domingo, 14 de marzo de 2010

Gracias Delibes


No sé cuál nos mandaron leer primero, si “El camino” o “Las ratas”. Por entonces la obligación de leer ya no existía en mí, ya leía por divertimento, por vocación, pero te explicaban tan mal a los autores que Miguel Delibes parecía un ser recto y severo, cuadriculado. Esa sensación te quitaba las ganas de ponerte a leer sus libros. Después de leerlos te asombrabas y no podías imaginar que el Delibes del que te habían hablado fuera el mismo que había escrito un libro tan limpio y certero.
Más que recto, conforme he ido creciendo, me he dado cuenta de que Delibes era fiel a sus creencias, como cuando tuvo que renunciar a la dirección del periódico donde trabajaba en Valladolid por diferencias con el régimen franquista; fiel a su familia y a su gente y a su tierra; fiel a su forma de escribir: escribía en cuartillas de mala calidad y a lápiz, lo que ha dificultado mucho la conservación de los manuscritos de sus primeras novelas. Sencillo como la vida que llevó. Y grande como sus obras.
Delibes me ha enseñado a leer, pero, sobre todo, me ha enseñado a escribir. Me produce cierto pudor afirmar tal cosa, pero ¿qué mejor maestro puede tener quien aspira a escribir? De él he aprendido la necesidad de dominar el lenguaje, del uso correcto de los vocablos, de las frases bien hechas, de la pulcritud narrativa, de la importancia de lo pequeño y de la observación como primera herramienta de un escritor –como veis la teoría me la sé-. Era un gran observador, capacidad, además de la paciencia, que ha de tener un cazador. Tal vez en las esperas disfrutaba del paisaje castellano que lo envolvía. No se entienden las novelas de Delibes sin el paisaje y sin el análisis de la gente que lo puebla.
Yo no entiendo la narrativa española sin Delibes.
©Anabel

domingo, 7 de marzo de 2010

Historias de Sujetadores


Madame Quikalú y toda su troupe me van a preparar la presentación del libro. Han invertido todos sus ahorros en semejante evento así que supongo que no defraudarán a los asistentes. Se les reconoce y agradece de antemano su dedicación y esmero.
Gracias, amigos muñequiles.

jueves, 18 de febrero de 2010

Sanctasanctórum


Después de hacer el amor, le gustaba acariciarle el pecho, enredar las uñas pintadas entre los pelillos desordenados que cubrían su pectorales. “El mar de mi calma, el sosiego de mi vida, mi balneario especial…“ le susurraba al oído mientras sus ojos se perdían en la dura textura de los pezones de su amante. Eran los mejores momentos, los que, tras la pasión desatada, tranquilizaban a la bestia libidinosa y la arrullaban entre palabras hasta la siguiente embestida. Y así todo lo que la tarde diera de sí.
Su existencia se regía por un horario, un horario no escrito en la agenda: la vida se dividía en semanas y las semanas sólo tenían un día cumbre, unas horas gloriosas que pintaban de un azul poderoso el resto de jornadas, que llenaban la batería con los latidos necesarios hasta el siguiente encuentro. De esta manera pasaba Isabel sus últimos meses: sintiéndose mujer, la mujer que siempre había deseado ser. Las prisas para coger el metro, por no llegar tarde a recoger a los niños, por no olvidar la cita de la vacunación, la compra o las camisas de la tintorería; llevar el coche al mecánico, discutir con Juan, castigar a Javier, tender, dormir junto a su marido para soñar sueños en otros brazos… Todo un trámite, todo mentira, rutina y gris, paraguas y pañales, hasta llegar a la tarde semanal en que se reunía con Víctor. Durante esas tardes el tiempo se convertía en un caballero considerado y se quedaba quieto, paraba su recorrido por unas horas e, incluso, algunas veces por mucho más: el sabor de Víctor en su boca permanecía varios días detrás del primer sorbito de café de la mañana. Eso le hacía sonreír de una manera inexplicable para su marido que la observaba a escondidas tras el humo de su cigarrillo sin entender por qué el café le hacía brillar los ojos como nunca ninguno de sus besos lo había conseguido hacer.

