martes, 24 de marzo de 2009

Producto de temporada



¿No la oléis? Sus rayos de luz ya empiezan a invadirnos en las tardes más largas y en las temperaturas más suaves. Los almendros y los cerezos florecen y nubes de esporas nos avisan de que los alérgicos debemos estar en guardia. Preparamos nuestros tiestos, nuestras ropas frescas y de alegres tonalidades, las sandalias quitan el puesto a las botas y pintamos de rosa nuestro sentir. Asoma por el calendario el preludio de unas fantásticas vacaciones y un sol apoteósico. Se nos antoja que cualquier cosa es posible, que sólo se puede ir a mejor; se abren las puertas y las sonrisas, se enseñan escotes y descapotables. Llega, llega la primavera: echad la alfombra roja.
Pero, en aquellos días tan soleados que pareciese que la vista alcanzase hasta más allá de la línea del horizonte, me gustaría poder comprar un paquetito de niebla, como quien compra un quilo de fresas en pleno diciembre. Una niebla fina, pero espesa, húmeda, pero no mojada, que teja una burbuja opaca alrededor mío, donde me sienta protegida del exterior y sólo pueda percibir lo que realmente desee. Escondida detrás de moléculas de vaho, a salvo de miradas y comentarios, libre en mi reducido universo, puedo huir de la excesiva belleza, de la empalagosa confraternización, de la luz en demasía, de la ceguera de poder verlo todo.
Debería haber guardado un poco de niebla en un bote de cristal, como quien guarda una naranja en el bolsillo por si la sed aprieta, para escapar de las canículas y poder reconfortarme en la tibieza de una manta y el calor de una taza de té.

© Anabel

viernes, 13 de marzo de 2009

Recopilatorio de causas perdidas


Lavarme las manos en el barro de tu corazón,
respirar efluvios venenosos de flores con espina,
despilfarrar el tiempo pensando utopías,
escuchar los suspiros del alma de las paredes,
anochecer temprano para huir lejos,
amanecer tarde para no regresar jamás.

Apuestas imposibles
de axiomática inutilidad,
de intachable demencia;
ininteligibles ideas
pululando por mi aislada habitación
que atrapa las libélulas con miel
para luego arrancarles las alas
despacio,
de una en una.

Exvotos volátiles,
perecederos paleópteros
llenan a rebosar el cofre de los tesoros
de mis causas perdidas.
© Anabel

