viernes, 22 de enero de 2010

La mirada




No recordaba desde hacía cuánto tiempo nadie la miraba así, con esa atención, ese descaro, ese, casi le daba vergüenza pensarlo, deseo contenido que se escapaba en cada parpadeo. Repetía la imagen una y otra vez en su mente porque le producía una sensación placentera: la piel se estiraba, se tornaba tersa y el latido del corazón oxigenaba más deprisa las células. La excitaba, sí, la excitaba tanto como la aturdía. Sólo había sido un viaje en el ascensor, un roce inesperado por culpa de las bolsas de la compra, un lo siento, no ha sido nada y el silencio ensordecedor de aquella mirada impúdica, como si fuera la primera vez que viese a una mujer. Deseaba de una manera atroz coincidir de nuevo con él. Si la volvía a mirar de esa forma, olvidaría sin esfuerzo que podría ser su madre.


© Anabel

lunes, 11 de enero de 2010

El artilugio



Para Erick Strand, a quien le debo la mitad de este cuento y mucho más de la mitad de lo que siento por la poesía.


Juró que no lloraría más. Lo juró por lo único que le pertenecía: su vida. Llegar a la conclusión de que nada vale la pena la ayudó a mantener la promesa. Para no derramar lágrimas sólo podía quedarse con lo esencial, con los días y las noches que pasan sin dar y sin recibir, sin esperar nada. Ese fue el plan con el que Verónica esperaba seguir existiendo. Su corazón se transformó en un artilugio necesario para vivir, con la única misión de bombear sangre a cada célula de su cuerpo, exclusivamente. El resto de funciones le sobraban.


El tiempo iba dejando su huella en algunas canas y en algunas arrugas. Surcos que dos manecillas, a un ritmo incesante, aran sobre la epidermis. Los días y las noches pasaban igual que siempre, pero había empezado a sentirse sola. La compañía de los hijos, aunque sólo fuera por el trabajo que daban, le proporcionaba una ocupación que la hacía conservarse activa, ágil, distraída en la rutina inmutable. Su emancipación le dejó muchas horas muertas para llenar únicamente con el sonido de su artilugio latente. Había dejado de preocuparse por la persona que dormía con ella desde el día de su juramento, y los paseos y los libros no eran suficientes para abarcar todo el tiempo que le sobraba. Lo hubiera regalado a cambio de… De nada. Eso era lo que tenía: toda la nada del mundo. Y el artilugio. Tun-tun, tun-tun, tun-tun.


Como quien llama a una puerta equivocada y un perfume de rosas le recibe, Verónica se encontró con lo que ya no esperaba. Del tiempo esperaba achaques y vejez, pero no un sentido de la vida tan diametralmente opuesto a su plan. El destino es una caja de sorpresas sin papel de celofán que pueda delatarle, un fullero que espera el letargo o el exceso de vanidad para demostrar que él es quien mejor conoce el juego porque es el que pone las reglas. Y ese fullero traidor llamó a la puerta de Verónica disfrazado de vecina de enfrente, de la viuda, que necesitaba una cebolla para la tortilla de patatas:

-… que se me han acabado y a mí la tortilla de patatas me gusta con cebolla y ¿a ti, Verónica?-Verónica le dio una cebolla de las del cesto.
-¿Tendrás suficiente, María José?
-Sí, sí, de sobra. No me contestas, ¿cómo te gusta a ti?
-Pues a mí la tortilla me gusta de todas maneras, me da igual…
-No, no; ésta es una de esas cosas que no te pueden dar igual en la vida. Has de decidirte.
-¡Qué cosas tienes! ¡Qué más dará!-le contestó con una sonrisa.

Medio en broma, medio en serio la simple cebolla estuvo dando vueltas por la cabeza de Verónica toda la noche, repitiéndose hora tras hora. Al día siguiente hizo dos tortillas para comer, una con cebolla y otra sin.