No había holas que inauguraran la sesión vespertina. Los besos arrancados, los botones desabrochados, las ganas arañadas eran el saludo habitual. La cama deshecha se transformaba en el decorado donde llegaban las palabras, las caricias pausadas.
— ¿Solucionaste lo del coche?
—Sí, sí, nada una tontería, una tontería que se ha arreglado con trescientos euros, ya ves. Y ¿tú hijo?, ¿cómo está del sarampión?
—Pobre, no paraba de rascarse, y eso que le hemos embadurnado con una loción para que no le picara, pero ni así. A ver si no el quedan marcas.
Silencio de caricias, roces de mejillas, manos entrelazadas. Isabel quería volver a soltar la fiera y se puso sobre él a horcajadas.
—Voy a pedirle el divorcio a Dori.
—No empecemos, va, que tengo ganas de comerte enterito otra vez —los labios de Isabel le besaban el cuello y se dirigían con rumbo fijo hasta la entrepierna de Víctor.
—Para, lo digo en serio, Isabel.
—Joder —de mala gana Isabel se tumbó al lado de Víctor—. Pensé que estábamos de acuerdo, ya lo habíamos hablado, nadie se va a divorciar.
—No aguanto más, estoy harto de disimular que ya no deseo ni verla desnuda, que su voz me taladra, que no es capaz de decir una frase con fundamento sin nombrar a su madre. Es tan ilusa, tan sencilla que creo que ni se ha dado cuenta de que estás tú.
—Víctor, ya lo hemos hablado, no empecemos otra vez…
—Los niños crecerán, no serán siempre pequeños, ellos van a estar igual de atendidos —la agarró fuertemente por los brazos—. Es nuestra vida, no podemos dejar que se pudra sin más, por unas convenciones sociales, por unos niños que luego se olvidarán completamente de sus padres. ¿No lo entiendes? — Silencio tembloroso—: Te quiero, Isabel.
—No, no, dijimos que nada de sentimientos —se deshizo del agarre de Víctor, saltó de la cama, se puso el jersey y se sentó en la silla echando la cabeza hacia atrás—. Nada de sentimientos, joder.
—Maldita sea, no te entiendo. Me dices que no podrías vivir sin estas tardes, sin estas horas, me dices que me echas de menos, que te acuerdas de mí durante toda la semana… pero me prohíbes hablar de sentimientos, de los únicos que siento como verdaderos. Quiero decírselo al mundo, que todos lo sepan, no quiero seguir escondiéndome en habitaciones de hotel. ¿Qué es lo que quieres tú, Isabel? ¿Acaso lo sabes?
—Quiero seguir como hasta ahora, exactamente igual. Disfrutando nuestros encuentros y siguiendo con nuestra puta vida convencional. Eso quiero, nada más.
— ¿Quieres volverme loco? ¿Eso quieres? —Víctor se acercaba hacia ella con los brazos abiertos y los ojos interrogantes—. A mí esto ya no me es suficiente, quiero más, quiero más de ti.
Isabel se incorporó, le cogió las manos y le dijo, lo más convencida que una verdad aplastante puede permitir:
—Tienes lo mejor de mí.
—No me sirve, no me sirve, Isabel.
— ¿Qué es lo que quieres? —en un grito ahogado.
—Lo quiero todo, lo bueno, lo malo, lo que le das a él, todo.
Isabel apoyó la cabeza sobre el pecho tantas veces explorado de Víctor.
—Te quiero, Isabel, te quiero —y la abrazó tan sinceramente como un niño pequeño abraza a su muñeco favorito.

Isabel se puso a llorar porque sintió que una burbuja de finas paredes empezaba a resquebrajarse inexorablemente, como si los dioses envidiosos no fueran capaces de soportar un templo erigido a un ídolo de cristal.

© Anabel

domingo, 7 de febrero de 2010

No vayas a Praga aún


Estoy reservando Praga
para descubrirla juntos.
Quiero que nos estrenemos allí,
como obras de Mozart.
Subirnos a sus tranvías,
merendar en el café Louvre entre hojas
de poemas y té,
perdernos en el callejón de Kafka,
viajar a Viena o a Marienbad
para curar el acartonamiento
de nuestros pulmones,
y lanzarnos a las aguas del Moldava
desde sus puentes de piedras negras
testigos de la muerte por amor.

Metamorfosearemos Praga
en una mariposa libre de pasado.

No vayas a Praga aún,
espérame.


