viernes, 29 de marzo de 2013

El precio justo





Ya he estado allí,
en el ascensor donde mi vecino me tiraba de las coletas,
de donde no podía escaparme hasta que la puerta del sexto se abriera.
A tus zarpas les han limado las uñas el tiempo y la razón.
Tal vez sea el güisqui que me hace ser barroca como a Matute,
pero ya no me asustas, soy capaz de mirarte a los ojos, gritarte:
“¡no hay huevos!”
y salir corriendo hacia la libertad adolescente,
aunque no llegue al final del callejón,
aunque me encuentre de bruces con tu porra.
Sé lo que quiero y lo que cuesta.
Y estoy dispuesta a pagarlo.
Ahora, me pillas.

© Anabel

martes, 19 de marzo de 2013

Yayo


Como todos los años, llamaron a la puerta, siempre lo hacen cuando mis sobrinas están bien lejos de la entrada, y mi madre fue a abrir asombrándose con grandes alharacas del montón de paquetes que alguien había dejado en el rellano. Paula, de cinco años, ha ido corriendo como una bala, María, que ya tiene ocho, ha sonreído, ha puesto los ojos en blanco y se ha esforzado en contentarnos un año más para que sigamos creyendo que sigue creyendo en los Reyes Magos. Entre todos los paquetes de muchos colores y tamaños, había uno alargado y estrecho en el que ponía Yayo. Él, sentado en una silla, lo ha cogido con cara de resignación preguntándonos a todos “¿qué será?”. Paula enseguida ha ido a su lado y le ha dicho “¡a ver, a ver, yayo, a ver qué es!”. Era un bastón. El resto hemos aplaudido como corresponde tras la rotura de los papeles estampados y los lazos almidonados, pero esa rotura ha sonado muy dentro de mí.

Hay una foto a la que le tengo especial cariño. Yo aparezco rubia, rubia, con el pelito muy corto en brazos de mi padre. Esa niña tiene un año y luce feliz en unos enormes y fuertes brazos que la protegen del mundo, del mundo malo. Hace mucho tiempo que no me sostiene en brazos, hace mucho tiempo que me pegó aquel bofetón cuando me vio bajar del coche de uno de mis novios, hace mucho tiempo que le llevaba verdura del huerto a escondidas a mi hermana a pesar de que mamá se lo había prohibido como castigo por vivir en pecado con su pareja, hace mucho tiempo que no pruebo sus estupendas sardinas de cubo con tomate, hace mucho tiempo que no le digo lo mucho que le quiero.

Este año, los Reyes Magos me han partido el corazón. 

© Anabel

miércoles, 13 de marzo de 2013

Temo




Temo que otro amante se dé cuenta,
que perciba tu almizcle penetrante
y me abandone en la necesidad
de sentir de un hombre el peso
con el que aplastar tu recuerdo.

© Anabel



lunes, 18 de febrero de 2013

Después de ti

Desnudo sobre sábana, Antonio Morano

Después de otros,
me persigue la urgencia de cambiar las sábanas
para borrar pasiones desorganizadas;
o necesito aliviar mis pezones
con la crema diaria y el masaje rutinario.
Después de otros,
mi mundo se expande, soy dueña del aire
y me paseo desnuda por el estrecho pasillo.

Después de ti,
me rebozo en el aroma de tu piel
y mis pulmones reclaman tu humedad.
Soy una reina encerrada en la torre de tu nombre.
Después de ti,
sólo me duele el alma
y aprehendo la acepción más profunda
de la palabra soledad.

© Anabel

martes, 5 de febrero de 2013

No hacen falta mentiras

No acepto cheques al portador,
ni promesas firmadas en el viento.
Aquí sólo valen las salivas instantáneas,
los besos polaroid,
los excesos breves
y la urgencia en el sexo.
No pierdas el tiempo en contarme
en qué pierdes tus días,
sólo me interesan las historias que puedo contar
y ésta no la voy a escribir.
No me susurres que me vas a enseñar el camino,
ni que me vas a hacer la mujer más feliz del mundo,
el cupo de mentiras lo tengo lleno,
las decepciones me desbordan,
y mi brújula se quedó varada
en la orilla opuesta al compromiso.
Sólo te exijo un momento de entrega absoluta,
luego,
sin prisa, pero sin pausa,
recoges tu ropa y opiniones.
Traspasar la puerta será la esfinge
que te hará olvidar
para quedarte tan sólo con el regusto
de una dominical sonrisa.