domingo, 1 de marzo de 2009

Terciopelo Húmedo




“¡Ta,ta,tadeo el tar, tar, tartaja!”
A pesar de que se supone que el avance de curso conlleva mayor maduración y acopio de inteligencia, la poca originalidad de los compañeros de clase se hacía patente cada año y lo peor era que Tadeo no podía contestarles pues, antes de que hubiese acabado la réplica, se habrían ido con muecas de aburrimiento o habrían vuelto a mofarse de él. No le quedaba más remedio que callar, pasar por delante de ellos como si estuvieran contando un chiste malo hasta llegar al pupitre. Calvario que se repetía cada mes de septiembre. Las chicas suponían un camino mucho más tortuoso. A la mayoría les daba pena; muy educadas y cariñosas, le hacían caso con cierta dosis de curiosidad, pero al cabo de unos minutos, la impaciencia innata en los niños no era capaz de esperar a que acabara la oración y la inconsciencia las cogía desprevenidas cuando alguna risilla se les escapaba por entre esos dientes intermitentes. Aburridas, al segundo trimestre, le habían perdido la compasión. Tadeo aprendió, mucho antes de poder decir su nombre de un tirón, que su vida iba a ser muy solitaria.
Su introspección crecía con la edad, sólo encontraba placer en la lectura y en la música. Las vacaciones de verano, hasta cumplir los dieciséis, las había invertido en aprender a tocar la guitarra y en hacerse una biblioteca de literatura fantástica, aficiones que le obligaban a construir un mundo interior rico, libre de miradas expectantes por ver cuánto más iba a repetir la misma sílaba. Averiguó que era rápido de pensamiento, que sus manos no tartamudeaban con las cuerdas de una guitarra, ni su voz cuando las acompañaba con las letras de las canciones que componía. Descubrió que podía encontrarle un sentido a la vida en soledad y dejó de desear haber nacido ciego.
Tan ensimismado en erigir su universo particular pasó el verano que no se dio cuenta de que su exterior había crecido unas cuantas pulgadas y lo que le rodeaba le pareció más pequeño, más insignificante que cuando estaba a su misma altura. Sorprendentemente, ningún pasillo de niños le esperaba para recibirlo con la consabida cantinela, llegó hasta el pupitre como uno más. Miró hacia delante y hacia atrás esperando que todo fuera el preparativo de una broma mayor, pero empezó la clase sin haber oído la frase tan temida. Intuyó, por primera vez, en qué podía consistir ser normal. En el recreo, mientras leía “El Retorno del Rey”, oyó una voz dulcemente femenina que le hablaba. Levantó la vista y vio a la chica más hermosa que jamás hubiera imaginado que existiera más allá del mundo de las hadas y los elfos. En un acto reflejo, apretó los labios, volvió a poner la mirada sobre el libro con la esperanza de que ella se sintiera menospreciada y se fuera para evitarse el bochornoso trance de iniciar una conversación.
-Te digo que a mí también me gusta mucho “El Señor de los Anillos”. ¿Sabes que Tolkien era un profesor de universidad que se inventó todo un universo y hasta un idioma?
Tadeo suspiró, no iba a tener más remedio que abrir la boca.
-Sí.
-Me llamo Elisa, soy nueva aquí, a mi padre lo trasladaron este verano. La verdad es que no me gusta mucho esta ciudad, es muy pequeña, provinciana, prefiero la capital, es más emocionante. ¿Has estado alguna vez en Madrid?
-No.
-¿Es que quieres que me vaya? –esos ojos almendrados le obligaban a responder.
Un silencio que a Tadeo le pesaba como el hierro, se apoderó de la corta distancia que había entre los dos. Le hubiera gustado decirle tantas cosas, pero no iba a lograrlo, al menos en un tiempo prudencial, así que debía ser breve y elegir bien qué decir.
-No, no tevayas. Me, me, me gusta oírte –cerró el libro, se acercó a ella un poco más y le prestó toda su atención-. Me, me, mellamo Ta, ta, tadeo.
Si Arwen tenía una sonrisa no podía ser más bella que la de Elisa, tras la que comenzó a explicarle el horrible verano que había tenido, que había dejado a todos sus amigos en Madrid, que estaba muy enfadada con sus padres, que el instituto al que iba a ir era mucho mejor que éste… Tadeo escuchaba cómo pronunciaba las eses al final de palabra, como las dejaba sonar tan sólo un instante más, cómo tomaba el aire en los momentos justos para hacer la pausa, cómo se apartaba su melena castaña con las dos manos, la retorcía formando una cuerda de aspecto sedoso y lo miraba a los ojos como si no supiera de su tartamudez.
-Si, si, siquieres, te, te, tedejo “Las, las, las dosTorres”.
-¿De verdad? Me encantaría, perdí el libro en el traslado y no lo he podido acabar. ¿Me lo traerás mañana?
-Sí.
-¿No te olvidarás?
-No.
Elvira rió, era una risa limpia y clara como el chorro de una fuente. Él la miró reticente, imaginó que se estaba burlando de él.
-Eres la persona que mejor me escucha del mundo.
-Esque, hablo, muy, muy, muymal –Tadeo no pudo evitar sonrojarse.
-No te preocupes, yo hablaré por los dos, tú sólo tendrás que escucharme –y volvió a refrescarse el aire con su risa-.
Estaba dispuesto a escucharla toda la vida si eso le permitía rozar sus labios con la yema de los dedos, incluso por nada.
Lo primero que hizo al llegar a casa fue meter en la mochila el segundo volumen de “El Señor de los Anillos” y bendecir el día en que compró la trilogía con todos sus apéndices; agarró unas cuantas canicas, se las metió en la boca y empezó a hacer lo que se había jurado que nunca haría: practicar frente al espejo.
