lunes, 20 de abril de 2009

Eloísa y Alberto - I


Eloísa
Einstein estaba en lo cierto con aquello de la relatividad: el reloj avanza a su paso, seguro y sin pausa, cada segundo es igual que los que le han precedido, sin embargo el tiempo no transcurre de la misma manera para nadie. A Eloísa cada minuto se le hace más largo que el anterior, más cargado y denso, a pesar de estar acostumbrada a esperar. El humo del bar, el ruido, el tintineo de copas y platos, las acuarelas de la costa francesa que decoran las paredes, todo ayuda a que el tiempo parezca un niño caprichoso y travieso que sólo corre cuando a él le apetece. Al principio, las esperas le parecían que formaban parte del juego amoroso, de la máxima lo bueno se hace esperar, y disfrutaba los momentos antes de que llegara Alberto imaginando cómo iría vestido y si se habría puesto la colonia que ella le regaló por Navidad. Pero en los últimos meses no había tiempo para pensar en eso, aunque cada vez él llegara más tarde. Eloísa sentía que había encontrado la totalidad del tiempo perdido del resto del mundo y que todo él era contabilizado en su cronómetro biológico; mucho tiempo invertido en una pasividad, en un punto muerto que la convertía en un muñeco en manos del calendario y de la indecisión de Alberto. Los treinta años la empujaban a querer dibujar un futuro definido, claro, más allá de hoy te veo a las ocho y mañana no podré quedar que tengo trabajo o he quedado con los colegas; más allá de pon las cortinas que quieras en el piso, mi amor, hazlo como tú quieras, pero no me hagas ir a comprarlas; si aún somos jóvenes, cariño, espera, espera a que me den el puesto de jefe de la sección de Declaraciones… Esperar eso era a lo que la vida de Eloísa se podía reducir y estaba muy cansada de sentir el peso de cada hora sobre sus espaldas.
-¿Otro café, Elo?
-No, gracias, Pepe… Mira, tráeme un güisqui, anda.
-Marchando un güisqui para la morenaza –gritó Pepe al camarero de detrás de la barra.
En cuanto pidió el güisqui se arrepintió, el alcohol le menoscababa el control de las emociones y le hacía decir cosas que luego, cuando se encontraba a solas con la almohada, le hacían sentirse ridícula y estúpida, como una débil mujer que no tiene fuerza de voluntad, que en cuanto recibe un par de besos y caricias se olvida de sus renuncias por sentir al amor de su vida cerca.
El local se ilumina con la sonrisa arrebatadora que hoy lleva puesta Alberto; alto y guapo, seguro y casi arrogante; simpático y canalla; así era y de esa manera había enamorado a Eloísa.
-Hola, cariño ¿qué tal?
-Como siempre, con media hora de retraso.
-¡Eh! No empecemos. Sabes de sobra que tenemos mucho trabajo que es fin de trimestre –Alberto se acerca a Eloísa y le besa en la mejilla.
-Claro, claro y cuando no es fin de trimestre es fin de semana y si no de mes –Eloísa mueve el vaso haciendo sonar los cubitos.
