miércoles, 10 de septiembre de 2008

17

me asusta tu mirada severa a través de la ventana
sé que tus afiladas palabras van a herirme de muerte

todo el ayer ha resbalado por el cedazo del tiempo
ha caído en un cenagal que prefiero no remover

tan solo quedan los rastros de la lluvia sobre el cristal
ni el vaho de tus jadeos ha logrado permanecer

beberé el agua clara de los manantiales forasteros
generosos en su fuente de vida sin esperar nada

bañarme en lagos vírgenes llenos de calma y esperanza
para mudar mi alma con cada átomo de futuro amor

quedarme quieta sin esperar acontecimiento alguno
absorbiendo el máximo oxígeno que en mis pulmones quepa

mi cerebro se asombra de ver tanta luz tras la tormenta
porque pensar por mí misma es un lujo que desconocía

los anales de historia siempre recordaran esta fecha
porque mi vida se ha liberado de semejante yugo

porque vivir después de ti es una descomunal victoria
© Anabel

San Lorenzo 08'

sábado, 23 de agosto de 2008

A la vuelta de la esquina


La certidumbre de que se acabó aguarda tranquila, sin prisas, sabe que he de pasar a su lado tarde o temprano, que la causalidad no perdona, que los hechos concatenados están unidos por un hilo de seda irrompible con el que se pescan los peces de colores o las botas roídas. Por más que me ponga a plegar ropa o a ordenar la librería o a escribir un fatuo poema, por más que intente sacarle brillo a la bota, por más de mil excusas que busque, la certeza sigue plantada bajo el quicio de la puerta que habré de atravesar sin remedio, como un condenado a muerte sube al patíbulo. La seguridad de que se terminó me espera sentada en la silla de enea de tu indiferencia con la que has estado alimentando mi sufrimiento en cada mirada. Sé que en cuanto la lucidez me sea devuelta, sentiré alivio, retomaré la libertad de oler otros aromas distintos al tuyo.

Aún así me resisto a doblar la esquina, me resisto a respirar sin botella de oxígeno, porque el dolor ahuyenta la soledad con su caricia fría sobre mi espalda, porque el vicio de desearte crea adicción, porque el hábito de quererte ha modificado mi ser.
© Anabel


viernes, 22 de agosto de 2008

El aire que huele a ti



Me ahoga el aire que huele a ti

Me hunde en tu recuerdo
y detiene el tiempo de la lucidez

Marcapasos averiado
que fustiga mi pulso
perdedor
ante el poderío infinito
de tus ojos

© Anabel

domingo, 3 de agosto de 2008

Patio




Sudorosa, cansada y con dolor de cabeza. Se había pasado todo el fin de semana delante del ordenador, soportando el calor que emitía el aparato inmundo y traduciendo a un soporífero poeta que se regodeaba en el dolor de un amor imposible. Había sido un encargo de última hora y por compromiso, que son los peor pagados, pero no podía negarle nada a Germán, gracias a él tenía contactos en muchas editoriales y, en los momentos malos, siempre le mandaba algún trabajillo que le ayudaba a llegar a fin de mes. Éste le había obligado a quedarse en casa con el aire acondicionado estropeado desde el jueves y el electricista sin intención de venir hasta la semana siguiente.


A las nueve y media del domingo se tomó la primera cerveza del week end, no bebía mientras trabajaba, le salían unas traducciones demasiado libres. Se asomó a la ventana de la cocina que daba al patio pues corría un airecillo de lo más refrescante. Desabrochó su tenue camisa para que una temperatura mucho más baja que la suya corporal le acariciara directamente la piel. Recogió su melena rubia en un improvisado moño y pasó la lata de cerveza por la nuca a modo de masaje que le aliviara la jaqueca. Cerró los ojos y suspiro en el disfrute del momento. Prosiguió, inconscientemente, abriéndose la camisa, apartando la húmeda tela de su cuerpo ávido de frescor. Tuvo que reprimir el impulso de quitarse el sujetador al darse cuenta de su situación. Cerró azarosamente la blusa, mirando si algún vecino estaba, como ella, apoyado en la barandilla en busca de aires menos calientes. Sólo vio un visillo que se movía asustado. Era el vecino de enfrente, el estudiante de medicina, lo adivinó ya que la silueta era alta como él. Su primera reacción fue meterse en la cocina, pero lo pensó mejor: continúo pasando la lata, cada vez menos fría, por la nuca, por el cuello. Observó que el visillo volvía a moverse, a apartarse tímidamente para dejar un ínfimo hueco por donde una mirada se escapaba. Gabriela sonrió con toda su boca y toda su cara de niña traviesa. La lata servía de apisonadora que apartaba cualquier obstáculo para pasar sobre la tersa piel blanca: por los hombros, los brazos, el pecho. Máquina infernal que dejaba caer al vacío la ropa de Gabriela. Cuando el cilindro, ya caliente, pisaba los pezones, el estudiante vecino apareció al descubierto delante del inservible visillo deleitándose con el espectáculo. Gabriela se soltó el pelo, se mordió el labio inferior y le guiñó un ojo al futuro médico. El chico salió disparado de la ventana.