Por primera vez en su vida estaba ansioso por ir a clase, por alcanzar la última manzana antes del instituto para verla llegar desde lejos, por ser salpicado por su risa y su pelo, por sentir su mano sobre el brazo, por oír esa voz maravillosa. El trimestre pasó mucho más rápido de lo que hubiera deseado, pero la semana de exámenes redimió la premura del tiempo. Tadeo ayudaba a Elvira con las matemáticas y pasó varias tardes en su casa merendando, mirando vídeos por YouTube, oyendo música, jugando con los números y miradas furtivas. La tarde anterior al control, el estómago de Tadeo era tan pequeño que no podía ingerir ni una patata frita de las que la madre de Elisa les ponía junto con una botella de Coca-Cola. Se había pasado toda la noche ensayando frente al espejo con la boca llena de canicas la frase que desde hacía semanas quería decirle. Respiró profundo y pensó que el mundo no era de los cobardes. Se giró y cogió por los hombros a Elisa, abrió la boca y salió un te repetido; así que echo mano del plan dos: lanzó sus labios sobre los de ella. Elisa no se apartó, le miró con una gran dulzura y sonrió. Tadeo pensó que había llegado el momento de saber a qué sabe una boca que no tartamudea. Besó primero, tímidamente, el labio superior, luego, más decidido, el inferior y se abrió paso con su lengua que, asombrosamente, no temblaba en absoluto. Descubrió que podía haber un mundo en la boca de una mujer, que podía ser infinita la cavidad de los que no tienen eco, saboreó su lengua dulce, como no podía ser de otra manera, con el punto de sal de las patatas fritas. Hubiera seguido una hora más, pero pensó que no podía abusar y, suavemente, se separó. Elisa seguía con los ojos cerrados y la boca entreabierta. No pudo evitar tocar esos labios con las yemas de los dedos. Terciopelo húmedo.
En el segundo trimestre, la noticia de la relación del tartaja con la “buenorra” de Elisa había despertado muchas envidias y comentarios de incredulidad de algún que otro repudiado por la madrileña. Uno de los últimos, Julián, un matón del curso superior, esperó a Tadeo una tarde en el patio. Empezó a insultarle con la misma retahíla de improperios de siempre; Tadeo, inmunizado de tanta estupidez, pasó de largo sin prestarle la más mínima atención.
-Que sepas, tartaja, que Elisa es una zorra, pero tú no tienes huevos de pasar de darle besitos. ¿Qué te has creído?, ¿que un tartaja de mierda se la va a tirar? Antes se irá con un tío de verdad, uno como yo. Ya lo verás, esa quiere un hombre no un disminuido como tú.
Tadeo no sabía que la ira pesaba, que su sabor era como hiel en la lengua que le obligaba a tener nauseas ante tanto desprecio. Se le amontonaron todas las palabras de odio en la garganta e intentaron salir propinándose empujones unas a otras en un lenguaje perfectamente adoptable por los orcos, orcos enfurecidos escupiendo por la boca la sangre que ya no les cabe en la cabeza. Julián no podía contener las carcajadas al verlo en semejante estado, se doblaba mientras Tadeo se acercaba a él enfurecido.
-Ay, que me parto, Dios, qué patético eres, si te viera Elisa se partiría de ri, ri, risa, ja, ja, ja.
Cargó todo el rencor contenido durante tantos años en el puño derecho proyectándolo contra su cara. Julián cayó largo al suelo, con la nariz rota y la cara ensangrentada.
-Elisa no es una puta, gilipollas.
Tadeo fue expulsado del instituto por una semana. Si alguna vez hubiera tenido el respeto de sus compañeros podría haber dicho que lo había recuperado, pero eso no le importaba ya. Al enterarse de su hazaña, Elisa fue corriendo a su encuentro, en cuanto lo vio, se echó en sus brazos y le besó. Era el mejor premio que podía recibir.
El tercer trimestre se presentaba sombrío, aterrador. Un ascenso obligaba al padre de Elisa a mudarse a las Islas Baleares esta vez. Ella había intentado por todos los medios convencerlo de que se mudara sólo él o que la dejara a ella al menos durante el verano, antes de que comenzara el nuevo curso. No hubo forma, a finales de junio Elisa desaparecería de la vida de Tadeo. Los dos jóvenes decidieron pasar juntos el mayor tiempo posible, con la excusa de los deberes, no les fue difícil lograrlo. Elisa planeaba viajes para el verano en los que poder verse, Tadeo asentía con la cabeza a todo lo que ella ideaba, verla tan preocupada por no poder estar juntos le complacía pues era la mejor muestra de que sentía algo por él. Una tarde, en casa de Tadeo, Elisa ideaba el enésimo viaje.
-Mira, en esta página de Internet, he encontrado unos billetes de ferry muy baratos si los compro ahora, lo malo es que hay que pagarlos con tarjeta de crédito y yo no tengo. Puedo quitársela a mi madre, para cuando se entere ya estarán comprados…
Se sentía culpable por disfrutar de su dolor. Posó los dedos sobre sus labios aguantándolos unos segundos para deleitarse con el terciopelo húmedo; sacó la guitarra del armario empotrado, se sentó en la cama y le cantó una canción que había compuesto para ella.
-Te quiero, Elisa –le dijo cantando en la última estrofa.
Se besaron con ansía, dejando atrás los pudores, los miedos. Elisa le desabrochó los pantalones y Tadeo la paró.
-Si tú no, no, noquieres, yo no quiero obligarte…
-¿No lo deseas, Tadeo?
-Pu, pu, puesclaro.
-Pues calla y bésame que lo haces mucho mejor.
Sólo con el ensayo de los sueños y los deseos, abrieron el paquete del sexo con torpeza, con el asombro de lo nuevo, con el ansia de quien recibe un regalo inesperado. El cuerpo desnudo de Elisa era lo que compensaba los esfuerzos y penurias, las horas de soledad, las palabras contenidas. Era lo que más quería y deseaba en el mundo, más que superar la tartamudez. Descubrió que el terciopelo húmedo se extendía por toda su piel y conquistó parajes vírgenes que se le entregaron completamente. Sintió morirse dentro de ella, romper el caparazón que durante dieciséis años le había constreñido; se sintió resucitar y crecer y volar e invadió los ojos almendrados que repetían su nombre en un suave tartamudeo.