-¿Qué estás tomando? ¿Un güisqui? ¿No es un poco pronto? ¡Pepe, ponme otro, anda! –Alberto se quita la americana y la deja sobre la silla con mucho cuidado y se sienta en frente de Eloísa- ¿Sabes? Hoy el jefe me ha dicho que en cuanto acabemos el trimestre me va a dar la dirección de la sección de Declaraciones ¿Qué? ¿No dices nada, mujer de poca fe? Sólo había que tener paciencia. Ese puesto es una pasta gansa más al mes, un poco más de currelo, pero no importa…
Eloísa, de un trago, acaba el güisqui como si necesitara acopio de valor para preguntarle a Alberto lo que a fuerza de haber sido repetido no tenía ni que pensar antes de ser pronunciado:
-Oye, y el puesto ¿te va a dejar tiempo para que nos casemos algún día no muy lejano?
-No empecemos, Elo, sé un poco comprensiva, ¿cómo le voy a pedir días de permiso al jefe nada más aceptar el cargo? Eso quedaría muy mal ¿no crees?
-Claro, claro –ella mira para otro lado intentando ocultar su disgusto.
-¿Qué pasa? ¿Ya te ha hecho efecto el güisqui? No debías haber bebido con el estómago vacío, cari. ¿Quieres algo para picar? Voy a pedirle un pincho de tortilla a Pepe, la Charo la borda –Eloísa no abandonaba la mueca de desagrado de su boca-. Va, Elo, va. Siempre igual, no me presiones, mujer. Sabes de sobra que te quiero – Alberto se levanta y acerca la silla a la de Eloísa-. Anda, ven, tonta –le dio un beso en la boca, largo y suave como sabía que le gustaban a ella-. Eres mi chica, eso no lo dudes nunca. Qué bien hueles, ladrona. Si consigo ascender en la gestoría, ganaré más y podremos vivir mejor, lo hago por eso, pensando en nosotros. Ahora que te veo de cerca, qué guapa estás hoy, cielo –Alberto sopla el cuello de Eloísa manteniendo los labios muy cerca de su piel, lo que hace desaparecer el mohín del rostro de ella.
-Junto con lo que yo gano tenemos suficiente para vivir bien, no hay que esperar más. Hace mucho tiempo que conoces lo que deseo y no paras de retrasarlo, de poner trabas…
-No, no son trabas, son metas que nos facilitarán mucho más que llegar a fin de mes –Alberto le acaricia la cara y le retira algún mechón que ha caído desobediente sobre la mejilla acalorada de Eloísa-.
-Siempre, me dices lo mismo, Alberto, siempre. El tiempo se acaba, no somos tan jóvenes…
-Mi chica guapa, ¡si somos dos críos! –girándose hacia la barra le grita a Pepe-: ¡Ponnos un pincho de tortilla!
-No sé cómo lo haces, pero siempre consigues que no me enfade contigo, joder –Eloísa se sentía una mujer frágil en manos de Alberto, pronto una sonrisa casi bobalicona acompaña a unos ojos brillantes de amor y de deseo por el chico más guapo del instituto.
-Será porque me quieres mucho –y Alberto atrapó a Eloísa en un beso mucho más largo y húmedo que el primero-.
-¡Eh, eh! Dejad sitio pa la tortilla que está calentita.