© Anabel



miércoles, 30 de enero de 2013

El beso de mar




Elizabeth podía volver a ahogarse. Sentía el peligro muy cerca y, sin embargo, lo deseaba tan ardientemente que el corazón se le salía del escote. Sus pechos escasamente flotaban sobre unas aguas furiosas, apretados por la chaqueta del capitán que la abrazaba con la misma fuerza con que su deseo intentaba mantenerla a flote. Y es que las piernas le estaban fallando, temblaban ante la profundidad de las emociones que volvían a mojarla, a empaparla, que volvían a convertirla en un ser con lastre que se hunde sin remedio en unos labios húmedos, en un arpón con forma de lengua y sabor salado. El beso la estaba trasladando a emociones ya vividas, al fondo de un mar que se había prometido no volver a surcar.

Elisabeth Hill se casó a los 18 años con el teniente Trevor Boyle en una sencilla ceremonia en Brentford, condado de Middlesex. La boda se organizó y celebró rápidamente pues el teniente Boyle embarcaría dos días después de aquella fría mañana del 31 de enero de 1797. Elisabeth, tras la brevísima luna de miel en Londres, fue a vivir a la enorme casa de campo que su marido había heredado de sus padres, muy cerca de donde el río Brent confluye con el Támesis, con un par de criados y las tediosas visitas de los nuevos familiares políticos. La soledad mezclada con el miedo mermaba la templanza de una joven poco acostumbrada a tanto trajín social. Además, la impaciencia por recibir noticias de altamar, a sabiendas de que su marido iba a intervenir en una batalla naval, la tenían en tal estado de excitación que le diagnosticaron nervios y ansiedad en vez de lo que realmente era. La atiborraron a tisanas, a paseos por el campo e, incluso, llegaron a aconsejarle una sangría, pero el único remedio posible era la misiva de ultramar. A finales de febrero, llegaron noticias de que la Marina Británica había vencido a la Armada Española en la batalla del Cabo de San Vicente. La ineptitud del teniente general José de Córdova había facilitado el triunfo al comandante John Jervis. El número de bajas de la Marina Británica había sido muy inferior al español, pero aun así rondaba los cien muertos. La victoria alivió un poco el estado de ánimo de Elizabeth, pero hasta que, unos días después, no llegó la carta de su esposo, no respiró tranquila por primera vez en su corto matrimonio. Trevor le relataba escuetamente la batalla, se recreaba en la victoria y en el ascenso que su bravo comportamiento le había proporcionado. Ya era capitán. Con esa frase cerraba una misiva tan anhelada como fría. Ni siquiera una despedida dedicada a su amada esposa. Recordó que la noche en que lo conoció, en un baile en casa de los Cranfield en su ciudad, Canterbury, no pudo reprimir morderse los labios al verlo tan guapo con su uniforme de teniente. Ahora ya no sentiría la misma atracción al verlo enfundado en el de capitán. Elizabeth recobró la compostura, entendió de golpe que su vida iba a consistir siempre en lo mismo: esperar y esperar, rodeada de lluvia, de humedad, de frío, de tierra y de su propia soledad. Sintió marearse, como si estuviera en la cubierta de un barco. En un movimiento reflejo, se echó la mano al vientre. Tal vez no estuviera tan sola.

Elizabeth intentó salir de la zozobra agarrándose al cuello del capitán O’Brian, pero ese acto le alejó todavía más del asidero que buscaba porque el beso se hacía cada vez más intenso. Con gran fuerza de voluntad, se apartó del rostro de Thomas O’Brian y le miró a los ojos. Eran más mar, tan azules que se sintió humedecer. Él le acariciaba la mejilla.
—He de reconocer que ya en tu boda me quedé prendado de ti. Por supuesto que nunca lo dejé entrever, pero ahora, tras cinco años de la muerte de Trevor, creo que expresar mis sentimientos abiertamente no ha de escandalizar a nadie. El recuerdo de Trevor ha sido debidamente respetado.
Elizabeth pasó las manos por la cara de Thomas, las sienes le latían, sentía el ardor de esos ojos sobre todo su cuerpo.
—No puedo negar mis sentimientos, no puedo decirte que no sienta nada por ti. Pero tu amistad con Trevor me hace dudar, tal vez no se entienda, tal vez debamos esperar…
—Elizabeth, ¿eso te preocupa? ¿De qué tienes miedo?