Llegó el temido junio con un apacible calor y un sol compasivo que iluminaba un paisaje que no podía ser alegre. Le dolía el estómago al recordar las lágrimas de Elisa despidiéndose desde la ventanilla de atrás del coche, señalándole el anillo, en alfabeto tengwar edición limitada, que adornaba su dedo.
Aquel verano hubo dos huecos en Tadeo: uno enorme en el corazón y otro en la biblioteca. El último, nunca lo repondría.

© Anabel

jueves, 19 de febrero de 2009

El Final




Convencida de que nunca llegaría,
tomaba atajos de falsas ilusiones
y amores desgastados;
esquivaba recodos con señales
de caminos cortados y
de luces prohibidas;
regaba arbustos para que crecieran
con flores que me taparan el paisaje
y me sirvieran de niebla.
Se me antoja increíble no haber salido antes de mi biombo
en dirección a lo ignoto,
no haber sentido la necesidad de comprobarlo tangible,
delimitado y, a la vez, abierto,
triste y, a la vez, esperanzador.
Daba tanto miedo
que mirar hacia otro lado
fue un ejercicio habitual.

Ahora, plantado claramente delante de mi,
me sonríe,
me guiña un ojo
y me susurra:
“El final nunca es un fin”.

Y le doy la mano esperanzada como una doncella
regala su virtud a un caballero con armadura.

© Anabel

sábado, 14 de febrero de 2009

Llevar gabardina



Un claxon me humilla,
patea mi respiración
y descoloca a la lluvia
que no sabe si caer
o permanecer suspendida.
Cierro los ojos y deseo no estar,
no ser
en ningún lugar,
pero las gotas rebeldes
acarician mi cara,
me devuelven a la calle de la vergüenza
al doblar la esquina.
Sólo un portal me acoge
con un abrazo húmedo y oscuro.

No hay estrellas en su cielo,
ni árboles en el patio,
y el sonido del contador,
cual reloj de arena,
me señala la inutilidad
de llevar gabardina.

© Anabel

lunes, 9 de febrero de 2009

Sin Lágrimas


Llevas muerta cinco días y aún no he vertido ni una lágrima. He soportado estoicamente las molestas preguntas del señor de la funeraria y su premura para que eligiera el ataúd; las impertinencias de mis hermanas y la estupidez del representante del seguro; el eterno velorio y el tedioso sepelio en el que todo el mundo lloraba como si alguna vez le hubieras importado a alguien. Ninguno de ellos te cambió los pañales ni te empujó la silla de ruedas. Hoy es el primer día en el que estoy sola frente a tu pulida lápida y únicamente tengo ganas de bailar sobre tu tumba.
© Anabel

lunes, 2 de febrero de 2009

Escondrijo


Quiero esconderme
al resguardo de lámparas ciegas
que no delaten mi sombra
abrigada por un bestiario
dispuesto a complacer mis deseos fantasiosos,
sin imposibles ni distancias,
irrigado a fuerza de noches en vela
y cirios prendidos en novenas perennes
rosario de cuentos costumbristas
de princesas y príncipes enamorados
felices como alfombras voladoras.