Gabriela se dirigió a abrir la puerta con dos cervezas frías, había que prepararse para el sofocante calor que se avecinaba.


© Anabel

domingo, 20 de julio de 2008

A Sandra

Madre e hijo, Gustav Klimt

Una mano delante, la otra detrás y tú en medio. No viniste con un pan bajo el brazo, ni acompañada del regocijo habitual que suele rodear la cuna de los recién nacidos. La preocupación fue la nana invisible que todos tarareábamos, el runrún de la incertidumbre. La decisión, el esfuerzo y el tiempo nos fueron haciendo independientes, nos otorgaron la confianza perdida, pero lo que nos convenció de que todo había valido la pena, de que solo existió un camino hacia la felicidad fuiste tú: tu vida nos llenó de vida. Eras la máxima recompensa y la máxima meta, el único sentido a todas nuestras cuitas y la única solución. Siempre ha parecido que supieras que sobre ti recaían nuestras ilusiones y esperanzas, siempre responsable y madura, ecuánime y severa con las injusticias que llenan tus ojos de lágrimas, reivindicativa y firme con tus convicciones, preocupada y disponible por cualquiera y para cualquiera. No conoces el verbo defraudar.
La última vez que lloré como una niña fue la tarde que nos despedimos en Copenhague. Sabía que era una ocasión fantástica para ti, irrepetible, positiva en todos los sentidos; sabía que iba a volver a verte pronto, que sólo iba a ser un año, que te quedabas en un buen lugar; lo sabía, pero nada pudo evitar que me sintiera más sola de lo que nunca había estado. Y es que también sabía que sin ti no iba a estar completa, que sin ti me iba a faltar algo, aunque pudiera verte todos los días por la pantalla del bendito ordenador.

Sensiblerías de madre que sabrás perdonar.

Gracias por lo que nos has dado, gracias por lo que aún nos vas a dar.

© Anabel

Junto con Queen, fue la música que primero tarareaste ¿te acuerdas?

Dire Straits, para ti: Local Hero



viernes, 4 de julio de 2008

La Guerra Santa



Carezco de estrategias, no planifico mi avance sobre el papel en blanco, de hecho hubiera resultado un mal militar, pues sin previsión ni víveres me lanzo sobre los sentimientos o, la mayoría de las veces, me invaden ellos a mí. No domino ese momento, ni siquiera sé cuándo y cómo me van a saquear. Sólo sé que, en esos instantes, procuro que me encuentren lápiz en ristre, decidida a dejarme vencer con la única condición de que me regalen un poema. A veces gano y surgen poemas que voy colgando como pendones para las próximas cruzadas, otras pierdo y rompo mis rendiciones en mil pedazos. Disposición a luchar, a observar, a permanecer al frente, a mandar sobre el espíritu voluble. Estas son las condiciones para continuar sin desfallecer en el campo de batalla. Al final, exhausta dirijo mis tropas supervivientes a los barracones para descansar y avituallarse, para sacar las fuerzas de la maldita realidad antes de volver a la guerra. A la guerra santa.


Para Marcela que ha premiado mi particular Guerra Santa con el hallazgo del Santo Grial: su muestra de afecto

