtivas mientras el huevo salpicaba el delantal. Aturdida no sabía cómo retomar el sentido de su vida.
Entonces apareció Pepe de entre un montón de flashes. Él y su pésimo acento francés, y su desvergüenza al dirigirse a ella, y su descarada mirada que sólo se fijaba en la oscilación de unas nalgas. Él y sus mediocres acuarelas, y su tortilla española, y su bar de barrio. Él, él fue el tren que le dio un nuevo pasaporte hacia la libertad.

Y lo mira con un cariño infinito, lo quiere desde lo más hondo de su ser, pero no sabe qué haría si una melosa voz le susurrase al oído: «Viens avec moi, ma petite espagnole, viens derrière… ».


© Anabel

lunes, 25 de mayo de 2009

Cuento ganador de la 1ª edición del concurso "Cuentos para despertar"






A mi hermana Elena, sin su insistencia no me hubiera presentado al concurso, a mi sobrina María, por prestarme una de sus estupendas ideas, y a Elísabet, mi hija, por ayudarme a corregirlo.

Mis padres me han regalado un camión chulísimo. Uno de esos que cargan muchos coches detrás. Es de color rojo con unas líneas brillantes en la cabina. Nos va de maravilla a mi hermano y a mí para el circuito que montamos en el suelo de la habitación. Lorién, mi hermano, es el dueño del garaje donde llevo a arreglar los coches rotos. Cuando nos cansamos, cambiamos de juego y entonces él hace de cocinero y prepara a mis muñecas unos platos riquísimos en la cocinita que los Reyes Magos le regalaron estas Navidades.
Aún no os lo he dicho: hoy es mi cumpleaños. Me llamo Ibón y ya tengo ocho años. Mi hermano se llama Lorién, bueno, eso ya lo he dicho y, dentro de poco, cumplirá seis. A él le hubiera gustado ser el mayor porque sabe que, después de los papás, soy yo quien manda en casa y él tiene que hacerme caso aunque lo haga de mala gana. Casi nunca discutimos, sólo se pone pesado si le entran ganas de jugar a las peluquerías. ¡Se empeña en cortarle el pelo a mis muñecas! Mamá dice que tiene mucho estilo, pero yo prefiero que practique con sus muñecas que las tiene a todas calvas de tanto cambiarles el peinado. Bueno, también discutimos por recoger la habitación. A mí nunca me apetece, me da mucha pereza, la verdad, pero a Lorién le gusta tener las cosas en su sitio y no soporta que le cambie sus juguetes de estantería.
Esta tarde, en cuanto mamá acabe de trabajar, nos iremos al “Children-Park” a celebrar mi cumpleaños. Mi mamá conduce un autobús. A Lorién y a mí nos encanta subir en el autobús que lleva mamá. Decimos a todos los viajeros que la que conduce es nuestra mamá y papá siempre nos dice que no molestemos y nos manda callar. Lorién de mayor quiere ser como mamá. Dice que él conducirá un autobús en el que, al comprar el billete, dará a los niños bocadillos de chorizo y Nocilla y a los mayores, sopa de macarrones. También ha pensado en hacer los autobuses más grandes para que todo el mundo pueda sentarse y así no haya gente maleducada que no les cede el sitio a los señores mayores o a las mujeres embarazadas. Creo que son buenas ideas y no entiendo cómo no se les han ocurrido todavía a los alcaldes de las ciudades.
Mi papá es el que manda en la escuela porque trabaja de conserje y el conserje tiene todas las llaves. Si un día se olvidase de abrir las puertas, ese día los niños no irían a la escuela. Todas las mañanas vamos los tres juntos al cole. Algunas veces, papá me da permiso para abrir la puerta de entrada y ese día soy yo quien deja entrar a los demás niños a las clases. A mí me encanta este trabajo porque todo el mundo te conoce y te respeta. Esta mañana, con la emoción de mi cumpleaños, mientras papá me cosía un botón de la bata, se ha pinchado un dedo. Yo, que tengo un maletín de médico, le he curado enseguida y le he puesto una tirita. A la salida del colegio, ya tenía la herida cerrada. De mayor quiero ser médico. Papá dice que para ser médico hay que estudiar duro y eso estoy haciendo. Así que practico mucho: cojo un libro con dibujos del cuerpo humano y voy buscando los músculos y los huesos en el cuerpo de Lorién. Él se está muy quieto, sólo se mueve si le hago cosquillas. La otra tarde vinieron a merendar unos amigos; estábamos jugando a médicos y, cuando vieron mi libro, se empeñaron en pintar de color negro el dibujo de una persona desnuda para hacerlo igual que Lorién. Les dije que no, no quería que me lo rayaran, además, una piel es una piel y todas se curan igual.
No me acuerdo muy bien del día que llegó Lorién. Creo recordar que papá y mamá estaban muy alegres, me cogían todo el rato en brazos, me daban besitos y me repetían el nombre de Lorién una y otra vez, como si me fuera a olvidar. Me parece que el abuelo Mariano no estaba muy contento porque no lo cogió ni una vez ni dijo lo guapo que era. A mí Lorién me gustó desde el primer momento, me miraba muy fijamente con sus ojos enormes y me seguía a todas partes. Al principio, me obedecía siempre, pero ahora incluso tiene más fuerza que yo. Lorién se convirtió en el nieto favorito del abuelo Mariano porque se sabía todos los jugadores de la selección nacional de fútbol, así que tuve que aprenderme todos los jugadores del equipo de mi ciudad para convencerle de que yo también merecía ir con ellos al fútbol a pasar las tardes de los domingos.
Esta tarde van a venir muchos amigos a mi fiesta. He dejado de invitar a unos cuantos que, como mamá dice, no saben ver más allá del color de la piel de Lorién, no son capaces de ver lo listo que es ni su alegría. He pensado que, si soy médico, tal vez pueda fabricar unas gafas que curen esa enfermedad de la vista. Son cosas, como las ideas de los autobuses de Lorién, que aún no se le han ocurrido a ningún alcalde, pero que no pueden ser muy difíciles de solucionar. Por eso tengo que estudiar mucho.
-¡Ibón, Ibón, que nos vamos!
Adiós, adiós, me voy a mi fiesta de cumpleaños. Si vosotros sabéis mirar, estáis invitados: habrá tarta para todos.

© Anabel

jueves, 14 de mayo de 2009

Al otro lado de tu catalejo


Soy lo poco que queda en el suspiro de cada noche,
la esquina más oscura de la nube de mi conciencia,
la luz temerosa por alumbrar donde no debe
para comprobar la certeza de tu existencia esquiva.

Soy, a veces, azul como la esperanza de un latido,
y otras, azabache caparazón de coleóptero extraviado,
quisiera ser amarilla como los girasoles de Vincent,
infinita como las estampas luminosas de Sorolla.

Soy tan tristemente dócil a las salivas pasionales,
tan abierta a tus exiguas salpicaduras de amor
que me tensiono ante cualquier lluvia fina
que se cuele por las goteras de mi calva experiencia.

Aunque hace mucho tiempo que dejé de pensar,
estoy porque me siento respirar el humo del incienso
que la distancia expele desde la orilla de lo imposible.
Y justo entonces es, cuando al otro lado de tu catalejo, soy.
© Anabel