miércoles, 1 de julio de 2009
viernes, 19 de junio de 2009
El roce de tu piel
Y creo que voy a perder, a perderlo todo, porque ya no me importa, porque ya me da igual, porque sólo tengo pesadillas por saber qué se siente al roce de tu piel.
lunes, 8 de junio de 2009
martes, 2 de junio de 2009
Pepe y Charo - III y final

Pepe
-¿Para cuándo esa tortilla?-grita Pepe desde la barra.
-Para cuando esté hecha, ni antes ni después –le contesta una voz fuerte y segura desde la cocina.
-Va, Charo, que se está acabando y hay dos entrando por la puerta con cara de pedir pincho de tortilla de patatas –le ruega Pepe asomando su calva por entre los flecos de cuentas de la cortina.
Charo le saca la lengua y continúa dando vueltas a las patatas que se cuecen en el aceite.
-Le quedan cinco minutos, pesao –y coge un gran batidor y comienza a golpearlo contra un bol lleno de huevos con un ritmo y un arte únicos.
El sonido del batidor en manos de Charo cautiva a Pepe, es el soniquete que le traslada a Francia cada vez que la ve moviéndose de esa manera, cadencia que le recuerda todo lo que esa mujer significa para él.
La tortilla de patatas es el plato rey del bar “La Percha”. Pepe heredó el bar de su padre, Jaime, “el Percha”. Le apodaban así porque antes de abrir el bar, Jaime regentó una sastrería que se llamaba “La Buena Percha”. Cuando el negocio se fue a pique, el padre de Pepe abrió un bar en el mismo local y aprovechó algunas luces del letrero luminoso para mantener el nombre lo máximo posible. Hubo que rellenar el hueco que dejaba la palabra “Buena”, lo que se solucionó con el diseño de Pepe de una burbujeante jarra de cerveza. Pepe había querido ser pintor, de hecho el bar está decorado con acuarelas de paisajes de las costas de Bretaña y Normandía. En el verano del 87, Pepe se fue un par de semanas de camping a Francia. Sus sueños de ser paisajista aún seguían intactos; no salía de viaje sin sus herramientas de pintor. Al segundo día de estar en Francia, visitó Le Mont-Saint-Michel. Nada más entrar al recinto, del primer restaurante que hay al pasar la muralla a la izquierda, un ritmo, que Pepe no lograba identificar qué lo producía, inundaba el ambiente. Así que se asomó a una especie de escaparate sin cristal desde donde se mostraba al público cómo se batían los huevos para cocinar la famosa tortilla típica de la abadía. Y allí estaba Charo: cuerpo de atleta búlgara, fuerte y guapa, largo y frondoso cabello recogido en una trenza que se movía al son con el que su dueña meneaba el redondo trasero; el brazo izquierdo agarraba un enorme bol de cobre y el musculado brazo derecho agitaba con ritmo y salero un batidor acorde con el tamaño del recipiente. Se le antojó una hermosa valkiria. Pepe supo que esa mujer tenía que ser suya. Propinó todos los empujones necesarios a los espectadores y se plantó en la fila número uno. Primero le habló en su pésimo francés y ella le ignoró, luego le dijo algunas palabras en ruso, lo que provocó la risa de Charo.
-No te esfuerces, españolito –dijo sin mirarle.
-Supongo que estarás hasta las narices de esta tortilla, -le dijo Pepe aliviado de no tener que intentar comunicarse en ningún otro idioma-, si quieres te invito a cenar tortilla de patatas española que seguro que echas de menos.
En ese momento, llegó una señora que por su indumentaria parecía la jefa de cocina y, tras una pequeña ceremonia, un escuálido pinche relevó a la ya sudorosa Charo de su menester. Entonces, le hizo un gesto a Pepe y él la siguió como un corderito.
-Estoy en el camping de Pontorson, al lado de la cuadra de caballos. Si quieres venir, estoy allí con un amigo.
-Salgo a las ocho –Charo se dio media vuelta y apartó su trenza hacia un lado para que Pepe se embelesara con el movimiento de sus caderas.
-¡Me llamo Pepe y ¿tú?!
La valkiria, enfundada en una bata blanca muy justa, se volvió un instante para sacarle la lengua y decirle su nombre.
Charo se fue a España con Pepe y sus acuarelas y pasó de hacer la tortilla bretona a la tortilla de patatas que tanto éxito tenía gracias a su ritmo, como le gustaba repetir a Pepe.
-Va, Charo, va, más rápido con esos huevos –le espetó mientras se acercaba sigilosamente por detrás.
-Pepe, no me atosigues que me voy y te dejo sólo en la cocina, ¿eh?
-Bueno, estar solo sin que nadie te mande ni te grite tampoco debe ser tan malo…-exclamó Pepe cada vez más cerca-.
-Te he oído y espero que eso no lo hayas dicho por mí. Dime, dime tú qué harías en este bar sin una cocinera como yo. A estas alturas ya se lo habrías traspasado a algún chino, seguro.