Alberto
Iba por el segundo güisqui y no se calmaba. Nunca le había puesto tan nervioso hablar con una chica y, mucho menos, con Eloísa. Siempre acababa convenciéndola, dirigiendo su voluntad hacia el camino que él deseaba. Ese camino era el de su conveniencia, el de sus apetencias de seguir libre. Libre. Se tapó la cara con las manos, sentía vergüenza de sí mismo, culpa. Tenía que retroceder muchos años, hasta su infancia, para sentir una bola enorme en el estómago que le impedía pensar en otra cosa que no fuera el momento en que acusó a un vecino por una travesura que hizo él. En esta ocasión, la bola es tan formidable que debe engullir el güisqui para poder enviarlo al estómago con la suficiente fuerza como para no ser devuelto a la boca. Sentía el olor de su sudor ganando la partida a la colonia que Elo le regaló la última Navidad. Ella siempre tan cariñosa y paciente, cuántas veces se lo habían dicho, hasta Pepe y Charo, los dueños del bar. Todo el mundo lo sabía, todo el mundo veía que no se merecía a una mujer tan maravillosa como Elo, todo el mundo menos él que quería seguir ciego, disfrutando de la vida, haciendo gamberradas de adolescente y ligando con cualquier cosa que llevara faldas bajo el auspicio de la tranquilidad que proporciona el saber que siempre habrá un pecho generoso donde poder regresar después de la batalla. Había algo que todavía soportaba menos que a sí mismo, era el dolor que iba a producirle a Elo, pensar en sus lágrimas, en su angustia, en sus sueños rotos, en el tener que dar la razón a todo el mundo sobre lo hijo puta que es tu novio… Si pudiera asegurar que perderla para siempre iba a paliar el sufrimiento de Elo, si pudiera… Se juró a sí mismo que, si lo perdonaba, se casarían enseguida y nunca más volvería a las andadas. Nunca, lo juro.
-No me lo puedo creer, me voy a desmayar: ¡Has llegado antes que yo! -la voz un poco aguda de Eloísa, devuelve a la realidad la atormentada mente de Alberto.
Eloísa le da un beso en la mejilla y se sienta sonriente. Acto seguido vuelve a levantarse para quitarse el abrigo y dejar el bolso en otra silla.
-Es que no me lo puedo creer. Esto va a haber que celebrarlo. Si estás aquí tan pronto es por algo, me has de dar una noticia ¿a que sí? –Su cara resplandecía de alegría.
Se sintió un cabrón de marca mayor, un reptil que va a herir de muerte a la más bella y dócil criatura.
-Tengo algo que decirte –dijo circunspecto él-. No es una buena noticia.
-No te han dado el ascenso, es eso ¿verdad? Es por eso que has estado tan raro toda la semana ¿no? Va, cariño, no pasa nada, ya te lo darán, no has de ponerte así por…
-No es eso –Alberto bajó la mirada-.
-Venga, dime qué es. Entre los dos lo superaremos, verás – Eloísa apretó con fuerza la manos de Alberto que se sentían viles y crueles-.
-Por nada del mundo quisiera hacerte daño, te quiero mucho, Elo, mucho, eres la mujer de mi vida, pero a veces suceden cosas que uno no puede remediar…- y los ojos de Eloísa nunca le parecieron tan infinitos ni su mirada tan dolorosa. Se mordió los labios aguantando, solo un instante más, el tacto de su piel-.
Eloísa, en un acto reflejo, soltó las manos de su novio.
-Sobre todo no me mientas, Alberto, dime lo que tengas que decirme, pero no me mientas.
Alberto llevaba todo el día ensayando su discurso. Quería hacerlo corto y conciso y, si fuera posible, tan indoloro como el pinchazo de un alfiler en la yema de un dedo. Ser consciente de que el dolor que le iba a infligir no era merecedor de perdón le rompía el alma y le ahogaba el pecho.
-Hace un par de meses conocí a una chica. Empecé a tontear con ella, sin ánimo de nada, únicamente por diversión –Alberto no tenía valor para mirarle a la cara-, pero la cosa se complicó cuando ella no paró de seguirme, de buscarme… Al final, nos enrollamos. La semana pasada quedé con ella para dejarlo, ya me había cansado, nunca significó para mí más que una aventurilla, te lo juro, y fue cuando me dijo que estaba embarazada… -entonces miró a Eloísa que lloraba en silencio y le clavaba los ojos como quien estudia a un ser que provoca asco-. Le he exigido la prueba de paternidad, no estoy seguro de que sea hijo mío, creo que sólo quiere pillarme, porque no hay otra cosa, te lo juro, no hay nada más entre ella y yo.
Alberto esperó un milagro, creía firmemente en el amor de Eloísa, en su fuerza de corazón, intentó confiar en que ella se apiadaría de él, que sentiría compasión y le ofrecería, como siempre, sus brazos abiertos. Pensó que su sinceridad podía ser correspondida por el perdón, por un agua bendita que lavara todos los pecados y regalara una nueva vida. El rostro de Eloísa se endureció, se transformó en una piedra llorosa que desprendía odio y no amor, un rechazo tan punzante que el latido de Alberto se alteró. Eloísa se sorbió los mocos y pasó la manga de su brazo derecho para secarse las lágrimas, se puso en pie y, en un tono de voz firme, le espetó antes de abandonar el bar:
-Ojalá ese hijo sea tuyo, Alberto. Pon en venta el piso.
Alberto lloró como aquel niño mentiroso que tuvo pesadillas.
© Anabel