No quiero asomarme a conocerte, a verte:
mi imaginación es frágil como el cristal de Urano
y, si no me pierdo en tus fidedignos bosques de deseo infinito por mí,
puedo romperme de frío para toda la eternidad.

© Anabel

martes, 27 de enero de 2009

El ojo de Ariam

Almería, 1971. Técnica Especialista en Publicidad y Experta en Marketing. Diseñadora, ilustradora, pintora y creativa publicitaria."En 2005 sus dos ojos se emboscaron, viraron hacia atrás y comenzó su visión. Fabricó gritos de colores en mitad del agreste territorio de lo onírico, su expresión se hizo transversal, nómada y amniótica, una deflagración de los sentidos arrojó vergeles de luz y oscuridad desde el tibio aliento del pez mutilado, de la mujer inconclusa, de la sirena des-terrada. Un nombre, Ariam, quedó tatuado a la inversa en el revés de la piel: su infografía”.
(Manuela Cantón Delgado, antropóloga).

El ojo de nuestra Sirenita Valiente -ella dice que desterrada, pero todos sabemos que está en nuestra pequeña parcela de tierra, en nuestros parterres de arbustos y en nuestras macetas de geranios- que nos muestra su mundo, un mundo que empieza más allá de las aguas y acaba más allá de los cielos, un mundo que sólo se puede ver y sentir a través de su ojo, mágico como todos veréis. Su generosidad le obliga a regalarnos y dedicarnos su arte, a mostránoslo en una exposición, en Sevilla. Si tenéis la suerte de estar allí y poder ir a verla, hacedlo, hacedlo por mí, por los que no vamos a poder ir, pero que estaremos en espíritu por sus pasillos, maravillándonos de sus colores, vagando entre sus aguas como fantasmas perdidos, entre tanto mar, que se niegan a regresar al mundo gris de los vivos.

Gracias y suerte.

domingo, 21 de diciembre de 2008

White Christmas

Los músculos del cuerpo se habían compinchado para aterirle las extremidades y estirarle las neuronas desde el cerebro hasta los pies. El volumen de la televisión le resonaba en los oídos como si les estallase una traca en la cabeza; el correr de las sillas y mesas; los gritos y risas; los insultos e idiomas ininteligibles; el soniquete incesante de los dados bailando en los cubiletes; la megafonía que no paraba de gritar nombres destinatarios de cartas… Se levantó como pudo y arrastró las zapatillas prestadas por la Administración hacia el patio. Hacía un frío intenso acompañado de una punzante niebla. Cada paso era un esfuerzo monumental pero no soportaba permanecer por más tiempo en el comedor. Observó que un “jai” se encendía un cigarrillo y se acercó a él lo más rápido que las piernas le llevaron.
-¿Me das un cigarro? –la voz le temblaba tanto como las manos.
El árabe no le hizo ni caso.
-Por favor, tío, necesito uno –estaba dispuesto a rogar hasta el infinito, a matar si fuera necesario por un puto cigarrillo-. No tengo pasta, tío, hoy por mí, mañana por ti…
-Mañana, mañana, cuando tú cobrar, devolver –le espetó el árabe con un cerrado acento que le impidió a Manuel comprenderlo.
-Lo que tú quieras, tío, lo que tú quieras. Gracias, colegón, gracias.
Absorbió con tanta ansia que pareció que el pitillo fuera a desaparecer entre sus labios. Tragó todo el humo que sus maltrechos pulmones le permitieron y expulsó una débil nubecilla que se confundió con la espesa niebla.
-¡Dios! –exclamó aliviado.

