jueves, 19 de febrero de 2009

El Final




Convencida de que nunca llegaría,
tomaba atajos de falsas ilusiones
y amores desgastados;
esquivaba recodos con señales
de caminos cortados y
de luces prohibidas;
regaba arbustos para que crecieran
con flores que me taparan el paisaje
y me sirvieran de niebla.
Se me antoja increíble no haber salido antes de mi biombo
en dirección a lo ignoto,
no haber sentido la necesidad de comprobarlo tangible,
delimitado y, a la vez, abierto,
triste y, a la vez, esperanzador.
Daba tanto miedo
que mirar hacia otro lado
fue un ejercicio habitual.

Ahora, plantado claramente delante de mi,
me sonríe,
me guiña un ojo
y me susurra:
“El final nunca es un fin”.

Y le doy la mano esperanzada como una doncella
regala su virtud a un caballero con armadura.

© Anabel

sábado, 14 de febrero de 2009

Llevar gabardina



Un claxon me humilla,
patea mi respiración
y descoloca a la lluvia
que no sabe si caer
o permanecer suspendida.
Cierro los ojos y deseo no estar,
no ser
en ningún lugar,
pero las gotas rebeldes
acarician mi cara,
me devuelven a la calle de la vergüenza
al doblar la esquina.
Sólo un portal me acoge
con un abrazo húmedo y oscuro.

No hay estrellas en su cielo,
ni árboles en el patio,
y el sonido del contador,
cual reloj de arena,
me señala la inutilidad
de llevar gabardina.

© Anabel

lunes, 9 de febrero de 2009

Sin Lágrimas


Llevas muerta cinco días y aún no he vertido ni una lágrima. He soportado estoicamente las molestas preguntas del señor de la funeraria y su premura para que eligiera el ataúd; las impertinencias de mis hermanas y la estupidez del representante del seguro; el eterno velorio y el tedioso sepelio en el que todo el mundo lloraba como si alguna vez le hubieras importado a alguien. Ninguno de ellos te cambió los pañales ni te empujó la silla de ruedas. Hoy es el primer día en el que estoy sola frente a tu pulida lápida y únicamente tengo ganas de bailar sobre tu tumba.
© Anabel

lunes, 2 de febrero de 2009

Escondrijo


Quiero esconderme
al resguardo de lámparas ciegas
que no delaten mi sombra
abrigada por un bestiario
dispuesto a complacer mis deseos fantasiosos,
sin imposibles ni distancias,
irrigado a fuerza de noches en vela
y cirios prendidos en novenas perennes
rosario de cuentos costumbristas
de princesas y príncipes enamorados
felices como alfombras voladoras.

No quiero asomarme a conocerte, a verte:
mi imaginación es frágil como el cristal de Urano
y, si no me pierdo en tus fidedignos bosques de deseo infinito por mí,
puedo romperme de frío para toda la eternidad.

© Anabel

martes, 27 de enero de 2009

El ojo de Ariam

Almería, 1971. Técnica Especialista en Publicidad y Experta en Marketing. Diseñadora, ilustradora, pintora y creativa publicitaria."En 2005 sus dos ojos se emboscaron, viraron hacia atrás y comenzó su visión. Fabricó gritos de colores en mitad del agreste territorio de lo onírico, su expresión se hizo transversal, nómada y amniótica, una deflagración de los sentidos arrojó vergeles de luz y oscuridad desde el tibio aliento del pez mutilado, de la mujer inconclusa, de la sirena des-terrada. Un nombre, Ariam, quedó tatuado a la inversa en el revés de la piel: su infografía”.
(Manuela Cantón Delgado, antropóloga).

El ojo de nuestra Sirenita Valiente -ella dice que desterrada, pero todos sabemos que está en nuestra pequeña parcela de tierra, en nuestros parterres de arbustos y en nuestras macetas de geranios- que nos muestra su mundo, un mundo que empieza más allá de las aguas y acaba más allá de los cielos, un mundo que sólo se puede ver y sentir a través de su ojo, mágico como todos veréis. Su generosidad le obliga a regalarnos y dedicarnos su arte, a mostránoslo en una exposición, en Sevilla. Si tenéis la suerte de estar allí y poder ir a verla, hacedlo, hacedlo por mí, por los que no vamos a poder ir, pero que estaremos en espíritu por sus pasillos, maravillándonos de sus colores, vagando entre sus aguas como fantasmas perdidos, entre tanto mar, que se niegan a regresar al mundo gris de los vivos.