domingo, 5 de abril de 2009

Amigas en los bolsillos




Internet me ha otorgado la gran suerte de poder conocer a gente estupenda, a personas con las que nunca hubiera tenido contacto si no hubiera sido a través de esta red, personas con las que comparto mucho más que comentarios, afinidades y aficiones, comparto sentimientos y mucho cariño.


Una de estas personas es Marcela, de "Mujeres de 40 y más" que siempre ha sido muy amable y considerada conmigo. En una patente muestra de generosidad y confianza ciega, me pidió que escribiera algo para su blog, cosa que me preocupó bastante pues no sabía si era capaz de estar a su nivel.


Resultó una pequeña narración titulada "Piedras en los bolsillos", muy intimista y personal, como muchas cosas mías. Espero que os guste.
Gracias, Marcela, ha sido un honor.
Y daos una vuelta por su blog: lo vais a disfrutar.
Con estas amigas en los bolsillos, volar y soñar es tremendamente fácil.

Suelo volar con facilidad.


Consigo hacerlo en cualquier sitio y en casi cualquier circunstancia. La única energía que necesitan mis alas para emprender el vuelo es ansiar huir. En un parpadeo, me elevo por encima del mundo y lo observo desde la distancia que proporciona el aire, el azul y las nubes.


Adopto un estadio en el que las sensaciones dirigen las ideas. Lo que siento es absoluto y, desde esa certeza, se abre el abanico infinito en donde soy dueña de un escurridizo destino.


Con las alas extendidas, me enfrento al miedo envuelta en un halo de atrevimiento y recursos. Fuerte, serena y libre para emprender cualquier proyecto, cualquier ilusión que permanezca enterrada bajo las sábanas de la desidia. Me convenzo de que los obstáculos son salvables y que el optimismo es la mejor arma; de que las emociones son mis aliadas y no debo reprimirlas; de que puedo y sé.


Todo es posible en mi dimensión. Hasta tu amor por mí. Convencida de que me deseas tanto como el nudo de tu estómago te ata a mí. Logro saborearte con tal nitidez que, cuando te vuelva a ver, me vanagloriaré de haber estado en tu boca. Justo entonces abro los ojos y me veo a mí misma como una pobre diablilla que se alimenta de fatuas ilusiones. Algo se rompe dentro de mí, probablemente alguna pluma.


Me salen muy caros estos viajes a ninguna parte, por eso siempre llevo piedras en los bolsillos.





© Anabel

martes, 24 de marzo de 2009

Producto de temporada



¿No la oléis? Sus rayos de luz ya empiezan a invadirnos en las tardes más largas y en las temperaturas más suaves. Los almendros y los cerezos florecen y nubes de esporas nos avisan de que los alérgicos debemos estar en guardia. Preparamos nuestros tiestos, nuestras ropas frescas y de alegres tonalidades, las sandalias quitan el puesto a las botas y pintamos de rosa nuestro sentir. Asoma por el calendario el preludio de unas fantásticas vacaciones y un sol apoteósico. Se nos antoja que cualquier cosa es posible, que sólo se puede ir a mejor; se abren las puertas y las sonrisas, se enseñan escotes y descapotables. Llega, llega la primavera: echad la alfombra roja.
Pero, en aquellos días tan soleados que pareciese que la vista alcanzase hasta más allá de la línea del horizonte, me gustaría poder comprar un paquetito de niebla, como quien compra un quilo de fresas en pleno diciembre. Una niebla fina, pero espesa, húmeda, pero no mojada, que teja una burbuja opaca alrededor mío, donde me sienta protegida del exterior y sólo pueda percibir lo que realmente desee. Escondida detrás de moléculas de vaho, a salvo de miradas y comentarios, libre en mi reducido universo, puedo huir de la excesiva belleza, de la empalagosa confraternización, de la luz en demasía, de la ceguera de poder verlo todo.
Debería haber guardado un poco de niebla en un bote de cristal, como quien guarda una naranja en el bolsillo por si la sed aprieta, para escapar de las canículas y poder reconfortarme en la tibieza de una manta y el calor de una taza de té.