-Hay muchas cocineras en el mundo…
-Sí, pero que te aguanten y que tengan un culo como el mío, pocas –con una sonrisa picarona le dio vuelta a una tortilla de patatas con una habilidad sorprendente-.
-Eso es verdad –y Pepe propinó un pequeño pero sonoro azote en las nalgas de Charo-.
Charo
Cuántas veces se había preguntado si amaba a Pepe. A todas ellas había evitado responder. Sentía por él un cariño infinito, era la mejor persona que había conocido nunca y sabía, sabía a ciencia cierta, que si lo abandonase se moriría como un perro fiel que se ha quedado sin amo. Verlo desenvolverse por la barra, atendiendo a los clientes era un espectáculo que, a pesar de presenciarlo a diario, no resultaba monótono, siempre amable y contento, siempre llevando en la boca el nombre de su mujer y siempre haciendo propaganda de la magnífica tortilla. Incansable. En la cama era igual, a su lado había pasado noches maravillosas y absolutamente placenteras, sus manos se convertían en delicadas sedas al contacto con la blanca piel de Charo que ya no dejaba de vibrar hasta que Pepe, cual toro de dehesa, decidía que era la hora de entrar a matar. Tenía la completa certeza de que no hallaría otro hombre como Pepe con quien compartir el resto de sus días. Y, sin embargo, seguía evitando responder.
Francia suponía la tierra prometida, el lugar donde los sueños de Charo se podían realizar. Huir de su casa había sido el principal objetivo desde que tenía memoria; no había día que no soñara con despertar en un lugar muy lejano donde los gritos de su madre no la obligaran a desear haber nacido sorda. Cumplidos los dieciocho pensó que no tenía que rendir más cuentas a nadie, recogió lo poco que tenía en una vieja maleta que había pertenecido a su abuela, la dirección de una prima que vivía en Pontorson, el escaso dinero que había conseguido pastoreando las vacas del vecino durante el verano, y se fue de casa tras dar un furibundo portazo.
Al cruzar la frontera, entendió, en cierta manera, qué sintieron los españoles que huyeron al país vecino perseguidos por la guerra civil: la morriña de la tierra santiaguesa le empañaba la vista de los bellos paisajes franceses, pero su corazón se expandía alegre al divisar un horizonte plagado de posibilidades y libertad. Pero, nada más entrar en el pueblecito francés, se dio cuenta de que poco echaría de menos las tierras gallegas pues pareciese que el clima, el verde y las vacas se los hubiera traído en la roída maleta de su abuela para esparcirlos como una alfombra por aquella población que tan feo nombre tenía. Los primeros meses trabajó limpiando casas y bares en los lugares que su prima le buscaba. Cuando aprendió a defenderse en francés, encontró un empleo en un restaurante de la abadía de Le Mont-Saint-Michel. Al observar la jefa de cocina los fuertes brazos de Charo, le ofreció ser pinche de cocina. Ser pinche significaba prepararse para largas horas batiendo huevos destinados a la famosa tortilla típica de la abadía y plato estrella del establecimiento. Batir los huevos era el paso necesario para que la tortilla, llena de aire, multiplicara su tamaño al ser cocinada y quedara como una apetitosa esponja. Como el esfuerzo era considerable, los pinches se iban turnando cada diez minutos. Aquellos que además eran capaces de llevar un ritmo agitando el batidor en aquel gigante bol de cobre, pasaban a realizar el trabajo de cara al público.
Otro de los pinches que actuaba en público se llamaba Pierre. Pierre era un alto y espigado muchacho que tras tener muchos trabajos y ningún oficio, se había colocado en el restaurante porque, según él, era el único lugar donde le dejaban mezclar la cocina con la música, sus dos aficiones favoritas. En sus ratos libres, tocaba la batería en un grupo de heavy que amenizaba las fiestas de los pueblos de la región. Era conocido por sus borracheras y el tatuaje de la calavera con dos baquetas cruzadas a modo de tibias de su trasero, el cual enseñaba siempre al acabar los conciertos. A pesar de que su prima le había avisado mil veces de que no se dejara enredar por Pierre, Charo cayó perdidamente enamorada de esos ojos verdes y de ese acento embriagador que la volvía loca. Pierre sólo tenía que susurrarle al oído « comme tu es belle, ma petite espagnole » para que aceptara, sin oponer resistencia alguna, ir a la parte de atrás del restaurante. En una de estas escapadas durante el trabajo, fueron pillados por la jefa de cocina y avisados de que, si se volvía a repetir, estarían los dos despedidos. Charo intentaba rehuir las proposiciones, pero le resultaba imposible no ceder a los deseos de Pierre. El camino que había elegido se estaba esfumando ante la bruma espesa, con aroma a almizcle, que desprendían los besos de un desconsiderado francés. La realidad se le escapaba a Charo de las manos, se perdía en los vaivenes sobre los sacos de harina y de pasta, en los besos a traición en las esquinas y las miradas furtivas mientras el huevo salpicaba el delantal. Aturdida no sabía cómo retomar el sentido de su vida.