Gracias y suerte.

domingo, 21 de diciembre de 2008

White Christmas

Los músculos del cuerpo se habían compinchado para aterirle las extremidades y estirarle las neuronas desde el cerebro hasta los pies. El volumen de la televisión le resonaba en los oídos como si les estallase una traca en la cabeza; el correr de las sillas y mesas; los gritos y risas; los insultos e idiomas ininteligibles; el soniquete incesante de los dados bailando en los cubiletes; la megafonía que no paraba de gritar nombres destinatarios de cartas… Se levantó como pudo y arrastró las zapatillas prestadas por la Administración hacia el patio. Hacía un frío intenso acompañado de una punzante niebla. Cada paso era un esfuerzo monumental pero no soportaba permanecer por más tiempo en el comedor. Observó que un “jai” se encendía un cigarrillo y se acercó a él lo más rápido que las piernas le llevaron.
-¿Me das un cigarro? –la voz le temblaba tanto como las manos.
El árabe no le hizo ni caso.
-Por favor, tío, necesito uno –estaba dispuesto a rogar hasta el infinito, a matar si fuera necesario por un puto cigarrillo-. No tengo pasta, tío, hoy por mí, mañana por ti…
-Mañana, mañana, cuando tú cobrar, devolver –le espetó el árabe con un cerrado acento que le impidió a Manuel comprenderlo.
-Lo que tú quieras, tío, lo que tú quieras. Gracias, colegón, gracias.
Absorbió con tanta ansia que pareció que el pitillo fuera a desaparecer entre sus labios. Tragó todo el humo que sus maltrechos pulmones le permitieron y expulsó una débil nubecilla que se confundió con la espesa niebla.
-¡Dios! –exclamó aliviado.

Dos años antes, Manuel se comía el mundo de party en party, de juerga en juerga, de colocón en colocón. Primero los fines de semana que empezaban el viernes, luego, se fueron alargando empezando el jueves hasta la mañana del lunes. Después, comenzó el bajón de los lunes, el de los martes y el de los miércoles y decidió que no había por qué pasarlo mal. La fiesta, por entonces, ya se extendía a lo largo y ancho de la semana. Para poder costear semejante ritmo de vida, se inició en el tráfico de pequeñas cantidades, pero ni aún así lograba el dinero que necesitaba para mantener su adicción a la cocaína. Se olvidó de que estaba matriculado en segundo de Derecho y se consagró en cuerpo y alma a la única amante que, según sus propias palabras, le satisfacía. El consumo había aumentado considerablemente los últimos ocho meses y no tuvo más remedio que adoptar soluciones más drásticas. Junto con sus amigos y colegas de correrías decidieron atracar un súper. Se dejaron en casa los jerséis Lacoste, las zapatillas Guru y sus parkas Diesel para no mancharse en un trabajo que, semanas antes, hubieran considerado asunto de pringados. Utilizaron, como firma, pañuelos de cuello y gorras Levi’s. Tras el tercer trabajo, ya los conocían como los chicos Levi’s. El modus operandi era siempre el mismo: Germán se acercaba a la cajera por detrás y le pinchaban el cuello con una navaja, Manuel abría la caja y se llevaba la recaudación; Pedro les esperaba fuera en el Golf. El negocio funcionaba, hasta que Pedro pensó que debían aumentar el número de intervenciones; estaba seguro de que nadie les podía reconocer y que no les iban a coger pues eran rápidos y limpios. Así que en dos meses se acabaron los súper de la ciudad y tuvieron que ir a por los de los pueblos cercanos.
-¡No grites ni te muevas! Abre la caja y no te pasará nada, guapa –le grita al oído Germán a la cajera.
Ésta se niega, dice que no va a darles la recaudación del día a unos ladrones de mierda. Germán aprieta más su navaja hasta que una gota de sangre comienza a resbalar por el cuello y la cajera, asustada, se arranca a gritar como una posesa. Pedro preocupado, oyendo el jaleo, entra al súper y le chilla a Germán:
-¡Que se calle, joder, que se calle! ¡Clávasela si hace falta, hostia!
Las clientas que llegan a la caja empiezan a chillar también. Manuel se ha quedado inmóvil sin saber qué hacer ante tanto griterío. Pedro se acerca a la caja para forzarla y, en ese momento, ella le quita el pañuelo que le cubre la cara, Pedro se encabrita y le propina un bofetón imprimiéndole tanta fuerza que obliga a la cabeza de la cajera a realizar el movimiento suficiente para que su cuello se autorebane en la hoja afilada de la temblorosa navaja de Germán. Las sirenas de la policía, avisadas por una clienta con móvil, cercan la salida del Golf y entran armadas al local. Ninguno opone resistencia, nunca habían visto tanta sangre. Mientras lo esposan, Pedro exclama:
-Pensaba que sólo los cerdos sangraban así.
Germán ya no dejó de temblar mirando sus manos ensangrentadas y Manuel vomitó dos veces en el coche policial. Primero pensaron que era la impresión ante tanto rojo, pero pronto descubrieron que el síndrome de abstinencia era mucho más duro que un simple mareo.