© Anabel

viernes, 13 de marzo de 2009

Recopilatorio de causas perdidas


Lavarme las manos en el barro de tu corazón,
respirar efluvios venenosos de flores con espina,
despilfarrar el tiempo pensando utopías,
escuchar los suspiros del alma de las paredes,
anochecer temprano para huir lejos,
amanecer tarde para no regresar jamás.

Apuestas imposibles
de axiomática inutilidad,
de intachable demencia;
ininteligibles ideas
pululando por mi aislada habitación
que atrapa las libélulas con miel
para luego arrancarles las alas
despacio,
de una en una.

Exvotos volátiles,
perecederos paleópteros
llenan a rebosar el cofre de los tesoros
de mis causas perdidas.
© Anabel

domingo, 1 de marzo de 2009

Terciopelo Húmedo




“¡Ta,ta,tadeo el tar, tar, tartaja!”
A pesar de que se supone que el avance de curso conlleva mayor maduración y acopio de inteligencia, la poca originalidad de los compañeros de clase se hacía patente cada año y lo peor era que Tadeo no podía contestarles pues, antes de que hubiese acabado la réplica, se habrían ido con muecas de aburrimiento o habrían vuelto a mofarse de él. No le quedaba más remedio que callar, pasar por delante de ellos como si estuvieran contando un chiste malo hasta llegar al pupitre. Calvario que se repetía cada mes de septiembre. Las chicas suponían un camino mucho más tortuoso. A la mayoría les daba pena; muy educadas y cariñosas, le hacían caso con cierta dosis de curiosidad, pero al cabo de unos minutos, la impaciencia innata en los niños no era capaz de esperar a que acabara la oración y la inconsciencia las cogía desprevenidas cuando alguna risilla se les escapaba por entre esos dientes intermitentes. Aburridas, al segundo trimestre, le habían perdido la compasión. Tadeo aprendió, mucho antes de poder decir su nombre de un tirón, que su vida iba a ser muy solitaria.
Su introspección crecía con la edad, sólo encontraba placer en la lectura y en la música. Las vacaciones de verano, hasta cumplir los dieciséis, las había invertido en aprender a tocar la guitarra y en hacerse una biblioteca de literatura fantástica, aficiones que le obligaban a construir un mundo interior rico, libre de miradas expectantes por ver cuánto más iba a repetir la misma sílaba. Averiguó que era rápido de pensamiento, que sus manos no tartamudeaban con las cuerdas de una guitarra, ni su voz cuando las acompañaba con las letras de las canciones que componía. Descubrió que podía encontrarle un sentido a la vida en soledad y dejó de desear haber nacido ciego.
Tan ensimismado en erigir su universo particular pasó el verano que no se dio cuenta de que su exterior había crecido unas cuantas pulgadas y lo que le rodeaba le pareció más pequeño, más insignificante que cuando estaba a su misma altura. Sorprendentemente, ningún pasillo de niños le esperaba para recibirlo con la consabida cantinela, llegó hasta el pupitre como uno más. Miró hacia delante y hacia atrás esperando que todo fuera el preparativo de una broma mayor, pero empezó la clase sin haber oído la frase tan temida. Intuyó, por primera vez, en qué podía consistir ser normal. En el recreo, mientras leía “El Retorno del Rey”, oyó una voz dulcemente femenina que le hablaba. Levantó la vista y vio a la chica más hermosa que jamás hubiera imaginado que existiera más allá del mundo de las hadas y los elfos. En un acto reflejo, apretó los labios, volvió a poner la mirada sobre el libro con la esperanza de que ella se sintiera menospreciada y se fuera para evitarse el bochornoso trance de iniciar una conversación.
-Te digo que a mí también me gusta mucho “El Señor de los Anillos”. ¿Sabes que Tolkien era un profesor de universidad que se inventó todo un universo y hasta un idioma?
Tadeo suspiró, no iba a tener más remedio que abrir la boca.
-Sí.
-Me llamo Elisa, soy nueva aquí, a mi padre lo trasladaron este verano. La verdad es que no me gusta mucho esta ciudad, es muy pequeña, provinciana, prefiero la capital, es más emocionante. ¿Has estado alguna vez en Madrid?
-No.