© Anabel

viernes, 22 de enero de 2010

La mirada




No recordaba desde hacía cuánto tiempo nadie la miraba así, con esa atención, ese descaro, ese, casi le daba vergüenza pensarlo, deseo contenido que se escapaba en cada parpadeo. Repetía la imagen una y otra vez en su mente porque le producía una sensación placentera: la piel se estiraba, se tornaba tersa y el latido del corazón oxigenaba más deprisa las células. La excitaba, sí, la excitaba tanto como la aturdía. Sólo había sido un viaje en el ascensor, un roce inesperado por culpa de las bolsas de la compra, un lo siento, no ha sido nada y el silencio ensordecedor de aquella mirada impúdica, como si fuera la primera vez que viese a una mujer. Deseaba de una manera atroz coincidir de nuevo con él. Si la volvía a mirar de esa forma, olvidaría sin esfuerzo que podría ser su madre.


© Anabel

lunes, 11 de enero de 2010

El artilugio



Para Erick Strand, a quien le debo la mitad de este cuento y mucho más de la mitad de lo que siento por la poesía.


Juró que no lloraría más. Lo juró por lo único que le pertenecía: su vida. Llegar a la conclusión de que nada vale la pena la ayudó a mantener la promesa. Para no derramar lágrimas sólo podía quedarse con lo esencial, con los días y las noches que pasan sin dar y sin recibir, sin esperar nada. Ese fue el plan con el que Verónica esperaba seguir existiendo. Su corazón se transformó en un artilugio necesario para vivir, con la única misión de bombear sangre a cada célula de su cuerpo, exclusivamente. El resto de funciones le sobraban.


El tiempo iba dejando su huella en algunas canas y en algunas arrugas. Surcos que dos manecillas, a un ritmo incesante, aran sobre la epidermis. Los días y las noches pasaban igual que siempre, pero había empezado a sentirse sola. La compañía de los hijos, aunque sólo fuera por el trabajo que daban, le proporcionaba una ocupación que la hacía conservarse activa, ágil, distraída en la rutina inmutable. Su emancipación le dejó muchas horas muertas para llenar únicamente con el sonido de su artilugio latente. Había dejado de preocuparse por la persona que dormía con ella desde el día de su juramento, y los paseos y los libros no eran suficientes para abarcar todo el tiempo que le sobraba. Lo hubiera regalado a cambio de… De nada. Eso era lo que tenía: toda la nada del mundo. Y el artilugio. Tun-tun, tun-tun, tun-tun.


Como quien llama a una puerta equivocada y un perfume de rosas le recibe, Verónica se encontró con lo que ya no esperaba. Del tiempo esperaba achaques y vejez, pero no un sentido de la vida tan diametralmente opuesto a su plan. El destino es una caja de sorpresas sin papel de celofán que pueda delatarle, un fullero que espera el letargo o el exceso de vanidad para demostrar que él es quien mejor conoce el juego porque es el que pone las reglas. Y ese fullero traidor llamó a la puerta de Verónica disfrazado de vecina de enfrente, de la viuda, que necesitaba una cebolla para la tortilla de patatas:

-… que se me han acabado y a mí la tortilla de patatas me gusta con cebolla y ¿a ti, Verónica?-Verónica le dio una cebolla de las del cesto.
-¿Tendrás suficiente, María José?
-Sí, sí, de sobra. No me contestas, ¿cómo te gusta a ti?
-Pues a mí la tortilla me gusta de todas maneras, me da igual…
-No, no; ésta es una de esas cosas que no te pueden dar igual en la vida. Has de decidirte.
-¡Qué cosas tienes! ¡Qué más dará!-le contestó con una sonrisa.

Medio en broma, medio en serio la simple cebolla estuvo dando vueltas por la cabeza de Verónica toda la noche, repitiéndose hora tras hora. Al día siguiente hizo dos tortillas para comer, una con cebolla y otra sin.

-¿Por qué has hecho dos? –le preguntó su marido con cara de no entender el último desatino de su mujer.
-A ti ¿cómo te gusta más?-le preguntó Verónica sin mucho interés, era más una cuestión de estadística.
-¡Qué tontería! A mí me gustan las dos.

El artilugio dio un latido desacompasado, se le erizó el bello del cuerpo y supo que tenía que decidir cuál era la que más le gustaba. Por la tarde, fue a decirle a María José que había tomado una decisión.

-Pues claro, con cebolla es mucho más suave. ¿Quieres probar la mía? Aún me queda un poco en la nevera.


La siguiente decisión fue si la quería caliente o fría y allí sí que supo qué contestar: caliente.