Entonces apareció Pepe de entre un montón de flashes. Él y su pésimo acento francés, y su desvergüenza al dirigirse a ella, y su descarada mirada que sólo se fijaba en la oscilación de unas nalgas. Él y sus mediocres acuarelas, y su tortilla española, y su bar de barrio. Él, él fue el tren que le dio un nuevo pasaporte hacia la libertad.
Y lo mira con un cariño infinito, lo quiere desde lo más hondo de su ser, pero no sabe qué haría si una melosa voz le susurrase al oído: «Viens avec moi, ma petite espagnole, viens derrière… ».
© Anabel
lunes, 25 de mayo de 2009
Cuento ganador de la 1ª edición del concurso "Cuentos para despertar"

A mi hermana Elena, sin su insistencia no me hubiera presentado al concurso, a mi sobrina María, por prestarme una de sus estupendas ideas, y a Elísabet, mi hija, por ayudarme a corregirlo.
Aún no os lo he dicho: hoy es mi cumpleaños. Me llamo Ibón y ya tengo ocho años. Mi hermano se llama Lorién, bueno, eso ya lo he dicho y, dentro de poco, cumplirá seis. A él le hubiera gustado ser el mayor porque sabe que, después de los papás, soy yo quien manda en casa y él tiene que hacerme caso aunque lo haga de mala gana. Casi nunca discutimos, sólo se pone pesado si le entran ganas de jugar a las peluquerías. ¡Se empeña en cortarle el pelo a mis muñecas! Mamá dice que tiene mucho estilo, pero yo prefiero que practique con sus muñecas que las tiene a todas calvas de tanto cambiarles el peinado. Bueno, también discutimos por recoger la habitación. A mí nunca me apetece, me da mucha pereza, la verdad, pero a Lorién le gusta tener las cosas en su sitio y no soporta que le cambie sus juguetes de estantería.
Esta tarde, en cuanto mamá acabe de trabajar, nos iremos al “Children-Park” a celebrar mi cumpleaños. Mi mamá conduce un autobús. A Lorién y a mí nos encanta subir en el autobús que lleva mamá. Decimos a todos los viajeros que la que conduce es nuestra mamá y papá siempre nos dice que no molestemos y nos manda callar. Lorién de mayor quiere ser como mamá. Dice que él conducirá un autobús en el que, al comprar el billete, dará a los niños bocadillos de chorizo y Nocilla y a los mayores, sopa de macarrones. También ha pensado en hacer los autobuses más grandes para que todo el mundo pueda sentarse y así no haya gente maleducada que no les cede el sitio a los señores mayores o a las mujeres embarazadas. Creo que son buenas ideas y no entiendo cómo no se les han ocurrido todavía a los alcaldes de las ciudades.
Mi papá es el que manda en la escuela porque trabaja de conserje y el conserje tiene todas las llaves. Si un día se olvidase de abrir las puertas, ese día los niños no irían a la escuela. Todas las mañanas vamos los tres juntos al cole. Algunas veces, papá me da permiso para abrir la puerta de entrada y ese día soy yo quien deja entrar a los demás niños a las clases. A mí me encanta este trabajo porque todo el mundo te conoce y te respeta. Esta mañana, con la emoción de mi cumpleaños, mientras papá me cosía un botón de la bata, se ha pinchado un dedo. Yo, que tengo un maletín de médico, le he curado enseguida y le he puesto una tirita. A la salida del colegio, ya tenía la herida cerrada. De mayor quiero ser médico. Papá dice que para ser médico hay que estudiar duro y eso estoy haciendo. Así que practico mucho: cojo un libro con dibujos del cuerpo humano y voy buscando los músculos y los huesos en el cuerpo de Lorién. Él se está muy quieto, sólo se mueve si le hago cosquillas. La otra tarde vinieron a merendar unos amigos; estábamos jugando a médicos y, cuando vieron mi libro, se empeñaron en pintar de color negro el dibujo de una persona desnuda para hacerlo igual que Lorién. Les dije que no, no quería que me lo rayaran, además, una piel es una piel y todas se curan igual.
No me acuerdo muy bien del día que llegó Lorién. Creo recordar que papá y mamá estaban muy alegres, me cogían todo el rato en brazos, me daban besitos y me repetían el nombre de Lorién una y otra vez, como si me fuera a olvidar. Me parece que el abuelo Mariano no estaba muy contento porque no lo cogió ni una vez ni dijo lo guapo que era. A mí Lorién me gustó desde el primer momento, me miraba muy fijamente con sus ojos enormes y me seguía a todas partes. Al principio, me obedecía siempre, pero ahora incluso tiene más fuerza que yo. Lorién se convirtió en el nieto favorito del abuelo Mariano porque se sabía todos los jugadores de la selección nacional de fútbol, así que tuve que aprenderme todos los jugadores del equipo de mi ciudad para convencerle de que yo también merecía ir con ellos al fútbol a pasar las tardes de los domingos.
Esta tarde van a venir muchos amigos a mi fiesta. He dejado de invitar a unos cuantos que, como mamá dice, no saben ver más allá del color de la piel de Lorién, no son capaces de ver lo listo que es ni su alegría. He pensado que, si soy médico, tal vez pueda fabricar unas gafas que curen esa enfermedad de la vista. Son cosas, como las ideas de los autobuses de Lorién, que aún no se le han ocurrido a ningún alcalde, pero que no pueden ser muy difíciles de solucionar. Por eso tengo que estudiar mucho.