Dos años antes, Manuel se comía el mundo de party en party, de juerga en juerga, de colocón en colocón. Primero los fines de semana que empezaban el viernes, luego, se fueron alargando empezando el jueves hasta la mañana del lunes. Después, comenzó el bajón de los lunes, el de los martes y el de los miércoles y decidió que no había por qué pasarlo mal. La fiesta, por entonces, ya se extendía a lo largo y ancho de la semana. Para poder costear semejante ritmo de vida, se inició en el tráfico de pequeñas cantidades, pero ni aún así lograba el dinero que necesitaba para mantener su adicción a la cocaína. Se olvidó de que estaba matriculado en segundo de Derecho y se consagró en cuerpo y alma a la única amante que, según sus propias palabras, le satisfacía. El consumo había aumentado considerablemente los últimos ocho meses y no tuvo más remedio que adoptar soluciones más drásticas. Junto con sus amigos y colegas de correrías decidieron atracar un súper. Se dejaron en casa los jerséis Lacoste, las zapatillas Guru y sus parkas Diesel para no mancharse en un trabajo que, semanas antes, hubieran considerado asunto de pringados. Utilizaron, como firma, pañuelos de cuello y gorras Levi’s. Tras el tercer trabajo, ya los conocían como los chicos Levi’s. El modus operandi era siempre el mismo: Germán se acercaba a la cajera por detrás y le pinchaban el cuello con una navaja, Manuel abría la caja y se llevaba la recaudación; Pedro les esperaba fuera en el Golf. El negocio funcionaba, hasta que Pedro pensó que debían aumentar el número de intervenciones; estaba seguro de que nadie les podía reconocer y que no les iban a coger pues eran rápidos y limpios. Así que en dos meses se acabaron los súper de la ciudad y tuvieron que ir a por los de los pueblos cercanos.
-¡No grites ni te muevas! Abre la caja y no te pasará nada, guapa –le grita al oído Germán a la cajera.
Ésta se niega, dice que no va a darles la recaudación del día a unos ladrones de mierda. Germán aprieta más su navaja hasta que una gota de sangre comienza a resbalar por el cuello y la cajera, asustada, se arranca a gritar como una posesa. Pedro preocupado, oyendo el jaleo, entra al súper y le chilla a Germán:
-¡Que se calle, joder, que se calle! ¡Clávasela si hace falta, hostia!
Las clientas que llegan a la caja empiezan a chillar también. Manuel se ha quedado inmóvil sin saber qué hacer ante tanto griterío. Pedro se acerca a la caja para forzarla y, en ese momento, ella le quita el pañuelo que le cubre la cara, Pedro se encabrita y le propina un bofetón imprimiéndole tanta fuerza que obliga a la cabeza de la cajera a realizar el movimiento suficiente para que su cuello se autorebane en la hoja afilada de la temblorosa navaja de Germán. Las sirenas de la policía, avisadas por una clienta con móvil, cercan la salida del Golf y entran armadas al local. Ninguno opone resistencia, nunca habían visto tanta sangre. Mientras lo esposan, Pedro exclama:
-Pensaba que sólo los cerdos sangraban así.
Germán ya no dejó de temblar mirando sus manos ensangrentadas y Manuel vomitó dos veces en el coche policial. Primero pensaron que era la impresión ante tanto rojo, pero pronto descubrieron que el síndrome de abstinencia era mucho más duro que un simple mareo.