La primera semana estaba resultando horrible: les habían separado a los tres en módulos diferentes; el “mono” hacía estragos en el pulso y en las entrañas; tras ingerir la medicación lograba dormir un par de horas para despertarse inundado en sudor con pesadillas espantosas que le perseguían hasta que se encendía la luz minutos antes del recuento; pasaba el día en un angustioso comedor lleno de gentuza indeseable y en un patio sucio y frío; la familia no le había ingresado peculio todavía y no podía comprar tabaco ni conseguir una tarjeta de teléfono para llamarles. No le quedaba más remedio que tragar la bazofia que les daban para comer y mendigar cigarrillos y café. Dos moros enormes y malolientes le habían sugerido diez euros a cambio de un ratito en las duchas; el “kie” del módulo le había avisado que allí nadie movía un gramo de droga sin que él se enterara o recibiera una parte a cambio, también le había propuesto que, en su primer vis-a-vis, entrara un paquetito de droga “empetado”… Prefería mil veces las pesadillas nocturnas a la realidad diurna que le hacía desear haber sido él quien se hubiera desangrado como un cerdo en el maldito atraco.
-Manuel Tejada Garrido, pase por la oficina.
Una carta de sus padres le alegró la mañana. La abrió ansioso esperando unas palabras afectuosas y, sobre todo, la noticia de que le irían a visitar el próximo fin de semana para dejarle dinero. Pero una rabia punzante le hizo arrugar el papel con un odio atroz. Las letras manuscritas de su padre no destilaban ningún signo de cariño ni de compresión, unas líneas escuetas y frías en las que le deseaba que tuviera suerte en el camino que él había decidido emprender y que tan malos resultados le había dado; le decía que no esperara ya la ayuda que se le había brindado tiempo atrás y que tan soberbiamente él mismo había rechazado; que cuando el juicio se hubiera celebrado y según cómo fuera evolucionando en la prisión, tendría más noticias de ellos; que le habían dejado sesenta euros en peculio y eso era todo.
-Hijo de puta, hijo de puta.
En el comedor, la televisión sonaba a villancico: Bing Crosby cantaba “White Christmas” al piano junto a un exuberante árbol de Navidad y una chimenea encendida. No pudo reprimir sentir el calor del fuego en sus heladas manos, ni ver a su padre con esas orejas de soplillo fumando en su apestosa pipa, su madre también cantaba villancicos y el árbol lo decoraban los tres hermanos; a Carla, la pequeña, la levantaban entre él y su hermano Javier y colocaba la estrella en lo alto del árbol. Apretó los puños hasta hacerse heridas en las palmas de las manos intentando contener las calientes lágrimas. Salió al patio y se fue directo a los váteres, sabía que dentro el “Cuchara” y el “Lolo” se estaban pinchando.
-Necesito un pico.
-¿Qué dices, tío? ¿Con qué lo vas a pagar?- le inquirió el “Cuchara”.
-Acabo de recibir carta, este fin de semana vendrá mi familia y me dejará dinero.
-Pero tú no te pinchabas en la calle ¿no? Pasa, Cuchara, pasa, no le des que éste no está acostumbrao, éste le daba a la nieve –dijo el “Lolo”.
-¿Qué pasa, que no te vale mi dinero?-exclamó Manuel con todo el arrojo del que pudo hacer acopio.
-Oye tío, que aquí todos somos mayorcitos, ¿me entiendes? Si el chaval quiere un pico, el tío Cuchara se lo proporciona. Toma, éste es canelita en rama que era pa mí, pero no te olvides de pagar, ¿eh?, que si no, el próximo pico te lo pongo yo en persona. ¿T’has enterao, colega? Y me das el “peluco” como fianza.
Hicieron el trueque del reloj y la jeringuilla y Manuel se metió en el retrete contiguo. Manuel nunca se había pinchado, pero lo había visto hacer. Se ató bien fuerte el cinturón en su escuálido antebrazo, abrió y cerró el puño varias veces hasta que vio levantar una vena de entre su pálida piel. Tenía miedo, pavor, pero el asco de seguir allí le daba ánimos para acertar en el punto exacto donde debía introducir la aguja. Le entraron remilgos de última hora pensando en qué otras venas habría estado esa aguja, pero notas del villancico aún resonaban en su cabeza. Fue fácil, ni siquiera le dolió. Cerró los ojos, una paz, un descanso descomunal le invadió desde la punta de la aguja al resto de su cuerpo, a cada una de sus moléculas, todas y cada una de las cuales sentía. Escuchó cómo el corazón se ralentizaba y pudo contar el latido postrimero. Un árbol maravilloso le extendía un regalo envuelto en un papel de celofán rojo, oía la risa de su hermana Carla que correteaba mientras la perseguía su hermano Javier para quitarle la estrella, papá le llamaba y le decía lo orgulloso que estaba de él mientras mamá le besaba la frente y cantaban juntos:
-I’m dreaming of a White Christmas…
© Anabel