-¡Ibón, Ibón, que nos vamos!
Adiós, adiós, me voy a mi fiesta de cumpleaños. Si vosotros sabéis mirar, estáis invitados: habrá tarta para todos.
jueves, 14 de mayo de 2009
Al otro lado de tu catalejo

la esquina más oscura de la nube de mi conciencia,
la luz temerosa por alumbrar donde no debe
para comprobar la certeza de tu existencia esquiva.
Soy, a veces, azul como la esperanza de un latido,
y otras, azabache caparazón de coleóptero extraviado,
quisiera ser amarilla como los girasoles de Vincent,
infinita como las estampas luminosas de Sorolla.
Soy tan tristemente dócil a las salivas pasionales,
tan abierta a tus exiguas salpicaduras de amor
que me tensiono ante cualquier lluvia fina
que se cuele por las goteras de mi calva experiencia.
Aunque hace mucho tiempo que dejé de pensar,
estoy porque me siento respirar el humo del incienso
que la distancia expele desde la orilla de lo imposible.
Y justo entonces es, cuando al otro lado de tu catalejo, soy.
sábado, 2 de mayo de 2009
Daniela y Miguel - II

Paseó la mirada por aquellas marinas un poco cursis, enmarcadas con escaso gusto, que abarrotaban la pared de la zona de las mesas. Al parecer el bar había sido remozado no hacía mucho, sin embargo aquellas acuarelas habían sobrevivido a las obras. Miguel había insistido en quedar allí pues era un lugar discreto y apartado de la zona que ellos frecuentaban. Daniela encontró poco deleite en esos cuadros y se puso a la búsqueda de otro objetivo sobre el que posar los ojos y distraer los nervios.
-Aquí tiene, señorita, una cañita bien fría y el pincho de tortilla. Verá como le gusta mucho. Mi mujer tiene un secreto para hacerla –dijo el camarero poniendo mirada interesante.
-¿Sí? Vaya, y ¿no me dirá cuál es el secreto? -preguntó Daniela sin muchas ganas de ser respondida.
-El secreto está en cómo bate los huevos y eso, aunque parezca increíble, es una técnica francesa. Y hasta allí puedo leer –en un gesto rápido y gracioso el camarero se cerró los labios con cremallera y se fue hacia la barra. A pesar de su humor, le resultó divertido el camarero y el nudo del delantal detrás del que la oronda barriga parecía esconderse sin demasiado éxito.
Ir picando la tapa, aunque no tuviera hambre, la distraería un rato del “monotema” que había invadido su vida durante el último año. Le era imposible no pensar en él a todas horas y en cualquier circunstancia. La admiración que sentía por sus conocimientos, la facilidad para transmitirlos y contagiar de su entusiasmo a quienes lo escuchaban fue la primera cualidad que encandiló a Daniela. Aunque se ponía colorada en cuanto él le dirigía la palabra o tan sólo una fugaz mirada, eso no le impedía llegar antes que nadie a la clase para coger sitio en la primera fila. Verlo tan de cerca, oír los matices de su voz profunda y aterciopelada, observar sus gestos lentos, serenos acompañando con contundencia las explicaciones, oler su colonia… En el primer trimestre empezó a notar los efectos que el profesor producía sobre su metabolismo: dejó de tener apetito, se pasaba el día suspirando, soñaba con él acariciando su nuca, besándola hasta hacerla perder el sentido… Lo quiso negar, no era posible que una estudiante del último curso de Historia del Arte pudiera perder la cabeza de semejante manera por un cincuentón que abusaba de roídas americanas de pana con coderas. La evidente debilidad de Daniela dejó el camino sembrado hacia la cama del profesor. Fue el sexo con él lo que la conquistó completamente. Sólo con recordarse bajo su aliento, bajo la protección de su pecho velludo, invadida por todos sus años de experiencia y conocimientos, ungida por su sabiduría y virilidad le ponía la piel de gallina y le descubría que otro corazón podía latir dentro de su vientre.
Daniela le había pedido en repetidas ocasiones hacer pública la relación. Estaba cansada de tener que citarse a escondidas, en lugares donde no les conocieran, en pensiones que restaban romanticismo a los mejores momentos de su relación; todo debía ser un secreto. Ella había dejado atrás proposiciones de chicos de su edad, chicos atractivos, por estar con él unas horas a la semana. Necesitaba más, lo quería para ella las veinticuatro horas del día. Aceptar esta petición significaba acceder a un divorcio que Miguel retrasaba continuamente. Cuando, hacía dos días, el profesor de Iconografía Religiosa se le cercó brindándole su ayuda para la tesis, tras lo cual, le dio una sonora palmada en el culo, a Daniela se le abrieron los ojos y la verdad se le apareció rotunda delante de ella, entendió qué significaba para Miguel: un entretenimiento, un alivio, una alegría de la que disfrutaba en su madurez y de la que fardaba delante de sus compañeros de facultad. Llegar a este convencimiento la hacía sentir ahora una vergüenza mucho menos llevadera, más dolorosa, punzante como un alfiler en la boca de estómago. Saber que no era nada para Miguel nada más que un trofeo con el que presumir le hacía sentirse la mayor de las estúpidas: ella que se había creído capaz de enamorar a un hombre tan inteligente, de seducir a un gran hombre… Qué gran ilusa. Así que lo único que le quedaba era su orgullo, un tanto maltrecho, pero aún podría salvar algunas naves si se adelantaba a él y era ella la que cortaba la relación, porque no le cabía ninguna duda de que ésta era la última cita, de que la había citado allí para despedirse. En este barucho de mierda.