-¿Por qué has hecho dos? –le preguntó su marido con cara de no entender el último desatino de su mujer.
-A ti ¿cómo te gusta más?-le preguntó Verónica sin mucho interés, era más una cuestión de estadística.
-¡Qué tontería! A mí me gustan las dos.

El artilugio dio un latido desacompasado, se le erizó el bello del cuerpo y supo que tenía que decidir cuál era la que más le gustaba. Por la tarde, fue a decirle a María José que había tomado una decisión.

-Pues claro, con cebolla es mucho más suave. ¿Quieres probar la mía? Aún me queda un poco en la nevera.


La siguiente decisión fue si la quería caliente o fría y allí sí que supo qué contestar: caliente.

Fueron pasando tardes de café en donde Verónica por primera vez en muchísimos años hablaba de sus preferencias culinarias, literarias, cinéfilas, de los colores o de los días de la semana. Había olvidado cuántas cosas le gustaban y cuántas no, había olvidado el aroma de la compañía junto a un café, de la risa sin motivo, de compartir el sonido de dos voces, de hablar por hablar, porque sí, porque es la manera de que el arado del tiempo no haga los surcos tan profundos. El artilugio empezó a latir con un ritmo diferente, llevando el compás de la nueva risa, de las conversaciones pausadas, de la felicidad de perder el tiempo en la casa de la vecina, sin pensar en hacer la cena o recoger la colada. María José tenía la herramienta que vaciaba los cajones cerrados de Verónica, aceleraba su ritmo vital, estiraba la cuerda en donde colgaban sus palabras y deseos, abría su corazón.

-¿Cuántos años hace que somos vecinas, Verónica?
-Más de veinte, María José, más de veinte.

Entrelazaron sus manos algo marcidas, pero el tacto resultante de las dos caricias estaba preñado de chispa, de vitalidad y, sobre todo, de alegría, una alegría que inundaba la casa de la vecina de multitud de colores. Y Verónica decidió que no quería perderse ese arcoíris que había desempolvado todas las demás funciones que su corazón podía realizar: no sólo de oxígeno vive el cuerpo, porque aún respirando se puede estar muerto.

-No sé cómo decírselo a mi marido, ni cómo..
-Es tan fácil como cruzar el pasillo.

Ante la evidente y sencilla solución, Verónica incumplió su promesa: lloró y continuó llorando felizmente mientras hizo las maletas para el crucero más importante de su vida.

©Anabel

viernes, 1 de enero de 2010

Te sueño a poemas

"Flaming June", Lord Frederick Leighton




Me relajo escribiéndote poesía,
inventándote en cada estrofa.
Es mi momento de viajar,
de alejarme de la prosa diaria,
tan pesada y cargante,
tan ordenada y lógica.
Demasiadas reglas que seguir,
horarios que cumplir.
Ganas de desbocarme por el precipicio
del caos infinito
donde todo rima,
y todo puede ser.
Cascadas de sueños frescos
con caricias de olor a lavanda,
aromas de una historial ideal
esculpida a versos y suspiros.
Te sueño a poemas
de dedicación absoluta,
rendido homenaje a la fe ciega
de que toda mi lírica
podrá ser prosa
algún día.

© Anabel

sábado, 19 de diciembre de 2009

Relato ¿navideño?



Hacía un frío maravilloso, de aquellos que obligan a prescindir del cuello y a enfundar las manos en unos guantes sucios. Ver el dibujo de su propia respiración empañar los cristales de los escaparates le divertía. En uno de ellos, un árbol de Navidad enorme asombraba a los niños y provocaba exclamaciones en los adultos. Silvia se quedó plantada como el decorado árbol, recreándose en las luces y en su vaho, sintiendo el suave y acogedor tacto de la bufanda, creyéndose, por unos instantes, afortunada.

— ¡Silvia! Casi no te reconozco tan tapada, pero esos ojos…

Un escalofrío caliente le recorrió la espalda; cerró los ojos y, en unas milésimas de segundo, deseó que esa voz tan sólo fuera la reverberación de una mentira del pasado.