sábado, 13 de diciembre de 2008

Los Monegros

Foto de Fernando González Seral que me la ha prestado generosamente.
Su blog: Los Monegros


A lengüetazos de vaca sagrada
te dibujó Dios la faz.
Como la lija de un carpintero,
granulosa y seca,
dejó tu vasta tierra
pues ávido lamió
todo el agua y todo el sabor
que contenía.

A cambio, un bello paisaje
con el que se regalan los ojos del viajero
sibarita de gustos divinos.


© Anabel

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Sólo una vez


Te lo dejé bien claro: una vez, sólo una vez y nunca más. Dijiste que sí, me lo juraste por tus hijas, que no se repetiría jamás. Había muchos inconvenientes, los dos lo sabíamos; no era necesario insistir en que estábamos casados, que teníamos hijos, que trabajábamos juntos, que conocíamos a nuestros respectivos cónyuges… Demasiados, demasiados para jugar, demasiados para caer en la tentación.

Dijiste que pensabas en mí continuamente, que había ocupado tu consciencia y tus sueños, que no sabías cómo quitarme de tu cabeza, que mis ojos te perseguían y sólo anhelabas comerme la boca. Lo dijiste con una cerveza de más, en la cena de Navidad de la empresa, esperando un bofetón de mi mano, la que sostenías con la esperanza de que, como mínimo, también estuviera ebria y cediera ante tus ruegos. Pero yo no lo estaba, en absoluto. Había evitado beber durante la cena porque sabía lo que iba a pasar, sabía de tus miradas furtivas y tus encuentros fortuitos en la cafetería. Lo sabía e iba prevenida para no ceder. Por mucho que se preparen, por mucho que se prevean los hechos, suceden sin más, sin avisar, completamente diferentes a como se han planeado. Supuse que todo quedaría en unas frases y una negativa, en tu cara avergonzada al día siguiente en la oficina y en los desayunos otra vez sin ti. No pensé que tu beso me dejara fuera de combate, no imaginé que mis labios pudieran extenderse al resto de mi piel para sentir tu lengua en todo mi cuerpo. Si hubiera bebido, le hubiera echado la culpa al alcohol, pero me había quedado sin excusa a la que agarrarme para escapar de ese deseo. Me quedé inmóvil, hipnotizada, hechizada por un beso como una vulgar Blancanieves. Allí fue donde me pediste una noche, un pequeño tiempo donde realizar tus fantasías conmigo, unas horas de amor o de pasión o de sexo, como yo quisiera llamarlo. Porque te ibas a volver loco si pasabas una noche más sin haber probado mi olor ni mi sabor. Qué pésima adivina hubiera sido, ni siquiera estaba en mis planes más atrevidos, pero te besé, te besé buscando repetir la misma sensación que me había hecho hervir la sangre.