Lo vio entrar en el bar y, para imbuirse de valor y de fuerza vengativa, se bebió la cerveza de un trago.
Miguel
Intentaba descifrar si era más deseo que amor, pasión que cariño, pero no lograba resolver la ecuación. Una aventurilla, una más de las que había mantenido con alumnas a lo largo de su carrera, eso pensaba que significaba su affaire con Daniela. Al principio, le sorprendió que se sintiera atraída por él. Ella, una chica tan seria, con notas excelentes, con ideas muy claras sobre su futuro, tan especial, tan bella. No desaprovechó la ocasión de tener sexo con ella; hacía mucho tiempo que no se le brindaba la oportunidad de darse una alegría de ese tipo, incluso había llegado a pensar que ya había perdido su sex-appeal, que ya había entrado irremediablemente en el oscuro túnel de la vejez. Daniela era, posiblemente, la última de sus conquistas, el último de sus romances antes de entrar en la aburrida sequía de la senectud, en el último trecho antes de su jubilación. Pero no había calculado bien las consecuencias. Creyó que rememorar el sexo con jovencitas le iba a sentar bien, le iba a devolver un poco de juventud, de tiempo; nunca imaginó que llegara a necesitarla cerca suyo a todas horas. Comenzó la relación sin preocuparse mucho por si los veían juntos, incluso, secretamente, deseaba que así fuera para poder despertar la admiración y los celos de sus colegas, casi todos de menor edad. Luego, cuando no verla en primera fila o no sentir su mirada sobre la pizarra de sus explicaciones le producía desasosiego y falta de concentración, empezó a volverse extremadamente cuidadoso por ocultar las citas, por llevar con el máximo secreto y discreción la relación. Sus distracciones, tanto en clase como en casa, producían en los demás exclamaciones burlonas acerca de su inminente demencia senil. Sólo él sabía que su amor por Daniela le regalaba salud y tiempo, a pesar de los efectos secundarios.
Le había costado mucho decidirse, noches en vela y balances imaginarios, dolores de cabeza y algún que otro bajón de azúcar, pero al fin había tomado una determinación: iba a acabar sus días con Daniela. Ella le hacía sentir más que nada de lo que le rodeaba, más que su familia con hijos incluidos, más que su pasión, el arte clásico, más que la copita de coñac añejo después de la cena. Más, mucho más. La amaba, esa era la solución de la ecuación.
Llegaba al bar “La Percha” excitado y contento. Darle la noticia de que le había pedido el divorcio a su mujer la iba a impresionar después de tanto tiempo dándole largas para no tener que enfrentarse a una situación drástica y desagradable. Ver llorar a Luisa, deshecha, sin entender el cómo ni el porqué de su repentina determinación le había dolido, le había hecho sentir un mal hombre después de tantos años compartidos, pero su amor por Daniela era determinante. Lo que le empujó a dar el paso fue la conversación mantenida con su colega Francisco el día anterior. Era el único al que le había hablado abiertamente de su lío con Daniela, al único que le había contado detalles demasiado íntimos de su alumna favorita: si llevaba tanga, si le susurraba al oído, si le propinaba azotes, si le hacía desfiles en ropa interior, si gritaba cuando la follaba… Cuando Francisco le confesó que le había dado un “cachetito cariñoso” en el culo a Daniela, Miguel se lo devolvió en forma de puñetazo, dejando a su amigo tendido en medio de la calle. Se sintió un tremendo canalla, un pavo arrogante que se había ido contoneando de sus éxitos amorosos ocultando sus verdaderos sentimientos por aquella mujer. Era él el que se merecía el puñetazo; deseó que el golpe le hubiera dolido a él mismo y no a Francisco. Tenía que reconocer lo que le sucedía, tenía que decírselo al mundo, tenía que gritar que la amaba por encima de todo.
Vio a Daniela circunspecta, imaginó que estaría cansada de esperar y triste por no conseguir que él se divorciara; así que pensó que le daría una sorpresa enorme.
-Hola, cariño, perdona que llegue tarde, pero he tenido un asunto que solucionar –le dijo mientras se sentaba delante de ella.
-Con tu mujer, supongo –dijo Daniela muy seria.
-Pues sí –contestó Miguel guardando la compostura para no desvelar la sorpresa.
-Miguel, tengo que hablar contigo muy seriamente.