—Franco, hola. ¿Cómo estás? —Debía haberse puesto el gorro de lana que le tapaba completamente la cara—.
—Mira, haciendo las últimas compras de Navidad, como tú, supongo…
El cuerpo de Silvia quiso echar raíces sobre la acera agarrándose al momento para no caer, para no viajar a unos días tan lejanos como la estrella Polar. Pero no pudo. Esa voz era el olor de la felicidad perdida, de la pasión sin puertas, de las noches infinitas y de los días fugaces, del sudor del verano empapado en las sábanas, de caricias incitantes, de besos fulgurantes, del sexo impaciente y del sexo porque qué otra cosa mejor que hacer. Se quitó los guantes, se frotó los dedos huérfanos de anillos y retiró del rostro la bufanda que empezaba a asfixiarla. Franco seguía hablando de cómo le iba la vida de bien, de cómo tenía una esposa y un hijo y un trabajo, y Silvia no retenía toda esa información que le parecía superflua. Le hubiera preguntado si sentía la piel de su actual amante como sintió la suya alguna vez, si el sabor de su pubis era tan salado como lo fue el suyo, si se perdía en sus ojos como se perdió en los de ella cuando tenía un orgasmo, si la deseaba con dolor como la llegó a desear a ella alguna vez, alguna vez. En cambio le preguntó banalidades, costumbres atónitas, cansinas. ¿No es más importante saber si aún mordisquea la oreja de su amante cuando la penetra o si sigue quedándose dormido sobre su pecho como después de hacerle el amor a ella? Le gustaría saber si continua usando esos calzoncillos tan feos o si aún hay que hacerle el nudo de la corbata o si aún toma el café con dos de azúcar y un chorrito de anís; si aún lee el Quijote cuando no puede dormir o si aún es el mejor jugando al Trivial. Aunque lo que realmente deseaba comprobar era si la recordaba de vez en cuando, si la echaba de menos cuando alguien recita una poesía o el sol arde tanto como aquel verano.
—Y tú ¿cómo estás?

—Yo sigo igual que siempre —fue una mentira tan grande que pareció verdad, pero ella no era la de aquel siempre, ya no.
Él sintió sus escasas palabras durante un silencio cálido en el que le acarició la cara.
—Feliz Navidad, Silvia — Franco se alejó cargado de sus bolsas y su vida.

Silvia no tuvo más remedio que desabrocharse por miedo a morir asada, quemada en los rescoldos de un fuego antaño fabuloso. Volvió a escuchar los villancicos que escupían los altavoces callejeros e intentó perderse de nuevo en el vaho de su aliento, en el frío del aire, en los adornos, pero ella ya se había quitado el abrigo e intuía el enorme árbol de Navidad entre lágrimas.

© Anabel

sábado, 5 de diciembre de 2009

Estadística

Este cuento está inspirado en el relato de José Naveiras García titulado "Un cielo" de su libro "El incendio y otros relatos"


- Perdona, perdona, llego tarde, lo sé, lo sé…


Susana sabía lo mucho que me molestaba su falta de puntualidad. Tenía organizadas las tardes en clases sucesivas y un retraso en una me desbarataba todo el horario. Pasamos al cuarto y ella, por el pasillo, iba sacando los libros del enorme bolso y quitándose el abrigo. Continuaba con sus explicaciones a las que yo no prestaba atención. Nos sentamos a la mesa, abrí el libro e intenté concentrarme para encontrar el ejercicio donde nos habíamos quedado la última vez.


- Mira que le he dicho mil veces a Julito que me espere en la puerta del patio, pues, no hay manera, ha de esperarme en la otra, justo en la que me va peor para aparcar. Un día de estos lo mato…

Encontró por fin el bolígrafo entre el maremágnum de cosas de su bolsa y pareció estar preparada para comenzar. Repasamos los ejercicios; tenía más de la mitad mal y la otra mitad por hacer. Repitió las mismas excusas en las que siempre aparecían sus hijos. No la escuché, no solía hacerlo, sólo suspiré.