http://mujeresde40.blogspot.com/2008/06/los-cuentos-de-anabel.html


© Anabel

sábado, 21 de junio de 2008

Deseo

Sopesó tomar una pastilla de las de su mujer, pero era reacio a dejarse llevar por la química, a dejarse ganar por la desidia. Le esperaba una jornada dura, tenía que presentar el plan trimestral ante los nuevos jefes, dos alemanes con pintas de no dejarse persuadir. El proyecto era bueno, sólo había un punto que no le terminaba de convencer y no paraba de darle vueltas. Eligió la opción de ver la televisión. Una chica mona insistía en que los telespectadores llamaran a un número que repetía constantemente. Nada espectacular, pero su desparpajo y gracia le dotaban de la presencia necesaria para llenar la pantalla. Un resorte saltó e, inmediatamente, cambió de canal. Blanco y negro; chica rubia platino y chico malo con sombrero de gánster forcejean, al final, la rubia cede y cae en los brazos del traje a rayas. Oprimió otra tecla del mando. Daba igual, estaba en todos los canales: o en el color del pelo, o en las sonrisas, o en los ojos, o en los besos… ¿A quién quería engañar? No era el informe lo que le quitaba el sueño, no era el informe lo que le impedía comer, no era el informe. Apagó el aparato. Puso la cabeza entre las manos, agitó su cabello negro intentando poner en orden los deseos que galopaban desbocados por su cuerpo que volvía a enervarse pensando en ella. No lo podía creer, si hace unas semanas se lo hubieran dicho, se hubiera reído a carcajadas, se hubiera burlado del ignorante mensajero que asegurase que él, Juan José Mir Ayuso, se iba a volver loco por una limpiadora. Allí estaba, en el sofá de su comedor, a las cuatro y media de la mañana, despierto, excitado y desolado. Nunca hubiera imaginado que un sentimiento de deseo tan profundo infundiera tanta soledad, una soledad masticable e inacabable, ni siquiera se paliaba en compañía de sus hijos o de su amada mujer. Era cierto, la amaba, la había elegido como compañera de vida, como la madre de sus hijos. La culpa, la culpa atenazaba sus puños, hubiera roto los cristales de la ventana, pero se tuvo que conformar con pegar a los cojines. Si fumase, hubiera sido un buen momento para encender un cigarrillo y echar con el humo su deseo contenido. Se asomó a la ventana a comprobar que la ciudad seguía allí, a pesar de su sufrimiento: los semáforos funcionaban para los fantasmas y alguna que otra alma salía al balcón a pasear su vigilia como él. Y el calor, ese maldito calor.
Regresó a la cama, sintió el cuerpo caliente de Candela. La abrazó con delicadeza para que no se despertara.
-¿Qué te pasa Juanjo?
-Nada, que te quiero mucho –y la besó de forma instintiva, como quien dice buenos días por la mañana.
Candela encontró placentera la mezcla de somnolencia y besos con la que su marido la estaba regalando y se dejó llevar. Bajo los tenues rayos de sombra que la persiana lanzaba sobre las sábanas, Juan José mitigó su sed en un cuerpo que no deseaba.

La reunión había colmado todas las expectativas, los jefes estaban muy satisfechos con el trabajo realizado y el plan para el próximo trimestre les agradó mucho. Así que hoy, Juan José sólo tenía que terminar de dar un par de ajustes al tema y habría acabado, podría estar en casa antes de las once. Pero no iba a estar. A las once y cinco apareció por la puerta.
-Buenas noches, don Juanjo. ¿También hoy tiene que trabajar? Sí que hace horas.
-Buenas noches, Leticia. Sí, sí hoy también, ya ves –la oficina se había esfumado de la vista de don Juanjo; todo había adquirido el tono verde de su bata, de las letras bordadas a máquina con el nombre de la empresa de limpieza sobre su pequeño pecho.
-Al menos se las pagaran mejor que a mí, eso seguro ¿no, don Juanjo? –se inclinó sobre su carrito para sacar la aspiradora.
-Bueno, según se mire… -ya sólo veía esa bata moverse por los escasos metros cuadrados del despacho, los contoneos, los suspiros que elevaban sus delicados pechos, la mínima largura que dejaba entrever lo justo para desear ver más allá de donde acababan las piernas desnudas.
-Siga, siga, por mí no deje de trabajar. Si quiere me voy y vuelvo más tarde –mascaba chicle con la boca abierta dejando ver cómo la lengua lo mareaba por la cavidad.
-No, no, así descanso un poco, sigue, sigue… –un globo estalló sobre los labios de Leticia y ella, con una risita apagada, se fue despegando el chicle que había quedado en la naricilla, en las comisuras.
Cogió el mango del aspirador con gran dedicación, volcándose sobre él como si la potencia del motor aumentara cuanto más arriba quedara su trasero respingón. Juan José empezó a tener mucho calor, mucho calor. Leticia pasó el ruidoso aparato únicamente por delante de la mesa, el resto no se pisa, ¿no cree, don Juanjo? Juan José asentía.
-¿Le repaso el polvo a la mesa, don Juanjo? –y una bayeta amarilla era el preludio a unas vistas insinuantes de un escote joven y turgente.
Juan José deseó tirar todos los papeles al suelo de un manotazo, cogerla por los brazos y tumbarla sobre la mesa, forzarla, si hiciera falta, y arrancarle la maldita bata verde para ver los pechos de su insomnio, para tocar las nalgas de su pecado, porque sabía que, al final, caería rendida como la rubia platino de la peli del gánster. El bolígrafo se le resbaló de entre los dedos y Leticia no pudo reprimir una risotada presuntuosa, holgada y redonda. La miró a sus ojos punzantes como cabeza de alfiler y ella se dio la vuelta para seguir quitando el polvo a la librería de en frente.
-Bueno, ya he acabado. Hasta mañana, don Juanjo –y la bata abandonó el despacho.
Juan José cogió el teléfono.
-¿Alberto? Sí, sí, la reunión ha ido estupendamente… No, no te llamaba por eso. Escucha, sabes quién es Leticia, ¿no?… Sí, la hija de Luisa, la limpiadora que se jubiló hace un par de meses, sí, esa… Verás, hay que despedirla, sí, sí, como lo oyes… No limpia nada, desde que ella se encarga de la oficina está todo mucho más sucio… Sí, sí, por eso, si aún está en prácticas, menos problema… Vale, mañana hablamos, adiós.
Colgó el teléfono con una sonrisa resentida. Se ajustó la corbata, ya no hacía tanto calor.
© Anabel