-Yo también he de decirte algo –pronunció Miguel ocultando su alegría-.
-Verás, esto se ha acabado.
-Pero ¿qué dices, Dani? Por Dios, si no sabes lo que te voy a decir, anda, anda, escucha…
-No, se acabó, ya no voy a escuchar más tus demencias de viejo, tus salidas de viejo verde. Tu aventurilla con esta alumna se terminó, ya puedes ir buscándote otra, ésta es historia.
Miguel no podía creer lo que estaba oyendo, no conocía esa voz tan dura e hiriente, sin ganas de conciliación, decidida a acabar lo que tenía que exponer, segura de lo que estaba pronunciando, cargada de flechas afiladas. Atónito no pudo replicarle nada.
-¿Te piensas que iba a seguir follando contigo hasta que te cansaras de mí? No, no; estás muy equivocado, soy yo la que te manda a hacer puñetas, la que ha decidido que ya ha tenido suficiente con tus sobresalientes que, al fin y al cabo, era lo que buscaba. O qué te habías creído ¿qué me gusta follar contigo? Eres un viejo patético y baboso. –Sin dejar respirar a Miguel, Daniela continuó salpicándolo con su odio-. Por cierto, me voy a enrollar con el de Iconografía Religiosa, sí, con tu colega Francisco. Me ha propuesto ayudarme con la tesis, ya sabes cómo va esto, y, la verdad, es más joven que tú, igual me da menos asco. En fin, tampoco hay que ser dramáticos: tú conseguiste lo que querías, sexo, y yo también, sobresaliente. Adiós, Miguel.
Daniela se levantó, cogió el bolso y se marchó sin mirar atrás taconeando la cerámica del suelo como si ella fuera la culpable del odio que acababa de expulsar.
El corazón de Miguel se sintió oprimido bajo el peso de cien años de arrugas y soledad.
viernes, 24 de abril de 2009
lunes, 20 de abril de 2009
Eloísa y Alberto - I

Einstein estaba en lo cierto con aquello de la relatividad: el reloj avanza a su paso, seguro y sin pausa, cada segundo es igual que los que le han precedido, sin embargo el tiempo no transcurre de la misma manera para nadie. A Eloísa cada minuto se le hace más largo que el anterior, más cargado y denso, a pesar de estar acostumbrada a esperar. El humo del bar, el ruido, el tintineo de copas y platos, las acuarelas de la costa francesa que decoran las paredes, todo ayuda a que el tiempo parezca un niño caprichoso y travieso que sólo corre cuando a él le apetece. Al principio, las esperas le parecían que formaban parte del juego amoroso, de la máxima lo bueno se hace esperar, y disfrutaba los momentos antes de que llegara Alberto imaginando cómo iría vestido y si se habría puesto la colonia que ella le regaló por Navidad. Pero en los últimos meses no había tiempo para pensar en eso, aunque cada vez él llegara más tarde. Eloísa sentía que había encontrado la totalidad del tiempo perdido del resto del mundo y que todo él era contabilizado en su cronómetro biológico; mucho tiempo invertido en una pasividad, en un punto muerto que la convertía en un muñeco en manos del calendario y de la indecisión de Alberto. Los treinta años la empujaban a querer dibujar un futuro definido, claro, más allá de hoy te veo a las ocho y mañana no podré quedar que tengo trabajo o he quedado con los colegas; más allá de pon las cortinas que quieras en el piso, mi amor, hazlo como tú quieras, pero no me hagas ir a comprarlas; si aún somos jóvenes, cariño, espera, espera a que me den el puesto de jefe de la sección de Declaraciones… Esperar eso era a lo que la vida de Eloísa se podía reducir y estaba muy cansada de sentir el peso de cada hora sobre sus espaldas.
-¿Otro café, Elo?
-No, gracias, Pepe… Mira, tráeme un güisqui, anda.
-Marchando un güisqui para la morenaza –gritó Pepe al camarero de detrás de la barra.
En cuanto pidió el güisqui se arrepintió, el alcohol le menoscababa el control de las emociones y le hacía decir cosas que luego, cuando se encontraba a solas con la almohada, le hacían sentirse ridícula y estúpida, como una débil mujer que no tiene fuerza de voluntad, que en cuanto recibe un par de besos y caricias se olvida de sus renuncias por sentir al amor de su vida cerca.
El local se ilumina con la sonrisa arrebatadora que hoy lleva puesta Alberto; alto y guapo, seguro y casi arrogante; simpático y canalla; así era y de esa manera había enamorado a Eloísa.
-Hola, cariño ¿qué tal?
-Como siempre, con media hora de retraso.
-¡Eh! No empecemos. Sabes de sobra que tenemos mucho trabajo que es fin de trimestre –Alberto se acerca a Eloísa y le besa en la mejilla.
-Claro, claro y cuando no es fin de trimestre es fin de semana y si no de mes –Eloísa mueve el vaso haciendo sonar los cubitos.