-¿Es que quieres que me vaya? –esos ojos almendrados le obligaban a responder.
Un silencio que a Tadeo le pesaba como el hierro, se apoderó de la corta distancia que había entre los dos. Le hubiera gustado decirle tantas cosas, pero no iba a lograrlo, al menos en un tiempo prudencial, así que debía ser breve y elegir bien qué decir.
-No, no tevayas. Me, me, me gusta oírte –cerró el libro, se acercó a ella un poco más y le prestó toda su atención-. Me, me, mellamo Ta, ta, tadeo.
Si Arwen tenía una sonrisa no podía ser más bella que la de Elisa, tras la que comenzó a explicarle el horrible verano que había tenido, que había dejado a todos sus amigos en Madrid, que estaba muy enfadada con sus padres, que el instituto al que iba a ir era mucho mejor que éste… Tadeo escuchaba cómo pronunciaba las eses al final de palabra, como las dejaba sonar tan sólo un instante más, cómo tomaba el aire en los momentos justos para hacer la pausa, cómo se apartaba su melena castaña con las dos manos, la retorcía formando una cuerda de aspecto sedoso y lo miraba a los ojos como si no supiera de su tartamudez.
-Si, si, siquieres, te, te, tedejo “Las, las, las dosTorres”.
-¿De verdad? Me encantaría, perdí el libro en el traslado y no lo he podido acabar. ¿Me lo traerás mañana?
-Sí.
-¿No te olvidarás?
-No.
Elvira rió, era una risa limpia y clara como el chorro de una fuente. Él la miró reticente, imaginó que se estaba burlando de él.
-Eres la persona que mejor me escucha del mundo.
-Esque, hablo, muy, muy, muymal –Tadeo no pudo evitar sonrojarse.
-No te preocupes, yo hablaré por los dos, tú sólo tendrás que escucharme –y volvió a refrescarse el aire con su risa-.
Estaba dispuesto a escucharla toda la vida si eso le permitía rozar sus labios con la yema de los dedos, incluso por nada.
Lo primero que hizo al llegar a casa fue meter en la mochila el segundo volumen de “El Señor de los Anillos” y bendecir el día en que compró la trilogía con todos sus apéndices; agarró unas cuantas canicas, se las metió en la boca y empezó a hacer lo que se había jurado que nunca haría: practicar frente al espejo.
Por primera vez en su vida estaba ansioso por ir a clase, por alcanzar la última manzana antes del instituto para verla llegar desde lejos, por ser salpicado por su risa y su pelo, por sentir su mano sobre el brazo, por oír esa voz maravillosa. El trimestre pasó mucho más rápido de lo que hubiera deseado, pero la semana de exámenes redimió la premura del tiempo. Tadeo ayudaba a Elvira con las matemáticas y pasó varias tardes en su casa merendando, mirando vídeos por YouTube, oyendo música, jugando con los números y miradas furtivas. La tarde anterior al control, el estómago de Tadeo era tan pequeño que no podía ingerir ni una patata frita de las que la madre de Elisa les ponía junto con una botella de Coca-Cola. Se había pasado toda la noche ensayando frente al espejo con la boca llena de canicas la frase que desde hacía semanas quería decirle. Respiró profundo y pensó que el mundo no era de los cobardes. Se giró y cogió por los hombros a Elisa, abrió la boca y salió un te repetido; así que echo mano del plan dos: lanzó sus labios sobre los de ella. Elisa no se apartó, le miró con una gran dulzura y sonrió. Tadeo pensó que había llegado el momento de saber a qué sabe una boca que no tartamudea. Besó primero, tímidamente, el labio superior, luego, más decidido, el inferior y se abrió paso con su lengua que, asombrosamente, no temblaba en absoluto. Descubrió que podía haber un mundo en la boca de una mujer, que podía ser infinita la cavidad de los que no tienen eco, saboreó su lengua dulce, como no podía ser de otra manera, con el punto de sal de las patatas fritas. Hubiera seguido una hora más, pero pensó que no podía abusar y, suavemente, se separó. Elisa seguía con los ojos cerrados y la boca entreabierta. No pudo evitar tocar esos labios con las yemas de los dedos. Terciopelo húmedo.