Fueron pasando tardes de café en donde Verónica por primera vez en muchísimos años hablaba de sus preferencias culinarias, literarias, cinéfilas, de los colores o de los días de la semana. Había olvidado cuántas cosas le gustaban y cuántas no, había olvidado el aroma de la compañía junto a un café, de la risa sin motivo, de compartir el sonido de dos voces, de hablar por hablar, porque sí, porque es la manera de que el arado del tiempo no haga los surcos tan profundos. El artilugio empezó a latir con un ritmo diferente, llevando el compás de la nueva risa, de las conversaciones pausadas, de la felicidad de perder el tiempo en la casa de la vecina, sin pensar en hacer la cena o recoger la colada. María José tenía la herramienta que vaciaba los cajones cerrados de Verónica, aceleraba su ritmo vital, estiraba la cuerda en donde colgaban sus palabras y deseos, abría su corazón.

-¿Cuántos años hace que somos vecinas, Verónica?
-Más de veinte, María José, más de veinte.

Entrelazaron sus manos algo marcidas, pero el tacto resultante de las dos caricias estaba preñado de chispa, de vitalidad y, sobre todo, de alegría, una alegría que inundaba la casa de la vecina de multitud de colores. Y Verónica decidió que no quería perderse ese arcoíris que había desempolvado todas las demás funciones que su corazón podía realizar: no sólo de oxígeno vive el cuerpo, porque aún respirando se puede estar muerto.

-No sé cómo decírselo a mi marido, ni cómo..
-Es tan fácil como cruzar el pasillo.

Ante la evidente y sencilla solución, Verónica incumplió su promesa: lloró y continuó llorando felizmente mientras hizo las maletas para el crucero más importante de su vida.

©Anabel

viernes, 1 de enero de 2010

Te sueño a poemas

"Flaming June", Lord Frederick Leighton




Me relajo escribiéndote poesía,
inventándote en cada estrofa.
Es mi momento de viajar,
de alejarme de la prosa diaria,
tan pesada y cargante,
tan ordenada y lógica.
Demasiadas reglas que seguir,
horarios que cumplir.
Ganas de desbocarme por el precipicio
del caos infinito
donde todo rima,
y todo puede ser.
Cascadas de sueños frescos
con caricias de olor a lavanda,
aromas de una historial ideal
esculpida a versos y suspiros.
Te sueño a poemas
de dedicación absoluta,
rendido homenaje a la fe ciega
de que toda mi lírica
podrá ser prosa
algún día.

© Anabel

sábado, 19 de diciembre de 2009

Relato ¿navideño?



Hacía un frío maravilloso, de aquellos que obligan a prescindir del cuello y a enfundar las manos en unos guantes sucios. Ver el dibujo de su propia respiración empañar los cristales de los escaparates le divertía. En uno de ellos, un árbol de Navidad enorme asombraba a los niños y provocaba exclamaciones en los adultos. Silvia se quedó plantada como el decorado árbol, recreándose en las luces y en su vaho, sintiendo el suave y acogedor tacto de la bufanda, creyéndose, por unos instantes, afortunada.

— ¡Silvia! Casi no te reconozco tan tapada, pero esos ojos…

Un escalofrío caliente le recorrió la espalda; cerró los ojos y, en unas milésimas de segundo, deseó que esa voz tan sólo fuera la reverberación de una mentira del pasado.

—Franco, hola. ¿Cómo estás? —Debía haberse puesto el gorro de lana que le tapaba completamente la cara—.
—Mira, haciendo las últimas compras de Navidad, como tú, supongo…
El cuerpo de Silvia quiso echar raíces sobre la acera agarrándose al momento para no caer, para no viajar a unos días tan lejanos como la estrella Polar. Pero no pudo. Esa voz era el olor de la felicidad perdida, de la pasión sin puertas, de las noches infinitas y de los días fugaces, del sudor del verano empapado en las sábanas, de caricias incitantes, de besos fulgurantes, del sexo impaciente y del sexo porque qué otra cosa mejor que hacer. Se quitó los guantes, se frotó los dedos huérfanos de anillos y retiró del rostro la bufanda que empezaba a asfixiarla. Franco seguía hablando de cómo le iba la vida de bien, de cómo tenía una esposa y un hijo y un trabajo, y Silvia no retenía toda esa información que le parecía superflua. Le hubiera preguntado si sentía la piel de su actual amante como sintió la suya alguna vez, si el sabor de su pubis era tan salado como lo fue el suyo, si se perdía en sus ojos como se perdió en los de ella cuando tenía un orgasmo, si la deseaba con dolor como la llegó a desear a ella alguna vez, alguna vez. En cambio le preguntó banalidades, costumbres atónitas, cansinas. ¿No es más importante saber si aún mordisquea la oreja de su amante cuando la penetra o si sigue quedándose dormido sobre su pecho como después de hacerle el amor a ella? Le gustaría saber si continua usando esos calzoncillos tan feos o si aún hay que hacerle el nudo de la corbata o si aún toma el café con dos de azúcar y un chorrito de anís; si aún lee el Quijote cuando no puede dormir o si aún es el mejor jugando al Trivial. Aunque lo que realmente deseaba comprobar era si la recordaba de vez en cuando, si la echaba de menos cuando alguien recita una poesía o el sol arde tanto como aquel verano.
—Y tú ¿cómo estás?