-¿Qué estás tomando? ¿Un güisqui? ¿No es un poco pronto? ¡Pepe, ponme otro, anda! –Alberto se quita la americana y la deja sobre la silla con mucho cuidado y se sienta en frente de Eloísa- ¿Sabes? Hoy el jefe me ha dicho que en cuanto acabemos el trimestre me va a dar la dirección de la sección de Declaraciones ¿Qué? ¿No dices nada, mujer de poca fe? Sólo había que tener paciencia. Ese puesto es una pasta gansa más al mes, un poco más de currelo, pero no importa…
Eloísa, de un trago, acaba el güisqui como si necesitara acopio de valor para preguntarle a Alberto lo que a fuerza de haber sido repetido no tenía ni que pensar antes de ser pronunciado:
-Oye, y el puesto ¿te va a dejar tiempo para que nos casemos algún día no muy lejano?
-No empecemos, Elo, sé un poco comprensiva, ¿cómo le voy a pedir días de permiso al jefe nada más aceptar el cargo? Eso quedaría muy mal ¿no crees?
-Claro, claro –ella mira para otro lado intentando ocultar su disgusto.
-¿Qué pasa? ¿Ya te ha hecho efecto el güisqui? No debías haber bebido con el estómago vacío, cari. ¿Quieres algo para picar? Voy a pedirle un pincho de tortilla a Pepe, la Charo la borda –Eloísa no abandonaba la mueca de desagrado de su boca-. Va, Elo, va. Siempre igual, no me presiones, mujer. Sabes de sobra que te quiero – Alberto se levanta y acerca la silla a la de Eloísa-. Anda, ven, tonta –le dio un beso en la boca, largo y suave como sabía que le gustaban a ella-. Eres mi chica, eso no lo dudes nunca. Qué bien hueles, ladrona. Si consigo ascender en la gestoría, ganaré más y podremos vivir mejor, lo hago por eso, pensando en nosotros. Ahora que te veo de cerca, qué guapa estás hoy, cielo –Alberto sopla el cuello de Eloísa manteniendo los labios muy cerca de su piel, lo que hace desaparecer el mohín del rostro de ella.
-Junto con lo que yo gano tenemos suficiente para vivir bien, no hay que esperar más. Hace mucho tiempo que conoces lo que deseo y no paras de retrasarlo, de poner trabas…
-No, no son trabas, son metas que nos facilitarán mucho más que llegar a fin de mes –Alberto le acaricia la cara y le retira algún mechón que ha caído desobediente sobre la mejilla acalorada de Eloísa-.
-Siempre, me dices lo mismo, Alberto, siempre. El tiempo se acaba, no somos tan jóvenes…
-Mi chica guapa, ¡si somos dos críos! –girándose hacia la barra le grita a Pepe-: ¡Ponnos un pincho de tortilla!
-No sé cómo lo haces, pero siempre consigues que no me enfade contigo, joder –Eloísa se sentía una mujer frágil en manos de Alberto, pronto una sonrisa casi bobalicona acompaña a unos ojos brillantes de amor y de deseo por el chico más guapo del instituto.
-Será porque me quieres mucho –y Alberto atrapó a Eloísa en un beso mucho más largo y húmedo que el primero-.
-¡Eh, eh! Dejad sitio pa la tortilla que está calentita.
Alberto
Iba por el segundo güisqui y no se calmaba. Nunca le había puesto tan nervioso hablar con una chica y, mucho menos, con Eloísa. Siempre acababa convenciéndola, dirigiendo su voluntad hacia el camino que él deseaba. Ese camino era el de su conveniencia, el de sus apetencias de seguir libre. Libre. Se tapó la cara con las manos, sentía vergüenza de sí mismo, culpa. Tenía que retroceder muchos años, hasta su infancia, para sentir una bola enorme en el estómago que le impedía pensar en otra cosa que no fuera el momento en que acusó a un vecino por una travesura que hizo él. En esta ocasión, la bola es tan formidable que debe engullir el güisqui para poder enviarlo al estómago con la suficiente fuerza como para no ser devuelto a la boca. Sentía el olor de su sudor ganando la partida a la colonia que Elo le regaló la última Navidad. Ella siempre tan cariñosa y paciente, cuántas veces se lo habían dicho, hasta Pepe y Charo, los dueños del bar. Todo el mundo lo sabía, todo el mundo veía que no se merecía a una mujer tan maravillosa como Elo, todo el mundo menos él que quería seguir ciego, disfrutando de la vida, haciendo gamberradas de adolescente y ligando con cualquier cosa que llevara faldas bajo el auspicio de la tranquilidad que proporciona el saber que siempre habrá un pecho generoso donde poder regresar después de la batalla. Había algo que todavía soportaba menos que a sí mismo, era el dolor que iba a producirle a Elo, pensar en sus lágrimas, en su angustia, en sus sueños rotos, en el tener que dar la razón a todo el mundo sobre lo hijo puta que es tu novio… Si pudiera asegurar que perderla para siempre iba a paliar el sufrimiento de Elo, si pudiera… Se juró a sí mismo que, si lo perdonaba, se casarían enseguida y nunca más volvería a las andadas. Nunca, lo juro.