El año ha comenzado con fuego en el cuerpo, con las ganas contenidas de un barril de pólvora, un barril que no va a poder explotar por húmedo. Fui yo la que te hizo jurar que una sola vez y nunca más, fui yo, lo sé, lo sé. Pero es que no me bastan tus miradas que me recuerdan el cielo de aquella cama, no me sirven tus susurros intencionados que me erizan cada vello, no me calman tus frases pausadas, alargadas hasta el infinito para seguir juntos un poco más, no me ayuda que me digas que cada día estoy más guapa, no me vale que me acaricies la mano cuando nadie nos ve… No me es suficiente verte de lejos, oírte de lejos, sentirte de lejos.

-Lo juré por mis hijas, Analía, lo juré por mis hijas.
© Anabel

domingo, 23 de noviembre de 2008

Las Cuentas del Rosario


Como las cuentas del rosario que le sobresalían a su madre del bolsillo de la bata negra, sabía que tenía los días contados. Con él colgando de su ajada y menuda mano, esta vez, le abrió el enorme portón de deslustrada madera y oxidados tachones; un moño blanco, pulidamente recogido y unos gritos de niña pequeña acompañaron a la madre a recibir a su hijo.
-¡Andrés, Andrés! ¡Ay, ay, Andrés! ¡Qué alegría! ¿Cómo no me has avisado? Hijo, por Dios, mira que te lo tengo dicho: avísame y así puedo hacerte torrijas… Ven, ven, inclínate para que tu vieja madre pueda darte besos en esa cara tan bonita. ¡Cuánto tiempo, hijo, cuánto tiempo!
Andrés se dejó besuquear y abrazar. Recibió con agrado el desfogue de cariño que su madre había acumulado desde hacía ya siete meses, desde Semana Santa, exactamente. No es que el pueblo estuviera lejos de la ciudad, no es que no echara de menos los guisos de la anciana mujer, ni el olor a hogar, ni el tacto de unas manos tan suaves que parecía mentira que pudieran estar tan arrugadas, no. Esta vez los imponderables, el cabrón destino habían hecho buenas las excusas tantas veces esgrimidas.
-¿No te da vergüenza, Andrés? Tanto tiempo sin ver a tu madre. Anda, ven -tirándole del brazo entraron en el patio de desigual suelo en el que era muy fácil tropezar con las botas de puntera que llevaba-, ven que hace frío y tengo encendido el hogar.
Instintivamente, mientras era arrastrado por su madre, Andrés volvió la cabeza hacía la escalera que destartalada reposaba sobre el muro, tal que un esqueleto erguido, cubierta de polvo y telas de araña. Como una película en blanco y negro, con una claridad pasmosa, vio las numerosas veces que, de noche, la había escalado, a pesar de la prohibición de su madre conocedora de su poca fiabilidad, para, una vez sobre el muro, ir descendiendo por la otra cara del mismo apoyando los pies en los adobes que sobresalían. Tras el eco del salto de sus zapatos en la estrecha calle, salía corriendo hacia la parte trasera de la iglesia para reunirse con Manuel, el monaguillo, y sentir que la Luna podía encontrarse en más lugares que en el cielo.
Fingiendo ser maltratado por el impulso que su madre le había propinado para que se sentara en la bancada de la cocina, se dispuso a recrearse al verla ir de un lado para otro por aquella enorme estancia. El calor del fuego era agradable y el chisporroteo de los troncos, la música ambiental más adecuada que podría haber encontrado.
-Tengo cocido que he hecho hoy y algo me queda de pollo a lo chilindrón, porque te vas a quedar a cenar con tu madre, que parece que te hayas olvidado de ella. –De pronto paró en seco con algunos platos en las manos y dijo seriamente: -Porque podría ser la última vez que vieras a tu madre, ¿no has pensado eso?, –continúo su labor tan bruscamente como la había detenido- porque yo no soy eterna, ni lo quiero ser, pero no quiero que mis hijos se olviden de mí y, mucho menos, cuando todavía estoy viva.
-Igual me muero yo antes, mamá –Andrés pensó que su voz no había surgido con el suficiente tono irónico e intentó arreglarlo: -porque con lo ágil y fuerte que estás nos vas a enterrar a todos, ya lo verás, ya lo verás –y se levantó para abrazar por detrás a aquella entrañable personita que tanto amaba.