-Susana, así no avanzamos. ¿Cómo quieres quitarte de encima Estadística? No vas a acabar nunca la carrera.

-Ay, Marcos, lo sé, lo sé. Pero es que últimamente… Va, va los rehago en un momento y los corregimos ¿vale?- y ponía cara de niña mala arrepentida-.

Susana era una cuarentona que había comenzado la carrera de Psicología hacía unos años y sólo le quedaba la asignatura de Estadística para acabarla. Entre marido, hijos, trabajo y estudios, no era de extrañar que siempre llevara su melena recogida de cualquier manera con una pinza, que su bolso pareciera una desorganizada maleta, que su rímel se extraviara por más sitios que las pestañas o que su blusa se escapara de la opresión de los cinturones. Nunca me había fijado en ella, me refiero físicamente; mis preferencias no se decantaban por mujeres que me sacaran más de una quincena de años. Pero aquella tarde, mientras ella resolvía ejercicios, me di cuenta de que se le había desabrochado el botón de la camisa. Miré para otro lado, casi avergonzado de mi atrevimiento; mis ojos no opinaron lo mismo que yo y prefirieron seguir posados sobre ese escote blanco y terso. Desde mi perspectiva podía observar perfectamente la blonda casi transparente de la copa que sujetaba un pecho un poco más grande de lo que era capaz de abarcar, porque una molla con aspecto suave y mullido se escapaba entre el ribete bordado de un tenue color pastel. Abstraído en averiguar si le ocurría lo mismo a la otra mitad del sujetador, Susana me preguntó algo.

- Que si está bien así, Marcos.

Me miraba con unos enormes ojos almendrados que enredaban las pestañas en un mechón dorado reacio a volver a la pinza. Nunca la había visto así, tal vez porque nunca la había mirado. Busqué su boca, era perfectamente delicada y fina, detrás de la cual los dientes prometían sonrisas fantásticas. Su barbilla, descarada ella, me señalaba un sur demasiado cálido donde ahora podía comprobar que la segunda copa sufría el mismo exceso de equipaje. Me oprimían los pantalones de repente, ese era un lujo que no podía permitirme.


- A ver, a ver… Pues no, no creo que esté bien… Mira, vamos a hacer una cosa, Susana, –hasta su nombre me parecía hermoso- vamos a pasar esta clase a la semana que viene, pero has de prometerme que harás los ejercicios y que llegarás puntual.

Buscó el motivo de mi nerviosismo, de mi repentina prisa por acabar y, evidentemente, lo encontró.

-Joder, maldito botón, siempre se me olvida repasar los botones antes de estrenar la ropa. –Me miró fijamente, en silencio tan sólo dos segundos-. No me digas que esto ha sido lo que te ha puesto nervioso. Va, Marcos, va, que necesito la clase. ¿Tienes un imperdible?

Y esperaba allí sentada, jugando con las dos partes de la blusa intentando juntarlas de una manera segura, abriendo y cerrando el cofre de los tesoros. ¿Cómo podía explicarle que no me podía levantar?


-Pero ¿tienes un imperdible o no?

-No, no tengo y hoy no podemos dar clase ¿vale?

Dejó caer los brazos a modo de protesta y la blusa quedó abierta completamente. En mi estado no era dueño de los movimientos de mis globos oculares ni del tamaño de mi entrepierna.

-O sea, que todo esto es porque te has puesto… nervioso. Bien, si consigo que dejes de estar nervioso ¿recuperamos la clase?

Me quedé mudo. No sabía a qué se estaba refiriendo, pero pronto lo averigüé. Lo primero que hizo fue acercar la silla hasta mí de manera que nuestras rodillas se tocaran. Luego, se soltó la melena, fantásticamente rubia y con olor a melocotón. Sus manos viajaron por los botones de la blusa desabrochándolos. El poco control que me quedaba asomó tímidamente:

-Susana, Susana, esa no es la manera. Dejémoslo por hoy ¿eh?