En el segundo trimestre, la noticia de la relación del tartaja con la “buenorra” de Elisa había despertado muchas envidias y comentarios de incredulidad de algún que otro repudiado por la madrileña. Uno de los últimos, Julián, un matón del curso superior, esperó a Tadeo una tarde en el patio. Empezó a insultarle con la misma retahíla de improperios de siempre; Tadeo, inmunizado de tanta estupidez, pasó de largo sin prestarle la más mínima atención.
-Que sepas, tartaja, que Elisa es una zorra, pero tú no tienes huevos de pasar de darle besitos. ¿Qué te has creído?, ¿que un tartaja de mierda se la va a tirar? Antes se irá con un tío de verdad, uno como yo. Ya lo verás, esa quiere un hombre no un disminuido como tú.
Tadeo no sabía que la ira pesaba, que su sabor era como hiel en la lengua que le obligaba a tener nauseas ante tanto desprecio. Se le amontonaron todas las palabras de odio en la garganta e intentaron salir propinándose empujones unas a otras en un lenguaje perfectamente adoptable por los orcos, orcos enfurecidos escupiendo por la boca la sangre que ya no les cabe en la cabeza. Julián no podía contener las carcajadas al verlo en semejante estado, se doblaba mientras Tadeo se acercaba a él enfurecido.
-Ay, que me parto, Dios, qué patético eres, si te viera Elisa se partiría de ri, ri, risa, ja, ja, ja.
Cargó todo el rencor contenido durante tantos años en el puño derecho proyectándolo contra su cara. Julián cayó largo al suelo, con la nariz rota y la cara ensangrentada.
-Elisa no es una puta, gilipollas.
Tadeo fue expulsado del instituto por una semana. Si alguna vez hubiera tenido el respeto de sus compañeros podría haber dicho que lo había recuperado, pero eso no le importaba ya. Al enterarse de su hazaña, Elisa fue corriendo a su encuentro, en cuanto lo vio, se echó en sus brazos y le besó. Era el mejor premio que podía recibir.
El tercer trimestre se presentaba sombrío, aterrador. Un ascenso obligaba al padre de Elisa a mudarse a las Islas Baleares esta vez. Ella había intentado por todos los medios convencerlo de que se mudara sólo él o que la dejara a ella al menos durante el verano, antes de que comenzara el nuevo curso. No hubo forma, a finales de junio Elisa desaparecería de la vida de Tadeo. Los dos jóvenes decidieron pasar juntos el mayor tiempo posible, con la excusa de los deberes, no les fue difícil lograrlo. Elisa planeaba viajes para el verano en los que poder verse, Tadeo asentía con la cabeza a todo lo que ella ideaba, verla tan preocupada por no poder estar juntos le complacía pues era la mejor muestra de que sentía algo por él. Una tarde, en casa de Tadeo, Elisa ideaba el enésimo viaje.
-Mira, en esta página de Internet, he encontrado unos billetes de ferry muy baratos si los compro ahora, lo malo es que hay que pagarlos con tarjeta de crédito y yo no tengo. Puedo quitársela a mi madre, para cuando se entere ya estarán comprados…
Se sentía culpable por disfrutar de su dolor. Posó los dedos sobre sus labios aguantándolos unos segundos para deleitarse con el terciopelo húmedo; sacó la guitarra del armario empotrado, se sentó en la cama y le cantó una canción que había compuesto para ella.
-Te quiero, Elisa –le dijo cantando en la última estrofa.
Se besaron con ansía, dejando atrás los pudores, los miedos. Elisa le desabrochó los pantalones y Tadeo la paró.
-Si tú no, no, noquieres, yo no quiero obligarte…
-¿No lo deseas, Tadeo?
-Pu, pu, puesclaro.
-Pues calla y bésame que lo haces mucho mejor.
Sólo con el ensayo de los sueños y los deseos, abrieron el paquete del sexo con torpeza, con el asombro de lo nuevo, con el ansia de quien recibe un regalo inesperado. El cuerpo desnudo de Elisa era lo que compensaba los esfuerzos y penurias, las horas de soledad, las palabras contenidas. Era lo que más quería y deseaba en el mundo, más que superar la tartamudez. Descubrió que el terciopelo húmedo se extendía por toda su piel y conquistó parajes vírgenes que se le entregaron completamente. Sintió morirse dentro de ella, romper el caparazón que durante dieciséis años le había constreñido; se sintió resucitar y crecer y volar e invadió los ojos almendrados que repetían su nombre en un suave tartamudeo.