La primera semana estaba resultando horrible: les habían separado a los tres en módulos diferentes; el “mono” hacía estragos en el pulso y en las entrañas; tras ingerir la medicación lograba dormir un par de horas para despertarse inundado en sudor con pesadillas espantosas que le perseguían hasta que se encendía la luz minutos antes del recuento; pasaba el día en un angustioso comedor lleno de gentuza indeseable y en un patio sucio y frío; la familia no le había ingresado peculio todavía y no podía comprar tabaco ni conseguir una tarjeta de teléfono para llamarles. No le quedaba más remedio que tragar la bazofia que les daban para comer y mendigar cigarrillos y café. Dos moros enormes y malolientes le habían sugerido diez euros a cambio de un ratito en las duchas; el “kie” del módulo le había avisado que allí nadie movía un gramo de droga sin que él se enterara o recibiera una parte a cambio, también le había propuesto que, en su primer vis-a-vis, entrara un paquetito de droga “empetado”… Prefería mil veces las pesadillas nocturnas a la realidad diurna que le hacía desear haber sido él quien se hubiera desangrado como un cerdo en el maldito atraco.
-Manuel Tejada Garrido, pase por la oficina.
Una carta de sus padres le alegró la mañana. La abrió ansioso esperando unas palabras afectuosas y, sobre todo, la noticia de que le irían a visitar el próximo fin de semana para dejarle dinero. Pero una rabia punzante le hizo arrugar el papel con un odio atroz. Las letras manuscritas de su padre no destilaban ningún signo de cariño ni de compresión, unas líneas escuetas y frías en las que le deseaba que tuviera suerte en el camino que él había decidido emprender y que tan malos resultados le había dado; le decía que no esperara ya la ayuda que se le había brindado tiempo atrás y que tan soberbiamente él mismo había rechazado; que cuando el juicio se hubiera celebrado y según cómo fuera evolucionando en la prisión, tendría más noticias de ellos; que le habían dejado sesenta euros en peculio y eso era todo.
-Hijo de puta, hijo de puta.
En el comedor, la televisión sonaba a villancico: Bing Crosby cantaba “White Christmas” al piano junto a un exuberante árbol de Navidad y una chimenea encendida. No pudo reprimir sentir el calor del fuego en sus heladas manos, ni ver a su padre con esas orejas de soplillo fumando en su apestosa pipa, su madre también cantaba villancicos y el árbol lo decoraban los tres hermanos; a Carla, la pequeña, la levantaban entre él y su hermano Javier y colocaba la estrella en lo alto del árbol. Apretó los puños hasta hacerse heridas en las palmas de las manos intentando contener las calientes lágrimas. Salió al patio y se fue directo a los váteres, sabía que dentro el “Cuchara” y el “Lolo” se estaban pinchando.
-Necesito un pico.
-¿Qué dices, tío? ¿Con qué lo vas a pagar?- le inquirió el “Cuchara”.
-Acabo de recibir carta, este fin de semana vendrá mi familia y me dejará dinero.
-Pero tú no te pinchabas en la calle ¿no? Pasa, Cuchara, pasa, no le des que éste no está acostumbrao, éste le daba a la nieve –dijo el “Lolo”.
-¿Qué pasa, que no te vale mi dinero?-exclamó Manuel con todo el arrojo del que pudo hacer acopio.
-Oye tío, que aquí todos somos mayorcitos, ¿me entiendes? Si el chaval quiere un pico, el tío Cuchara se lo proporciona. Toma, éste es canelita en rama que era pa mí, pero no te olvides de pagar, ¿eh?, que si no, el próximo pico te lo pongo yo en persona. ¿T’has enterao, colega? Y me das el “peluco” como fianza.
Hicieron el trueque del reloj y la jeringuilla y Manuel se metió en el retrete contiguo. Manuel nunca se había pinchado, pero lo había visto hacer. Se ató bien fuerte el cinturón en su escuálido antebrazo, abrió y cerró el puño varias veces hasta que vio levantar una vena de entre su pálida piel. Tenía miedo, pavor, pero el asco de seguir allí le daba ánimos para acertar en el punto exacto donde debía introducir la aguja. Le entraron remilgos de última hora pensando en qué otras venas habría estado esa aguja, pero notas del villancico aún resonaban en su cabeza. Fue fácil, ni siquiera le dolió. Cerró los ojos, una paz, un descanso descomunal le invadió desde la punta de la aguja al resto de su cuerpo, a cada una de sus moléculas, todas y cada una de las cuales sentía. Escuchó cómo el corazón se ralentizaba y pudo contar el latido postrimero. Un árbol maravilloso le extendía un regalo envuelto en un papel de celofán rojo, oía la risa de su hermana Carla que correteaba mientras la perseguía su hermano Javier para quitarle la estrella, papá le llamaba y le decía lo orgulloso que estaba de él mientras mamá le besaba la frente y cantaban juntos:
-I’m dreaming of a White Christmas…
© Anabel


sábado, 13 de diciembre de 2008

Los Monegros

Foto de Fernando González Seral que me la ha prestado generosamente.
Su blog: Los Monegros


A lengüetazos de vaca sagrada
te dibujó Dios la faz.
Como la lija de un carpintero,
granulosa y seca,
dejó tu vasta tierra
pues ávido lamió
todo el agua y todo el sabor
que contenía.

A cambio, un bello paisaje
con el que se regalan los ojos del viajero
sibarita de gustos divinos.


© Anabel