Algo en mi mente me recordaba que no debía tener relaciones con alumnas aunque fueran mayores que yo, que no era profesional, que no era mi estilo. ¡Maldito botón! Cuando se puso en pie para quitarse la blusa, dejé de pensar, pasé a disfrutar de una maravilla de la que no me había dado cuenta a pesar de verla dos veces por semana. Susana dejó la blusa caer y se quitó la falda que resbaló por las piernas hasta los zapatos. Salió del círculo negro y se sentó encima de mí.


-Si no estás atento no vamos a avanzar y perderé mi clase. Así que esmérate, Marcos –y me besó.

Fue una explosión de fresa ácida en la boca, una avidez por encontrar mi lengua que, como el resto de mi cuerpo, se dejaba llevar por aquel volcán que, tan sólo unos minutos antes, parecía dormitar. Seguí las órdenes de mi maestra y le desabroché el sujetador. Dos senos agradecidos de haber sido puestos en libertad me acariciaron la cara y llegué a convencerme de que todo valía la pena. Y me esmeré en seguir descubriendo un cuerpo estrenado en partos, en alcobas sin ventilación y a ratos muertos. Lleno de vida, de la de dos caras, de grises y negros, de estrías y curvas que no se pueden tomar a cien por hora porque necesitan tiempo, dedicación y verdad, mucha verdad. Porque a cada caricia sincera ella respondía con un poco más de sí misma, me mostraba algo más de su cintura, de sus caderas redondeadas, de su pubis entregado, de sus ganas de darse porque sí, sin preguntar, no necesitaba respuestas pues las conocía todas. Me enseñó a tocarla, a besarla, a poseerla como si no hubiera un después, porque me exigía toda mi atención, mi diligencia. Ella quería mis ojos abiertos, atentos a todo lo que tenía que revelarme; Susana quería mirarme, sentir mi deseo dentro de ella, oírme gemir y observar cómo pronunciaba su nombre cuando absolutamente me rendí ante una mujer.

Telefoneé al alumno que tenía que venir después de Susana, le di una excusa cualquiera y anulé la clase. Aprovechamos para ponernos al día: ella con la Estadística y yo con el conocimiento de la Mujer.

Desde aquel día, viene siempre con jerséis de cuello alto, que sólo se quita cuando hemos terminado las tareas. Estoy seguro de que aprobará el examen, ha trabajado duro y está preparada. Me tranquiliza pensar que si le pido que me siga dando clases ella accederá, aunque tenga que decirle a su marido que, de nuevo, ha suspendido Estadística.


© Anabel

domingo, 29 de noviembre de 2009

Algunas cosas buenas de la vida





Fotos: Fernando Glez. Seral



Las cosas que tiene la vida. En cuanto vi los colores de las fotos de Fernando Glez. Seral lo primero que se me vino a la mente fue una lámina que dibujé en primero de BUP, hace siglos de aquello. La lámina en cuestión tenía un cielo violáceo, morado con un enorme pájaro que lo volaba transversalmente desde una esquina, con las alas extendidas, alas llenas de colores; en el otro lado de la lámina, creo recordar un sol se ponía jugando con colores cálidos, amarillos, rojizos y mostazas. Violeta y mostaza. Los mismos colores, dos cielos muy diferentes y una unión mental, casi onírica. Y cuando he leído que Fernando me dedicaba las fotografías –a mí y a Olga Bernad- me ha emocionado.



La vida y las cosas que tiene. A través de Fernando y sus fotos he conocido a Olga Bernad, ella hace fotografías del alma, que no son muy diferentes de las fotografías de Fernando. Según me contó Fernando, el viernes pasado en la presentación del libro de poemas de Olga, “Caricias Perplejas”, ella también llegó a su página buscando una foto para uno de sus textos. “Igual que tú –me dijo-, además casi elegisteis la misma foto”.


Me he tomado la libertad de juntar las fotos dedicadas de Fernando, los textos de Olga y mío con sus respectivas fotos, en una entrada en mi blog -¿quién podría resistirse a hacerlo?-. Faltaría mi lámina de primero de BUP, pero esa ya sólo existe en mí y de forma borrosa. (Me llevé un disgusto cuando, en la exposición de las mejores láminas del curso, colgaron la mía del revés; aquello fue decisivo para que me convenciera de que debía abandonar la pintura.)