La anciana propinó unos golpecitos en las manos de Andrés y le indicó que se volviera a sentar.
-No digas eso ni en broma, yo ya he sufrido mucho en esta vida y Dios no puede castigarme con un dolor así, no, ya he pasado suficiente, no lo podría soportar. ¿Quieres los garbanzos en la sopa o aparte?
-Aparte –pronunció en un susurro que intentaba contener unas lágrimas inoportunas-.
El crujir de la leña le hirió en el corazón. Lo que hubiera querido evitar a toda costa era el daño que iba a infligir a su madre, nunca se lo podría perdonar, sólo por no herirla, sólo por eso, ansiaba que se muriera antes que él, antes que la decrepitud de su cuerpo hiciera evidente la cercanía del fin, sólo unos días antes, los suficientes para que ella no se enterara, los necesarios para que no sufriera. Por eso rezaba todas las noches con el fervor que nunca antes había sentido, con las ganas de que se cumpliera su plegaría para sentir él, sólo él, todo el dolor, todo el castigo.
-Mi niño tonto, mira que con lo grande que eres… ¡Que no me voy a morir aún, córcholis! -Se acercó a él con los brazos abiertos; todavía le pareció más pequeña al verla entre las aguas de las lágrimas.- Siempre has sido el más sensible de tus hermanos, incluso más que Teresa, que esa me salió un poco marimacho. Eso sí: todos sois buenas personas, lo que me hace sentir muy orgullosa de los cinco. –Se abrazó a ella controlando el impulso que, desde las entrañas, le empujaba a desear que se muriera en ese mismo momento entre sus brazos-. Va, va, déjate de tonterías, vamos, vamos que he cortado jamón.
En un santiamén había puesto sobre la amplia mesa un festín: embutidos, quesos, carne de cocido con su verdura, sus garbanzos y su humeante sopa, una tartera de barro con el pollo, el porrón, la jarra de agua y las hogazas de pan que soltaban la mullida miga al ser cortadas por un descomunal cuchillo. El inconfundible ruido de la cuchara sobre el plato de loza, el del cazo sirviendo la sopa, el del agua llenando el vaso de vidrio, el de su madre sorbiendo… Faltaban los gritos de Fernando exigiendo que se le escuchara cuando contaba su enésimo chiste, los empujones de Ricardo buscando gresca, las tortas de Teresa que defendía a Luís que siempre terminaba llorando y su risa, su propia risa acompañada de la de sus hermanos tras la colleja que su madre propinaba a Fernando para que dejara de contar esas guarradas en la mesa. El sabor de la comida seguía invariable, tan estupenda y sabrosa como entonces, si no más; como los mismos ojos azules de su madre, tal vez un poquito más pequeños, pero igual de inteligentes e incisivos.
Comió más de lo que había comido en los últimos meses, más de lo aconsejable, pero esperó poder retenerlo, por lo menos, hasta que estuviera fuera de la vista de su madre. La verdad era que había disfrutado de la comida, del calor de la lumbre, del sabor del vino de la bodega, de las estupendas tortas de anís y de la compañía de su madre. Pensó en la soledad, en lo duro que ha de ser terminar los días sólo, en una casa tan grande y con tantos recuerdos. Demasiadas habitaciones vacías, demasiados huecos que rellenar. Mal premio para una vida tan fatigosa. Sobre la chimenea reluciente como la concha de un mejillón, ocupando el lugar de honor, una pipa se exponía para que cualquiera que entrara en esa cocina pudiera preguntar ¿de quién es esa pipa tan hermosa? Esa pipa y alguna que otra foto, eran todo lo que Andrés poseía de su padre. Sus hermanos mayores le habían contado algunas historias y anécdotas, pero él, el más pequeño, de nada podía acordarse. En las escasas ocasiones en las que alguien fumaba en pipa cerca de él, no podía evitar pronunciar con un hilillo de voz la palabra papá, pero eso era todo lo que su padre le inspiraba. Su madre repetía que Fernando era igual que él, que tenía su misma gracia con la que la enamoró y logro llevarla al huerto, donde engendraron a Luís que fue quien les obligó a casarse de prisa y corriendo, con un traje prestado y un par de bofetadas de la abuela Benita. Pero a la madre esas prisas le hicieron feliz, le salvaron del despotismo de su madre y la tía y pudo unirse a su hombre, al único hombre que había amado en toda la vida. Cinco hijos y una hacienda próspera, pero con mucho trabajo, fue todo lo que pudo dejarle cuando murió de un ataque al corazón el primer invierno después del nacimiento de Andrés.