—Yo sigo igual que siempre —fue una mentira tan grande que pareció verdad, pero ella no era la de aquel siempre, ya no.
Él sintió sus escasas palabras durante un silencio cálido en el que le acarició la cara.
—Feliz Navidad, Silvia — Franco se alejó cargado de sus bolsas y su vida.

Silvia no tuvo más remedio que desabrocharse por miedo a morir asada, quemada en los rescoldos de un fuego antaño fabuloso. Volvió a escuchar los villancicos que escupían los altavoces callejeros e intentó perderse de nuevo en el vaho de su aliento, en el frío del aire, en los adornos, pero ella ya se había quitado el abrigo e intuía el enorme árbol de Navidad entre lágrimas.

© Anabel

sábado, 5 de diciembre de 2009

Estadística

Este cuento está inspirado en el relato de José Naveiras García titulado "Un cielo" de su libro "El incendio y otros relatos"


- Perdona, perdona, llego tarde, lo sé, lo sé…


Susana sabía lo mucho que me molestaba su falta de puntualidad. Tenía organizadas las tardes en clases sucesivas y un retraso en una me desbarataba todo el horario. Pasamos al cuarto y ella, por el pasillo, iba sacando los libros del enorme bolso y quitándose el abrigo. Continuaba con sus explicaciones a las que yo no prestaba atención. Nos sentamos a la mesa, abrí el libro e intenté concentrarme para encontrar el ejercicio donde nos habíamos quedado la última vez.


- Mira que le he dicho mil veces a Julito que me espere en la puerta del patio, pues, no hay manera, ha de esperarme en la otra, justo en la que me va peor para aparcar. Un día de estos lo mato…

Encontró por fin el bolígrafo entre el maremágnum de cosas de su bolsa y pareció estar preparada para comenzar. Repasamos los ejercicios; tenía más de la mitad mal y la otra mitad por hacer. Repitió las mismas excusas en las que siempre aparecían sus hijos. No la escuché, no solía hacerlo, sólo suspiré.


-Susana, así no avanzamos. ¿Cómo quieres quitarte de encima Estadística? No vas a acabar nunca la carrera.

-Ay, Marcos, lo sé, lo sé. Pero es que últimamente… Va, va los rehago en un momento y los corregimos ¿vale?- y ponía cara de niña mala arrepentida-.

Susana era una cuarentona que había comenzado la carrera de Psicología hacía unos años y sólo le quedaba la asignatura de Estadística para acabarla. Entre marido, hijos, trabajo y estudios, no era de extrañar que siempre llevara su melena recogida de cualquier manera con una pinza, que su bolso pareciera una desorganizada maleta, que su rímel se extraviara por más sitios que las pestañas o que su blusa se escapara de la opresión de los cinturones. Nunca me había fijado en ella, me refiero físicamente; mis preferencias no se decantaban por mujeres que me sacaran más de una quincena de años. Pero aquella tarde, mientras ella resolvía ejercicios, me di cuenta de que se le había desabrochado el botón de la camisa. Miré para otro lado, casi avergonzado de mi atrevimiento; mis ojos no opinaron lo mismo que yo y prefirieron seguir posados sobre ese escote blanco y terso. Desde mi perspectiva podía observar perfectamente la blonda casi transparente de la copa que sujetaba un pecho un poco más grande de lo que era capaz de abarcar, porque una molla con aspecto suave y mullido se escapaba entre el ribete bordado de un tenue color pastel. Abstraído en averiguar si le ocurría lo mismo a la otra mitad del sujetador, Susana me preguntó algo.

- Que si está bien así, Marcos.

Me miraba con unos enormes ojos almendrados que enredaban las pestañas en un mechón dorado reacio a volver a la pinza. Nunca la había visto así, tal vez porque nunca la había mirado. Busqué su boca, era perfectamente delicada y fina, detrás de la cual los dientes prometían sonrisas fantásticas. Su barbilla, descarada ella, me señalaba un sur demasiado cálido donde ahora podía comprobar que la segunda copa sufría el mismo exceso de equipaje. Me oprimían los pantalones de repente, ese era un lujo que no podía permitirme.