Estos son algunos de los vericuetos de la vida: aquellos que te conducen a parajes especiales, plagados de brisas y caricias perplejas.


Gracias Fernando. Gracias Olga.

©Anabel


domingo, 22 de noviembre de 2009

La última gota




La última gota de la última nube que pasó sobre la ciudad.


Eduardo iba, como todos los días desde hacía una semana, a visitar a su mujer, Elvira, que estaba en coma. Los médicos no le habían dado esperanzas, pero él se aferraba a la idea de que aún respiraba pues no podía soportar que ella abandonara este mundo antes que él. Se lo prometió a la salida de la iglesia el día de su boda: “Prométeme que no te morirás antes que yo” y Elvira, siempre tan considerada con los deseos de su marido, le regaló un beso en la nariz preñado de sinceridad.


La última gota de la última nube que fue soñada por Elvira.

Soñaba desde hacía una semana con una gota límpida y cristalina que pesaba más que las demás y que caía lentamente sobre un redondel negro. Y lo soñaba hora tras hora, sin sentir más que un deseo infinito de que esa gota llegara y cayera, que provocara un sonido diferente, casi musical, que llamara la atención por su densidad y armonía. Lo soñaba con la única parte de su ser que ya podía dominar, con el único deseo, con las únicas fuerzas que empezaban a ser pocas.


La última gota de la última nube que cayó sobre un paraguas negro.


Eduardo estaba dispuesto a cerrar el paraguas porque el ritmo de las gotas sobre la lona negra había menguado mucho y creyó que iba a dejar de llover. El sonido de esta última gota lo despistó, cruzó la calle mirando al cielo y un demasiado rápido con cuatro ruedas lo arrolló. Sintió un gran golpe que lo lanzó lejos, pensó que le habían roto las piernas y se alegró porque de esa manera podría estar junto a la cama de Elvira sin tener que abandonarla ni un instante. Le pareció extraño no sentir dolor, pero más le sorprendió verse a sí mismo tumbado en la calzada como un muñeco de trapo, inerte. Se estaba elevando hacia el cielo, agarrado del paraguas como una Mary Poppins cualquiera. “No puedo irme, no puedo irme todavía” gritaba para sí mismo, pero una fuerza indómita lo absorbía hacia un universo inexplorable.

La última gota de la última nube que despertó a Elvira.


Una humedad aguda en la punta de la nariz obligó a Elvira a abrir los ojos. La máquina comenzó a pitar alocadamente, médicos y enfermeras acudieron justo a tiempo de ver la cara de Elvira que como despedida les mostró la mejor de sus sonrisas.

La última gota de la última nube fue sacudida de un paraguas celestial.


Desde un prado limpio de nubes sobre las almas y lleno de hierba en forma de nubes, Eduardo sacudió con fuerza el paraguas, pues la última gota debía mojar la nariz respingona de Elvira. Poco tuvo que esperar para verla surgir como una flor secándose la nariz con el borde de su resplandeciente túnica.


-Sabes que yo nunca rompería una promesa, Eduardo.

© Anabel

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Tus mil nombres


Ni siquiera tu verdadero nombre. No quiero saberlo. Prefiero improvisarlo cada vez que mi piel te invoque. Conocer de ti lo que me hace vibrar es lo único que necesito saber.

Revivir la imagen de tu cuerpo desnudo exigiéndome los gemidos de pasión que pago gustosa sabiendo que tus manos van a encontrarme en cada poro, en cada curva y pliegue. Estallar una y mil veces en ti, por ti, para ti, contigo.
Recordar el color de tus ojos que son mi cielo cuando me cubres; tu voz que electriza el vello de mi cuello; tu lengua exquisita que se lleva lo mejor de mí; tus pies que no se extravían en el camino del deseo.