Nació Trevor Boyle segundo dos semanas después de que su padre embarcara dirección al Caribe. Cada acontecimiento importante era refrendado por la ausencia del marido. Cierto era que Napoleón se había empeñado en conquistar Inglaterra, que eran momentos difíciles y la patria necesitaba de sus servicios, pero el nacimiento de un hijo bien se merecía un descanso si no, un receso. Trevor era un marino de raza, educado para entregar la vida por su país y a la mar, precepto que seguía hasta las últimas consecuencias. Llegaba a marearse en tierra a menudo, cosa que nunca le había sucedido en el mar, ni siquiera en las peores tempestades, y la sangre le sabía mucho más salada de lo habitual.  Elizabeth empezó a sentirse celosa de la mar, de la capacidad que tenía de atrapar a los hombres con su espuma y su potencia sin tener en cuenta que tuvieran una vida propia en tierra. Engullía a los muertos y a los vivos, también, y a pesar de ello, los hombres se entregaban a su profundidad sin titubear. Comenzó a relacionarse con alguna viuda de oficial que vivía cerca y pasaba las tardes en compañía, pero hablar del mar, de los barcos, de la guerra, de la posibilidad de que no volviera, era inevitable y eso no aliviaba su soledad ni su aprensión. El pequeño crecía rodeado de mar por todas partes, aunque la ventana de su habitación tuviera vistas al agua dulce. Dibujaba barcos, los galones de su padre, era capaz de enumerar de un tirón todo el velamen y los palos de una fragata y jugaba con el jardinero a remar sobre el césped del jardín. Elizabeth se temía lo peor: que la sangre fusionada con agua de mar se transmitiera de generación en generación. El único regalo que su marido le hizo al niño fue un uniforme de capitán un par de meses antes de que embarcarse hacia la que sería su última batalla.
—El próximo noviembre cumplirás ocho años, vas a ser un gran marino, Trevor Boyle Junior.
Y a Elizabeth se le congeló la respiración.

Desde que una honrosa muerte en la batalla de Trafalgar convirtiera a su marido en un héroe nacional, el mayor temor de Elizabeth fue que su hijo se hiciera marino. Pero Trevor Jr. ya quería surcar los mares mucho antes y los surcaba aunque fuera entre los campos de alfalfa o sobre la alfombra del salón o sorteando las olas entre tormentas oníricas. Hacía unos meses había ingresado en la Marina Británica con tan solo 12 años de edad. El día en que los miedos de Elizabeth se hicieron realidad fue el día más feliz de la vida del pequeño Trevor. El mar le volvía a robar la vida, la volvía a dejar sin respiración, sin sueños, sin alegría; el mar la volvía a dejar abandonada, náufraga en tierra y sin timón. Lo único que el mar le había devuelto era la soledad. Y ahora esos besos que la ahogaban en un placer incontrolable la devolvían a la vida mojada, con los latidos alborotados, salpicando deseo y ganas de emprender una nueva travesía. Pero Elizabeth sabía de primera mano qué podía esperar si accedía a la petición de matrimonio del capitán Thomas O’Brian. Su mente sopesaba, mientras el corazón intentaba hacer trampas secando el charco que el anhelo estaba formando. Prefería la soledad a sufrir de nuevo por el regreso de un marido. Bastante tenía ya con las noches en vela que la ausencia de las risas de su hijo le había dejado.
—El mar se llevó a mi marido y mi hijo acaba de ingresar en la Marina Británica. Rezo todos los días porque Dios le proteja, porque ese loco de Napoleón abandone sus ambiciones imperialistas, porque el mar no se enfurezca. No quiero recibir sus pertenencias en un petate sin ni siquiera poder verlo por última vez. Todo se lo queda el mar.
—El miedo no puede separarte de mí, Elizabeth. No puedo prometerte que nada me sucederá o que nada le sucederá a tu hijo, pero sí puedo prometerte que te amo y que quiero compartir mi vida contigo.
Los besos y los abrazos de Thomas no aclaraban a la atribulada Elizabeth que sentía la sal de la mar acechándola en la comisura de los labios.
—Si sólo son tus lágrimas, querida—le susurró el capitán mientras las secaba con su pañuelo.
Elizabeth realmente amaba a ese hombre, incluso mucho más de lo que alguna vez amó a su marido. Y entonces pensó que tal vez esa pasión desbordada era lo que su marido sentía por la mar, lo que su hijo y cualquier otro marino sentían por aquella acuosa profundidad salada: una atracción irrefrenable, más potente que la de un imán, más intensa que la que ella misma sentía en ese momento por Thomas.   Una nueva certeza apareció en su vida: ella no atraería jamás a ese hombre de la misma manera que lo hacía el azul infinito.

Se secó las lágrimas, se atusó el pelo e intentó recomponer su figura. Se apartó un metro del estupefacto capitán O'Brian y dijo:
—Lo siento, Thomas, no puedo competir.