Llegó el temido junio con un apacible calor y un sol compasivo que iluminaba un paisaje que no podía ser alegre. Le dolía el estómago al recordar las lágrimas de Elisa despidiéndose desde la ventanilla de atrás del coche, señalándole el anillo, en alfabeto tengwar edición limitada, que adornaba su dedo.
Aquel verano hubo dos huecos en Tadeo: uno enorme en el corazón y otro en la biblioteca. El último, nunca lo repondría.

© Anabel

jueves, 19 de febrero de 2009

El Final




Convencida de que nunca llegaría,
tomaba atajos de falsas ilusiones
y amores desgastados;
esquivaba recodos con señales
de caminos cortados y
de luces prohibidas;
regaba arbustos para que crecieran
con flores que me taparan el paisaje
y me sirvieran de niebla.
Se me antoja increíble no haber salido antes de mi biombo
en dirección a lo ignoto,
no haber sentido la necesidad de comprobarlo tangible,
delimitado y, a la vez, abierto,
triste y, a la vez, esperanzador.
Daba tanto miedo
que mirar hacia otro lado
fue un ejercicio habitual.

Ahora, plantado claramente delante de mi,
me sonríe,
me guiña un ojo
y me susurra:
“El final nunca es un fin”.

Y le doy la mano esperanzada como una doncella
regala su virtud a un caballero con armadura.

© Anabel

sábado, 14 de febrero de 2009

Llevar gabardina



Un claxon me humilla,
patea mi respiración
y descoloca a la lluvia
que no sabe si caer
o permanecer suspendida.
Cierro los ojos y deseo no estar,
no ser
en ningún lugar,
pero las gotas rebeldes
acarician mi cara,
me devuelven a la calle de la vergüenza
al doblar la esquina.
Sólo un portal me acoge
con un abrazo húmedo y oscuro.

No hay estrellas en su cielo,
ni árboles en el patio,
y el sonido del contador,
cual reloj de arena,
me señala la inutilidad
de llevar gabardina.

© Anabel

lunes, 9 de febrero de 2009

Sin Lágrimas


Llevas muerta cinco días y aún no he vertido ni una lágrima. He soportado estoicamente las molestas preguntas del señor de la funeraria y su premura para que eligiera el ataúd; las impertinencias de mis hermanas y la estupidez del representante del seguro; el eterno velorio y el tedioso sepelio en el que todo el mundo lloraba como si alguna vez le hubieras importado a alguien. Ninguno de ellos te cambió los pañales ni te empujó la silla de ruedas. Hoy es el primer día en el que estoy sola frente a tu pulida lápida y únicamente tengo ganas de bailar sobre tu tumba.
© Anabel

lunes, 2 de febrero de 2009

Escondrijo


Quiero esconderme
al resguardo de lámparas ciegas
que no delaten mi sombra
abrigada por un bestiario
dispuesto a complacer mis deseos fantasiosos,
sin imposibles ni distancias,
irrigado a fuerza de noches en vela
y cirios prendidos en novenas perennes
rosario de cuentos costumbristas
de princesas y príncipes enamorados
felices como alfombras voladoras.

No quiero asomarme a conocerte, a verte:
mi imaginación es frágil como el cristal de Urano
y, si no me pierdo en tus fidedignos bosques de deseo infinito por mí,
puedo romperme de frío para toda la eternidad.

© Anabel