Imaginar tus nombres en las noches solitarias, cuando los libros ya no acompañan y la almohada cambia de textura con tu aliento mágico, cuando desde la distancia de las nubes me posees.

Te contaré los dientes, las pestañas y los cabellos, esos serán los únicos números que guardaré de ti, los únicos datos que apuntaré en mi agenda al lado de la dirección de tu nuca. Tanto da que seas poeta o barrendero, militar o mecánico, eres un hombre.
Nada más quiero saber de ti.

Y al irte, no hagas ruido ni cierres la ventana, deja que, en la duermevela, la brisa me obligue a encontrar tu calor impregnado aún en las sábanas de mi lecho.
© Anabel

domingo, 25 de octubre de 2009

domingo, 11 de octubre de 2009

No hay otra como ella


De espaldas, la larga melena pelirroja ondula sobre el mar de la espalda, roza su espléndido culo y me hace cosquillas en todos los poros de la dermis. Ella sabe cómo me gusta ese movimiento, esa brisa que me aleja de los malos rollos de la jornada, que me trae a nuestra habitación, paraíso en el que quiero vivir y morir. Conoce qué me gusta, son ya muchos momentos de leernos la piel, de compartir sábanas, de sabernos saborear con ansia y hasta el final. Domina su cuerpo para dominar el mío y mis sensaciones, para trabajarlas hasta llevarlas donde nunca han estado con ninguna otra mujer. Su saliva es una pócima resucitadora, sus dedos bisturíes que abren mis carnes, su boca la ventosa que absorbe mis emociones, su lengua el único trozo de carne cruda que me comería. Ella se relame de gusto al verse erigida al primer puesto de entre todas las mujeres y usa y abusa de su poder, sin límites ni restricciones, en sus manos soy suyo, nadie osará jamás obligarme a abandonar tal servilismo. Nadie, puedo jurarlo sobre lo más sagrado o sobre lo más abominable, me da igual, con ella el resto da igual. Nuestro universo es el único existente, la única realidad verdadera, la penumbra que alumbra el resto de mi vida.

Me deja entrar, que me siente en el sillón granate, mientras ella pasea por la habitación, de un lado para otro, mirándome de reojo, para asegurarse que la estoy observando; se va quitando la ropa pieza por pieza, sin prisa, la noche es infinita; el sonido de la ropa cayendo sobre el suelo se mezcla con el tintineo de los hielos del güisqui que crepitan por el calor. Se para frente a la chimenea, encendida con leños de pasión, de espaldas a mí, como si le diera vergüenza mostrarme lo que me sé de memoria. Sobre los tacones se balancea, erguida, podría dibujar cada uno de los músculos que adornan la espalda; la melena juguetona se enreda entre sus dedos, se recoge y se suelta en nudos mentirosos. El hielo se ha derretido completamente y no me apetece beber lo que contiene el baso. Ella ya lo ha adivinado y se dirige hacia mí dispuesta a desnudarme, descuidando algún arañazo en mi pecho, regalándome algún beso en el cuello, alguna caricia perversa. La acojo en mis brazos y a volandas la acuesto en la cama. Al tiempo que me termino de desnudar, ella va tocándose los pechos, la cintura, el pubis, abre y cierra las piernas y recita mi nombre como si fuera el Cantar de los Cantares. Soy el hombre más afortunado del mundo, el más poderoso, el rey que mejor reina posee, porque es mía, mía por la noche infinita. Ningún perfume que no sea el que expelen sus pechos, ninguna suavidad que no sea la de su vientre, ningún cobijo que no sea su vagina, ningún pastel que no sea su boca, ninguna música que no sea su respiración entrecortada.

Los rayos de sol resbalan por su cadera que rompe decidida la luz matutina. Me visto sin dejar de mirarla, de olerla a cada vuelta que da sobre la cama. No puedo resistirme a besarle la espalda antes de irme y dejar sobre la mesilla el sobre que abulta el doble de lo que ella pide. Acaricio su pelo y me llevo la mano a la nariz. Porque no hay otra como ella.
© Anabel