- A ver, a ver… Pues no, no creo que esté bien… Mira, vamos a hacer una cosa, Susana, –hasta su nombre me parecía hermoso- vamos a pasar esta clase a la semana que viene, pero has de prometerme que harás los ejercicios y que llegarás puntual.

Buscó el motivo de mi nerviosismo, de mi repentina prisa por acabar y, evidentemente, lo encontró.

-Joder, maldito botón, siempre se me olvida repasar los botones antes de estrenar la ropa. –Me miró fijamente, en silencio tan sólo dos segundos-. No me digas que esto ha sido lo que te ha puesto nervioso. Va, Marcos, va, que necesito la clase. ¿Tienes un imperdible?

Y esperaba allí sentada, jugando con las dos partes de la blusa intentando juntarlas de una manera segura, abriendo y cerrando el cofre de los tesoros. ¿Cómo podía explicarle que no me podía levantar?


-Pero ¿tienes un imperdible o no?

-No, no tengo y hoy no podemos dar clase ¿vale?

Dejó caer los brazos a modo de protesta y la blusa quedó abierta completamente. En mi estado no era dueño de los movimientos de mis globos oculares ni del tamaño de mi entrepierna.

-O sea, que todo esto es porque te has puesto… nervioso. Bien, si consigo que dejes de estar nervioso ¿recuperamos la clase?

Me quedé mudo. No sabía a qué se estaba refiriendo, pero pronto lo averigüé. Lo primero que hizo fue acercar la silla hasta mí de manera que nuestras rodillas se tocaran. Luego, se soltó la melena, fantásticamente rubia y con olor a melocotón. Sus manos viajaron por los botones de la blusa desabrochándolos. El poco control que me quedaba asomó tímidamente:

-Susana, Susana, esa no es la manera. Dejémoslo por hoy ¿eh?

Algo en mi mente me recordaba que no debía tener relaciones con alumnas aunque fueran mayores que yo, que no era profesional, que no era mi estilo. ¡Maldito botón! Cuando se puso en pie para quitarse la blusa, dejé de pensar, pasé a disfrutar de una maravilla de la que no me había dado cuenta a pesar de verla dos veces por semana. Susana dejó la blusa caer y se quitó la falda que resbaló por las piernas hasta los zapatos. Salió del círculo negro y se sentó encima de mí.


-Si no estás atento no vamos a avanzar y perderé mi clase. Así que esmérate, Marcos –y me besó.

Fue una explosión de fresa ácida en la boca, una avidez por encontrar mi lengua que, como el resto de mi cuerpo, se dejaba llevar por aquel volcán que, tan sólo unos minutos antes, parecía dormitar. Seguí las órdenes de mi maestra y le desabroché el sujetador. Dos senos agradecidos de haber sido puestos en libertad me acariciaron la cara y llegué a convencerme de que todo valía la pena. Y me esmeré en seguir descubriendo un cuerpo estrenado en partos, en alcobas sin ventilación y a ratos muertos. Lleno de vida, de la de dos caras, de grises y negros, de estrías y curvas que no se pueden tomar a cien por hora porque necesitan tiempo, dedicación y verdad, mucha verdad. Porque a cada caricia sincera ella respondía con un poco más de sí misma, me mostraba algo más de su cintura, de sus caderas redondeadas, de su pubis entregado, de sus ganas de darse porque sí, sin preguntar, no necesitaba respuestas pues las conocía todas. Me enseñó a tocarla, a besarla, a poseerla como si no hubiera un después, porque me exigía toda mi atención, mi diligencia. Ella quería mis ojos abiertos, atentos a todo lo que tenía que revelarme; Susana quería mirarme, sentir mi deseo dentro de ella, oírme gemir y observar cómo pronunciaba su nombre cuando absolutamente me rendí ante una mujer.

Telefoneé al alumno que tenía que venir después de Susana, le di una excusa cualquiera y anulé la clase. Aprovechamos para ponernos al día: ella con la Estadística y yo con el conocimiento de la Mujer.

Desde aquel día, viene siempre con jerséis de cuello alto, que sólo se quita cuando hemos terminado las tareas. Estoy seguro de que aprobará el examen, ha trabajado duro y está preparada. Me tranquiliza pensar que si le pido que me siga dando clases ella accederá, aunque tenga que decirle a su marido que, de nuevo, ha suspendido Estadística.


© Anabel