-No me lo puedo creer, me voy a desmayar: ¡Has llegado antes que yo! -la voz un poco aguda de Eloísa, devuelve a la realidad la atormentada mente de Alberto.
Eloísa le da un beso en la mejilla y se sienta sonriente. Acto seguido vuelve a levantarse para quitarse el abrigo y dejar el bolso en otra silla.
-Es que no me lo puedo creer. Esto va a haber que celebrarlo. Si estás aquí tan pronto es por algo, me has de dar una noticia ¿a que sí? –Su cara resplandecía de alegría.
Se sintió un cabrón de marca mayor, un reptil que va a herir de muerte a la más bella y dócil criatura.
-Tengo algo que decirte –dijo circunspecto él-. No es una buena noticia.
-No te han dado el ascenso, es eso ¿verdad? Es por eso que has estado tan raro toda la semana ¿no? Va, cariño, no pasa nada, ya te lo darán, no has de ponerte así por…
-No es eso –Alberto bajó la mirada-.
-Venga, dime qué es. Entre los dos lo superaremos, verás – Eloísa apretó con fuerza la manos de Alberto que se sentían viles y crueles-.
-Por nada del mundo quisiera hacerte daño, te quiero mucho, Elo, mucho, eres la mujer de mi vida, pero a veces suceden cosas que uno no puede remediar…- y los ojos de Eloísa nunca le parecieron tan infinitos ni su mirada tan dolorosa. Se mordió los labios aguantando, solo un instante más, el tacto de su piel-.
Eloísa, en un acto reflejo, soltó las manos de su novio.
-Sobre todo no me mientas, Alberto, dime lo que tengas que decirme, pero no me mientas.
Alberto llevaba todo el día ensayando su discurso. Quería hacerlo corto y conciso y, si fuera posible, tan indoloro como el pinchazo de un alfiler en la yema de un dedo. Ser consciente de que el dolor que le iba a infligir no era merecedor de perdón le rompía el alma y le ahogaba el pecho.
-Hace un par de meses conocí a una chica. Empecé a tontear con ella, sin ánimo de nada, únicamente por diversión –Alberto no tenía valor para mirarle a la cara-, pero la cosa se complicó cuando ella no paró de seguirme, de buscarme… Al final, nos enrollamos. La semana pasada quedé con ella para dejarlo, ya me había cansado, nunca significó para mí más que una aventurilla, te lo juro, y fue cuando me dijo que estaba embarazada… -entonces miró a Eloísa que lloraba en silencio y le clavaba los ojos como quien estudia a un ser que provoca asco-. Le he exigido la prueba de paternidad, no estoy seguro de que sea hijo mío, creo que sólo quiere pillarme, porque no hay otra cosa, te lo juro, no hay nada más entre ella y yo.
Alberto esperó un milagro, creía firmemente en el amor de Eloísa, en su fuerza de corazón, intentó confiar en que ella se apiadaría de él, que sentiría compasión y le ofrecería, como siempre, sus brazos abiertos. Pensó que su sinceridad podía ser correspondida por el perdón, por un agua bendita que lavara todos los pecados y regalara una nueva vida. El rostro de Eloísa se endureció, se transformó en una piedra llorosa que desprendía odio y no amor, un rechazo tan punzante que el latido de Alberto se alteró. Eloísa se sorbió los mocos y pasó la manga de su brazo derecho para secarse las lágrimas, se puso en pie y, en un tono de voz firme, le espetó antes de abandonar el bar:
-Ojalá ese hijo sea tuyo, Alberto. Pon en venta el piso.
Alberto lloró como aquel niño mentiroso que tuvo pesadillas.
domingo, 5 de abril de 2009
Amigas en los bolsillos

Suelo volar con facilidad.
Consigo hacerlo en cualquier sitio y en casi cualquier circunstancia. La única energía que necesitan mis alas para emprender el vuelo es ansiar huir. En un parpadeo, me elevo por encima del mundo y lo observo desde la distancia que proporciona el aire, el azul y las nubes.
Adopto un estadio en el que las sensaciones dirigen las ideas. Lo que siento es absoluto y, desde esa certeza, se abre el abanico infinito en donde soy dueña de un escurridizo destino.
Con las alas extendidas, me enfrento al miedo envuelta en un halo de atrevimiento y recursos. Fuerte, serena y libre para emprender cualquier proyecto, cualquier ilusión que permanezca enterrada bajo las sábanas de la desidia. Me convenzo de que los obstáculos son salvables y que el optimismo es la mejor arma; de que las emociones son mis aliadas y no debo reprimirlas; de que puedo y sé.
Todo es posible en mi dimensión. Hasta tu amor por mí. Convencida de que me deseas tanto como el nudo de tu estómago te ata a mí. Logro saborearte con tal nitidez que, cuando te vuelva a ver, me vanagloriaré de haber estado en tu boca. Justo entonces abro los ojos y me veo a mí misma como una pobre diablilla que se alimenta de fatuas ilusiones. Algo se rompe dentro de mí, probablemente alguna pluma.
Me salen muy caros estos viajes a ninguna parte, por eso siempre llevo piedras en los bolsillos.