Si un genio de lámpara maravillosa se presentara en ese instante, sólo le pediría un deseo: que los dos se murieran tomando el café de puchero, sosegadamente, felices de estar el uno junto al otro, recordando los buenos momentos, compartiendo amor. Seguro que Antonio lo comprendería. Antonio espera, en el restaurante de la carretera, una perdida al móvil para irlo a buscar a la entrada del pueblo. Antonio su amante amado que no le ha abandonado en el momento más cruel de la vida, Antonio el único que estará a su lado en su lecho de muerte. Nadie más sabe de su enfermedad, de lo cerca que tiene la muerte que le pisa cada respiración, cada aliento.
-¡Ay, mi niño! ¿Qué te has hecho en el cuello? ¿Qué son esas manchas?
Andrés cubrió las manchas con el pañuelo palestino.
-Nada, mamá, no te preocupes, es un virus que me estoy tratando. Es un poco costoso, pero tiene cura. Sólo he de seguir lo que me diga el médico y ya está, como tu colesterol que, por cierto, ¿cómo lo llevas?
-No me cambies de tema, mi colesterol y yo nos llevamos muy bien. Esas manchas son muy raras, hijo, ¿de verdad te las estás tratando? Que te conozco y tú no vas al médico ni con las tripas fuera. Además, estás tan delgado…-Se incorporó rápidamente y cogió unas fiambreras de la alacena- Te llevarás comida, que aquí hay mucha y yo no me la voy a comer. Ya verás, ya, con este caldito te recuperarás rápidamente.
Cómo le conocía. Tardó demasiado en hacerse las pruebas, en aceptar que él también podía estar infectado, porque se encontraba bien, porque no podía dejar de trabajar en la empresa ni una hora para un chequeo, porque tenía miedo… Excusas, excusas que el destino se entretiene en volverlas contra nosotros.
-Vale, vale, me comeré todo lo que me pongas, sí, te lo prometo –y pensaba en Antonio que tanto le gustaba la comida casera.
El incansable carrillón del comedor se encargó de anunciar que eran las diez de la noche. Andrés pensó en Antonio, cansado de esperar y le mandó la perdida.
-Mamá, tengo que irme, si no se va a hacer muy tarde para entrar en la ciudad, hoy es domingo y no veas cómo se ponen los accesos –Andrés cogió las dos bolsas con fiambreras que le daba su madre-.
Antes de salir de la cocina hacia el patio, la madre besó en las mejillas a su hijo y ya, delante del portón, volvió a repetir los besos, pero en el último par, cogió la cara de su hijo entre las manos y le besó en los labios.
-Te quiero mucho, Andrés. Eres mi hijo especial, eres diferente a los otros, sé que eres un artista y el de mejor corazón. Sé que sufres más que los demás. Soy una mujer fuerte, no lo olvides, no te preocupes por mí.
Tras el portazo, aún sentía los enclenques brazos de su madre aprisionándole contra su pecho impidiendo que abandonara el patio de su infancia. El viento helado le devolvía a la cruda realidad; por un momento dudó ser capaz de llegar al coche. Dejó las bolsas en el maletero y se acercó a unos matorrales al lado de la carretera. Vomitó y lloró, sintió asco de sí mismo por hacer sufrir a su madre, por desear su muerte. Antonio le alcanzó un pañuelo para que se limpiara. La última arcada le dejó exhausto.
-Lo sabe, Antonio, lo sabe todo.
© Anabel

domingo, 16 de noviembre de 2008

Infusión de Flores de Loto



Extraviar el recuerdo
como quien pierde las llaves
de una puerta que ya no traspasa.
Confinar en lo imposible
los amores que tuve y los que odié,
los que nunca me quisieron y los que lloré.

Beber hasta ignorar los porqués,
los hasta cuándo,
los cómo,
los dónde.

Curada por padecer amnesia,
salvada por la ignorancia.

Memoria vacía
que colmar con infusión de olvido,
blancos pétalos
que me cubran de cándido ensueño,
optimista,
entregada,
dispuesta
a empezar de cero.

Flores de loto
hasta reventar inocente.


© Anabel