© Anabel

viernes, 4 de enero de 2013

Falacia



No he sido la primera,
probablemente, no seré la única
ni tan siquiera por un momento.
En mis sueños de ojos abiertos
tampoco puedo imaginar un final
donde tú y yo nos amemos
incondicionalmente y a la vez.
Es la falacia del orgasmo al unísono,
del latir al mismo tiempo
que las cerezas florezcan en mi boca
o los higos lastimen tu lengua
con la aspereza de una gata de afiladas uñas.
Se me escapan las horas, arena entre nardos,
las ilusiones se volatizan en la niebla.
Ni souvenirs me he de llevar de esta historia
en la que ni siquiera seré la última.

© Anabel

jueves, 13 de diciembre de 2012

Paseando




Hallo cobijo en la niebla gris
que logra expulsar de mi cabeza
el eco de recuerdos y  ausencias
demasiado secos y sonoros.
Mis pies recorren el camino
que dejaré como único legado
especificado en unos mitones
y unas zapatillas desanudadas.
En cada zancada, pasa un segundo
que, aunque vuelva sobre mis huellas,
nunca rescataré.
El vaho se disuelve en su hermana
como mis lágrimas en la ducha,
como mis latidos en los tuyos,
como tu saliva en mis deseos.
Rodeo con los brazos
el árbol que me espera imperturbable,
para deshacer el sendero
que me guía sin remedio
al futuro inmediato,
al calor de las blancas hojas
y a mis premeditadas sábanas.

Más luces que las de costumbre
me avisan del avance de las horas,
de las épocas, de la vida.
Este año también va a ser Navidad,
o eso me han advertido.

© Anabel

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Huelo a ti




Me gusta hasta el modo en que te alejas de mí:
despejas el camino y esparces tu mullida niebla.
Me acurruco en el hueco de la ausencia,
intento evitar aquello que me haces sentir.
La opacidad me envuelve y tiemblan mis dedos,
se han olvidado del camino hacia el sur,
necesitan un guía y se rebelan
en una protesta sin estandarte,
en una guerra silenciosa y húmedamente salada.
No hay brújula, sólo una sábana infinita
como la noche, como el no soñar.

Huelo a ti
y al beso que no te he dado.

© Anabel

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Inexorable





Somos dos ángeles con sexo,
dos miedos paralelos.
Mi boca está clavada en el madero de tu cuello.
Marwan

El universo sabe que, si fuera por mí, se podría hundir, por eso no lo hace. Simplemente se detiene y deja que mis ansiosos dedos respondan a tu llamada desde el WhatsApp. Suelto lo que lleve en las manos, da igual si son una docena de huevos como un brik de leche; caen y mis oídos ni siquiera lo oyen. Pienso que morir atropellada en un paso de cebra sería un precio relativamente bajo si contestarte me fuera en ello.
Me dices que te tengo olvidado, que no te llamo. Escribo que no quiero agobiarte, cuando lo que realmente debería poner es que no quiero espantarte; me muerdo los labios para detener mis pulgares en su carrera hacia el te echo de menos. Y aparece dicha frase desde tu teclado táctil y sonrío de tal manera que la gente me mira como si fuera de otro mundo. No saben que estoy en otro mundo.
Al abrir la puerta, te contienes, me besas húmedamente en los labios, aunque sé que allí mismo me arrancarías la ropa. Hablamos de banalidades mientras nuestras mentes ya están desnudas en la cama. Me vuelves a besar, esta vez un poco más largamente y acaricias mis caderas. Qué guapa has venido hoy. Ahora te beso yo y busco en tu boca las ganas que tienes maniatadas. Las encuentro, todas.
Pero cómo puedes ser tan bonita. Me deshago cubierta por tus ojos azules y pienso que el tiempo es infinito cuando lo comparto contigo, que me da igual lo que suceda en los intervalos entre nuestros encuentros horizontales. Tu suave mano vuelve a perderse debajo de las sábanas en busca de mi pubis. Me estremezco como una quinceañera y me lames el cuello.
—Me gustas mucho —me dices.
Suspiro.
—No sigas por ahí, no fue ese el pacto.
—Lo sé…
Nos miramos durante minutos sin parpadear. En cuántas partes de tu cuerpo me puedo perder. Quién dijo que no se podían penetrar los oídos cuando las palabras son tan dulces como sables de azúcar. Necesito que me muerdas, que me marques, a cambio, te dejaré mis uñas un ratito en la espalda. Hecho.

Como el Sol que, tarde o temprano, engullirá la Tierra, tú y yo nos acercamos e intentamos detener lo inexorable comiéndonos a besos delante de la encrucijada de la vida. 

© Anabel